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Las modas culturales…y la psicología

Marzo, 2026

Si usted ha utilizado alguna vez en su conversación cotidiana términos como “alienación”, “asertividad”, “pensamiento” o “relatividad”, despreocúpese: está a la moda cultural, nos dice Juan Soto. Esta consiste en una propensión ‘por estar al día’. El problema, escribe en esta nueva entrega, es que las modas culturales son algo serias en cuanto que modifican la realidad entre nosotros y nuestra relación, como sociedad, con la realidad. Y no sólo eso. Hoy, existen conceptos o términos que en realidad son populares y que, gracias a su utilización cotidiana, adoptan un disfraz científico en tanto que, al convertirse en ‘temas de reflexión y discusión’, atrapan a investigadores y estudiantes incautos.

En “Los modos de la moda cultural”, que se incluyó en La estrategia de la ilusión, el profesor Umberto Eco llamó la atención sobre un fenómeno interesante al cual denominó ‘moda cultural’. Esta consiste en una propensión ‘por estar al día’. Y señalaba que por ello podía ser interesante seguir, a lo largo de una década, el nacimiento, permanencia y descomposición de una serie de modas culturales. También estaba convencido de que ciertas citas y aberraciones periodísticas de diferente tipo atestiguan su permanencia, mientras que su desaparición da cuenta de la volubilidad de los jugadores cultos y de nuestra dolorosa incapacidad para hacer fructificar sugerencias e ideas, líneas de investigación, temáticas y problemáticas.

Para ilustrar esto utilizó el concepto de «alienación» y señaló la forma en que fue utilizado hasta el cansancio. En un tono más crítico que nostálgico, hizo notar que la utilización extendida del concepto «alienación» debilitó su significado ‘intelectual’ al pasar de ser un ‘término venerable’ a ser ‘moneda corriente’. Agregó que no se necesitaba ser una vestal del saber para reconocer que el nacimiento y la difusión de una moda cultural siembran incomprensiones, confusiones, usos ilegítimos, etc. Sostenía que cualquiera que hubiera tratado seriamente conceptos que después se hubiesen puesto de moda, habría experimentado la incomodidad producida por el hecho de que toda palabra usada no hubiese sido interpretada jamás según el contexto en que aparecía, sino agitada como estandarte, etiqueta o señal de tráfico.

Hoy en día la lista de ‘conceptos’ utilizados hasta el cansancio y que, en cierto sentido, se han banalizado, son demasiados. Baste mencionar algunos como mente, pensamiento, memoria, olvido, recuerdo, afecto, sentimiento, sensación, nostalgia, melancolía, actitud, alegría, tristeza, etc. Que se suelen pensar, lamentablemente, como ‘cosas’ que se poseen y no como procesos sociales. La utilización de estos ‘conceptos psicológicos’ está tan extendida que se puede escuchar a las personas referirse a ellos en las conversaciones cotidianas sin mayor recato. Pero trate de explicarle a cualquier persona —incluidos los profesores y estudiantes de psicología y psicología social— que dichos ‘conceptos’ en realidad aluden a procesos sociales y discursivos, y no precisamente a posesiones individuales, y reconocerá fácilmente el gesto de desaprobación que dicha idea provoque en sus caras.

John Shotter, el que fuera profesor del Departamento de Comunicación de la Universidad de New Hampshire, en su conocido texto “The Social Construction of Our ‘Inner’ Lives”, siguiendo al destacado lingüista Voloshinov, sentenció que en realidad no vemos ni sentimos una experiencia, sino que la entendemos.

El concepto de ‘teoría’ nos puede ayudar a entender mejor cómo es que todo esto ocurre. Cualquiera que haya tomado un breve curso de epistemología sabrá que el concepto se encuentra ligado, al menos desde una perspectiva positivista, a un conjunto de teoremas y leyes organizados sistemáticamente y sometidos a algún tipo de verificación. Y, sin embargo, es ‘moneda corriente’ escuchar a las personas decir: ‘según mi teoría pasa esto o aquello’ o ‘tengo una teoría que dice esto’. Lo cual pone en evidencia el desparpajo con que se utiliza dicho concepto.

Ilustraciones cortesía Freepik.

Eco también señaló que la palabra «relatividad» podía ponerse de moda, pero no las ecuaciones de Maxwell. Esto tiene que ver, según su punto de vista, con la ‘divulgación’. Y cabe señalar que no emprendió una crítica de censura hacia esta labor tan importante para la ciencia, sino que solamente destacó que la divulgación tiene sus costos. De alguna u otra forma, gracias a la ‘divulgación de la ciencia’ algunos conceptos van adquiriendo un carácter trivial y se convierten en parte del ‘argot’ del habla cotidiana que los utiliza de manera superficial. No se necesita ser psicólogo para utilizar conceptos propios de la psicología. Si se pone la suficiente atención a las conversaciones cotidianas será relativamente sencillo encontrarse con un sinfín de conceptos psicológicos en el habla diaria.

Los conceptos —psicológicos o no— al ponerse en circulación reclutan ‘nuevos miembros’ para los campos de especialización y, en este andar, adquieren significados diversos, por no decir banales. Esto nos ayuda a entender cómo es que, yendo del ámbito científico al ámbito cotidiano, los significados de los conceptos van ganando trivialidad. Lo cual, es preciso aclarar, no está bien ni mal. Se dice esto por la necesidad de situar esta discusión más allá de cualquier carga ‘moral’ para calificar este interesante fenómeno. Hay conceptos o términos ‘científicos’ que han ganado popularidad. Y mientras esto ocurre, otros quedan a la sombra del olvido. Una moda cultural es posible gracias al desplazamiento de un concepto moviéndose del ámbito científico al ámbito cotidiano. Y una vez que se populariza pasa a formar parte del argot de las personas.

Existen conceptos o términos que no podríamos tildar de ‘científicos’, pero que se presentan o se piensan como tales y que se vuelven populares. Son tan populares que la gente no duda de su existencia. Los terminajos como ‘inconsciente’ o ‘frustración’ podrían ilustrar muy bien esta situación. En la actualidad, una buena cantidad de personas cuyo pensamiento vive dominado por una especie de ‘psicologismo atroz’, no duda de la idea de que tiene un inconsciente —una cosa de carácter indomable y traicionera, por cierto. Idea que es parecida a la de poseer un espíritu o una ‘fuerza viva’ dentro del cuerpo. A la gente no le interesa que le expliquen en qué parte del cuerpo se aloja exactamente ese ‘inconsciente’ ni cómo se forma o por qué se manifiesta de formas tan extrañas como en los sueños.

Según Michel Onfray, un respetable filósofo francés que escribió un libro titulado Freud: El crepúsculo de un ídolo, el psicoanálisis no se presentó como la hipótesis de un hombre, e incluso la ficción de un filósofo, sino como un bien común, una verdad de orden general. Algo que se hizo pasar por un descubrimiento como el de América por Cristóbal Colón. Por su parte Serge Moscovici, un psicólogo social francés, en un librito titulado El psicoanálisis, su imagen y su público, había dicho que era preciso no olvidar que el caso del psicoanálisis rozaba un fenómeno propio de las sociedades modernas y que hasta ese momento el vocabulario y las nociones indispensables para describir y explicar la experiencia ordinaria, para prever los comportamientos y los acontecimientos y darles un sentido, provenían del lenguaje y de la sabiduría largamente acumulados por comunidades regionales o profesionales.

En ese sentido, hay conceptos que no podríamos considerar ‘científicos’ propiamente, pero que se presentan como tales y han ido ganando popularidad a lo largo de la historia en las sociedades. Algunos se desplazan desde el ámbito pseudocientífico hacia el ámbito ordinario. De hecho, si algo no deja de sorprender del psicoanálisis es su habilidad ‘reduccionista’. Es decir, su capacidad simplificadora para eliminar, de tajo, la complejidad de la vida en general. Kenneth Gergen, el brillante profesor del Swarthmore College, en su libro Realidades y relaciones, señalaba que quienes ejercen el psicoanálisis demuestran tener una capacidad extraordinaria para aplicar un léxico restringido de descripción a un abanico de acciones insólito y siempre cambiante. Dijo que, a pesar de las vicisitudes de las trayectorias vitales, todos los sujetos analizados se pueden caracterizar como «reprimidos», «conflictivos» y «defensivos».

La utilización de estos conceptos en el mundo contemporáneo pone en evidencia al menos dos cosas. La primera es que de alguna forma se asume que las personas de la vida real se conducen como personajes de la mitología griega y cualquiera que se haya comparado con Edipo lo sabe bien, sin importar su procedencia étnica o racial. Y la segunda es que si Freud tenía razón en muchas de las cosas que fantaseó, entonces debemos, mínimamente, pensar y sentir como vieneses de finales del siglo XIX y principios del XX. (Pero recordemos que los hombres de aquella época seguramente soñaban con historias adosadas con carruajes tirados por caballos, los de hoy raramente; empero, muchos asumen que los sueños siguen trayendo mensajes del ‘más allá’, como lo suponían los chamanes. Eliminar la complejidad de la vida implica reivindicar y legitimar el discurso de que las personas que están en una ‘relación violenta’ o que consumen drogas es porque tienen baja autoestima —y por eso necesitan un condenado psicólogo.)

El destacado psicólogo y pedagogo Jerome Bruner comentó alguna vez que un joven clasicista de Oxford le había dicho, en tono de reproche, que el realismo familiarista de Sigmund Freud había destruido para su generación el Edipo rey como narración dramática. Bruner, al replicar, dijo que no pudo no protestar que lo que Freud había hecho con Edipo rey hubiera podido ser aún peor para la vida familiar fuera de la escena. Imagine usted cualquier ‘peor’ escenario. Sustituya la mitología griega por la que a usted le apetezca, la maya por ejemplo, y diviértase lo suficiente. Muy pocos se han atrevido a dudar de la ‘validez’ de las afirmaciones del psicoanálisis, aunque no sea, propiamente dicho, un conocimiento científico en el sentido positivista del término. Y en ningún otro.

Sin embargo, hay algo más en relación con las ‘modas culturales’. Y es que hay conceptos o términos que en realidad son populares y que, gracias a su utilización cotidiana y bastante extendida, adoptan un disfraz científico en tanto que, al convertirse en ‘temas de reflexión y discusión’, atrapan a investigadores y estudiantes incautos. En este caso, los conceptos se desplazan de una manera un tanto diferente. Van del ámbito cotidiano al ámbito científico. Y es aquí donde habría que situar esta discusión pues es donde parece cobrar riqueza una enigmática diversidad de fenómenos sociales, culturales, políticos, lingüísticos, psicológicos, etc.

Incorporándose al dominio de los conocimientos científicos, lo que ocurre en la realidad es, a veces, inverosímil. Transforman no sólo las relaciones entre las personas sino entre las personas y la realidad social, así como la forma en que se relacionan las personas con ellas mismas.

Las ‘modas culturales’, que implican procesos sociales de cómo los conceptos del ámbito cotidiano de pronto pasan a formar parte de los inventarios de la investigación, son muy llamativas. Y lo son en el sentido de que asumen que las parcelas de realidad crean objetos de investigación, por ejemplo. Los profesores P. Bourdieu, J. C. Chamboredon y J. C. Passeron, en su libro El oficio del sociólogo, señalaron que muchos sociólogos principiantes obraban como si bastara darse un objeto dotado de realidad social para poseer, al mismo tiempo, un objeto dotado de realidad sociológica. Los objetos dotados de realidad sociológica estarían, de acuerdo con su punto de vista, más allá de lo que denominaron la ‘sociología espontánea’. Así como un campo de conocimientos posee, digámoslo así, ‘objetos preconstruidos’ de los cuales se puede echar mano para hacer investigación, también vemos aparecer objetos de ‘nueva creación’ en torno a los cuales se realizan investigaciones durante algún tiempo para luego ser abandonados. Escribieron atinadamente que la epistemología empirista concibe las relaciones entre ciencias vecinas, psicología y sociología por ejemplo, como conflictos de límites, porque se imagina la división científica del trabajo como una división real. Razón por la cual es fácil asumir que existen muchas sociologías y psicologías arrebatándose las parcelas de realidad y defendiendo hasta sus últimas consecuencias las que les corresponden por ‘naturaleza’.

Suponer que las convenciones lógicas ‘crean’ realidades empíricas conlleva múltiples riesgos porque una vez creada dicha convención, bastaría buscar los datos que justificasen su ‘existencia’. Más aún, suponer que dichas convenciones son derivados ‘naturales’ de las realidades empíricas es todavía más riesgoso y engañoso porque ello implicaría asumir que el observador no ha establecido una relación con la realidad y que, por lo tanto, la convención lógica es el resultado objetivo del proceso de observación.

El profesor Iuriï Lotman, lingüista y semiólogo ruso, explicó en su texto Sobre la dinámica de la cultura que uno de los principales supuestos de la semiótica es el de que existe un espacio pre o extra semiótico por antítesis con el cual se definen los conceptos fundamentales de la semiótica misma. Dijo que tal enfoque estaba enteramente justificado desde el punto de vista heurístico. Pero que el error no estaba en él, sino en la mezcla de principios: comenzamos a percibir una convención lógica como una realidad empírica. Y no hay justificación para ello. Las ‘denominaciones’ modifican las relaciones entre las personas y entre las personas y la realidad, pero no crean realidades empíricas que, podríamos suponer, siempre existieron como realidades objetivas e inherentes a los seres humanos por naturaleza. El mundo después de Freud cambió significativamente. Incluso podríamos decir que antes de él, el mundo era algo simplemente más cómodo. Y de ahí a creer que la figura literaria del ‘inconsciente’ formó parte de la naturaleza humana desde nuestros ‘ancestros’, es ya una exageración. Sería equivalente a suponer que en el Calmecac —las ‘escuelas’ de los aztecas donde asistían los hijos de los ‘nobles’— el denominado bullying era una realidad no sólo palpable, sino inobjetable y, por supuesto, un fenómeno ‘escolar’ que ha existido siempre. Vaya ridiculez.

Si usted ha utilizado alguna de estas palabrejas, despreocúpese: está a la moda cultural: crianza y desarrollo; apego; comunicación, poder, conflicto y satisfacción en la pareja; roles sexuales; climaterio; calidad de vida; depresión; ansiedad y estrés; autoestima e identidad; autoconcepto; imagen corporal; asertividad; logro y evitación; resiliencia; empoderamiento; afrontamiento; locus de control, controlabilidad y autocontrol; habilidades cognitivas; atribución; percepción social, emociones y personalidad; altruismo; salud sexual y reproductiva; embarazo adolescente; comportamiento pasivo-agresivo; gestión del trauma; calidad de vida; apoyo psicosocial; salud mental; cuidados, cuidadores y autocuidado; contención; psicoafectividad; maternaje; etc.

Esos psicólogos son imparables…

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