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Marie de la Trinité, la monja que sobrevivió a la locura

Febrero, 2026

Enfrentada a una jerarquía eclesiástica indiferente a su sufrimiento, Marie de la Trinité, monja dominica, estuvo al borde de la locura. Nadie comprendía su angustia. En sus ‘Voces Insurrectas’, Estefania Ibañez se detiene en De la angustia a la paz, el relato y testimonio de “una religiosa subversiva que retó la tolerancia y la paciencia de casi todos a su alrededor”. Una historia de resistencia, claridad y esperanza.

Arrastrada por un mar de confusión y recluida detrás de las rejas de la incertidumbre —tras cruzar un bosque espeso de cuyos árboles caían, como hojas secas, palabras ansiosas, dolorosas y, al mismo tiempo, liberadoras—, de pronto me abrazó la calma.

No puedo describir de otra manera lo que sentí al leer De la angustia a la paz / Relato de una monja desde los límites de la locura (Ned ediciones, 2024), de Marie de la Trinité, una religiosa subversiva que retó la tolerancia y la paciencia de casi todos a su alrededor.

La rara joya literaria (que se apoderó de mis emociones y las desbordó a su antojo) simboliza un ejercicio intenso que nutre, desde 1956 —año en que fue escrita—, la disciplina científica de psiquiatría.

Sí, aunque la relación es poco usual, los profesionales que pertenecen a esa rama de la medicina, y, claro, los lectores, pueden cambiar su perspectiva con relación a la vulnerabilidad de la salud mental, pues, a través de los versos, la autora habló con agresividad sincera de sus crisis depresivas, el estado de congoja que siempre la perturbó y cómo se salvó de ser sometida a una lobotomía.

La obra de 143 páginas está conformada además por tres documentos: “Carta del Dr. Lacan”, por Jacques Lacan; “Necesidad y libertad en la experiencia y en la escritura de Marie de la Trinité”, por Erminia Macola; y un “Posfacio” escrito por Enric Berenguer.

Aunque los textos brillan por sus datos curiosos y deliberaciones de la vida de Marie, lo más valioso del ejemplar es la carta “De la angustia a la paz / Relación escrita para Jacques Lacan” y “Pequeño libro de las Gracias / La Primera Gracia (11 de agosto)”; ambos títulos expulsados desde el corazón herido de Marie, bautizada con el nombre de Paule Mulatier (Lyon, 1903 – Marsannay-la-Côte, 1980), quien vivió, a partir de 1929, vivencias místicas densas y críticos intervalos de alienación, a la vez que —considero— fue agredida y abandonada (incluso en la presencia) por su familia biológica y eclesiástica, debido a su insubordinación.

En la telaraña de la aflicción

La misiva “De la angustia a la paz”, escrita desde las entrañas de Marie, fue una solicitud del psiquiatra y psicoanalista francés Lacan, con quien la monja dominica mantuvo una relación profesional de paciente-doctor, aunque entre líneas se insinúa que crearon una buena amistad.

Los párrafos poéticos develan que Marie se sintió confundida, afligida y sola casi toda su vida, debido a que en la larga búsqueda de curar su “enfermedad” —así denominaba a sus crisis depresivas y angustiosas— confió en varios médicos, en especial en los del Hospital psiquiátrico de Bonneval donde estuvo internada en 1954; ellos intentaron ayudarla con una “cura química” que solamente la orilló a la locura.

Los claroscuros y sinsabores no se limitaron con los trastornos del estado de ánimo; también descubrió que la gente a su alrededor no simpatizaba con su personalidad, por lo que sobrevivió a un aislamiento, fruto de la exclusión y el poco valor que le otorgaron.

“Lo que me consolaba, en el colmo de esta aflicción, era que al fin se habría hecho la luz sobre mi caso —ya que, desde que soy religiosa, siempre he sido duramente criticada por unos y aprobada por otros, y mi persona siempre provocaba divisiones—. Había necesitado mucho tiempo para darme cuenta”, relató en la carta.

Línea a línea se reconstruyó en soledad

Resulta extraño que, a pesar de que el texto es corto, Marie confesó de todo en él; por ejemplo, que poseía obsesiones específicas: una de ellas fue la comida. Es decir, decidía ingerir alimentos o renunciar a ellos durante años, pese a que la segunda actividad como consecuencia tuviese el chantaje de otras personas, quienes le aseguraron que si se alimentaba “podría sanar”.

Sus declaraciones fueron muy sinceras y desobedientes, incluso bajo el yugo jerárquico al que varios de los miembros de la doctrina que profesó la sometieron, pues en el texto reconoció que cargó con traumas de su infancia y expuso que en su estancia en el hospital padeció de negligencia y violencia médicas, a la par que le afectó que algunas religiosas y curas traicionaran su confianza.

El fin de la vida, y lo que ella consideraba el abismo, los saboreó como métodos de salvación a sus crisis mentales. En el transcurso de un periodo, la muerte parecía su única amiga, su única salida para, incluso, dejar de decepcionar a Dios, como sintió que lo hacía.

“La muerte era por tanto inminente y enseguida iría al infierno. Este pensamiento del infierno me aliviaba, en primer lugar porque era justo y, en segundo lugar, porque me libraría de la amenaza de lo peor y, sobre todo, me libraría de la angustia; esta liberación de la angustia me hacía el infierno infinitamente deseable. Todos los peores sufrimientos no son nada, en comparación con la angustia”, se puede leer en los versos.

Marie de la Trinité dejó muy en claro que, pese a los ataques coléricos que la sacudían (y a todos a su alrededor), aunado a la sensación de culpabilidad por expresarlos, a su desestabilización emocional y a ser víctima de “injusticias, celos, engaños-maldades, dureza y rivalidades”; las letras, sobre todo escritas para alguien más, pueden ayudar a sobrevivir y a reconstruirse en soledad.

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