La vida social
Febrero, 2026
Mirar y ser mirado. La intimidad y la celebridad son las dos formas más patéticas y solitarias de la vida social, escribe Pablo Fernández Christlieb en esta nueva entrega de ‘El Espíritu Inútil’. Y es que la vida social consiste, básicamente, en ser visto, que es la manera de existir; en tener testigos de que uno es una persona, o sea, de que ha sido visto; si no hay quien pueda corroborar que lo ha visto a uno, uno no tiene pruebas de que es alguien.
La intimidad y la celebridad son las dos formas más patéticas y solitarias de la vida social. La vida social consiste, básicamente, en ser visto, que es la manera de existir; en tener testigos de que uno es una persona, o sea, de que ha sido visto; si no hay quien pueda corroborar que lo ha visto a uno, uno no tiene pruebas de que es alguien. En la intimidad, sólo hay un testigo, solamente ha sido visto por uno o una más, y presentar nada más un testigo de su vida es muy poco convincente, porque a los testigos únicos nadie les cree, y mucho menos si es pariente cercano. Por eso todas las canciones de amor acaban mal. Y en la celebridad, uno no ha sido visto por nadie, porque aunque a uno lo hayan visto miles uno no los ha visto a ellos, y la mirada queda incompleta, porque no los ha visto viéndolo. En ambos casos, hay un vacío de miradas. De esto fue de lo que se murió Marilyn Monroe.
Lo patético es que el amor y la fama son las dos formas más taquilleras de la relación entre las gentes: la gente sueña y suspira con ser amada (para usar ese verbo espantoso, que de paso hoy por hoy es un anglicismo, ya que proviene del I love you y no del español); o famosa: las dos formas no se pueden al mismo tiempo, y por eso los famosos se quejan de no ser amados, y los amados se quejan de no ser famosos. Comoquiera, entretanto, ellas (para usar los géneros obsoletos) se enojan de que él “se va con sus amigotes”, y ellos de que ella “prefiere andar en el chisme”.
En suma, que eso del amor es puro rollo: hechas las cuentas, parece que aquello por lo que todos sueñan y suspiran, una vez conseguido, no era lo que buscaban, porque resultó ser un vacío de miradas en donde uno deja de ser visto, y en lugar de permanecer acaramelados, a todos los jala el mundo, eligen la mundanidad, los amigotes, el chisme, el ajonjolí de todos los moles: ellos dicen que lo hacen por la chamba y ellas que no se van a pasar la vida haciendo el desayuno. La fama de todas maneras no la van a tener, porque es el equivalente a la riqueza, para el 1 %.
Los que creen que nadie los quiere probablemente tengan razón, pero a la mejor no se han enterado de que eso de vivir en pareja, en familia o cualquier forma del mueganato (condición de muégano) es sobre todo un truco publicitario que, como toda publicidad, termina por decepcionar, aunque para no quedar mal dicen que es maravilloso, y como dice Richard Sennett en El declive del hombre público (Península, p.418), “cuanto más juntas están las personas, sus relaciones son menos sociables, más dolorosas y más fratricidas”. De acuerdo, se excedió un poco, y de acuerdo, de vez en cuando uno necesita que le hagan piojito, pero, en todo caso, de todos los bullings, el de la casa es el más sanguinario, de todas las indiferencias, la más cruel es la del hogar, de todas las venganzas, las de la recámara son las peores; de todas las misericordias, ninguna pasa por la familia. La gente que vive allí parece desalmada.

Tal vez el truco publicitario es más bien una especie de amenaza, como los anuncios de las medicinas, de que si se acaba la intimidad se va a quedar solo. Porque parece que más allá, entre la intimidad y la celebridad, el resto de la vida social otorga mejor compañía: menos ardiente, menos pasional, más monótona, más aplanada, pero a la postre, más confiable, sin tragedias ni desengaños.
Ciertamente, la aburrida vida social está repleta de ilustres desconocidos, de colegas, vecinos, tenderos, parientes lejanos, marchantas, meseros, niños pobres, comerciantes informales, todos con la obligación social de poner buena cara, que en conjunto constituyen grupos abiertos e ilimitados donde siempre hay alguien más a quien mirar, con los que se saluda, se habla, se comenta política y futbol, se intercambian bromas y se caen bien sin que haya necesidad, o precisamente porque hay la libertad de que no haya necesidad de saberse el nombre o si están casados, si están enfermos ni ninguno otro pormenor, pero entre todos se instaura un acuerdo de simpatía, una entrañable comunidad de extraños en la que uno, que se salió de su casa porque ya no aguantaba, se encuentra acompañado, y se asume anónimamente importante porque les importa a los otros, ya que son los que lo ven y testifican que lo han visto, y han sido vistos por uno en una mirada completa. Y después de esa bocanada de vida social más modesta y más honesta que no requiere de condiciones ni de dar la talla, uno puede razonablemente sentirse parte de la sociedad. La vida social está plena porque uno es visto por quién-sabe-quién y tiene testigos de su existencia que quién-sabe-quiénes-sean. Y viceversa, porque uno también se acuerda de ellos.
Fernando Pessoa cuenta en El libro del desasosiego (Acantilado, p.35) del mesero que lo atiende seguido en la comida corrida que al pagar le desea que se mejore porque se dio cuenta de que no se acabó el vino y no ha de sentirse bien, y dice “en estos camareros de café y de restaurante, en los barberos, en los mozos de recados de las esquinas, yo encuentro una simpatía espontánea y natural que no puedo enorgullecerme de recibir de los que tratan conmigo en la mayor intimidad”.
Como defendiéndose sin que nadie los ataque, la gente en general a la primera de cambio avisa que es querida y amada sin que nadie les pregunte, como advirtiéndonos a todos que ella no está sola —a veces hasta dicen que son felices— tal vez porque sospecha que hay alguna mentirita por ahí, que sí se la creen pero que de todos modos tiene algo de falso frente a la pequeña verdad de que el antídoto contra la soledad no está en la intimidad —ni en la celebridad— sino en la vida social. ![]()



