Febrero, 2026
14 de febrero. Otro San Valentín más para regalar flores y peluches y, sobre todo, para reflexionar sobre las nuevas y viejas formas de amar. Justamente, en el siguiente texto, el periodista Fernando de Ita nos conduce por sus recuerdos para hablar de la carnalidad del amor. Y es que, como afirmaba el poeta Octavio Paz en La llama doble, el amor es una apuesta insensata por la libertad, no la propia, la del otro.
Amada esposa:
Antes de irme al más allá donde no hay nada para la memoria humana, quiero decirte que en mi agitada vida amorosa sobresale tu cuerpo en todas las posturas posibles de la felicidad. Si abro un archivo en mi mente para ordenar las imágenes de tu cuerpo, pero sobre todo de lo que eras tú en ese cuerpo, grito de alegría por haber sido el hombre con el que te entregaste al placer de los sentidos.
Fuiste “mi chorreada” en aquel rincón cerca del cielo que, sin embargo, estaba a ras de piso en la casa de Guadalajara. Cómo gozamos tu juventud, precisamente por los veintiún años de ventaja que te llevo en el camino del tiempo que inevitablemente nos lleva a la muerte. Tú tenías 29 años, yo 50 y el hijo que nos unió para siempre no fue obstáculo para seguir descubriendo nuestro propio kamasutra, aunque no era el circo de los cuerpos lo que nos hizo felices sino todo lo contrario: la naturalidad con la que nos engarzábamos el uno al otro en las situaciones más insólitas y en la sencilla intimidad del día a día. Como no usabas calzones en la casa de Miguel Blanco y tus vestidos eran leves y cortos, bastaba subirlos un poco para tener un orgasmo mutuo mientras lavabas la ropa o cocinabas el arroz.

Nuestros desencuentros fueron inevitables y dolorosos, pero tuvieron una recompensa energética porque cogíamos sin dirigirnos la palabra entre nueve y once veces al día. Y no era una enfermedad ni un vicio, apenas la necesidad de compensar con el cuerpo las angustias del alma que yo provocaba con mi doble vida. No es la ocasión para abordar ese tema, porque mi intención póstuma es recrear la escena en la que te vi por primera vez en un teatro de la entonces lejana ciudad de Ensenada haciendo de Concha Urquiza, un personaje fascinante —porque primero fue comunista y luego trató de ser monja—, que Víctor Hugo Rascón Banda dramatizó y Fernando Rodríguez Rojero puso en escena y tuvo la ocurrencia de ponerte de espaldas y desnuda para abrir el telón. Te conocí de nalgas y cuando te tuve de frente el mismo director de Alucinada se encargó de subrayar el motivo de mi deslumbramiento haciendo que Susana San Juan, el personaje femenino de Pedro Páramo, fuera el cuerpo más fotografiado de una Muestra Nacional de Teatro de los años noventa por el triángulo perfecto, helicoidal, de tu vello púbico.
El teatro nos ayudó tal vez a dramatizar, ironizar, erotizar, nuestra relación íntima, pero como ocurre en la invención artística: o tienes el don o sólo la técnica. El don no se estudia ni se adquiere, es una gracia de la naturaleza. Y lo curioso es que no escoges a tu pareja en ese sentido, porque puedes tener una erótica estupenda con varias parejas y en consecuencia un sexo satisfactorio. Pero uno busca inconscientemente la “completud” erótica que Platón menciona en El Banquete como un ideal, y la filosofía popular convierte realistamente en la búsqueda de la media naranja. Tú la hallaste en mí en el espejo del cuarto de un hotel de paso en la Avenida Álvaro Obregón de la Ciudad de México. Viste en el enorme espejo del techo lo que estaba haciendo tu cuerpo con el mío y el mío con el tuyo y quedaste literalmente con la boca abierta en la contemplación del placer, sin sospechar que ese camino sería tu perdición, aunque no había por qué tener esa sospecha porque en ese momento nuestros cuerpos estaban entregados hasta el colmo en fundirse en uno solo.
Aunque no lo hice a propósito, llevarte al día siguiente a los baños de vapor de la misma Avenida Álvaro Obregón fue definitivo para tu vinculación erótica con este hombre mayor y mujeriego. Ahora sabes que desde mis 15 años los baños de vapor han sido el refugio uterino de mi desconsuelo. Pero entonces sólo dejaste que las humedades de tu cuerpo estuvieran más propicias para disfrutar de los efluvios de la noche anterior, poniéndote en las paredes del baño como esos frisos romanos en las que las hembras gozan de la copulación con las manos pegadas al muro y la grupa levantada como yegua, como perra, como mujer en celo que supera el sexo animal porque tiene un poder inmenso en su cabeza: la imaginación.
En nuestro caso la fantasía no era buscar un motivo exterior para avivar el deseo sino dejarnos llevar por esa corriente alterna de los cuerpos, porque nuestra energía erótica no era lineal, constante y en un solo sentido, sino oscilante, como el pistón que entra y sale de un orificio con diferente intensidad, provocando que el motor del cuerpo vaya acumulando la energía suficiente para salir disparados al infinito y más allá. Recordarás que a veces tu disparo era tan potente que tu cabeza estaba a punto de estallar, literalmente. Tenías que desenchufarte y rogarle a los demonios del placer que no te diera un infarto. En ese sentido nos faltó alcanzar la trascendencia erótica que en lugar de matarte te lleva a la plenitud del ser. Aunque igual me salvé de la castración bucal que le hace la heroína de El imperio de los sentidos —la película de Nagisa Öshima de 1976— a su pareja, como el único desenlace posible a una pasión tan descomunal. Lo menciono porque el filme está basado en la historia real de Sada Abe, la mujer que en 1936 estranguló a Kichizo Ishida y lo castró con sus dientes para llevarlo consigo para siempre. Sólo así halló la paz.

La cantina de la Avenida Cuauhtémoc a la que fuimos saliendo del vapor marcó nuestro destino etílico, porque las cantinas de la colonia Santa María la Ribera se convirtieron en el telón de fondo de nuestro noviazgo, del que hoy sólo quiero recordar los momentos en los que entraba el trío, nos miraba y sin más se soltaban con los boleros de amor y traición que nos hacían felices. O las noches de rumba en la colonia Roma donde hacías de tu breve y ligera falda el foco de las miradas de los intelectuales que estaban descubriendo que la rumba es cultura, porque en los años noventa aún era espectacular que una joven hermosa e hija de familia enseñara los calzones rumbeando.
Ahora creo que desde muy joven tuviste una conexión natural con tu cuerpo y que por eso podías darle tu desnudez a Concha Urquiza y el impacto de tu sexo a Susana San Juan, con toda naturalidad. Quiero pensar que a partir del espejo del hotel de paso comenzó a refinarse, por así decirlo, la conciencia no sólo de tu cuerpo sino fundamentalmente de tu cuerpo desnudo. En los años de Guadalajara tuviste el tino de documentar tu maternidad con fotos muy puntuales, sin filtros, sin añadidos. Tu desnudez de mujer embarazada está como cuadro de honor en la galería de imágenes tuyas que me llevo al más allá, donde todo se desvanece.
En esos años en los que te desnudaste frente a la cámara no faltó quien se escandalizara porque mi mujer se dejaba ver tal como era cuando se quitaba no sólo la ropa, sino todo lo demás —para decirlo pronto. ¿Cómo explicarles que yo disfrutaba no sólo estética sino existencialmente de ver a mi mujer convertida en lo mejor de sí misma, como el cuadro o la fotografía no de la modelo sino de lo que esa figura desnuda dice de todas las mujeres. Mis amados griegos tenían que tallar por años un mármol para reunir para siempre el fulgor de la belleza, que dura un instante. La fotografía es ese instante en el que el cuerpo de una mujer destella. Lo creas o no, puedo repasar en la memoria muchas de esas imágenes porque se quedaron no sólo en la pupila sino en la conciencia, que es lo último que perdemos al morir.
Le ruego a los dioses olmecas-xicallancas, que atestiguaron nuestro casamiento cholulteca, que en mi último instante no vea pasar toda mi vida sino esa parte en la que tú y yo nos acoplamos como el primer hombre y la primera mujer sobre la tierra. ![]()



