Enero, 2026
Fue periodista, novelista, poeta y cuentista. Prolífico autor, Rudyard Kipling fue, es, y sigue siendo, uno de los más importantes escritores en lengua inglesa. Nacido en 1865 en Bombay —la India colonizada por el imperio británico—, Kipling se convirtió en el primer escritor inglés en recibir el Nobel de Literatura en 1907. Y con justa razón: suyos son algunos clásicos de las letras universales como los relatos de El libro de la selva, la novela de espionaje Kim o cuentos como “El hombre que pudo ser rey”. Jorge Luis Borges, citando a George Moore, dijo que Kipling era, “después de Shakespeare, el único autor inglés que escribía con todo el diccionario. Sabía administrar sin pedantería esa profusión léxica. Cada línea ha sido sopesada y limada con lenta probidad”. Y aunque en las últimas décadas su reputación y prestigio han sido maltratados —sobre todo por su actitud colonial—, sus narraciones y poemas tienen aún la influencia del primer día. Ahora que se cumplen nueve décadas de su partida —murió en enero de 1936—, Víctor Roura lo recuerda.
1
Cuando Robert Baden-Powell (Londres, 1857 / Kenia, 1941), coronel del ejército británico, decidió crear el movimiento scout (o escultismo) en 1908, se inspiró en El libro de la selva porque cada animal imaginado por Rudyard Kipling —de quien acabamos de celebrar, el pasado 30 de diciembre, su 160 aniversario natal y este 18 de enero se conmemoran nueve décadas de su muerte— “simboliza cualidades requeridas para llegar a ser un buen explorador (sabiduría, bondad y rigor, en el caso de Baloo; agilidad, ternura y vigilancia, en el de Bagheera) y cada animal es un tótem de referencia. Los dos hombres se conocieron en Sudáfrica durante la Guerra de los Boers, en 1899, y rápidamente se pusieron de acuerdo sobre la necesidad de formar ciudadanos felices, activos y útiles, de disciplinar a los jóvenes, de fomentar su sentido del deber y la amistad, procurándoles diversión al mismo tiempo. Kipling compuso entonces Canción de la patrulla, himno que actualmente entonan 25 millones de muchachos y muchachas escultistas de todos los rincones del mundo”.
En un número de colección en 2003, National Geographic publicó “A través de El libro de la selva” donde reúne, en un trabajo de investigación elaborado por los editores franceses de esa prestigiosa revista, varios textos en torno del escritor hindú-británico Rudyard Kipling (1865-1936), quien, luego de escribir su famoso libro en 1894, recibiera, un poco antes de cumplir los 42 años, el Nobel de Literatura en 1907, siendo el primer inglés en ser condecorado por la Academia Sueca.
“Es el 8 de febrero de 1872 —leemos en la pulcra edición vertida al castellano—. Entre los indígenas corren rumores sordos y, al preguntarles, responden con un tono misterioso que inspira aún más desconfianza. En el acto, se dan órdenes; los hombres de la tropa británica son acuartelados y los oficiales se mantienen en estado de alerta. La noticia se ha difundido ya en todos los hogares de Europa: ‘¡Ha sido asesinado!’ Richard Southwell Bourke [1822–1872], virrey de India, sexto conde de Mayo, ha caído bajo el puñal de un condenado musulmán de la secta wahabí, en la colonia penitenciaria de Port Blair, de las islas Andamán, frente a las costas de Birmania (hoy Myanmar)”.
Kipling, que contaba con sólo siete años, recuerda en sus memorias el terror de su madre: “Un día regresó muy temprano y me anunció (aún no estaba dormido) que el ‘gran lord Sahib’ había sido asesinado”.

2
¿Es el inicio de una nueva rebelión, como la de 1857, cuando una partida de soldados indios se había amotinado contra los amos europeos y las Indias pertenecían todavía a la East India Company y no a la Corona?
“Sin una victoria total sobre la revuelta, en aquella ocasión, el subcontinente se habría perdido para siempre. Todo había ocurrido tan rápidamente: Delhi caía el 10 de mayo; Bahadur Shah [1775-1862], potentado local, era proclamado emperador de todas las Indias, el norte del país se sumía en la anarquía y se perpetraban las primeras masacres contra los colonos. Las represalias inglesas serían terribles. En septiembre de 1857, Delhi era recuperada por los británicos con la ayuda de los guerreros sijs que permanecían fieles a los occidentales”.
Esa vez, año trágico para la India, “al menos 320 mil rebeldes serían ejecutados, 200 mil de ellos civiles. Si antes de la insurrección se cuenta un soldado inglés por cada cinco soldados indios, la proporción asciende posteriormente a uno por cada dos. En todas las grandes ciudades había batallones ingleses estacionados. El sobresalto independentista indio había sido acabado, pero sólo por el momento porque los indios no lo olvidarían jamás”.
Sin embargo, tras otras innumerables calamidades (en 1877, por ejemplo, “en la región del Decán, la hambruna causa cinco millones de víctimas”), la India no obtuvo su independencia sino hasta casi un siglo después, en 1947, incluso ya fallecido Kipling, once años antes, muerto orgullosamente inglés.
3
¿Quién es Baloo?, se preguntaron en 2003 los redactores de National Geographic, para luego ir a la búsqueda de una respuesta: “Aunque esta especie rara vez desciende de las alturas de los Himalayas, Kipling le dio en su obra un papel al oso pardo. Su morfología regordeta era necesaria para seducir a los lectores, grandes y pequeños. En la selva india, el escritor británico tuvo trato por mucho tiempo con el oso belfudo, habitante del bosque, y el oso montañés de collarín, ‘grandes aficionados a las abejas y a las frutas, como todos los osos’, como los describe el zoólogo Pierre Pfeffer [París, 1927, y fallecido hace justo una década en la misma capital francesa el 29 de diciembre de 2016]. Las míticas garras de hierro del oso infunden temor en todas las Bagheeras de la selva. Sea cual fuere la especie a la que pertenece, el oso sigue siendo un mamífero único. Todo redondez, ataviado con su grueso abrigo de pelambre, es, junto con el hombre, una de las criaturas mejor repartidas en el planeta”.

La morfología de Babo es la de un oso pardo, “el úrsido de mayor tamaño del hemisferio norte el macho y la hembra miden dos metros de largo; aquél pesa 300 kilogramos de peso y ésta, 200, un modelo robusto y adaptable, que se divide en nueve subespecies (el de los Pirineos, el grizzli, el de kodiac, entre otros). Habitante más septentrional que sus primos, ese ladrón de ganado dormita en el invierno tras haber acumulado reservas de grasa, pero despierta de vez en cuando para comer o cazar a los intrusos. ¡Cuidado, pues duerme con un ojo abierto!”
De frente a su primer elefante, “el profano occidental, atiborrado desde su muy tierna infancia de imágenes africanas, quedará pasmado si se aventura en la selva india. Esperará ver un monstruo con enormes orejas, pero descubrirá un animal relativamente pequeño. Después de cierto tiempo, finalmente notará las orejas y los menudos colmillos, la frente abombada y el lomo redondo, y se convencerá entonces de que el elefante de Asia es un paquidermo. Kipling no estaba equivocado: sus descripciones de Kala Nag, montado por Toomai en El libro de la selva, y del viejo Hathi, del Mowgli adolescente en El segundo libro de la selva, obedecen a una precisión irrefutable. El elefante asiático tiene la piel del mismo grosor cuatro centímetros, pero mucho menos arrugada que la de su primo africano”.
En el elefante, aseveraba el zoólogo Pfeffer, “la experiencia y el conocimiento son más importantes que los rasgos innatos e instintivos”.
Dicha peculiaridad es debido “a su trompa, una maravilla de la evolución —dicen los expertos de National Geographic—. La herramienta, polifacética en extremo, sirve como manguera de baño, raspador, tubo respiratorio, periscopio, cepillo, vaso y tenedor. Potente como una grúa, empuja, levanta, arranca, mata, pero también sabe atrapar delicadamente la fruta más ágil”. En los albores de este siglo XXI “quedarán apenas mil 500 machos en la naturaleza asiática, lo que hace que las 28 mil 500 hembras restantes [de un total de 30 mil en estado salvaje a principios del siglo XXI] permanezcan en una situación difícil en lo que a su fecundación se refiere. Un ominoso día —concluyen los redactores de la revista—, la criatura más inteligente de la selva ya no será más que ganado mantenido a gran costo en las reservas escampadas para el gusto de los turistas ansiosos. Entonces, lloraremos releyendo a Kipling”. ![]()



