Enero, 2026
Una entrañable amistad, pero, también, un profundo respeto por su correspondiente quehacer cultural, las une desde hace tiempo. En esta nueva entrega, Eugenia Montalván nos cuenta su (casi) encuentro con la escritora mexicana Daniela Tarazona, actualmente establecida en Madrid. También conversa con ella a propósito de su más reciente libro. Apuntan los editores en la contra: en El corazón habitante, Daniela Tarazona despliega una novela que desafía el tiempo y la imaginación: una pareja primitiva en su caverna, un cirujano del siglo XVII obsesionado con el cuerpo y un cosmonauta a la deriva en el espacio profundo. “A través de estos personajes, Tarazona teje una meditación inquietante sobre el cuerpo, la memoria y la supervivencia”.
Para Daniela Tarazona (Ciudad de México, 1975), la literatura es una salida de emergencia. Así lo establece en esta entrevista que tuvimos para ahondar en su novela más reciente, El corazón habitante, publicada bajo el sello Almadía. Con esta editorial ella había publicado El animal sobre la piedra (2008) e Isla partida (2021). También Alfaguara la tiene entre sus novelistas con El beso de la liebre (2012), y realmente existen infinidad de escritos de crítica, crónicas y artículos con su firma para leerla.
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Conocí a Daniela gracias a Guillermo Quijas, director de Almadía, cuando me envió “El animal…” y nos dejó comunicadas; meses después, Daniela inició una relación que perdura hasta hoy con las y los escritores y lectores de Mérida. La seguimos con interés porque aprendemos de ella.
Hoy recuerdo cuando fuimos juntas al Zoológico de Chapultepec a visitar a “Toto”, el orangután del que estaba enamorada (“Semanario simiesco #1: Sexo recreativo”). Pasamos mucho tiempo frente a su jaula esperando una señal que correspondiera a nuestra ilusión, pero “Toto” permaneció oculto en su silencio.
Actualmente Daniela vive en Madrid, la galaxia donde quise visitarla para hablar de El corazón habitante, pero estacioné en Málaga, así que recurrimos al teléfono, WhatsApp, computadora, telepatía y signos vitales impresos en el firmamento…
Daniela cumplió 50 años conjugando la prehistoria con los siglos XVII y XXI para escribir sobre el órgano central de los seres vivientes, el corazón.
Aquí nuestro intercambio escritural…

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—En tu novela narras —a través de una mujer y dos hombres— cómo nos relacionamos con nosotros mismos y el entorno inmediato, y expones, claramente, un tema que se ha vuelto tendencia: la capacidad que los seres humanos hemos desarrollado para vivir aislados, prescindiendo —incluso— de tener pareja. La soledad se asimila cada vez con menos perturbación, ¿o qué piensas tú?
—Yo pienso que no se asimila mejor, al contrario. Muchos aspectos se han transformado y estos cambios son naturales a lo largo de la Historia, siempre en modificación; sin embargo, ahora, nuestros ejes emocionales y perceptuales se encuentran en jaque debido al uso de Internet y las redes sociales. La soledad de cada persona se halla sumergida bajo el escándalo y la ferocidad invasiva de los “contenidos”, de las imágenes incesantes. En el engaño del que somos parte, la manera individual, que a la vez es única y particular, se somete al algoritmo. La narrativa que establece Internet acerca del mundo (que es distinta en cada territorio geográfico por regulaciones gubernamentales, pero también por las tendencias y los hashtags) cuenta de manera artificial lo que ocurre. Fuera de foco queda la realidad tangible que sí ocurre y que es otra distinta a la que representa o falsea el universo digital. ¿Cómo podemos asimilar la soledad si estamos perdidos en el espacio de lo falseado, de una narrativa artificial que no es artística, sino sujeta al sistema capitalista y la monetización de nuestra intimidad? Lo que sucede es tremendo por donde se vea. La soledad implica silencio y en esta época practicamos poco la reflexión callada. No es que la soledad nos otorgue una conciencia acerca de nuestra “localización vital”, de nuestra “vida interior”, pero sí puede orientarnos hacia la búsqueda de lo que deseamos y ese deseo también está determinado por lo que nos ofrecen las pantallas.
“El personaje del cosmonauta en la novela está inspirado en estos puntos de vista. Él observa al planeta Tierra con nostalgia y también reconoce la decadencia de la civilización o, precisamente, esa transformación que referí antes. Su soledad allí, en la nave, no es más llevadera ni tampoco asimilada, su soledad es un vacío, un sinsentido. Ojalá fuera cierto lo que dices… Los aparatos inteligentes que hoy determinan nuestra percepción del mundo nos conducen a estar en otros ‘sitios’ y nos alejan de habitar el presente inmediato de la realidad tangible. Por eso, si vamos en un transporte público, podremos comprobar el devenir zombie que nos aqueja. Pocas personas observan a las otras, pocas personas miran los acontecimientos que las rodean y, sobre todo, pocas personas se miran entre sí reconociéndose de la misma especie y con sufrimientos en común y fragilidades ineludibles. Pero ese mismo sistema capitalista que ha establecido la invasión de las máquinas, que nos ha otorgado a cada persona una cámara para que capture lo que desea sujetar, no está interesado en que nos detengamos a pensar que somos seres mortales, que nos agobia el cansancio y que no tenemos tiempo para estar en soledad. Hay que alimentar a la Máquina, hay que regalarle contenidos sobre nuestras vidas y hay que mantenerse suspendido, sin suelo, sin tierra bajo los pies para ser más útil. El cosmonauta se da cuenta de esto y por eso se siente profundamente triste.
—Así es. Infinidad de personas viven insertas en una interconexión ineludible de comunicación (redes sociales) desconectadas de un más allá interior, profundo, que pareciera estar vacío… Es paradójico, ¿no crees?
—Sí, considero que ahora con el tema de las redes sociales hemos perdido la capacidad de vincularnos a los otros desde un modo más presente tanto corpóreo como emotivo. Me parece que toda esta manera vertiginosa en la que se han establecido las redes sociales conduce a una desvinculación real entre las personas, justamente por lo que mencionas, por esa condición en la que nuestras maneras de conocer a los demás están atravesadas desde el algoritmo hasta el aplanamiento de la singularidad de cada persona, y me preocupa, es una de las cosas en las que pienso a menudo: la manera que el sistema tiene para conducirnos hacia caminos preestablecidos construidos con un control muy feroz sobre nuestra vida, sobre todas las cosas que podrían hacernos dudar, sobre la eliminación de nuestros errores, de nuestra mirada única de ver el mundo, y también esa particularidad que cada persona tiene de acercarse al otro, de enamorarse, de enfurecerse… Durante la pandemia insistí en este tema en mis columnas en las revistas Este país y Literal Magazine. Hoy agregaría que toda esa construcción nos reduce y hace que perdamos nuestra capacidad crítica al alinearnos a un modo de decidir determinado por el algoritmo que marca nuestra manera de leer el mundo, y nos altera la perspectiva.

—El corazón habitante reclama atención en las fibras más sensibles, precisamente, de este órgano, el corazón, porque está ahí, resguardado en nuestro organismo, pero, en cierta manera, desprotegido…
—Para mí, como para muchas personas, el corazón es el centro, digamos. Es un símbolo muy potente, y en mi libro quise establecer cómo nuestra historia es también una linealidad común. Lo que ha pasado tiene todo que ver con lo que somos ahora. Pienso que el corazón inicial, el corazón cavernario, era un corazón atravesado por el instinto, los impulsos, una motivación muy potente de conocer el mundo. El corazón del médico está un poco endurecido, se ha vuelto rígido por su necesidad de conocer la verdad, lo que él considera que tiene mayor valor, que es la comprobación de lo que observa a través del método científico; sin embargo, hay una gran fragilidad en este médico mostrada con lo que le ocurre más adelante, y esa fragilidad es un punto de quiebre en la novela que extiende sus características al corazón suspendido del cosmonauta, quien ha perdido la esperanza en la civilización y se encuentra lleno de preguntas y de nostalgia, de preguntas sobre si el alcance del conocimiento y la voluntad de alcanzar la verdad han tenido sentido a lo largo del tiempo. Entonces, diría que el corazón en el libro es una especie de piedra preciosa que para mí lanzó un llamado a darle ese sitio, precisamente el de una joya.
—Leyéndote pensaba en que vivimos gracias a sus latidos, esas pulsaciones imperceptibles de las que casi ni nos acordamos…
—Estamos sumidos en una velocidad que nos hace salir disparados de lo que deberíamos atender, nuestro presente, nuestro pulso vital… El corazón de cada persona es un órgano único, así como el cuerpo de cada una de nosotras es singular, así es el corazón y nuestra mirada. El olvido del corazón se debe, precisamente, a la exigencia del sistema que comentaba antes, pues al sistema le resulta conveniente que disolvamos nuestros impulsos y deseos para funcionar mejor en la maquinaria veloz.
—¿Hemos llegado al punto de someter al corazón al más profundo silencio?
—Pensaría que callar la voz interna de nuestro corazón y de nuestra mirada puede ser a veces extremadamente necesario para resistir y sobrevivir en este mundo.
—La lectura de tu novela, Daniela, alteró mi aparente paz. ¡Esa es una de sus grandes virtudes! Mi sugerencia para los lectores es que la lean, traten de comprender la manera en que los personajes perciben el mundo y los imiten en el autodescubrimiento. Yo me hice muchas preguntas…
—Añadiría que en mis libros anteriores y en este mi voluntad ha sido sacudir a quien está del otro lado de la página e invitarle a transitar de otro modo la realidad, o a escapar, porque para mí la literatura siempre ha sido una salida de emergencia, una posibilidad fascinante de huida y de posibilidades y de sentido en su estado más puro, más contundente, más nutritivo y feliz. ![]()



