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Baltasar Gracián, 425 aniversario natal

Enero, 2026

Paradójicamente, regresar a los clásicos suele ser refrescante. A veces, también, muy actual. Pensemos, por ejemplo, en Baltasar Gracián: jesuita, escritor barroco, pensador, doctísimo autor, así como maestro del estilo conceptista. Suyas son dos de las obras más importantes del Siglo Oro: El Criticón, que es considerada una de las más sobresalientes de la narrativa filosófica española; y bajo la forma de aforismo, Gracián dio forma también a una de las cumbres de la prosa barroca y del pensamiento aforístico español y universal: El arte de la prudencia, un libro que goza de plena vigencia por su enfoque práctico y por su atención a lo concreto. Ahora que se cumple el 425 aniversario de su nacimiento —vio la luz primera en enero de 1601 y partió de este mundo en diciembre de 1658—, Víctor Roura aquí lo recuerda.

Nacido Baltasar Gracián en España hace justo 425 años, el 8 de enero de 1601, falleció 57 años después, en su mismo país natal, el 6 de diciembre de 1658.

Baltasar Gracián, en su Arte de la prudencia (en edición de José Ignacio Díez Fernández, Temas de Hoy, Planeta México, 1999), “reúne varias de las características e ideas que hoy identificamos con lo moderno: el axioma de que el mundo es hostil, el pragmatismo, la adaptabilidad, la exploración de las leyes de la seducción, la valoración del fragmentismo y la sugerencia, el prestigioso uso del ingenio, la democratización de la moral, la exaltación del individuo, la autonomía del comportamiento con respecto a las creencias religiosas y un gran interés por la realidad”.

Dice Díez Fernández, en la introducción, que “aunque es inevitable buscar un hilo conductor que armonice los contenidos de los distintos aforismos, conviene no olvidar que el libro puede ser leído (y hoy aún más) de forma discontinua, buscando en cada sentencia la sabiduría aplicable a situaciones concretas, a cada caso”.

Los trescientos aforismos acaso poseen una premisa de suyo pesimista: “Se acepta sin discusión que el mundo es un enemigo al que debe enfrentarse el lector. Por ello el conocimiento que se precisa —dice Díez Fernández— debe ser eminentemente práctico, un saber que permita sobrevivir”.

Hay, sin embargo, un ideal: el hombre (“sabio”, apunta Gracián) debe bastarse a sí mismo, pues “los amigos son como una segunda naturaleza”.

Díez Fernández hace una aclaración más: los aforismos de Gracián han “sufrido diversas modificaciones con el fin básico de facilitar la lectura de un texto escrito y publicado hace más de trescientos años [lo que daba, curiosamente, un aforismo por cada dos semestres desde la creación de este volumen] y con un grado notable de complejidad estilística. La idea no ha sido tanto modernizar lo modernizable como hacer legible el texto. Para ello se han rehecho frases y se ha modificado la sintaxis, además de sustituir términos”.

Porque vaya si no don Baltasar acuñaba frases como si regara maíz en los campos cultivables. En El hombre en su perfección (Temas de Hoy, 1997), por ejemplo, dice que “algunos hombres son buenos para ser mandados, porque todo lo cumplen con exquisita diligencia, pero no valen para mandar, porque piensan mal y eligen peor y siempre tropiezan en desaciertos. Los hombres son de dos tipos: primeros y segundos”.

Ya desearían los moralistas contemporáneos reflexionar como este hombre del siglo XVII: “Ser muy diligentes es una pasión de necios: no descubren los límites y obran sin reparo; corren porque no discurren y como no lo advierten tampoco advierten que no advierten. Quien no tiene ojos para ver menos los tendrá para verse”.

Los clásicos, finalmente, siempre están al día.

Gracián, hoy, sería sin duda un perfecto asesor de políticos sin cultura, que es decir la mayoría… si bien su asesoría sería prácticamente inútil, pues este manual de la prudencia graciana es completamente antípoda de los usos y costumbres de los políticos. Sería ahora Gracián un asesor emérito por su prestigio intelectual (a quien habría que escuchar con prudencia pero, precisamente por prudencia política, no hacer paradójicamente caso), tal como lo fue Fernando Benítez, por ejemplo, siempre asesorando al orbe oficialista.

A continuación, unos cuantos aforismos (una decena) de El arte de la prudencia —la cifra entre paréntesis es la que le corresponde en la numeración original— con el respectivo comentario del propio Gracián (acaso el padre, sin saberlo, o el iniciador, sin preverlo, de los futuros alentadores autoayudólogos, aunque evidentemente sin su faceta manida o ajustadamente moralista, que en este terreno Gracián podría asemejarse más a un fabulista que a un encaminador de vidas), continuamente atinado en sus palabras, sumamente prudente en sus teorías, atingente en su discurso admirable, pero ignorado en la práctica:

⠀⠀⠀(2) Carácter e inteligencia: los dos polos para lucir las cualidades; uno sin otro es media buena suerte. No basta ser inteligente, se precisa la predisposición del carácter. La mala suerte del necio es errar la vocación en el estado, la ocupación, la vecindad y los amigos.

⠀⠀⠀(4) El saber y el valor contribuyen conjuntamente a la grandeza. Hacen al hombre inmortal porque ellos lo son. Tanto es uno cuanto sabe, y el sabio todo lo puede. Un hombre sin conocimientos es un mundo a oscuras. Es necesario tener ojos y manos; es decir, juicio y fortaleza. Sin valor es estéril la sabiduría.

⠀⠀⠀(9) Eludir los defectos de su nación. El agua participa de las cualidades, buenas o malas, de los lechos por donde pasa, y el hombre participa de las del clima del lugar donde nace. Unos más que otros están en deuda con sus patrias, pues les tocó allí un cielo más favorable. Ninguna nación se escapa de algún defecto innato, incluso la más culta, defecto que censuran los Estados vecinos como cautela o como consuelo. Corregir, o por lo menos disimular, estos defectos es un triunfo; con ello se consigue el plausible crédito de único entre los suyos, pues siempre se estima más lo que menos se espera. Hay también defectos de familia, de estado, de ocupación y de edad; si coinciden todos en un sujeto, y no se previenen con prudencia, crean un monstruo intolerable.

⠀⠀⠀(12) Naturaleza y arte, materia y elaboración. No hay belleza sin ayuda, ni perfección que no parezca bárbara sin la participación del arte: socorre lo malo y perfecciona lo bueno. Comúnmente la naturaleza nos deja cuando menos lo esperamos: acojámonos al arte. El mejor natural es inculto sin el arte, y les falta la mitad a las perfecciones si les falta la cultura. Todo hombre parece tosco sin el arte. Es necesario pulirse para alcanzar la perfección.

⠀⠀⠀(16) Saber con recta intención garantiza la abundancia de aciertos. Un buen entendimiento casado con una mala voluntad fue siempre una violación monstruosa. La intención malévola es un veneno de las perfecciones y, ayudada del saber, daña con mayor sutileza. ¡Desafortunada eminencia la que se emplea en la ruindad! Es una ciencia sin seso, una doble locura.

⠀⠀⠀(28) No ser vulgar en nada. No serlo en el gusto. ¡Qué gran sabio aquel a quien no le gustaba que sus cosas agradaran a muchos! Los hartazgos de aplauso popular no satisfacen a los discretos. Algunos son como camaleones de la popularidad de tal manera que su placer no está en las suavísimas brisas de Apolo, sino en el aliento vulgar [“antiguamente —aclara con prudencia Díez Fernández— se creía que el camaleón se alimentaba de aire”]. Tampoco ser vulgar en el entendimiento. No se debe disfrutar con los milagros del vulgo, pues son simplemente “espantaignorantes”: el vulgo admira la necedad común y rechaza el consejo excelente.

⠀⠀⠀(33) Saber apartarse. Es una gran lección de la vida el saber negar, pero lo es mayor el negarse uno mismo, tanto en los negocios como en el trato personal. Hay ocupaciones extrañas que son polillas del tiempo precioso. Peor es ocuparse de lo inútil que no hacer nada. Para ser prudente no basta no ser entrometido: hay que procurar que no te entrometan. No se puede ser tan de los otros que uno no sea de sí mismo. Incluso de los amigos no se debe abusar, ni querer más de ellos de lo que den. La demasía es vicio, y mucho más en el trato. Con esta moderación prudente se conserva mejor la estima y el agrado de todos, porque no se desgasta la preciosísima dignidad. Se debe mantener la libertad en la apasionada inclinación por lo selecto y no pecar nunca contra el propio buen gusto.

⠀⠀⠀(50) Nunca perderse el respeto a sí mismo. Es mejor que ni siquiera se familiarice consigo mismo a solas. Su misma entereza debe ser la norma propia de su rectitud. Es mejor que deba más a la severidad de su opinión que a todas las normas externas. Que deje de hacer lo indecente más por el temor de su propia cordura que por el rigor de la autoridad ajena. Si llega a temerse no necesitará del imaginario ayo de Séneca [“su propia conciencia”, aclara el editor].

⠀⠀⠀(69) No rendirse a los malos humores. El gran hombre nunca se sujeta a las variaciones anímicas. Es una lección de prudencia la reflexión sobre sí mismo, conocer su verdadera disposición y prevenirla e incluso desviarse hacia el otro extremo para hallar el equilibrio del buen sentido entre la naturaleza y el arte. Conocerse es empezar a corregirse. Hay monstruos de la impertinencia que siempre están de algún humor y los afectos varían con ellos; eternamente arrastrados por esta grosera destemplanza se arriesgan de modo contradictorio. Y no sólo corrompe la voluntad este exceso, sino alcanza al juicio, y altera la voluntad y el entendimiento.

⠀⠀⠀(95) Saber mantener la expectativaalimentarla siempre. Hay que prometer más y mucho. La mejor acción debe ser hacer un envite de gran cantidad. No se tiene que echar todo el resto en la primera buena jugada. Es una gran treta saber moderarse en las fuerzas, en el saber, e ir adelantando el triunfo.

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