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Centenario de José Alfredo Jiménez

Enero, 2026

Pues sí, sigue siendo el rey. O casi. Él, José Alfredo Jiménez, comparte hoy espacio en el Olimpo de los más grandes compositores de México. Es más: quizá del habla castellana. En España le han homenajeado. En toda América Latina han cantado sus canciones. No es para menos. Gracias a sus hermosas metáforas, a sus frases casi filosóficas, desplegó en sus composiciones una sensibilidad extraordinaria para tratar sobre todo asuntos sentimentales. Dada la importancia de su cancionero, sorprende aún más el hecho de que nunca tuvo una educación musical, incluso que no sabía tocar ningún instrumento. Sin embargo, eso no le impidió convertirse en un referente de la música hispana. Ahora que se cumple su centenario natal —vio la luz primera el 19 de enero de 1926 y se fue de este mundo raro el 23 de noviembre de 1973—, el periodista y cronista musical Víctor Roura recuerda al cantante y compositor mexicano.

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Si don José Alfredo Jiménez hubiese cantado “Que me sirvan de una vez pa todo el año, que me pienso seriamente cuestionar”, tan fundamental era el cantor guanajuatense (nacido en Dolores Hidalgo), cuyo centenario natal se conmemora este 19 de enero de 2026, la música popular mexicana, en este momento, sería otra cosa.

Si ya hace poco más de 450 años, en 1579, el español fray Diego Durán (1537-1588) decía que los movimientos de los danzantes indígenas no sólo se regían por el compás de la música “sino por la cultura de su canto”, no debe extrañarnos que la música popular, establecida como tal apenas en la época posrevolucionaria (después de 1910), haya salido en efecto no tanto del fondo musical como de su forma vocal: las voces establecieron los territorios de la música popular y, paradójicamente, la música entonces fue ceñida a las cuadraturas de los cantantes, como lo fuera el cada vez más apreciado y admirado José Alfredo, que falleciera a los 47 años de edad el 23 de noviembre de 1973 en la Ciudad de México.

Si la alta sociedad (José Alfredo, comenzando la década de los cincuenta del siglo XX, compuso la canción “Tú y las nubes” donde dice: “Yo pa’arriba volteo muy poco, tú pa’abajo no sabes mirar”), en los tiempos de la Independencia, optaba por lo europeo y se implantaba la ópera italiana, sedimento del lujo y la exaltación lírica, en la actualidad la clase adinerada se reinstala y desde su perspectiva de los gustos impone su propio concepto popular a partir de las influencias externas (el pop como centro rector de los gustos sociales, esa consecuencia innata del rock ahora instalada en todas las aperturas digitales creando incontenidos fandom).

En los tiempos de don Porfirio la tendencia italianizante y las canciones francesas ganaron espacio en los grandes salones y, como siempre, la canción que expresa sensibilidades dominadas es aplazada (los corridos, por ejemplo, son pospuestos para los atardeceres solitarios de la tropa: Francisco Villa habría vuelto a balear de júbilo la cantina La Opera si Los Tigres del Norte hubiesen sido sus contemporáneos; y como están las cosas, pese a su visible complacencia con los jerarcas de la música conservadora, Los Tigres del Norte son, hoy, paradójicamente, uno de los grupos más contestatarios de la cartelera popular, a la par que numerosas bandas gruperas, denominadas así, vaya uno a saber por qué, porque en el interior de su música se hallan instrumentaciones nativas que incluyen el acordeón).

Así, los mensajes de la clase ya no desprotegida pero sí desplazada fueron, son, vistos con reserva.

José Alfredo en la portada de uno de sus discos.

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La historia pareciera repetirse una y otra vez: si personalidades como Ricardo Castro (Durango, 7 de febrero de 1864 / Ciudad de México, 28 de noviembre de 1907) o Felipe Villanueva (Estado de México, 5 de febrero de 1862 / Ciudad de México, 28 de mayo de 1893) o Macedonio Alcalá (Oaxaca, 12 de septiembre de 1831-24 de agosto de 1869) o Juventino Rosas (Guanajuato, 25 de enero de 1868 / Cuba, 9 de julio de 1894) se oponen al italianismo imperante y los músicos instauran la leyenda sórdida de la bohemia a través de existencias en la cuerda floja, de júbilo alcohólico o muertes acaso predecibles, así hoy en día personalidades de diversas creencias políticas también se oponen a la repartición equilibrada de la difusión de las canciones elaboradas sin propósitos mercantiles, que siempre han existido detrás de los negocios embutidos de los emporios musicales (por ejemplo la compra de espacios en la radiofonía, antiguamente, porque hoy, con la Internet, las cosas se mueven de otra manera: la artesanía de la grabación ha sido suplida por la audición digital donde grupos como el colombiano Nasa Histoires —con apenas un solo álbum grabado: Flora, de 2024, ocho años después de su inicio— son inmensamente populares viviendo a costa de su éxito viral a causa de su fandom electrónico).

¿José Alfredo hubiera sobrevivido en la era digital sin haber grabado un solo disco?

Nadie lo sabe, lo cierto tal vez es que agrupaciones o solistas como Fernando Delgadillo, Los Duendes, Ro Casares, Alejandro Filio, Caña Dulce y Caña Brava, Marcial Alejandro, Rafael Mendoza, David Haro, el Negro Ojeda, Pastor Cervera, Juan Acereto, Gabino Palomares, Chucho Gil, Los Tres Huastecos, Mario Ruiz Armengol, Memo Salamanca, Los Condes, Ariles, Cruz Mejía, Los Rogacianos, Amparo Ochoa, Tehua, Los Tres Yucatecos, Chicamole o Los Morales —grupo que siempre acompañaba al cantautor Óscar Chávez— no hubieran podido solventarse debido al bajo consumo de sus discos, porque los asuntos musicales, en efecto, han cambiado.

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Nada puede hacerse contra el dominio geográficamente monopolizador de un puñado de disqueras que, con lentitud pero sin pausas (de no haber tenido millones de vistas en las redes sociales, ¿Nasa Histoires habría sido contratado por una discográfica para lanzar en el mercado un álbum?), ha absorbido a las compañías independientes que proponían opciones inéditas en el mercado (los nombres mencionados anteriormente grababan en sellos, sí, independientes).

La música popular no se desarrolla, en México, a instancia de los propios intérpretes y creadores, sino es manejada libremente por los empresarios quienes son los que determinan finalmente los gustos de la mayoría o, por lo menos, eso era lo que acontecía hasta antes de la aparición de la industria digital. La música popular no era la expresión de los artistas (grandes como el propio José Alfredo, o Agustín Lara, Álvaro Carrillo, Guty Cárdenas, Manuel Esperón, Javier Solís, Tata Nacho) sino de los empresarios (el éxito insuperado, digamos, de Juanga gracias a la venta de su imagen por parte del emporio que lo promueve, que sigue haciendo dinero bajo la sombra de aquel compositor, fallecido justo hace una década: paradojas de la vida porque mientras se hablaba de la homofobia, sentencias emitidas por gente como Carlos Monsiváis, la RCA seguía cosechando triunfos monetarios precisamente debido a la visible homosexualidad del Divo de Juárez que se dedicaba, mejor, a comprar propiedades en Estados Unidos con el tumultuoso dinero que le daba la discográfica).

Los creadores eran desplazados y sustituidos por personajes sumisos y acatadores de las reglas instituidas por los comerciantes. Y aquí uno, ni modo, tendría que detenerse en el consorcio Televisa, que es (¿o lo sigue siendo en México?) el que regula e impone (¿regulaba e imponía?) la difusión de la llamada música popular en México: sin embargo, personalidades como las de José Alfredo o Chava Flores de veras signaban características populares legítimas.

Esta abrazadora (¿abrasadora?) industria abarcaba todos los medios de comunicación. Nos la encontrábamos en la prensa, en la radio, en el cine, en el teatro, en el deporte, en la internet, en compañías disqueras y, obviamente, en la televisión. Esto quería decir que la multiplicidad de los medios se reducía, sencillamente, a una uniformidad rígida informativa. Las opciones desaparecían porque los mensajes eran idénticos (casi igual como ocurre ahora en la internet) en todos lados. Los códigos de comunicación sufrían de una monotonía que modificaba violentamente su naturaleza pluralista (ahora no hay, o casi no hay, adolescente que no le guste el k-pop, llevado inducidamente por las redes sociales). La comunicación, entonces, era un monólogo sostenido y estimulante (para la gran industria que la sostenía). De ahí que los artistas impulsados por esta empresa carecieran de iniciativas propias (la política es la política, ahora y siempre, hasta en tiempos obradoristas) y, las más de las veces, obedecieran los patrones ideológicos establecidos (para no quedarse fuera del juego, o rezagados de él) y fueran minimizados sus talentos personales porque, por lo regular, se sometían (¿se someten?) a las indicaciones de los mercenarios de la música: hay instructivos, cómo no, para obtener la fama y el consecuente dinero.

José Alfredo, y nadie pone en duda esta certeza, simplemente se hubiera hecho a un lado de todo ello.

José Alfredo Jiménez / Foto: Facebook Oficial.

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Por supuesto, en este apartado figuran las discográficas transnacionales (ahora todas en una para protegerse de los nuevos tiempos), que manejaban su negocio con suma tranquilidad (¡a Clapton le dijeron que expulsarían a Van Morrison porque no vendía lo suficiente para seguirlo sosteniendo en sus caprichos musicales y económicos!), a sabiendas de que cuando los ejecutivos decidían crear un éxito sencillamente lo obtenían en unas cuantas semanas.

El jueves 17 de agosto de 2000, por ejemplo, la Warner Music envió un boletín a las redacciones de los medios para informar que la nueva canción de su artista español Alejandro Sanz sería lanzada el siguiente día, a las 17 horas, en las estaciones dedicadas al pop en castellano. Ya, pues, no les bastaba el espacio cedido de las estaciones radiofónicas, siempre dispuestas a servir a la industria discográfica (por eso no programaban a los artistas independientes, porque no recibían dinero a cambio), sino que exigían un horario para sus lanzamientos estelares. La propia Warner, el viernes 1 de septiembre de ese mismo año 2000, anunció, con estruendo, que Madonna se hallaba en el primer sitio en las listas de popularidad de diecisiete países… pero no decía, cómo iba a decirlo, cuánto dinero fue distribuido a las radiofonías de dichas naciones para que programaran hasta el hartazgo el entonces nuevo disco de esa diva norteamericana. Todo lo que habían vendido, por ejemplo, Los Panchos o Toña la Negra en medio siglo, Shakira lo hacía a principios del siglo XXI en un mes. Su disquera, al lanzar su novedad musical, lo hacía de un plumazo en todo un continente porque, casualmente, sólo existían en el año 2000 realmente, cuando mucho, tres discográficas en el mundo y todas ellas, obviamente, tenían su base, sí, en Estados Unidos, aunque las sucursales podían actuar, sí, regionalmente con la debida aquiescencia de la dirección regidora, siempre y cuando los resultados fueran eficaces.

En México, la música popular en realidad es impuesta por los grandes consorcios, no por los artistas. Alguna vez, el trío Pandora, en tumultuosa conferencia de prensa en la cual los periodistas eran el público idóneo para el bello trío femenino pues se desvivían por estar cerca de aquellas nenas, declararon que su disco (de aquel momento) iba a ser sensacional porque seleccionaron diez canciones de mil propuestas ofrecidas.

Cuando les pregunté, ingenuo de mí (sobre todo por haber estado ahí, aunque debo confesar mi deseo por saber cómo se desarrollaban aquellas reuniones), de qué compositores eran las piezas escogidas —claro, las miradas de odio hacia mi persona de los periodistas de espectáculos abundaron con frialdad, porque desarmonizaba yo en esa encantadora rueda de prensa—, con similar ingenuidad las tres contestaron, sonrientes, candorosas, felices amas de casa al fin con chequera abultada, que no lo sabían porque todavía no se los había dicho su director artístico.

El artista a veces no sabía lo que iba a cantar hasta el momento en que su patrón se lo ordenaba. Luis Miguel, por ejemplo, sufrió una conmoción cuando fue enterado de que su disquera había ya acordado que grabaría boleros románticos, ¡aquellos boleros que él odiaba desde que jugaba golf en su jardincito para matar el tiempo antes de que llegara su profe particular de inglés!

Estas situaciones evidentemente no sucedían con un grande como José Alfredo, que siempre cantaba lo suyo, de ahí que el tiempo no lo haya borrado fácilmente de la música: porque, fuera de lo que comúnmente se dice sobre su machismo irredento, no hay una sola canción de José Alfredo (a diferencia de Juanga, que sí se burlaba de las mujeres, incluso en una canción en vivo dice lero lero a una dama frustrada en amores) que se mire incomprensivo hacia una relación dual amorosa; incluso en su pieza “Corazón, corazón” asienta: “Yo que diera por no recordarte, yo que diera por no ser de ti, pero el día que te dije te quiero te di mi cariño y no supe de mi… Si después de sentir tu pasado me miras de frente y me dices adiós te diré, con el alma en la mano, que puedes quedarte porque yo me voy”.

Si en verdad José Alfredo hubiera cantado “Que me sirvan de una vez pa todo el año, que me pienso seriamente cuestionar”, las cosas serían muy diferentes en la música popular.

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