Enero, 2026
Dossier. El secuestro de Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos marca un punto de inflexión en la historia contemporánea de Venezuela. El narcotráfico, los presos políticos y otras excusas fueron las justificaciones para este golpe de Estado. Dejando por un momento de lado que la operación militar norteamericana plantea interrogantes fundamentales en el derecho internacional, habría que agradecerle primero a Trump su sinceridad, pues desde un inicio declaró, y dejó muy en claro, que su objetivo era “recuperar su petróleo”. Reproducimos estos artículos que tratan de echar luz a este asunto. Y es que, como señala Gabriel Zucman aquí, no se puede analizar el secuestro de Maduro si se ignoran las colosales sumas de dinero asociadas a un cambio de régimen en Caracas. Están en juego entre 100.000 y 150.000 millones de dólares al año. Y este cambio de régimen pasa más por Delcy Rodríguez que por María Corina Machado. Como apuntan Greg Palast y Thom Hartmann: lo último que necesitan las petroleras es que Machado, una fanática del libre mercado, provoque una guerra civil por la propiedad de los yacimientos que las grandes empresas quieren explotar, no poseer.
La larga guerra contra Venezuela
Vijay Prashad / Taroa Zúñiga Silva*
Poco después de las 2 de la madrugada, hora de Venezuela, del 3 de enero de 2026, y violando el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas, Estados Unidos inició un ataque contra varios lugares de Venezuela, entre ellos Caracas, la capital. Sus habitantes se despertaron con fuertes ruidos y destellos, así como con grandes helicópteros en el cielo. Comenzaron a aparecer videos en las redes sociales, pero sin mucho contexto. La confusión y los rumores inundaron las redes sociales.
En una hora, se calmó el cielo. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que sus fuerzas habían llevado a cabo ataques contra Venezuela y habían capturado al presidente Nicolás Maduro Moro y a su esposa Cilia Flores. Poco después, la vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, confirmó que se desconocía el paradero de Maduro y Flores. La fiscal general de Estados Unidos, Pamela Bondi, confirmó que Maduro y Flores se encontraban en su país y habían sido acusados de «complot narcoterrorista».
No está claro el resultado de este ataque contra Venezuela. El gobierno sigue controlando la situación, a pesar de que se ha secuestrado al presidente y de que el pueblo venezolano se encuentra conmocionado, pero desafiante. Hasta hoy, no está claro si Estados Unidos volverá a atacar o si el gobierno norteamericano tiene un plan político claro para después de este ataque.
La guerra prolongada contra Venezuela
El ataque del 3 de enero no es el primero contra Venezuela. De hecho, la campaña de presión comenzó en 2001, cuando el gobierno de Hugo Chávez promulgó una Ley de Hidrocarburos de conformidad con las disposiciones sobre soberanía de la Constitución Bolivariana de 1999. Esa campaña tuvo los siguientes aspectos (esta es una lista ilustrativa y no exhaustiva):
⠀⠀+ (2001) Financiación estadounidense de grupos sociales y políticos antibolivarianos a través de la Fundación Nacional para la Democracia y de USAID.
⠀⠀+ (2002) Participación de Estados Unidos en el intento de golpe de Estado.
⠀⠀+ (2002) Creación por parte de la Oficina de Iniciativas de Transición de USAID de un programa para Venezuela.
⠀⠀+ (2003-2004) Financiación y dirección política de la labor de Súmate (dirigida por María Corina Machado) para destituir a Chávez mediante referéndum.
⠀⠀+ (2004) Desarrollo de una estrategia de cinco puntos para «penetrar» en la base de Chávez, «dividir» el chavismo, «aislar» a Chávez, crear grupos como Súmate y «proteger los intereses comerciales vitales de Estados Unidos».
⠀⠀+ (2015) El presidente norteamericano Barack Obama firma una orden ejecutiva que declara a Venezuela «amenaza extraordinaria», lo que constituye la base legal para las sanciones que se imponen a continuación.
⠀⠀+ (2017) Se prohíbe a Venezuela el acceso a los mercados financieros norteamericanos.
⠀⠀+ (2018) Se presiona a los bancos internacionales y a las compañías navieras para que cumplan rigurosamente con las sanciones ilegales de EE. UU., al tiempo que el Banco de Inglaterra confisca las reservas de oro del Banco Central de Venezuela.
⠀⠀+ (2019) Creación de un gobierno «provisional» «nombrando» a Juan Guaidó presidente autorizado por Estados Unidos y organización de un levantamiento (fallido), además de congelar la capacidad de Venezuela para vender petróleo y confiscar sus activos petroleros en el extranjero.
⠀⠀+ (2020) Intento de secuestro de Maduro mediante la Operación Gideon (ofreciendo además una recompensa por su captura), mientras Estados Unidos ejerce una campaña de «máxima presión» sobre Venezuela durante la pandemia (incluida la denegación por parte del Fondo Monetario Internacional de las reservas propias de Venezuela).
⠀⠀+ (2025) Entrega del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado. El Comité Nobel declara que Maduro debería abandonar el cargo.
⠀⠀+ (2025-2026) Ataques a pequeñas embarcaciones frente a las costas de Venezuela, ubicación de una armada destinada a aplicar un embargo contra Venezuela y confiscación de petroleros de Venezuela.
El ataque del 3 de enero forma parte de esta guerra que comenzó en 2001 y que continuará mucho después de que se enfríen los motores de los helicópteros Chinook.

El águila está enojada
Siempre que el gobierno de Estados Unidos ha decidido actuar de forma unilateral, ya fuera contra Irak en 2003 o contra Venezuela entre 2001 y 2026, no ha habido fuerza alguna capaz de detenerlo hasta la fecha. En 2003, millones de personas, incluso en los Estados Unidos, se manifestaron en las calles para exigir que no hubiera guerra, y la mayoría de los gobiernos del mundo advirtieron contra la guerra, pero los gobiernos de George W. Bush y Tony Blair (del Reino Unido, actuando a modo de número dos) siguieron adelante con su guerra ilegal.
En esta ocasión, las grandes potencias han informado a Estados Unidos de que una guerra en Sudamérica y el Caribe sería inmensamente desestabilizadora: esta es la opinión de los líderes que gobiernan los países vecinos de Venezuela (Brasil y Colombia) y de grandes potencias como China (cuyo enviado especial, Qiu Xiaoqi, se reunió con Maduro sólo unas horas antes del ataque norteamericano). El mundo no sólo no pudo detener a Estados Unidos en 2003, sino que tampoco ha podido detenerlo entre 2001 y este año en su obsesiva guerra por el petróleo contra Venezuela.
El ataque al país latinoamericano se programó para que Trump pudiera presentarse ante el Congreso de los Estados Unidos el 4 de enero, cuando pronunciaría su discurso anual, y afirmar ahí que había obtenido una gran victoria.
Pero esto no es una victoria.
Es solamente otro ejemplo de un unilateralismo que no mejorará la situación en el mundo. La guerra ilegal de Estados Unidos contra Irak terminó con la retirada forzosa de los norteamericanos después de que un millón de civiles fueran asesinados en una década despiadada; lo mismo ocurrió en Afganistán y Libia, dos países arruinados por el águila norteamericana.
Es imposible imaginar un futuro diferente para Venezuela si Estados Unidos continúa con sus bombardeos y envían al país fuerzas terrestres. Estas «guerras de cambio de régimen» no traen nada bueno, y tampoco lo traerán aquí. Hay una razón por la que Brasil y Colombia se sienten incómodos con este ataque, pues saben que el único resultado será la desestabilización a largo plazo de toda la mitad norte de Sudamérica, si no lo es de toda la región de América Latina. Esto es precisamente lo que ha ocurrido en la mitad norte de África (el bombardeo de Trump sobre Nigeria es parte de los detritos del bombardeo de la OTAN sobre Libia en 2011).
Trump recibió una ovación en el Congreso de los Estados Unidos, pero el precio ya lo han pagado cientos de civiles muertos en Venezuela y millones más que luchan por sobrevivir a la guerra híbrida a largo plazo impuesta por ellos durante las últimas dos décadas. ![]()
[Fuente: Counterpunch / Sin Permiso]
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Lo que está en juego: las reservas de oro negro más importantes del mundo
Gabriel Zucman*
No se trata de minimizar los aspectos ideológicos o geopolíticos de la intervención estadounidense: reafirmar la doctrina Monroe, establecer esferas de influencia imperial.
Pero el motivo esencial de este golpe de fuerza es el petróleo: su acaparamiento y la extracción de las reservas de oro negro más importantes del mundo, explotadas durante mucho tiempo con una rentabilidad sin precedentes por las multinacionales estadounidenses y sus accionistas.
Maduro era un dictador brutal y corrupto, pero Trump se lleva muy bien con muchos dictadores brutales y corruptos, lo que no le genera ninguna hostilidad.
El objetivo principal de la expedición trumpista es otro: retomar la explotación del maná petrolero venezolano en beneficio de las grandes fortunas estadounidenses, explotación que alcanzó su primer apogeo en la década de 1950, durante la “edad de oro” mitificada por el movimiento MAGA.
Si queremos comprender la ambición de la Casa Blanca, debemos volver a esta historia poco conocida: la de un extractivismo internacional llevado al extremo, del que Trump busca escribir hoy un nuevo capítulo que, si lo consigue, podría resultar aún más extremo.
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La producción petrolera venezolana comienza en la década de 1910 con un vicio fundacional: el petróleo se entrega, por así decirlo, a las grandes empresas extranjeras.
El dictador Juan Vicente Gómez dio concesiones muy generosas a las multinacionales estadounidenses y británicas, que rápidamente desarrollaron la producción.
En 1929, Caracas representaba más del 10 % de la producción mundial de oro negro y era el primer exportador mundial.
Inicialmente, británicos y estadounidenses se repartían el pastel. Al término de la Segunda Guerra Mundial, estos últimos acabaron llevándose todo el botín. Venezuela se convirtió en el principal receptor de inversiones internacionales estadounidenses y en su principal fuente de beneficios extranjeros.
En 1957, en el apogeo de este extractivismo transfronterizo, los beneficios registrados por las grandes empresas estadounidenses en Venezuela eran del mismo orden de magnitud que el conjunto de los beneficios obtenidos por todas las multinacionales estadounidenses —de todos los sectores— en todos los demás países de América Latina y todos los países de Europa continental juntos.
El equivalente al 12 % del producto interior neto venezolano —es decir, el valor de todos los bienes y servicios producidos cada año en el país— iba a parar a los accionistas estadounidenses. Es decir, aproximadamente lo mismo que recibía la clase popular de Venezuela, el 50 % más pobre del país.

El PIB de Venezuela aumentaba, pero en beneficio de las grandes fortunas estadounidenses que cobraban los dividendos y de los empleados estadounidenses bien remunerados.
A principios de la década de 1960, Venezuela albergaba la mayor comunidad de expatriados estadounidenses. Estos vivían en enclaves reservados para ellos, dotados de hospitales flamantes y lujosos campos de béisbol.
Es la “edad de oro” a la que el poder trumpista desea volver. Un reparto de los ingresos petroleros que difícilmente podría ser más injusto y desigual.
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También es un modelo de desarrollo profundamente inestable, que sólo puede provocar reacciones violentas.
¿Cómo aceptar que los ingresos que perciben los accionistas extranjeros sean del mismo orden de magnitud que los que percibe la mitad de la población local?
Hasta la década de 1950, siguiendo los pasos de Gómez, los diferentes regímenes que se sucedieron en el poder en Caracas prefirieron mimar al capital internacional, manteniendo una fiscalidad ligera, plegándose a los deseos de las grandes empresas y, a menudo, enriqueciéndose en el proceso.
A partir de la década de 1960, al igual que en el resto de América Latina, los sucesivos gobiernos intentaron negociar condiciones financieras más equilibradas.
Venezuela se puso al frente de este movimiento. El político venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo fue el impulsor de la creación de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) en 1960. El país tomó las riendas del movimiento para instaurar un “nuevo orden económico internacional” y exigir una revisión de las reglas del comercio mundial.
Este proceso culminó en 1976 con la nacionalización de los activos de ExxonMobil, Shell y Chevron en Venezuela.
Donald Trump tenía entonces 30 años. Hoy en día no deja de denunciar este “robo”. Y no oculta su principal objetivo: volver a las condiciones leoninas del periodo 1920-1960.
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Si lo consigue, se puede prever una duplicación o incluso una triplicación de los beneficios de la industria petrolera estadounidense, uno de los mayores financiadores de Trump y del Partido Republicano.
Las reservas de oro negro de Venezuela son, en efecto, considerables, las más importantes del mundo. Y están prácticamente sin explotar, ya que la producción se ha desplomado debido a la mala gestión del régimen chavista y al endurecimiento de las sanciones estadounidenses en 2017.

Los intereses financieros son tanto más importantes cuanto que los precios del petróleo son más elevados que en los años cincuenta. Si Trump lograra restablecer las condiciones financieras que prevalecían a mediados del siglo XX, las ganancias obtenidas por las grandes empresas estadounidenses y sus propietarios se verían incrementadas en la misma medida.
Cuando Trump dice que quiere “gobernar” Venezuela, ese es su proyecto.
Para dar una idea de la magnitud, los beneficios de Aramco, el principal productor de petróleo de Arabia Saudí, país que alberga las segundas mayores reservas de oro negro, han ascendido en los últimos años a entre 100.000 y 150.000 millones de dólares al año.
Entre 100.000 y 150.000 millones de dólares al año: esa es la suma que está en juego hoy en día tras el secuestro de Maduro. ![]()
[Fuente: revista Contexto]
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Cómo la nueva presidenta de Venezuela nos salvará de la locura de Trump
Greg Palast / Thom Hartmann*
La prensa estadounidense está confundida. Hasta aquí nada nuevo. Está confundida por la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez.
El New York Times dice que Rodríguez “pasó de ser una revolucionaria a estar en la órbita de Trump”.
Pero no. No fue así.
Rodríguez sigue atacando a Trump, tachándolo de secuestrador criminal e invasor imperialista. Pero, al mismo tiempo, dice buscar el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos y le ofrece decenas de millones de barriles de petróleo a Trump.
Conozco a Rodríguez desde hace años. ¿Es una belicosa izquierdista o una moderada pragmática?
La respuesta es: sí. Yo diría que Rodríguez es una pragmática radical.
Trump ha sido sensato al mantener a Rodríguez en la presidencia. ¿Acabo de asociar “Trump” y “sensato”? Sí, aunque parece que la sensación de Trump podría ser accidental. Se dice que está enfadado con la líder de la oposición venezolana, María Corina Machado, por aceptar el Premio Nobel de la Paz en vez de dejarlo a Trump. Y el resultado es que ha vetado su llegada al poder.
Cabe destacar que los intereses petroleros y financieros quieren que la “izquierdista” Rodríguez se quede. Hasta la CIA quiere que se quede. Pero el secretario de Estado, Marco Rubio, y un criminal multimillonario estadounidense (del que hablaremos más adelante) quieren que se vaya. ¿Quién ganará? Vamos a analizar sus posibilidades.
Trump quiere el petróleo de Venezuela… que ya teníamos
Rodríguez y Trump quieren lo mismo: enviar petróleo de Venezuela a Estados Unidos. Pero Donald, ya estaba llegándonos petróleo de Venezuela… hasta que TÚ embargaste las importaciones de su crudo.
El presidente socialista de Venezuela, Hugo Chávez, disfrutaba provocando a George W. Bush. Recuerdo cuando Chávez habló en la Asamblea General de las Naciones Unidas un día después de que hubiera hablado Bush. Chávez comenzó a decir “¡Aquí huele a azufre!”…
Bush fue por él.
Su método fue un poco menos sutil que el comentario del azufre: respaldó el secuestro de Chávez en 2002. A diferencia de Trump, el plan de Bush fracasó estrepitosamente y Chávez fue devuelto por sus secuestradores, más populares que nunca.

Pero a pesar de las pullitas y el secuestro, Bush, con el respaldo de Chávez, mantuvo el flujo de petróleo de Venezuela hacia Estados Unidos, más de un millón de barriles al día.
Trump se jacta de que “vamos a sacar petróleo” de Venezuela. Pero señor Presidente, ya estábamos sacando petróleo de Venezuela; empero, usted detuvo el flujo con un embargo.
Ahora, será casi imposible —y costará una cantidad prohibitiva— reactivar la producción de Venezuela para volver a los niveles de flujo que teníamos antes del embargo de Trump. Porque, cuando se detuvo la extracción de petróleo superpesado de Venezuela, este cuajó, se convirtió en alquitrán y luego en asfalto. Las refinerías y las tuberías quedaron obstruidas e inservibles, una destrucción que Trump provocó al impedir que Venezuela comprara el equipo necesario para mantener las líneas. Ahora, Trump busca intimidar a las compañías petroleras estadounidenses para que inviertan hasta 100.000 millones de dólares para restaurar la infraestructura petrolera que él mismo destruyó.
Trump quiere elogios por reconstruir (a un alto costo) lo que él mismo demolió. Es como un pirómano que quiere que lo feliciten por llamar a los bomberos.
La oferta de Chávez de 50 dólares por barril
Los votantes estadounidenses han decidido que la inflación de los precios es un verdadero fastidio. Por lo tanto, Trump ha decidido, acertadamente, que la solución es liberar el petróleo venezolano. Trump afirma sin rodeos que quiere abrir los grifos del petróleo de Venezuela para bajar el precio del crudo a 50 dólares por barril. Hoy en día, el crudo se vende a poco menos de 60 dólares por barril.
Pero Venezuela ya ofreció hace años limitar el precio de su petróleo a 50 dólares el barril. En una de mis entrevistas con Chávez para la BBC, dijo que aceptaría limitar el precio del petróleo a 50 dólares el barril si Estados Unidos garantizaba que no iba a bajar de 30. Venezuela, a diferencia de Arabia Saudí, no podía permitirse otra caída a 10 dólares por barril, como ocurrió en 1998, lo que llevó a la quiebra a los miembros sudamericanos de la OPEP. Por lo tanto, Chávez apoyó con entusiasmo esta idea de una “franja” —ustedes nos dan un mínimo y nosotros les damos un máximo—, idea que fue sugerida por primera vez ni más ni menos que por el asesor de la industria Henry Kissinger.
Chávez me contó que se llevaba bien con Kissinger y George Bush padre, colega del negocio del petróleo. Y, como señaló Chávez, “soy un buen jugador de ajedrez”, un as —yo agregaría— de la realpolitik, una habilidad que transmitió a su protegida Rodríguez.
En otras palabras, Trump mató a cien personas en su golpe de Estado (y es posible que vayan a morir miles más) para conseguir por la fuerza algo que podría haber conseguido por contrato.
OPEP: ¿para tontos o de tontos?
El primer gran error de Machado, la favorita de la derecha, es su deseo declarado de vender la empresa petrolera estatal de Venezuela, Petróleos de Venezuela, S.A. (PdVSA). Lo que Machado, una neófita en economía petrolera, no entiende es que la privatización total es una amenaza directa para las grandes petroleras y la OPEP.
Ya sabemos cómo acaba este cuento. Antes de la invasión de Irak, los neoconservadores del gobierno de Bush querían privatizar las petroleras estatales iraquíes y vender los yacimientos a las grandes petroleras estadounidenses y europeas, que entonces, según el plan neoconservador, competirían para maximizar la producción, hundirían el precio del crudo y someterían a la OPEP. Ari Cohen, de la Heritage Foundation, me dijo que este plan era “para tontos”.
Luego hablé con Philip Carrol, expresidente de Royal Dutch Shell USA, y me dijo: “Si alguien piensa que salir de la OPEP es un buen plan, es que es tonto”.
¿Qué quiere decir esto? Veamos. Las compañías petroleras no se dedican a extraer petróleo, sino a ganar dinero. Una caída del precio del crudo podría acabar con el poder de la OPEP para fijar los precios y ninguna compañía petrolera estadounidense quiere ver cómo se desploman sus ingresos.
También hay una cuestión legal. Venezuela no puede permanecer en la OPEP si su empresa petrolera estatal se vende a intereses estadounidenses, ya que la legislación de Estados Unidos considera delito participar en un consorcio de fijación de precios. Pero nuestro Gobierno ha creado una conveniente excepción para las empresas petroleras estatales, lo que permite a Exxon, Chevron y sus amigos aprovechar los altos precios fijados por el monopolio de la OPEP.

Rodríguez no solamente es presidenta en funciones, sino que sigue siendo ministra de Hidrocarburos. Tiene un conocimiento detallado de la dura realidad de la producción petrolera. Sin embargo, también es una patriota. No permitirá el robo o la confiscación del petróleo de Venezuela, pero está claro que quiere volver a vendérnoslo. En Chevron, donde han trabajado en estrecha colaboración con Rodríguez, no podrían estar más contentos. Las compañías petroleras no quieren ser propietarias de los yacimientos petrolíferos. No es así como funciona la industria. No quieren los terrenos, quieren los beneficios. Trabajan con los países de la OPEP a través de acuerdos de reparto de beneficios. La cuestión es siempre el reparto de los ingresos, no la propiedad; y la parte que le corresponde al Estado se paga como “regalía” a efectos fiscales en Estados Unidos.
Lo último que necesitan las petroleras es que Machado, una fanática del libre mercado, provoque una guerra civil por la propiedad de los yacimientos que las grandes empresas quieren explotar, no poseer.
Y hay un problema práctico. A 50 dólares el barril, nadie va a perforar en la cuenca del Orinoco, donde se encuentra la mayor parte del petróleo, porque no es rentable intentar extraer el alquitrán sulfuroso que hay allí. Como diría el ingeniero petrolero Beck: It’s a loser, baby [Es una mala mano, cariño]. Por eso Trump estaba tan frustrado con los peces gordos del petróleo que se reunieron con él en la Casa Blanca. Les está diciendo que inviertan decenas de miles de millones en un pozo sin fondo, reconstruyendo lo que él mismo destruyó.
Rodríguez entiende bien los límites del control en la práctica. Chávez era conocido por aumentar las regalías petroleras a Exxon, Chevron y la francesa Total, pero su entonces ministro de Petróleo me dijo, en voz baja: “Si invierten en nuestro país, les perdonamos las nuevas regalías”.
Lo que me lleva a hablar del multimillonario estadounidense al que me he referido líneas arriba.
Llevo casi dos décadas siguiendo a Paul El Buitre Singer.
El Buitre se cierne
Entonces, ¿quién querría privatizar PdVSA? El Buitre, sin duda. Llevo casi dos décadas siguiendo a este pájaro, Paul Elliott Singer, primero para la BBC. Bloomberg se queda corta al calcular su patrimonio neto en 6.700 millones de dólares. (Se le conoce como El Buitre desde que este reportero lo bautizó así. Se podría decir que no es precisamente un admirador mío, e intentó que la cadena me despidiera).
Singer es un matón cobrador de deudas internacional. Compra las deudas de naciones arruinadas por guerras, hambrunas y cólera. Un funcionario de Obama lo llamó “extorsionador” después de que Singer se saliera con la suya estafando a los contribuyentes estadounidenses miles de millones de dólares.

El truco de Singer consiste en comprar las deudas impagadas de naciones desesperadas y empresas en dificultades. Luego demanda a los países exigiendo diez o incluso cien veces lo que pagó por estos títulos de deuda, un negocio brutal prohibido en varios países. (Quizás recuerden las pancartas de los aficionados argentinos en la Copa del Mundo de 2014, “¡Fuera buitres!”, en referencia a la operación de embargo y apropiación liderada por Singer que puso a contra las cuerdas a la economía Argentina.)
En 2018, un tribunal de Maryland aprobó provisionalmente que Elliott Management, propiedad de Singer, comprara CITGO, la filial estadounidense de PdVSA. Singer planea pagar una miseria, solo 5.900 millones de dólares por esta propiedad de Venezuela en Estados Unidos, que está valorada entre 11.000 y 18.000 millones de dólares. Como se podrán imaginar, Venezuela se opone.
El bajo precio de CITGO se calcula en base a la devaluación tras el embargo de Trump. Pero desde el secuestro de Maduro, es muy probable que el embargo se acabe. Si Singer puede cerrar la venta, podría cobrar y vender rápidamente estos activos para obtener una ganancia fácil de más de 6000 millones de dólares.
Sin embargo, Rodríguez quiere recuperar CITGO. Su nación pagó por esas refinerías y gasolineras y es difícil imaginar que permita que Singer se quede con las propiedades de su pueblo.
El juez entiende que la valoración de CITGO está cambiando, probablemente triplicándose, porque Estados Unidos está negociando el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. Por lo tanto, el juez pidió al Departamento de Estado de Estados Unidos que presentara una declaración ante el tribunal sobre cómo el cambio de gobierno en Venezuela modifica el valor comercial de CITGO. El Departamento de Estado tenía que presentar el dictamen antes del 8 de enero. Pero el tribunal no recibió nada. Nada de nada.
¿Cómo es que el Departamento de Estado no respondió al tribunal, dejando sin contestar la ganancia inesperada de Singer? ¿Cómo pudo Singer irse de rositas? La pregunta debería ser ¿Quién se lo está permitiendo?
Singer fue de largo el principal donante de la campaña presidencial de Marco Rubio, nuestro actual secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional. Trump solía atacar al Singer “antitrumpista”, hasta que éste hizo una donación de un millón de dólares al Trump’s Inaugural Committee [Organización privada encargada de organizar los fastos tras la victoria de Trump en las elecciones]. Singer también está financiando las primarias contra el representante Thomas Massie, el congresista republicano que exigió la publicación de los archivos de Epstein.
Rubio estuvo presionando para que Trump nombrara a Machado, cuya afición por la privatización habría ayudado a Singer a sacar provecho. ¿Están la espeluznante codicia de Singer, el silencio de Rubio y la disposición de Machado a renunciar a las joyas de la corona de su nación relacionados? ¿Quién sabe? A diferencia de Pete Hegseth, Rubio no invita a periodistas a sus charlas telefónicas.
Pero mientras el Departamento de Estado dejaba al juez sin respuesta, Trump pasó por encima de Rubio y emitió una orden ejecutiva el pasado fin de semana utilizando su poder constitucional para detener cualquier acción judicial que impida la autoridad exclusiva del Poder Ejecutivo para llevar a cabo asuntos exteriores. En una sorprendente medida, Trump prohibió a las grandes petroleras estadounidenses y a otros acreedores hacerse con las reservas de efectivo de Venezuela que aún se encuentran en bancos estadounidenses. La orden de Trump es un poco confusa (nada nuevo), pero supone un peligro claro y presente para el asalto y saqueo de CITGO por parte de El Buitre.
Así es, Trump les dijo a las petroleras que aguantasen. En su conversación con Trump, la ConocoPhillips se quejó de que se le debían 12.000 millones de dólares y Trump culpó a la empresa por sus pérdidas: “No vamos a fijarnos en lo que la gente perdió en el pasado porque eso es culpa suya”. (Lo cual es cierto.)
Trump incluso sugiere que impedirá que ExxonMobil vuelva a Venezuela porque exigen una compensación por las propiedades que la empresa abandonó. (Cuando Exxon se marchó de Venezuela, fue en un intento de presionar a Chávez para que renunciara a sus exigencias de regalías. Aquello fracasó. Ahora, sospecho, Exxon está molesta porque Chevron va a ganar mucho dinero con Rodríguez. Exxon es como ese tío que deja a su novia y luego se pone celoso cuando la ve acurrucándose con otro).

Call of Duty, la CIA y los buitres ‘buenos’
Una semana después del ataque a Venezuela, desde el Vaticano el papa Leo se puso en plan pontífice pacífico con Trump, condenando la “diplomacia basada en la fuerza”. ¡Chúpate esa, Stephen Miller!
Singer no es normal. No todos los financieros quieren su cachito del cadáver de Venezuela. A Hans Humes, de Greylock Capital Management, a quien uno de mis colegas llama El Buitre Bueno, le gusta cerrar acuerdos con gobiernos extranjeros que no arruinen a sus naciones ni se lleven sus recursos. Conozco a Humes. Teme una guerra civil en Venezuela o “cualquier tipo de colapso del orden social” que deje sin valor a sus bonos.
Puedo decirles que ambos bandos en Venezuela están armados hasta los dientes. Si Rubio consigue que Trump cambie de postura y les imponga a Machado a los venezolanos, será Irak 2.0. Ahí nadie conseguirá el petróleo y no se pagarán las deudas. The Wall Street Journal cita a Eric Fine, cuya empresa también posee bonos venezolanos: “Lo último que se quiere ver es que se arme un Call of Duty con un montón de soldados en las calles”.
Trump ya ha transitado este oscuro callejón. En 2019, aceptó el descabellado plan del entonces senador Marco Rubio de declarar a Juan Guaidó presidente de Venezuela. Guaidó es un hombre blanco que vivía en Washington, no en Venezuela, y que nunca se presentó a las elecciones presidenciales. Trump ha dejado claro que Guaidó le ha decepcionado y lo ha tachado de perdedor. Y ha dicho que considera a Machado como una nueva Guaidó. Dijo: “No tiene el apoyo ni el respeto dentro del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto”. ¡Vaya!
Esa es también la posición de la CIA. En una circular filtrada, la Agencia dijo que Rodríguez tenía más posibilidades de mantener la unidad del país durante una transición. Además, aunque pronunció un discurso contundente contra la diplomacia de las cañoneras de Trump —“Jamás volveremos a ser esclavos, que jamás volveremos a ser colonia de ningún imperio”— también dijo: “Venezuela está abierta a relaciones energéticas donde todas las partes estén beneficiadas, donde la cooperación económica esté muy bien determinada en contratos comerciales”.
Eso debió de ser música para los oídos de Trump, aunque no para los de Rubio. Rodríguez, abogada de 56 años formada en la Sorbona y exdiplomática en Londres, es experta en el arte de negociar. Y, a diferencia del exconductor de autobús Maduro, puede defender su postura de forma convincente en un inglés y francés impecables o en un castellano erudito.
La presidenta en funciones lo sabe, se trata del petróleo. Siempre es por el petróleo. Rodríguez declaró: “Todas las falsedades del narcotráfico, la democracia, los derechos humanos, no eran sino excusas. Porque lo que sí ha estado presente siempre es que el petróleo de Venezuela debe ser entregado al norte global”. Y la ministra de Hidrocarburos, una pragmática radical, sabe que así es como conseguirá cerrar hábilmente su acuerdo.
Porque sabe que los venezolanos no pueden beberse su petróleo, que su país necesita que las grandes empresas estadounidenses compren su producción y que la industria reconstruya sus antiguas líneas de producción. Darren Woods, el excéntrico director ejecutivo de ExxonMobil, le dijo a Trump que Venezuela sería “inviable para la inversión” a menos que hubiera estabilidad política. Rodríguez puede proporcionar eso.
Pero mientras los muchachos del petróleo hablaban de la necesidad de estabilidad en Venezuela, había un mensaje astuto dirigido a Trump. Dadas las políticas quijotescas de nuestro presidente —desde los aranceles hasta los impuestos y las aventuras militares—, hoy las grandes empresas no quieren arriesgar miles de millones a menos que haya un gobierno estable en Estados Unidos. ![]()
[Fuente: revista Contexto]
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[“La larga guerra contra Venezuela” fue publicado originalmente en Counterpunch, enero de 2026, y retomado por Sin Permiso con la traducción de Lucas Antón. // Vijay Prashad es historiador, editor y periodista indio; es corresponsal jefe de Globetrotter, editor de LeftWord Books, además de director del Tricontinental: Institute for Social Research. // Taroa Zúñiga Silva es licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela, y coordinadora de medios en español de Globetrotter.]
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[“Lo que está en juego: las reservas de oro negro más importantes del mundo” se publicó originalmente en francés e inglés en el boletín del economista Gabriel Zucman; ha sido retomado por la revista Ctxt. / Gabriel Zucman es profesor asistente en Economía en la Universidad de Berkeley y autor del reciente libro La riqueza oculta de las naciones / Investigación de los paraísos fiscales. // Licencia Creative Commons]
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[“Cómo la nueva presidenta de Venezuela nos salvará de la locura de Trump” fue publicado originalmente en inglés en Substack y ha sido cedido por los autores para su publicación en CTXT, con la traducción de Marco Manrique, desde donde lo retomamos bajo la Licencia Creative Commons. // Greg Palast: periodista de investigación y autor de los ensayos Armed Madhouse y The Best Democracy Money Can Buy. Ha trabajado, entre otros, para la BBC y The Guardian. // Thom Hartmann: presentador de radio y autor de 34 libros traducidos a 17 idiomas.]



