Enero, 2026
Sobre la belleza / Entre la Venus y el cíborg es el título del más reciente libro del ensayista mexicano Naief Yehya. Escriben los editores en la contra: “La belleza: ¿un fenómeno natural o cultural? ¿Nacemos con una predisposición hacia lo bello o se nos enseña a apreciarlo? ¿De qué manera nuestras herramientas de representación van orientando e influenciando el gusto?” Trazando un arco desde la prehistoria hasta la era de Instagram, Naief Yehya trata de dar respuestas a estas y otras cuestiones, deteniéndose, sobre todo, en la belleza humana, más en particular la femenina. Adriana T. ha conversado con el autor mexicano.
Adriana T.
Naief Yehya (Ciudad de México, 1963) se presenta como ingeniero, narrador, crítico cultural y pornografógrafo. Autor muy prolífico, en algunos de sus últimos ensayos ha arrojado luz sobre temas que van desde el consumo de alucinógenos hasta el cyberpunk o la pornocultura. Nos atiende por teléfono desde su hogar en Nueva York, ciudad en la que vive desde hace muchos años, para charlar acerca de su más reciente trabajo, el libro recién publicado Sobre la belleza / Entre la Venus y el cíborg (Alpha Decay, 2025), un ensayo que plantea un recorrido en torno a la historia y el significado de la belleza, y particularmente de la belleza femenina.
—Usted niega que la belleza sea un constructo social.
—Buena parte de mi interés para escribir este libro era pensar hasta qué punto la belleza es una cuestión cultural o, por el contrario, biológica. Había trabajado previamente con los cyborgs, con esa idea de manufacturar al ser humano y transformar la conciencia a través de herramientas tecnológicas. Me parecía muy interesante pensar en la belleza como una cualidad extrema del ser humano, y reflexionar sobre cómo nos relacionamos con ese atributo. Así que me puse a leer y a investigar y encontré estudios que afirmaban que los bebés, todavía ajenos a la cultura, parecían tener una percepción innata de la belleza, se relacionaban con las imágenes bellas de un modo diferente, particularmente con los rostros atractivos. Concluí que hay algo biológico en nuestra percepción de lo que es bello.
—Esta conclusión me parece algo descorazonadora, porque más adelante usted afirma que humanizamos lo que nos parece bello. Y pone como ejemplo las distinciones tan terribles que se hacen a la hora de acoger a los refugiados de guerra dependiendo de su aspecto físico. ¿Cómo lidiamos con eso? ¿Hay que poner el foco en humanizar a quien no nos parece hermoso? ¿O es más eficaz educar la mirada para ampliar el rango de lo hermoso? Dicho de otra manera: ¿es la belleza un derecho político que tenemos que conquistar o una opresión que debe abolirse?
—Este sería el tema central. La belleza no va simplemente del goce estético, de lo banal. Yo crecí en México, y allí existe una fetichización muy importante de los cuerpos blancos, rubios y de ojos azules, al mismo tiempo que un desprecio casi innato hacia los rostros indígenas. ¿Cómo es eso posible? Es evidente que es una forma de racismo que viene de la herencia colonial, pero yo intentaba entender por qué está tan arraigada, por qué sucede de una manera tan natural, por qué parece algo más biológico que cultural. Por otra parte, vivo en Estados Unidos desde hace muchos años, y aquí había leyes diseñadas básicamente para mantener a la gente considerada fea fuera de la escena pública, casi como si estuvieran condenados. Eran leyes contra los pobres, claro, contra gente que vestía mal, que tenía mala apariencia. Los policías podían ir contra ellos. Así que sí, el aspecto físico es una cuestión política, y tratar de entender, descifrar y exponer qué nos mueve es importante. Son preguntas muy incómodas de abordar, pero es importantísimo abordarlas.

—En las redes sociales sigo a muchas mujeres que intentan hacer justo eso: ampliar el rango de lo que es hermoso mostrando cuerpos y rostros alejados de las concepciones gordófobas, coloniales y blancas. ¿Está abocado al fracaso ese proyecto?
—Creo que esa labor es importante y ayuda a cambiar las percepciones. De hecho, diría que es una de las cosas más positivas que podemos encontrar en las redes sociales: la reconquista de la apariencia, liberarse de ataduras y prejuicios. Veo que en las generaciones más jóvenes sí hay cierto éxito, cierto impacto, cierta revaloración. Y pienso que todo eso es muy positivo, claro, pero también tiene una carga negativa, porque hay un bombardeo mucho más brutal que en cualquier otro periodo de la historia de rostros e imágenes que debemos percibir como bellos o agradables.
—A menudo pienso en cómo las Kardashian imponen cada temporada lo que debe considerarse bello: el cuerpo, el cabello y el rostro perfectos. Sin embargo, si le preguntas a una mujer, por su ideal de belleza femenina, es muy improbable que mencione de manera espontánea a alguna de las famosísimas hermanas. Si realmente no es belleza, ¿qué nos están vendiendo las Kardashian a través de su cuidada apariencia? ¿Poder? ¿Estatus?
—Nunca lo había pensado así, pero es verdad. Las Kardashian son emblemas de estatus, un símbolo. Además, son clónicas, ¿no? Representan la idea de lo bello en diferentes variantes muy parecidas entre sí. Sobre todo, representan la idea de la belleza manufacturada, no sólo en términos quirúrgicos y cosméticos, sino especialmente, en términos monetarios y a la vez en una apropiación de rasgos raciales diversos. Representan la transformación a través del dinero, lo aspiracional. No es una belleza convencional, pura, sino una belleza que viene tocada por un elemento cultural, por la representación del poder. Pienso en cómo están siempre reinventándose, porque cada día tienen un aspecto diferente, y eso sería justo lo contrario del ideal de belleza eterna, perfecta, inmutable. Ellas modifican su apariencia todo el tiempo.
—¿Y qué hay de la belleza como elemento de dignidad? Tuve una compañera en un antiguo trabajo que empezaba su turno a las seis de la mañana y se levantaba cada día a las cuatro para hacerse un maquillaje y un peinado muy elaborados. Podría parecer una frivolidad, pero creo que era su manera de distanciarse del uniforme horrendo que le obligaban a llevar, de unas condiciones laborales muy desagradables en general. Una manera de recuperar, parcialmente, el control.
—La relación entre salario y apariencia está muy estudiada, es un asunto importante. Por un lado se ha investigado la manera en la que la apariencia física impacta directamente en el salario o en las condiciones laborales, y ese impacto es algo medible. También se ha estudiado la necesidad de tratar de seducir con la apariencia. Pero no es tan fácil de medir ni investigar esto que mencionas, cómo el aspecto físico ayuda a recuperar la dignidad. Y sin embargo es obvio que tiene una repercusión. No es sólo la inversión de tiempo y dinero en los procedimientos estéticos, hay un gesto muy natural, insignificante en apariencia, pero muy potente, y es que casi todo el mundo antes de salir de casa se mira en el espejo. En ese momento de autoconvencimiento final antes de salir a enfrentarse al mundo, el gesto casi universal es dirigir la mirada al espejo y tratar de asegurarse de que uno tiene una buena apariencia, la mejor dentro de sus posibilidades. Así que el de tu antigua compañera es un buen ejemplo de cómo nos relacionamos con el mundo a través de nuestro propio aspecto.
—Cuando empecé a usar las redes sociales, hace ya unos quince años, no sentí que la estética fuera algo fundamental. Se subían las fotos sin pensar mucho en la composición o la calidad de la imagen. Sin embargo, en los últimos años, el uso de las redes parece haberse profesionalizado de tal manera a través de las influencers que muchas chicas jóvenes no se atreven a subir contenido propio porque no consideran que esté a la altura.
—Hemos hablado antes de las bondades de las redes para representar la diversidad, pero también tienen cosas perversas como esta, sí. Percibir toda esa competencia avasalladora mientras una persona está experimentando, construyendo públicamente su identidad social, puede llegar a ser muy disuasorio. Eso es una lástima, es perder lo más rico que pueden darnos las redes sociales. No tengo claro hacia dónde nos encaminamos, veo que hemos pasado de esa idea provocadora del selfie honesto, feo, de crear un diálogo entre las imágenes, a dar un salto al vacío. Me parece triste.
—En el libro menciona a la artista y performer francesa Orlan, famosa por realizarse cirugías para modificar su aspecto sin plegarse a los mandatos de belleza convencionales. ¿Es afearse a una misma una provocación? ¿Las mujeres le debemos belleza al resto del mundo? ¿O simplemente deberíamos dejar de hablar del aspecto que luce la gente?
—Tengo una hija veinteañera y este debate sale continuamente. Diría que tiene una naturaleza cíclica. Mi hija defiende que el aspecto no le tiene que importar a nadie, que no tiene que ser un tema hablar de la belleza del otro. Sin embargo, el simple hecho de tener una cosa como Instagram, que opera de una manera tan absolutamente dominante dentro de la cultura, termina imponiendo ese diálogo. Podemos comentar o añadir cosas, pero no podemos ignorar el asunto, no podemos eliminarlo. En el caso de Orlan hay una búsqueda estética muy específica, muy trabajada para provocar reacciones. Ella es como una alienígena dentro de la cultura. Pero pienso también en Sinead O’Connor, que era guapísima, y en cómo la vejez va cambiándonos a todos, y las reacciones de la gente antes de que ella muriera fueron muy crueles. Las reacciones de la gente son pasmosas, la falta de empatía, de comprensión, el desprecio hacia los cuerpos y los rostros. No sé cómo podríamos callar o moderar ese diálogo, porque la gente se expresa sin ningún filtro.

—Hay otro tema que usted también comenta en el libro y en el que pienso a menudo. En todos los grupos humanos, sociedades y culturas se ha recurrido a las modificaciones corporales más o menos extremas para expresar pertenencia, belleza, estatus o identidad. Pueden ser tatuajes, la inserción de un plato dentro del labio, o limarse los dientes, da igual. Sin embargo, en la sociedad occidental se considera frívolo someterse a la cirugía estética. ¿Por qué?
—Es interesante esa hipocresía, esa dualidad en nuestra cultura. Yo responsabilizo de esto a la carga cristiana, que exalta el alma y desprecia el cuerpo, lo material. Sin embargo, la cirugía estética es cada vez menos rara. Tenemos el ejemplo de Corea, que me parece una cosa muy extrema, donde los ideales de belleza se han convertido en algo absolutamente dominante, algo por lo que se debe hacer todo tipo de sacrificios. Es muy habitual regalar cirugías de ojos a los jóvenes, por ejemplo, cuando terminan el instituto. O está el caso de Irán, donde las mujeres exhiben la férula de la rinoplastia durante meses como signo de estatus, para que se vea que se han operado. En esos países operarse no se considera frívolo en absoluto, mientras que en occidente sigue pesando una especie de vergüenza muy hipócrita por hacerlo. Pesa la idea de que la belleza tiene que ser natural, pero al mismo tiempo vivimos en un entorno hipercompetitivo. ¿Y qué es la competición, sino la búsqueda de lo artificial?
—En la película Barbie (Greta Gerwig, 2023), se contrapone la belleza ingenua de Barbie (encarnada por Margot Robbie) con el aspecto poco convencional que exhibe el personaje de Barbie Rara (Kate McKinnon) que, sin embargo, actúa como una especie de sabia, oráculo, bruja o guía, no sé cómo definirla, dentro del universo perfecto de las muñecas. Una vez más, las mujeres hermosas son tontas.
—Esa película es muy curiosa, y me pareció importante hablar de ella, refleja ideas potentes pero contradictorias. Parece que quiere hacer una crítica, pero se regodea en lo que muestra, acaba formando parte de la hipocresía que denuncia. Y eso me pareció interesante. Kate McKinnon, la actriz que encarna a Barbie Rara, es una mujer guapísima y abiertamente queer en Hollywood. En la película representa el acceso al conocimiento prohibido, la sabiduría, y se juega un poco con esa idea de contraponer la belleza pura de Barbie con esa belleza manoseada, maltratada y victimizada de Barbie Rara.
—La belleza se convierte en una cuestión moral.
—En el mundo anglosajón existe una idea de que la belleza debe alcanzarse a través del trabajo duro, si se puede conseguir mediante atajos sin invertir sufrimiento, entonces esa belleza se considera injusta e indigna.
—¿Y qué hay del cliché de la belleza entendida como una maldición, como un atributo que termina destruyendo a quien lo posee? Usted pone como ejemplo el caso de la famosa modelo Emily Ratajkowski, que ha denunciado en numerosas ocasiones la explotación y los abusos sufridos a lo largo de su prolífica carrera laboral, así como la indefensión por la falta de control de las imágenes de ella que circulan por todas partes.
—Ratajkowski denuncia que sufre una desventaja, y esa desventaja es la que le ha dado presencia y poder universales. Creo que esto conecta con otro concepto que es el de considerar la belleza extrema como una monstruosidad, como algo perturbador, incontrolable, una fuerza de la naturaleza que crea un campo gravitacional a su alrededor. Y sí, eso tiene sus inconvenientes. O sea, históricamente, una mujer extremadamente bella, despojada de toda su agencia, el único poder al que podía recurrir era su belleza. Saber manejar eso era su única oportunidad. Ahora las cosas están cambiando un poco, pero sigue ocurriendo. Tuve que pensar mucho en cómo me acercaba a ese fenómeno siendo un hombre heterosexual, en cómo y desde qué perspectiva lo comunicaba. ![]()



