Noviembre, 205
Hace un año, el 3 de diciembre, moría a sus 74 años Mario Arturo Ramos, nacido en Querétaro el 15 de diciembre de 1949. Hombre íntegro, culto y viajero, las letras eran el centro de su mundo pues lo mismo ejerció de editor que de periodista, poeta y, sobre todo, como compositor, ensayista e investigador de música y literatura. Como prueba de ello, su trabajo literario está regado en poemarios, cancioneros, prólogos de libros, antologías de poesía y de ensayos, textos de canciones, también en colaboraciones periodísticas. En este primer aniversario luctuoso, Víctor Roura lo recuerda.
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Hace un año, el 3 de diciembre, moría a sus 74 años el poeta y compositor Mario Arturo Ramos, nacido en Querétaro el 15 de diciembre de 1949: falleció doce días antes de celebrar su septuagésimo quinto aniversario de vida.
Desde entonces no he regresado a la cafetería La Habana donde solíamos encontrarnos para charlar sobre diversas cuestiones que lo atañían irremediablemente, aunque le costaba, cada vez más, caminar como consecuencia de esa desgraciada golpiza propinada, si bien no había prueba ninguna, por el magnate Roberto Cantoral, encaramado en la cima de la Sociedad de Compositores de la Música, muerto a los 75 años de edad el 7 de agosto de 2010. Algo similar a lo sucedido a su amigo Guadalupe Trigo: asesinado en 1982 por oponerse a la directiva, entonces abanderada por el quintanarroense Carlos Gómez Barrera (fallecido a los 77 años el 17 de marzo de 1996), fiero líder eterno de los autores musicales que no admitía una sola contrariedad a su mandato, castigando a Trigo por atreverse a ser un disidente en su gremio acabando un día, sin que nada se investigara sobre el sospechoso caso, con el compositor de “Mi Ciudad” apaciguando, Gómez Barrera, las aguas que fluían caudalosas, sobre todo por las iniciativas empecinadas de Guadalupe Trigo, bajo el tranquilo puente de la SACM. Finalmente Guadalupe Trigo fue expulsado del recinto de la SACM (por lo menos sus puertas eran cerradas delante de su presencia, lo mismo que ocurría con don Raúl Lavista) ubicado a un costado de la Avenida México, lo que es hoy la Cineteca Nacional, salas que pertenecían a la SACM compradas por el gobierno federal bajo la fachada de “donación”, instalación cinematográfica inaugurada el 27 de enero de 1984 luego del incendio que destruyera a la primera Cineteca en los Estudios Churubusco el 24 de marzo de 1982.
Mario Arturo Ramos prosiguió una temporada con esa labor crítica hasta el momento en que fuera agredido retirándose, mejor, de aquella sociedad musical, presidida aún por el hijo de Cantoral mas dando la cara el michoacano Martín Urieta, de 82 años de edad, como antes Armando Manzanero libraba todas las batallas en la SACM (siempre a su favor, por supuesto, de ahí las numerosas versiones de sus piezas), compositor yucateco que falleciera 21 días después de que cumpliera los 85 años de edad, el 28 de diciembre de 2020.

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A principios del siglo XXI los políticos burocratizados quisieron “cuidar el alma” candorosa de los niños prohibiendo algunas lecturas que, horrorizados, encontraron lesivas para su salud (la de los menores e incluso las suyas propias). No sé por qué le dieron un vuelo inusitado al libro Cien corridos (Océano, 2002), de Mario Arturo, al grado de comportarse como fantasmas inquisidores mandando a la hoguera el modesto volumen, como si éste, y no la corrupción que carcome hasta al mismísimo proceso educativo mexicano —corrupción que aún hoy en día permea cristalinamente, de una u otra manera, en todas y cada una de las instituciones del país—, fuera la razón de tanto desprolijo infantil: el libro de Mario Arturo Ramos, entonces veterano compositor y audaz orador con los pies bien puestos en la tierra, era, es, sencillamente, un cancionero que contiene un centenar de piezas relevantes en la música popular. El corrido, ya se sabe, es la crónica musicalizada de eventos históricos que signa con verso los detalles que acaso el tiempo pronto dejará en el olvido.
El género, decía Ramos, “hoy está más vivo que nunca”. Pese a que la industria discográfica cambiaba constantemente de ritmos (hoy alicaída donde sólo son buscadas las grabaciones de artistas jóvenes asiáticos), el corrido, subrayaba Mario Arturo Ramos, seguía “tan campante, cante que cante, no importa qué adjetivos ni qué milagritos le cuelguen, está consciente de que siempre ha sido un poco ilegal, que lo han declarado prohibido y que, al final de cuentas, no hay de qué preocuparse”.
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Los primeros romances castellanos que se oyeron en México fueron pronunciados por los propios conquistadores, relataba el español Álvaro Custodio (1914-1992) en El corrido popular mexicano (Ediciones Júcar, 1976). A la vista de San Juan de Ulúa, islote frente a la costa de Veracruz, escribió Bernal Díaz del Castillo (fallecido en 1584): “Acuérdome que llegó un caballero que se decía Alonso Hernández Puertocarrero y dijo a Cortés: Paréceme, señor, que os han venido diciendo estos caballeros que han venido otras dos veces a esta tierra: Cata Francia, Montesinos, / cata París, la ciudad, / cata las aguas del Duero / do van a dar a la mar… Yo digo que miréis las tierras ricas y sabeos bien gobernar. Luego Cortés bien entendió a qué fin fueron aquellas palabras dichas y respondió: Dénos Dios ventura en armas como al paladín Roldán, que en lo demás, teniendo a vuestra merced y a otros caballeros por señores, bien me sabré entender”.
Hernán Cortés vuelve a responder, más adelante, con otra alusión musical cuando sus soldados tratan de convencerlo de la retirada ante la fuerte resistencia tlaxcalteca. El capitán español, refiriéndose al romance cidiano sobre el cerco de Zamora, respondió que “más valía morir buenos, como dicen los cantares, que vivir deshonrados”. El romance, complementaba Álvaro Custodio, “es el principal, pero no el único, germen del corrido; en el siglo XVIII se cantaban coplas y jácaras de origen español que comentaban sucesos de actualidad y cuando la paz colonial empezó a agrietarse a principios del XIX, circularon unas coplas satíricas que se llamaron ‘corrido de Carlos IV’, el de ‘Hidalgo’ y la ‘Fernandita’, aunque Vicente T. Mendoza [Puebla, 1894 / Ciudad de México, 1964] insiste en que no son corridos auténticos”.
Álvaro Custodio registra dos canciones precursoras del corrido que circularon clandestinamente aquellos años, a principios del siglo XIX: “Señor virrey Apodaca,/ ya no da leche la vaca/ porque toda la que había/ Calleja se la llevó;/ ahora ya no hay más que pollos/ y éstos son para los criollos” y “Por un cabo doy dos reales,/ por un sargento un tostón,/ por el general Morelos/ doy todo mi corazón./ Aquí en Cuautla venceremos/ pues peleamos con afán,/ por eso los gachupines/ tienen ganas de volar”.
Pero el corrido adquiere “su verdadera dimensión y su máxima popularidad cuando comienza la Revolución de 1910, aunque ganaría como género lírico durante el porfiriato”, apuntaba el experto Álvaro Custodio.
Vicente T. Mendoza, en El corrido mexicano (UNAM, 1990), decía que los propagadores de este género musical “son los cancioneros que van de feria en feria acompañándose con su guitarra y en medio de las multitudes pregonan los títulos escandalosos que encabezan las hojas impresas”, como las de la Casa Vanegas Arroyo que abusaban de los epítetos que muy luego adoptaría la prensa amarillista: “Espantoso suceso”, “Rarísimo acontecimiento” o “¡Una muerta que se levanta del sepulcro!”
Custodio afirmaba, por lo tanto, que el corrido nace “de manera espontánea por esa natural condición del pueblo mexicano para trovar y después se perfila, cuando algunos editores avispados deciden que la transmisión oral del corrido se convierta en hojas sueltas y se vendan a bajo precio por sus mismos ejecutantes”.

Así, pues, y de modo necesario aunque acaso involuntario, ya que lo que canta está enraizado con la mismísima realidad, el corrido es un género eminentemente político, que ha musicalizado a las intervenciones armadas, a los falsos y embusteros gobernantes, a las hazañas de ladrones, a los movimientos multitudinarios, a los descarrilamientos, a los dramas familiares, a las raras honestidades, a los percances provocados por la naturaleza, a los iconos religiosos, a las fiestas populares y, por qué no habría de hacerlo, a los asuntos del narcotráfico, que se hallan imbuidos incluso mero adentro de la clase privilegiada, razón tal vez por la cual, de manera inesperada (pero asimismo moralina, apocada, obtusa, inexplicablemente hostil), surgió [intransigentemente], alarmado, un sector del funcionariato para pegar el grito en el cielo: “¿Cómo es posible que este cancionero sea leído a nuestros hijos si su contenido es una apología de la droga?”, cuestionaron los desilustrados políticos (y perdón por la casi redundancia).
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Todo esto me sonaba a comedia infantilizada, que no infantil (que los niños pueden ser buenos comediantes, no así los políticos, cuya actuación, cierto, había estado entonces a la medida del país antes del arribo de la Internet: telenovelera, bigbrothersiana, adalramonesca, adelamichada, trujillosa, compayitosa, de juez absurdamente solemne que trataba de calificar la mediocridad con sus simpatías o antipatías como sucedía en el programa televisivo de La Academia), que me retornaba a aquel vergonzoso capítulo lopezportillista cuando se quiso censurar… ¡a Cri Crí en las aulas escolares por morbo y no sé qué otras cosas lujuriosas que encontraron políticos adormecidos en sus letras (las de Gabilondo Soler, por supuesto, ya que ellos eran incapaces de pergeñar una buena letra).
Y, como no tenían nada que hacer, se fueron en contra de este cancionero que, aseguraban, les iba a despertar la mala conciencia al futuro esclacerido del país, que eran, son, los niños.
En lugar de renovar la educación del magisterio, en lugar de poner orden en la inseguridad de las calles, en lugar de controlar los desórdenes del narcotráfico, en lugar de estimular la lectura, en lugar de extirpar la corrupción, de regular todas las obscenidades y vulgaridades de la televisión privada, en ese momento —a principios del siglo XXI— el Santo Oficio político quería enviar a la hoguera un documento literario-musical porque se había percatado, ¡bendito Dios!, de que en sus páginas se hallaba introducido el Diablo de la violencia criminal que asuela, ¡ay!, a la desprotegida nación.
Mario Arturo Ramos, el autor de este “endemoniado” libro, con fortuna guardó un cauteloso silencio en la espera de que el tiempo, y sólo el tiempo, le diera la razón, tal como se la dio: su libro sobrevivió, no los asustadizos e ignaros políticos. ![]()



