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Chéjov, un siglo y dos décadas después

Palabra de honor

Julio, 2024

No hay mucho que agregar a la biografía de Antón Chéjov. Nació en 1860 y murió en 1904. Médico de profesión, en los 44 años que transitó por esta tierra dejó una de las obras literarias más importantes e influyentes, lo que le permitió entrar al selecto grupo de los más sobresalientes escritores rusos —junto a Tolstói, junto a Dostoyevski, junto a Gogol, junto a Turguéniev y, desde luego, a ser considerado uno de los grandes clásicos de la literatura universal. La crítica moderna considera a Chéjov uno de los maestros del relato. Y dentro del teatro ruso se le considera como un representante fundamental del naturalismo moderno. Ahora que se conmemora el 120 aniversario de su fallecimiento, Víctor Roura lo recuerda.

1

Nikolái Ilich Beliáyev vivía una aburrida y larga novelita de amor con Olga Ivánovna, quien tenía un hijo, Aliosha, un muchacho de unos ocho años, cuyo padre no era Beliáyev. Una tarde, el amante se presentó en la casa de su amada. Como no estaba, se dispuso a esperar. Había salido con Sonia a la modista. Por no tener nada mejor que hacer, por vez primera se puso a examinar el rostro de Aliosha. “Antes, durante el tiempo que llevaba tratando a Olga Ivánovna, no se había fijado ni una sola vez en el pequeño y ni había reparado en su existencia: veía ante sus ojos un muchacho, mas porqué estaba allí y qué papel desempeñaba eran cuestiones en las que ni ganas tenía de pensar”.

Vaya uno a saber la inesperada razón, pero de pronto Beliáyev sintió deseos de ser cariñoso con el hijo de Olga. Empezaron a platicar, cosa que nunca había hecho antes. El niño se sintió bien. Luego de cruzar unas cuantas palabras, el pequeño se apretó contra Beliáyev, con cuya cadenita se puso a jugar. “Cuando ingrese en el gimnasio —dijo Aliosha—, mamá me comprará un reloj. Le pediré que me compre también una cadenita como ésta… ¡Qué-é me-da-llón! Mi padre tiene un medallón exactamente igual, sólo que en el de usted hay aquí unas rayitas y en el suyo letras… En medio está el retrato de mamá. Ahora papá lleva una cadenita diferente, no de anillas, sino como una cinta”, pero fue interrumpido por el hombre:

—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso ves a tu papá?

El niño respondió rápidamente que no. “Aliosha se ruborizó y, profundamente turbado por haberse traslucido que mentía, empezó a rascar el medallón con la uña, poniendo en ello mucho celo”. Beliáyev le preguntó muy seriamente si veía a su padre.

—Dímelo francamente, con toda sinceridad —le exigió el hombre—. Veo por tu cara que no me dices la verdad. Ya que te has ido de la lengua, no disimules ahora. Dime, ¿le ves? Ea, ¡de amigo a amigo!

El niño se sintió en confianza.

—¿No se lo dirá a mamá? —preguntó.

—¡Faltaría más! —dijo el hombre.

—¿Palabra de honor? —insistió Aliosha.

—Palabra de honor —respondió Beliáyev.

Aliosha miró a su alrededor, abrió mucho los ojos y balbuceó:

—Pero, por el amor de Dios, no se lo diga a mamá… Ni a nadie, porque es un secreto. No quiera Dios que mamá se entere, pues la pagaríamos yo y Sonia y Pelagueya. Bueno, escuche. Sonia y yo nos vemos con papá todos los martes y los viernes. Cuando Pelagueya nos lleva de paseo, antes de comer, entramos en la pastelería de Apfel, y allí nos espera papá… Siempre está en una habitación reservada, donde hay, ¿sabe?, una mesa de mármol así, y un cenicero en forma de ganso sin espalda.

El hombre quería saber más, y el niño le contó todo. Lo que decía su padre de lo buena que era su mamá, que la obedecieran en todo y que eran unos niños desgraciados.

—Es papá quien lo dice. Ustedes, dice, son unos niños desgraciados. Es extraño oírselo decir. Ustedes, dice, son desgraciados, yo soy un desgraciado y mamá es una desgraciada. Rueguen a Dios, dice, por ustedes y por ella.

Beliáyev preguntó si decía algo de él.

—¿No se ofenderá, usted? —preguntó Aliosha.

—¡Sólo faltaría! ¿Acaso me insulta? —se inquietó el hombre.

—Él no insulta, pero, ¿sabe?… Está enfadado con usted. Dice que por su culpa mamá es desgraciada y que usted… ha perdido a mamá. ¡Ya ve qué raro es! Yo le explico que usted es bueno, que nunca le grita a mamá, y él sólo mueve la cabeza.

Beliáyev se ofuscó. Se puso de pie y empezó a dar vueltas por la sala.

—¡Qué extraño… y qué ridículo! —balbuceó, encogiéndose de hombros y sonriendo burlonamente—. Toda la culpa es de él, y resulta que soy yo quien la ha echado a perder, ¿eh? ¡Vaya con el inocente corderito! ¿Así te lo ha dicho, que yo he perdido a tu mamá?

El niño respondió que sí, “pero usted me ha dicho que no iba a ofenderse”, dijo Aliosha, confundido con la reacción del hombre. En eso, sonó la campanilla. Eran Olga y Sonia, la hija pequeña. Beliáyev saludó con un movimiento de cabeza y siguió caminando.

—Naturalmente, ¿a quién acusar ahora si no a mí? —murmuró resoplando—. ¡Tiene razón! ¡Él es el marido ofendido!

Olga no entendía nada.

—¿A qué te refieres? —preguntó la mujer.

—¿A qué?… ¡Pues escucha qué sermones suelta tu legítimo consorte! Resulta que soy un canalla y un malvado, que yo he sido tu perdición y la perdición de tus hijos. Todos ustedes son unos desgraciados, ¡y yo soy terriblemente feliz! ¡Terrible, terriblemente feliz!

Olga dijo no comprender nada.

—¡Pues escucha a este joven señor! —dijo Beliáyev señalando a Aliosha.

El niño “se sonrojó; luego, de pronto, palideció, y la cara se le crispó de miedo”. Olga Ivánovna miró sorprendida a Aliosha, a Beliáyev, después otra vez a Aliosha.

—¡Pregúntale! —continuó Beliáyev—. Tu Pelagueya, esa tonta de remate, los lleva a las pastelerías y allí organiza encuentros con su papaíto. Pero no es ésta la cuestión, la cuestión es que el papaíto es un mártir y yo un malvado, un canalla, que les he destrozado la vida a los dos.

—¡Nikolái Ilich! —gimió Aliosha—. ¡Me había dado usted su palabra de honor!

—¡Ea, déjame! —exclamó Beliáyev, haciendo un gesto de contrariedad en la mano—. Aquí se trata de algo mucho más importante que todas las palabras de honor. ¡A mí la hipocresía y la mentira me indignan!

Olga Ivánovna, sorprendida, le preguntaba a su hijo si era verdad que se veía con su padre. El niño no escuchaba a su madre, temblaba de la cabeza a los pies por el incumplimiento de Beliáyev en su palabra de honor. “Beliáyev le replicó con un gesto de disgusto y siguió caminando. Se hallaba sumido en su ofensa, y de nuevo, como antes, no se daba cuenta de la presencia del pequeño. Él era un hombre maduro y serio, no iba a preocuparse por pequeñuelos. Aliosha se sentó en un rincón y, horrorizado, le explicó a Sonia cómo lo habían engañado. Temblaba, tartamudeaba, lloraba. Por primera vez en la vida se encontraba de manera tan brutal con la mentira cara a cara; hasta entonces no había sabido que en este mundo, además de peras dulces, de empanadas y de relojes caros, existen muchas otras cosas que, en el lenguaje de los niños, no tienen nombre”.

2

Ese maravilloso cuento, desgarrador, dolorido y atribulado cuento, no pudo haberlo escrito otro sino Antón Pávlovich Chéjov, autor de un poco más de 200 relatos, de los cuales sólo dos decenas ha recopilado Richard Ford para conformar el libro Cuentos imprescindibles (número 294 de la colección “Palabra en el Tiempo”, Editorial Lumen, 2000, 456 páginas).

Ahora, este 15 de julio, se conmemora el 120 aniversario luctuoso de este ilustre escritor médico, nacido el 29 de enero de 1860 en Rusia.

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One Comment

  1. La selección del cuento de Chejov para homenajear a Chejov es la mejor forma de presentarlo como un escritor extraordinario en un tiempo de escritores rusos formidables. Teniendo tantas semejanzas formales y literarias con sus contemporáneo fue un escritor muy distinto. Como artista vio la vida cotidiana como una epopeya cómica magistralmente escrita.

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