Agosto, 2025
Fue sobre todo —y principalmente— dramaturgo y director teatral mexicano. Pero, también, Óscar Liera fue un creador irreverente, un crítico social, un hombre indómito. Nacido en 1946 en Culiacán, fue autor de más de una treintena de obras en las que sobresalía el humor y su (a veces) despiadada crítica a ciertos sectores y costumbres de la sociedad mexicana. Por su originalidad, Liera era, es, considerado como uno de los creadores escénicos más destacados de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país. Ahora que se cumplen 35 años de su partida —murió en 1990—, Víctor Roura recupera esta crónica de uno de los episodios más abyectos que se tenga memoria en el teatro contemporáneo mexicano.
1
El 28 de junio de 1981, el último domingo de ese mes, el periodista Jaime Avilés me llamó por teléfono.
—Acaban de golpear a unos actores en el teatro Juan Ruiz de Alarcón —me dijo.
Ambos estábamos en la redacción del periódico unomásuno.
Yo estaba en el cierre de la edición del área cultural.
De súbito no supe qué contestar. La redacción estaba vacía.
—No hay nadie —contesté, torpemente.
Colgamos.
Pasados tres o cuatro minutos ya estaba yo en camino, en un taxi, rumbo a Ciudad Universitaria.
Esta fue la crónica que luego escribí, horas más tarde, de aquel domingo de 1981.

2
A la hora de santificar a fray Elgarberto, un grito se escuchó desde una butaca del teatro Juan Ruiz de Alarcón.
—¡Guadalupanos!
El grito era un aviso.
Alguien dice que además de guadalupanos, las palabras Guanajuato y romanos se oyeron como en susurro.
Pero esto carece de importancia.
La cosa es que, de inmediato, varios jóvenes se pusieron de pie y avanzaron hacia el escenario. El ruido hizo confundir al público que, en silencio y aturdido, presenció cómo entre veinte o treinta o cincuenta, nadie sabe con certeza cuántos, se subieron al escenario y empezaron a golpear a los actores.
Las luces continuaban apagadas.
El grito que ordenó la agresión provino de las filas de atrás. Sin embargo, los chavos que obedecieron al instante estaban sentados en la primera fila. Bien alineaditos. También en la segunda fila había algunos.
El asunto estaba bien planeado.
Cuando se encendieron las luces, la gente que asistió a la función de las 18 horas (dice una testigo, una de aproximadamente 100 que ocupaban el local, de un total de 147 butacas que tiene el teatro de la UNAM), se dio cuenta que los golpeadores estaban armados de palos, varillas, chacos e incluso macanas.
La acción fue rápida.
No dio tiempo a nada.
Una de las actrices fue detenida del brazo fuertemente.
—¡No te muevas o te damos en la madre! —fue la consigna.
Ni Mónica Barrientos ni Laura González López de León fueron golpeadas. Rafael Cobos, el que representaba a fray Elgarberto en la obra Cúcara y Mácara, de Óscar Liera, fue el más agredido.
La escena era ciega.
El movimiento de los golpes no se veía. La sangre le cubría todo el cuerpo. Todo ocurrió en segundos. No, en diez minutos. Fueron como cinco minutos de agresión. El tiempo no cuenta. Los actores de la Infantería Teatral de la Universidad Veracruzana daban funciones en ese teatro y no habían tenido problemas. Lo que sí tuvieron, desde un principio, al llegar a la capital, fue indiferencia, hasta de las mismas autoridades de la UNAM. La propia compañía veracruzana tuvo que hacerse difusión. De otra manera, nadie se hubiese enterado de su presencia. La obra también fue rechazada, desde su estreno, por mucha gente. Incluso un diario capitalino habló de un sacrilegio. Se habló de que la pieza teatral era anticatólica. Se dijo mucho. Pero todo acabó pronto. Los golpeadores abandonaron la sala con prontitud, abriéndose paso entre el público desconcertado.
Al rato llegaron dos ambulancias y se llevaron muy malheridos a Álvaro Martínez Maranto (monseñor), Salvador Bastar (canciller), Samuel Contreras (obispo), Hosmé Israel (cardenal), Rafael Cobos y el director Enrique Pineda. Están en el Hospital López Mateos. Están graves. Uno de ellos perdió el conocimiento.
En la sala Ruiz de Alarcón no se dice nada.
—No podemos hablar, ya les pasaremos información —indica José Antonio Fragoso, coordinador de dicho teatro.
Todo fue tan rápido, dice, que ni sabemos con precisión por qué sucedió esto…
El temor es evidente entre los que lograron salvarse de la golpiza. Y ellos tampoco quieren hablar.
Todo fue tan rápido.

3
Días después, tras apersonarme en el hospital para saber de sus respectivas recuperaciones, los actores, molestos por mi presencia, me pidieron que ya no regresara más, incluso uno de los actores se enfadó mucho conmigo al mirarme preguntando por su salud.
—¿Otra vez tú aquí? ¡Ya te dijimso que no queremos verte más por acá! —me gritó verdaderamente iracundo.
Y me fui para no regresar más.
4
El dramaturgo sinaloense Óscar Liera, fallecido 12 días después de haber cumplido 44 años de edad el 5 de enero de 1990 —hace tres décadas y media—, dijo:
—Es una triste experiencia, pero más dolor que el físico es el de encontrarnos con un país como éste en el cual se manejan, con impunidad increíble, grupos neofascistas movidos por nadie sabe quién y que realizan actos vandálicos sin noción de lo que es la caridad cristiana. Contradicción, si se trata de un acto promovido por gente religiosa. Eso es inexplicable.
Nunca se supo qué fue lo que pasó.
El caso fue cerrado, poco después de haber ocurrido la feroz golpiza, por nuestras autoridades.