Artículos

Amado, el de los libros

“Somos cuentos contando cuentos: nada”, dijo Ricardo Reis, heterónimo del lusitano Fernando Pessoa. En los días de nuestra vida, a partir de unas cuantas palabras que traemos en el bolsillo, nombramos la barbarie y la belleza, los besos y las bofetadas, las guerras y la amistad. Precisamente, en esta crónica Mario Bravo nos habla y nos cuenta sobre Amado, “un sparring magnífico para hacer boxeo intelectual y afilar ideas, intuiciones, argumentos e intercambiar apreciaciones sobre la vida: simple y llanamente, para contar la vida con palabras”.


1

Hace varios años, durante un invierno que obligaba a ir detrás de buen café y amena charla, bajé de un vagón del Metro de Buenos Aires en la estación Plaza de Mayo: buscando algunos ejemplares atrasados de la maravillosa revista Sudestada, caminé por el andén hacia un kiosco de periódicos ubicado cerca de los torniquetes de entrada y salida.

Allí, el tiempo andaba a otro ritmo.

Conseguí los ejemplares de Sudestada y, a la par, estando debajo de la ciudad hallé toda una historia encarnada en el cuerpo de un hombre nacido en España, exiliado en el sur del continente americano y buscador de una poco probable estabilidad económica. Para aquel entonces, cuando le conocí, él tendría más de 10 años de vivir en la mítica Reina del Plata —tal como el escritor Esteban Echeverría denominara en el año de 1849 a la hoy capital de la República Argentina.

Platicamos durante más de dos horas, ambos hallándonos de pie mientras los viajantes iban y venían: algunos pasajeros salían de la boca del Metro para dejarse devorar por las fauces de la nostálgica Buenos Aires y, simultáneamente, otros tantos descendían a las venas abiertas de aquella Ciudad de la Furia para llegar a la cita —quizá— con un amor, un mercader, el empleo rutinario o al encuentro con un dentista que suspira, aburrido y vencido, por mirar caries y muelas.

Aquella charla fue tan significativa para mí que, tras una década de haber acontecido, aún la sigo evocando. No recuerdo exactamente el nombre de ese vendedor de diarios en Buenos Aires… bien podría llamarse Mateo, Xavier o Pedro; pero sí logro registrar algo muy nítidamente en mi memoria: mientras platicábamos y cada uno de los dos compartía confidencias, filiaciones, posicionamientos políticos y gustos tanto literarios como musicales; a mí me parecía que precisamente allí, varios metros por debajo de la fría y lluviosa Buenos Aires, era testigo de un secreto revelado: las palabras, tanto las mías como las tuyas, pueden ser la bandera, la casa, la llave, el abrigo y el pan del extranjero.

Las palabras son una patria, en la cual sin xenofobias habitan un español y un mexicano que conversan a pocos kilómetros del Río de la Plata, mientras Charly García reza por vos y el fantasma de Borges entra en la Confitería Richmond de Avenida Florida.

2

Aproximadamente al mediodía nos despedimos con un buen apretón de manos —al modo mexicano— y con un fraternal beso en la mejilla —a la manera argentina.

Me fui y ascendí por los escalones de la estación Plaza de Mayo.

Constaté, sin temor a equivocarme, que los libros, los discos, el cine y demás recursos culturales son los más auténticos y honestos pasaportes que uno presenta ante los extraños y su alteridad… pasaportes que nuestras palabras emiten mediante el antiquísimo acto humano de ir tras el encuentro del otro.

Algunas veces eso que llaman cultura ronda por un kiosco de revistas y periódicos, en medio del trajín diario de una ciudad que ha olvidado sus mejores sueños entre el rojo, el amarillo y el verde de sus siempre impasibles semáforos.

3

¿La patria no será, principalmente, todo aquello que nuestro cuerpo siente?

Ahí donde mi cuerpo está, mira, oye, calla, dice, palpa y gusta… ¿allí no se halla entonces mi patria? A veces nuestra tierra natal es muy chiquita, tanto como el asteroide B 612 o ese hueco que se forma en la espalda baja de la mujer que uno ama.

El poeta austriaco Rainer María Rilke dijo: “Mi patria es mi infancia”; asimismo, otro poeta, el mexicano José Emilio Pacheco en su honesto y certero escrito intitulado “Alta traición”, confesó no amar a su terruño, aunque según el autor del poemario No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969):

[…] daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
Montañas
—y tres o cuatro ríos.

Yo, dándole un voto de confianza a Rilke, pero sin dejar de enarbolar firmemente lo dicho por Pacheco, creo que el país de uno es ese sitio donde jugaba a la pelota durante los días azules de la infancia, tal como Antonio Machado escribió en ese papelito encontrado en un bolsillo de su gabán al morir durante el año de 1939.

Mi patria, me parece, sería ese lugar donde la pelota iba de un lado al otro, allí donde alguna vez la pateé hacia el cielo.

Y como ha dicho el poeta británico Dylan Thomas: “La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”. Eso es la vida, creo: una pelota de futbol que todavía no cae… y cuando eso suceda, probablemente, la muerte nos indicará que ya es tarde y ha oscurecido, debemos despedirnos de nuestros amigos y finalizar el juego.

Pero aún la pelota no cae al suelo, advierte el poeta.

4

Si es tan ínfima nuestra porción de tierra firme en este canalla mundo y si la vida no es más que un insignificante pestañeo en los ojos de Dios, entonces resulta fácil hallarse presa de cierta sensación de extranjería y soledad, incluso ante la mínima mudanza dentro de la misma ciudad donde has vivido durante gran parte de tus días.

En algunas ocasiones esa sensación se aminora al tejer amistades, las cuales son como puntos de referencia en nuestro mapa sentimental. Si un mapa ordinario señala los sitios relevantes de una ciudad: hospitales, restaurantes, bancos, escuelas, estaciones de transporte público y demás sitios de interés, en un mapa sentimental, en cambio, uno halla esos viejos sitios donde amó la vida.

La amistad es un mapa que nos traza las rutas de regreso a casa y nos ilumina, echando mano de antorchas sumamente expuestas a los vientos, ciertos senderos hacia el mañana. La amistad también podríamos compararla con una llave, pues te permite abrir ciertas puertas vedadas para quien llega, desde el anonimato y la extrañeza, a radicar en un país ajeno o incluso a un nuevo barrio.

La amistad es un pasaporte.

Eso hallé, precisamente, hace casi un lustro en algún lugar de la Ciudad de México.

5

Conocí a Amado cuando me mudé a otra alcaldía de la Ciudad de México.

La panadería, el café, la tortillería, el consultorio médico, el mercado y el puesto de periódicos quizá sean los lugares que uno, al llegar a vivir en un barrio nuevo, suele ubicar primeramente como señas o puntos de referencia. Allí precisamente, en un puesto de periódicos y revistas, hace cinco años conocí a Amado.

No sé cuántas horas hemos charlado desde aquel entonces hasta la fecha.

Seguramente las suficientes como para saber que él es un eterno amante del rock; simpatizante de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 —de los miles y miles que, mirándose unos a otros en el Zócalo, se hallaron decepcionados ante la grisácea manera en que el ingeniero pasó a la historia—; lateral izquierdo en un equipo de futbol amateur; lector de Dostoievski y Orwell; escucha atento de la música de Óscar Chávez, Silvio Rodríguez, Serrat, Sabina y Aute; defensor del zapatismo chiapaneco; admirador de la Revolución Cubana y del Che… convencido de la necesidad de que López Obrador sea presidente en México; asistente a los conciertos de rock realizados en Neza a mediados de la década de los setenta, así como lector, conversador y amigo.

Tras dos o tres pláticas iniciales que sostuvimos, asumí que mis sábados o domingos debían contemplar el hábito de ir a charlar con Amado para discutir, compartir opiniones, hallar acuerdos y desacuerdos en acontecimientos importantes del país y del mundo, no sin dejarle espacio a las charlas sobre los problemas personales y familiares, las preocupaciones, los miedos, los recuerdos o, puntualmente en mi caso, los textos próximos por escribir y que ya suelo estar cocinando en mi cabeza mientras charlo con él.

Ya durante casi un lustro, la dinámica de mis encuentros con Amado conserva una característica puntual: una vez instalado tal o cual tema en la plática, sólo se requiere jalar un hilo de la madeja de palabras para que, cierta noticia revisada a vuelo de pájaro en el periódico o tal o cual suceso escuchado por él o por mí en la radio, nos conduzca a platicar sobre la Revolución Cubana, Machado, Freud, Foucault, aquel filme intitulado Mar adentro protagonizado por el español Javier Bardem o acerca del futbolista brasileño Sócrates.

Así como hay quienes encuentran cómplices para jugar al póker, compañeros inmejorables en las borracheras o socias idóneas para ir al salón de belleza, en Amado hallé un sparring magnífico para hacer boxeo intelectual y afilar ideas, intuiciones, argumentos e intercambiar apreciaciones sobre la vida: simple y llanamente, para contar la vida con palabras.

6

Amado, alguna vez, me contó una historia fascinante, casi extraída de algún buen cuento de Julio Ramón Ribeyro o del otro Julio, me refiero a Cortázar.

Siempre he querido escribirla a manera de cuento, aquí la narro a discreción:

Contando con mucha buena suerte, a veces en la vida nos encontramos ante alguna profesora o algún profesor que nos ponen de cabeza las certezas y quienes abren ventanas por donde, anchas y peligrosas, ingresan ciertas preguntas. Eso le sucedió a Amado durante sus estudios de secundaria: un buen día, cierto profesor ingresó en el aula escolar y se presentó como el docente de la asignatura de ciencias sociales. Tras algunas clases transcurridas y mientras el joven maestro explicaba, quizás, algún tema relacionado con la Revolución Francesa, en su caminar por entre las filas de pupitres halló una biografía del revolucionario nicaragüense Augusto César Sandino.

De inmediato y arrobado, preguntó quién de los alumnos estaba leyendo dicho libro.

Amado, con convicción, aunque también levemente temeroso ante la peculiar interrogante del profesor, respondió que él era quien leía la biografía de Sandino. Al finalizar esa clase, recibió la propuesta de asistir a una asamblea estudiantil en la Escuela Superior de Economía del Politécnico Nacional; allí, según le dijo el profesor, debía anunciarse a la entrada y él daría la instrucción de que dejaran ingresar al estudiante adolescente.

Así fue.

Amado acudió al encuentro y estuvo, más de seis horas, entre estudiantes universitarios que fumaban tabaco mientras discutían los puntos de un pliego petitorio en el cual, pareciera, se les iría la juventud ante la prolongada duración de tal asamblea. Días después, el profesor le obsequió algunas lecturas a su pupilo: Marx, Lenin, Engels… incluso, en cierta ocasión, llevó a provincia al grupo completo de secundaria y así miraron las penurias y esfuerzos del campesinado mexicano.

Digamos que Amado recibió una primera formación política de la mano de aquel joven profesor que se mostró sorprendido, al inicio de su encuentro pedagógico, por la precoz lectura que su estudiante realizaba de la biografía de Sandino.

Pero cierto día, intempestivamente, el profesor desapareció: no volvió más.

Nadie sabía algún dato o referencia para ubicarlo. No dejó huella alguna, salvo la que tatuó con sus lecturas y recomendaciones en la formación de Amado.

Él mismo recordaba que, ya habiendo alimentado la confianza entre ambos, el profesor le invitó a asistir a la oficina de la agrupación política donde militaba: así, Amado junto al docente y acompañados de la novia de éste, después de clases departieron en aquel lugar donde se miraba una arrugada y deslavada bandera del Partido Comunista extendida en un muro de la habitación, así como también se hallaba la fotografía de Lenin enmarcada y colgada cerca de un ventanal.

Allí, durante aquellas horas de la tarde, el sol iluminaba el adusto rostro del revolucionario ruso.

Tras la huida del profesor de ciencias sociales, Amado intentó recordar la dirección exacta de aquel sitio donde se hallaba aquella sede de lo que, seguramente, era una organización comunista clandestina. Cierto día en cuanto el timbre eléctrico de la secundaria anunció la hora de salida, él cogió sus útiles y salió en busca de ese espejismo que le quitaba el sueño.

Volvió sobre sus pasos andados en otro tiempo no tan lejano, esos días cuando aún el profesor era su puente que le permitía cruzar a un mundo de lecturas e interpretaciones marxistas-leninistas acerca del mundo. Caminó veloz, esquivando personas mientras —entre el trajín de la todavía sosegada Ciudad de México— daba sorbos a su refresco sabor mandarina que compró al salir de la escuela.

Llegó al sitio.

Él juraba que su memoria no le fallaba ni le traicionaba. Tocó la puerta del lugar, una, dos y tres veces… hasta que se apareció una persona que, en una de las más extrañas situaciones que un adolescente pudiera vivir, le aseguró que allí nunca había existido ninguna oficina de organización política alguna.

—Mira tú mismo… —dijo un oficinista bigotudo con las mangas de su camisa dobladas hasta el antebrazo mientras con su mano derecha abrió casi, de par en par, la puerta de aquel lugar que solamente contenía en su interior a una decena de oficinistas, escritorios burocráticos y un tenue olor a comida, pues aquella era ya la hora del refrigerio.

—No, no es necesario… —dijo apenado el joven que cargaba su mochila escolar.

Amado se disculpó por la molestia y se retiró del lugar, confundido, interrogando ferozmente a su memoria para que ella le dijera por qué le hacía confundir la ubicación exacta de un lugar donde él, tiempo antes, juraba haber estado junto al profesor y la compañera de dicho docente.

7

¿Qué pliegues tiene la memoria por donde se pueden ocultar ciertos recuerdos?

¿Cuáles son las trampas que el pasado nos tiende para hacernos caer prisioneros del imperio gobernado por el olvido?

Ilustración: The Book Hunters (1909).

¿A qué cementerio de elefantes fueron a parar esa bandera del Partido Comunista y la foto de Lenin, más todas las personas que se hallaban en ese sitio durante aquella ocasión en que Amado estuvo ahí, de pie, presente, entre militantes de una organización probablemente clandestina?

Amado se graduó de la secundaria y estudió la preparatoria mientras trabajaba en una fábrica donde aprendió más del proletariado que en los libros de Marx. Se casó, tuvo hijos y sustituyó a su madre en el puesto de periódicos, el cual durante décadas había sido un pilar del sustento familiar.

Alguna vez al bajar del Metro y dirigiéndose hacia la cita diaria con su negocio de venta de periódicos y revistas, pasó lo que sólo podía ocurrir una vez entre un millón de posibilidades: al salir de la estación y apenas alzando la mirada al final de la escalera, Amado lo vio. Allí estaba, un poco avejentado y algo cambiado en su atuendo, pero con el mismo peinado y las mismas gafas que cuando le conoció. Era él, el profesor de ciencias sociales que, tras más de 15 años desde su precipitada huida, se hallaba ante los ojos de su estudiante.

—Profesor, ¿por qué nos dejó? —inquirió con fraternidad; pero, asimismo, con cierto aire de molestia un sorprendido Amado.

—¡Yo les entregué las calificaciones! —balbuceó el profesor, como quien se ve a sí mismo sorprendido en un asunto que creyó muerto, cerrado, acabado, sin pista alguna que hubiera dejado como para ser descubierto después de su repentina desaparición.

—No, profe, no le pregunto por las calificaciones… ya sé que las dejó en la dirección de la escuela; le pregunto por qué se fue así… por qué no se despidió… fui a buscarlo a la oficina de su organización… ¡y ya no había nada!, ¡todo lo negaban! ¿Sí me recuerda? ¡Soy Amado!

—La verdad no sé quién eres… discúlpame, tengo que irme.

—¡Pero, profe!, usted me regaló libros y recuerde cuando nos llevó a conocer a los campesinos en Hidalgo… y la asamblea en la Escuela Superior de Economía…

—No sé de qué me hablas. En verdad, se me hace tarde… disculpa.

8

Sabiamente, para sucesos tan inesperados y asombrosos como el relatado anteriormente, el poeta José Emilio Pacheco escribió un bello poema intitulado “No me preguntes cómo pasa el tiempo”:

Al lugar que fue nuestro llega el invierno
y cruzan por el aire las bandadas que emigran.
Después renacerá la primavera,
revivirán las flores que sembraste.
Pero en cambio nosotros
ya nunca más veremos
la casa entre la niebla.

9

Hace algunos meses Amado me platicó cuál ha sido uno de sus mayores sueños en la vida: ser dueño de una librería y atenderla diariamente.

Hoy pienso que los sueños son como nubes en el cielo.

Cuando uno mira una nube hallamos en ella una forma específica, tal vez un dragón o una manzana o un perro; sin embargo, apenas las toca el viento cambian su figura y es menester humano descifrar sus nuevos signos. Así con las nubes como con los sueños.

Amado no sé si llegará a ser dueño de una librería; pero hoy, gracias a su sociedad con otro estupendo vecino del barrio —un joven jugador de ajedrez que decidió sumergirse en el negocio de la venta de libros—, en su kiosco de periódicos y revistas uno también puede hallar geniales libros de autores como Stefan Zweig o Herman Melville. ¿Los sueños, a pesar de nuestra convicción, cambian caprichosamente de forma y se nos presentan impunemente, erguidos y con la cara lavada, para que nosotros decidamos si les dejamos seguir su camino o los atrapamos con ambas manos?

En alguna futura charla buscaré la respuesta de Amado.

10

“Somos cuentos contando cuentos: nada”, dijo Ricardo Reis, heterónimo del gigante lusitano Fernando Pessoa.

En los días de nuestra vida, a partir de unas cuantas palabras que traemos en el bolsillo, nombramos la barbarie y la belleza, los besos y las bofetadas, las guerras y la amistad. Al igual que una cebra, un gallo, una rana, un oso o un pájaro, los humanos estamos sitiados por la muerte: la esperamos sin yelmo ni peto, caminando cada día —sin querer— a su encuentro. Antes de salir del vientre materno, una eternidad creció sin nosotros y los ríos nunca detuvieron su cauce ni la tierra dejó de dar cosechas; tampoco el sol cejó, un solo día, en ejercer su vital labor.

Todo sin que habitáramos esa eternidad.

Y cuando por fin cierren nuestros ojos, ojalá —tras un dulce y tierno sueño de madrugada— otra eternidad se abra asombrosamente sin que podamos poner ni un solo pie sobre ella. El mundo seguirá girando hasta que, quizás un jueves de abril, el sol se apague.

Mientras tanto y como nos hallamos a la mitad de dos eternidades, habrá que volver palabra todo aquello que percibimos en nuestro paso por la Tierra. Eso, las palabras, no nos salvan del naufragio de la muerte; pero, al menos, nos ayudan a narrar los días dulces y amargos.

Ahora mismo recuerdo una bella escena de un filme del griego Theo Angelopoulos en la cual un viejo poeta, a punto de morir, se encuentra con su amada mujer fallecida tiempo atrás. Ambos, en la playa, bailan y se abrazan, hasta que él le dice a ella:

—Mañana… ¿Qué es el mañana, Anna? Un día te pregunté: mañana, ¿cuánto tiempo es? Y me respondiste: “La eternidad y un día” —interviene Anna, diciendo esa frase casi a modo de un susurro.

—No te entendí. ¿Qué dices? —pregunta el poeta interpretado por el extraordinario actor suizo Bruno Ganz. Ella, Anna, se aleja de él y camina por la arena de playa.

—¡La eternidad y un día! —ella grita a lo lejos, dejando en solitario al hombre a quien se le han revelado verdades precisamente antes de morir.

Ojalá Amado y el resto de los —pocos, pero suficientes— queridos amigos cuenten con eso que para nada es cosa irrisoria: la eternidad y un día.

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Back to top button