¡Escandalícese así!

El escándalo se ha convertido en una forma importante de relación social favorecida por los medios y las plataformas digitales. Es algo más que una estrategia de visibilización. Provee de sentido a la existencia de millones de personas y se ha vuelto parte imprescindible del infame espectáculo cotidiano de los medios que saben hacer de la vida cotidiana un asunto épico, lírico o dramático.


Si de alguna forma típica saben reaccionar las sociedades contemporáneas a la manera en que los medios presentan los acontecimientos, es a través el escándalo. Después de tantos años de haber estrechado relaciones con la prensa, la radio y la televisión, las sociedades parecen estar muy bien entrenadas para reaccionar de ese modo. De hecho, pareciera que si los sucesos noticiosos no promueven el escándalo, están destinados a pasar inadvertidos. Porque el escándalo no sólo es una forma de reacción a la manera en que los acontecimientos se presentan a las audiencias, sino una fórmula, cínica y descarada, que los medios utilizan para concentrar las miradas.

Lewis H. Lapham, en la introducción que escribió a la edición de la MIT Press del célebre libro de McLuhan, Comprender los medios de comunicación, atinadamente dijo que las malas noticias son el reclamo que atrae a los bobos. En algún sentido, el éxito de las buenas noticias depende de las malas. No fue sólo McLuhan quien llamó la atención sobre el asunto de que las malas noticias (escándalos sexuales, catástrofes naturales y muertes violentas, por ejemplo) venden las buenas. Refiriéndose a la televisión, Neil Postman (discípulo de McLuhan) apuntó que lo mejor de la televisión es su basura. Por su parte, Anthony King, en su libro Sexo, dinero y poder estableció una tipología de los escándalos: aquellos que implican sexo, dinero y poder, detallando que muchas veces estos se mezclan. John B. Thompson, en su texto Los media y la modernidad, sostuvo que no sólo los escándalos grandes (como los que comprometen o involucran a los gobiernos), sino los de pequeña escala, irrumpen con frecuencia en la prensa y que, a partir de ello, pueden ser parcialmente comprendidos en términos de las fronteras entre lo público y lo privado, las cuales se encuentran en un cambio evidente. En tanto que el escándalo tiene la facultad no sólo de concentrar las miradas, sino de agitar las conciencias, se ha convertido en un elemento indispensable de la visibilidad mediática (analógica y digital).

El término —que proviene del griego skándalon y cuya versión en latín es scandalŭm designaba una trampa u obstáculo para hacer caer. Dista mucho de los significados a los cuales está asociado hoy día (al alboroto, al tumulto, al ruido, al desenfreno, a la vergüenza, al mal ejemplo, al asombro, al pasmo, a la admiración, etc). No obstante, los significados a los que se le asocia aquí tienen que ver, por un lado, con las acciones o palabras que son causa de que alguien obre mal o piense mal de otra persona y, por otro, con los hechos o dichos que son considerados inmorales o condenables y que, en consecuencia, causan indignación y tienen un gran impacto público. De ahí que el escándalo y la indignación hagan una buena mancuerna. Y, de hecho, como lo señaló el mismo Anthony King, los estudios comparativos de los escándalos políticos aún siguen en pañales. Los escándalos (no nada más los políticos) son un digno objeto de estudio y terreno fértil para la investigación, pero eso es asunto de otro debate. Los escándalos no sólo impregnan la vida política de las sociedades, son materia prima de los sucesos noticiosos y de la vida cotidiana. Más allá de la política, son el combustible de los rumores, la parte innegociable del chismorreo, la parte medular de las desacreditaciones y el escrache, etc.

El escándalo se ha convertido en una forma de relación social favorecida por los medios y las plataformas digitales mayormente. Es algo más que una forma de reacción y una estrategia de visibilización (término progre tan de moda). Al mismo tiempo que alimenta el morbo, provee de sentido a la existencia de millones de personas, en tanto que se ha convertido en una parte imprescindible del infame espectáculo cotidiano de los medios que saben hacer de la vida cotidiana un asunto épico, lírico o dramático (en sus versiones de comedia y tragedia principalmente). Modelo que los usuarios, que han devenido generadores de contenidos, han adoptado —hasta cierto punto— como una manera y una estrategia de hacer virales diversos contenidos, pero que también han impuesto como un estándar de entretenimiento online. Y que quede claro, no son la violencia, ni el sexo, ni el crimen, ni el dinero, ni el porno, ni la corrupción, ni el asesinato, ni la impunidad, ni los desfalcos, ni el abuso de poder, etc., los que fortalecen la economía de la atención (como la ha llamado el activista Eli Pariser en su interesante libro El filtro burbuja), sino el escándalo. Recordemos que Joseph Pulitzer, en cuyo honor se entregan galardones en veintidós categorías y una de ellas es la de periodismo, fue un pionero en la utilización estratégica del escándalo para infundir temor, deslizar insinuaciones e impulsar las ventas de sus publicaciones.

El amarillismo, el sensacionalismo y la censura fueron parte inherente de los periódicos desde su nacimiento. Y es cierto, al luchar por nuestra atención (la caza de la audiencia) los medios y los generadores independientes de contenidos compiten, como lo hacía antaño Pulitzer con su rival William Randolph Hearst (quien llegó a tener unos 28 periódicos de circulación nacional en Estados Unidos), por las audiencias, así como por los clics sociales. Más que ser, la nuestra, una sociedad morbosa, es una sociedad escandalosa y del escándalo que se deleita con lo que logra trastocar la sensibilidad colectiva en favor de la indignación, la ofensa y el ultraje moral. Pero, al mismo tiempo, es una sociedad que se indigna con lo que produce. De ahí que la doble función (por llamarla de algún modo) del escándalo sea atraer y seducir, al mismo tiempo que indignar y ofender. El problema con el escándalo es que muy pocas veces deviene agente de transformación y cambio. Su poder verdadero está en el espectáculo y el entretenimiento.

El primer epígrafe del ya mencionado libro de Pariser, El filtro burbuja, alude a una famosa frase de Mark Zuckerberg (el fundador de Facebook) que dice: saber que una ardilla se muere delante de tu casa en este momento puede ser más relevante para tus intereses que el hecho de que la gente se muera en África. Y dado que esta afirmación está dirigida hacia la manera en cómo los filtros se van personalizando cada vez más, de modo tal que la información que consumimos tiene que ver con todo aquello que los algoritmos seleccionan para nosotros por considerarlo de nuestro interés, podemos decir que no sólo son los intereses sino también la forma en que estos contenidos se presentan ante nuestros ojos. Pongámoslo de esta manera: escandaliza más el video de un gato bebé ardiendo en petróleo que los casi 3 millones de niños que mueren al año por causas relacionadas con la desnutrición de acuerdo con los datos de la Unicef. Y si leer el ejemplo del gato le escandalizó más que leer la cifra de los casi 3 millones de niños que mueren al año, estamos en serios problemas. Y no es que los gatos no importen, sino que es preciso destacar que el escándalo triunfa sin demasiada resistencia en las sociedades donde el entretenimiento es industria, estrategia de visibilidad mediática, elemento esencial de la viralización de contenidos, formato de presentación, etc., pero, sobre todo: donde se ha convertido en una forma importante de relación social. Una sociedad donde el escándalo triunfa está condenada al fracaso en materia de discriminación informativa.

1 thought on “¡Escandalícese así!

  1. Muy interesante publicación, cierta y clara. Lamentablemente las nuevas generaciones están atestadas de información que suele distraer su atención y no siempre es información que les aporte progreso en su vida. Me pregunto a dónde llegaremos con éstas nuevas generaciones..

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