Abril, 2026
En los corrillos del periodismo de espectáculos, y de su derivado: el periodismo de rock, se habla en tono de burla de los “periodifans”. ¿Qué son y qué implica su figura en el ejercicio del periodismo? En el siguiente texto, Rodrigo Farías Bárcenas echa luz al respecto. Es cierto, apunta aquí, la mezcla de periodista y fan es un fenómeno presente desde hace décadas. Sin embargo, en los últimos años el fenómeno no sólo va en aumento dentro del oficio, sino que tiende a consolidarse.
En los corrillos del periodismo de espectáculos, y de su derivado: el periodismo de rock, se habla en tono de burla de los “periodifans”. ¿Qué son y qué implica su figura en el ejercicio del periodismo?
Me desagradan los términos “periodifan” o “periodifans”. Me parecen neologismos forzados, construidos a partir de conceptos antitéticos: periodista y fan; pero no niego que sí designan un hecho real: se refieren a periodistas que para informar parten de su admiración por los famosos, o bien se trata de seguidores o admiradores de actores, actrices, cantantes, deportistas e incluso políticos que se portan como si fueran periodistas para acercarse a sus ídolos.
La misma existencia de esos personajes indica hasta qué punto los fans o seguidores aspiran a ser tomados en cuenta como actores en el proceso de la producción musical y de su historia, y no sólo por su valor económico como fieles consumidores; en consecuencia, pasan a ser productores de relatos propios que los representan y dan cuenta de sus experiencias con la música. Esta aspiración me parece legítima, pero no cuando adopta la forma de una simulación profesional, que es de lo que me ocupo en este escrito. No abarco fenómenos similares en el campo político con periodistas llamados paleros, que contribuyen a que ciertos líderes ostenten un apoyo que no tienen. Mis observaciones provienen de y aluden al ámbito musical, con énfasis en rock y blues.
Un fenómeno presente desde hace décadas
La mezcla de periodista y fan es un fenómeno presente desde hace décadas, pero el empleo del término “periodifans” empezó a generalizarse recientemente a raíz de que empezaron a proliferar los creadores de contenido, en particular quienes carecen de formación periodística profesional, pero que se adaptan a la inmediatez característica de los medios digitales, hoy prioritarios.
La primera vez que escribí acerca de los “periodifans” fue en 1989, sin emplear el calificativo. El 16 de marzo de ese año, Joaquín Sabina se presentó en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, con el grupo Kerigma como invitado o telonero. Era la primera vez que el cantautor español hacía una gira por escenarios mexicanos, por lo que sus conciertos despertaron un gran interés entre el público nacional. Fue el inicio de la popularidad que alcanzaría en el futuro, y un estímulo importante para definir la tendencia del así llamado rock en español que se puso en boga en aquellos años.
El espectáculo transcurrió sin incidentes, con destacadas participaciones tanto por parte de Sabina como de Kerigma. Se notó el disfrute generalizado entre el público, incluido el nutrido contingente de periodistas que acudió para hacer la crónica, en mi caso para la revista Extempo, cuya sección cultural estaba dirigida por Víctor Roura. La presencia de policías al interior del recinto suscitó chiflidos y abucheos que los señalaban como un signo ominoso.

En efecto, una vez que concluyó la jornada, quienes habíamos gozado de la música nos llevamos una fuerte y desagradable impresión al ver la explanada del Auditorio con señales de que había ocurrido una batalla. Cristales rotos, patrullas abolladas, sangre en el piso. Eso significaba la actitud vigilante de los uniformados que estaban en el interior, los habían enviado para sofocar posibles desmanes, mientras en el exterior reprimían al público que pretendía entrar sin pagar, con el portazo que era un clásico en las tocadas de rock local.
Gran contradicción: unos recibían aplausos; otros, macanazos. Mientras se desarrollaba el concierto había tenido lugar un evento paralelo que rebasó el hecho musical. Algunos diarios reportaron 50 asistentes heridos y ocho del cuerpo de granaderos.
Al darme cuenta de ese macabro paisaje, cambió de inmediato la idea que tenía para escribir la crónica. Entrevisté a varios testigos, policías entre ellos, con cuyos testimonios construí la versión narrada del concierto, condenando el acto represivo que para ese entonces parecía la réplica de una práctica común en los años setenta.
El concierto de Joaquín Sabina y Kerigma en el Auditorio Nacional provocó en mí serios cuestionamientos acerca del ejercicio periodístico, en especial de aquello que se conocía (y conoce) como periodismo de rock. El principal consistió en haberme preguntado a partir de mis sensaciones: “¿Qué hago aquí?” Aquello que era familiar para mí, un concierto, ahora me resultaba extraño, como algo que no me pertenecía.
Me explico. Había notado que la cobertura de los conciertos se excedía en palabras elogiosas, como si los medios y sus periodistas quisieran quedar bien con artistas y empresas promotoras de eventos musicales, esforzándose los reporteros por obtener la firma del rock star o en tomarse la foto con él. La imagen de periodistas haciendo olas en el estadio Corregidora de Querétaro, cuando se presentó Rod Stewart en abril de 1989, quedó bien grabada en mi memoria.
Esta clase de coberturas, poco informativas y mucho laudatorias, me llevaron a escribir un texto que titulé “¿Periodistas o cazautógrafos?”. Se presentó la ocasión para leerlo el 7 de noviembre de 1989 en el Museo Universitario del Chopo (UNAM), como participante en la mesa redonda titulada “¿Qué onda con el rock?”. Abordamos temas relacionados con las políticas públicas dedicadas a la gente joven, a casi un año de haber iniciado el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, y también con una creciente y contradictoria industria musical, asuntos que revelaron 1989 como un año clave en el panorama musical mexicano.
Uno de los indicios de ese fenómeno contradictorio era la cada vez mayor cantidad de conciertos masivos que se realizaban en la capital mexicana, en contraposición a la escases de antaño debida al control gubernamental, cuando al mismo tiempo se prohibía la actuación de grupos notables, como pasó con Black Sabbath en León, Guanajuato, y en San Luis Potosí, en octubre de 1989; o sea, unos días antes de la celebración de la citada mesa organizada por Jorge Pantoja, cuyo título, “¿Qué onda con el rock?”, invitaba a pensar acerca de lo que estaba pasando, cuando estábamos a menos de dos años de que la celebración de conciertos masivos con exponentes internacionales quedara como una política establecida en México.
Otro indicio de cambios acelerados se manifestaba por los movimientos que las compañías transnacionales estaban haciendo de sus piezas en el discográfico tablero de ajedrez, con el impulso de una tendencia supuestamente novedosa denominada rock en español, que para 1989 y con dos años de existencia se había consolidado, teniendo como puntas de lanza a grupos argentinos, españoles y mexicanos (los menos).

El panorama musical era otro. Estaban ocurriendo eventos que requerían del periodismo prácticas acordes con los cambios en curso. Ese fue el tema que puse a discusión en aquella mesa, el rol del periodismo en esa transición, en particular el de espectáculos y el que se supone especializado en rock, inclinados a fomentar el fanatismo incluso entre los propios informadores.
Preparé mi lectura realizando un revisión de las notas publicadas en diferentes diarios, principalmente acerca del concierto de Joaquín Sabina. La mayoría señalaban dos puntos. Cito el texto leído en aquella ocasión:
Primero, coincidían en condenar los procedimientos disuasivos empleados por los granaderos. Segundo, la reconstrucción de los hechos dejaba mucho que desear. Las impresiones de lo que fue un serio enfrentamiento eran vagas y pocos se encargaron de exponer el significado del mismo más allá de la agitación inicial. El mensaje informativo parecía esquivar la realidad. ¿Hubo periodistas que presenciaran directamente el apañón? Tal vez no. La mayoría estábamos en otra onda. A lo mejor mirando con deleite las curvas de Esther, la corista que acompañó a Sabina esa noche.
Concretamente, objeté que textos escritos con intención publicitaria se hicieran pasar como información periodística, y que hubiera periodistas que asumieran el rol de seguidores incondicionales. No se usaba la expresión “periodifan” para designarlos, pero era notoria una de sus principales características: impregnaban sus notas con desmedido entusiasmo.
En aquellos años, el rock ya había pasado de la nota roja a las páginas culturales de los diarios, lo cual representaba un avance en términos informativos. Sin embargo, la gira de Joaquín Sabina puso en evidencia que en realidad no había una infraestructura mediática adecuada para el desempeño del periodismo así llamado de rock, atrapado en el enfoque juvenilista (orientado a estimular el consumo de los fans) heredado de las pocas revistas que lograron circular durante los años setenta. Y también en los criterios editoriales de diarios y revistas que pasaban por alto noticias relevantes por estar vinculadas a los aspectos políticos de la música, como ocurrió con Abbie Hoffman, activista en contra de la guerra de Vietnam e impugnador del capitalismo en Estados Unidos, cercano al rock, cuya muerte el 12 de abril de 1989 fue ignorada por la prensa nacional, excepto por El Financiero.
Cuando Sabina y sus músicos se retiran, la gente, ya se sabe, pide la otra. Regresan luego de haber tocado más de 15 rolas. En ese momento quién se iba a imaginar que al salir del Auditorio el ambiente era muy distinto. Una buena parte de la explanada proyectaba un brillo macabro, el de los vidrios rotos. Había sangre en el piso. Pasamos del concierto al desconcierto […]. Parecía que un motín recién había sido aplacado.
¿Cómo fue posible que muchos de los periodistas no nos dimos cuenta de lo que pasaba mientras Joaquín bailaba con su corista? La respuesta a tal pregunta requiere, a su vez, considerar otras cuestiones: ¿A qué acuden los periodistas —en particular los de la así llamada prensa especializada— a un concierto de rock? ¿A disfrutarlo como parte del público, o a recabar datos para elaborar una información veraz, de real utilidad para los lectores? No es inútil formular dichas preguntas, su respuesta implica una toma de posición: ¿Somos fans? ¿Somos periodistas? ¿Somos fans metidos a periodistas? ¿O somos periodistas metidos a fans?
La experiencia me sirvió para deslindarme de ese tipo de prácticas. Con apenas tres años de estar cubriendo eventos musicales, advertí que para ser periodista tenía que construir una agenda propia, no subordinada a los intereses de la industria musical ni a lo que ésta espera de los periodistas que asumen un rol de seguidores. Así logré un considerable nivel de autonomía. Empecé a ejercer un periodismo reflexivo que me mantuvo alerta en esa estructura simbiótica que formaban las compañías de discos, las productoras de conciertos y los medios de comunicación.
A partir de entonces generé un discurso acerca del periodismo que se tradujo en exposiciones orales o escritas en medios de comunicación, conferencias, mesas redondas, y otros recursos concebidos para examinar críticamente fenómenos de comunicación relacionados con la música.

En un taller que impartí sobre música y sociedad, y en otro sobre escritura reflexiva, me he referido al concierto de Sabina como una experiencia en la que se abrió mi consciencia (darse cuenta, “¿Qué hago aquí”?) y de metacognición (estrategia para actuar, “deslindarme”). Advertí que como periodista no debo ir a un concierto a pasarla bien, sino a estar presente con atención consciente. En esos talleres, como lo he comentado en distintas ocasiones, me he enfocado en la reflexión acerca de cómo nos desempeñamos en el plano profesional, en qué contextos, en cómo nos involucramos con nuestro trabajo, sugiriendo la escritura de estas experiencias para hacerlas comunicables y disponibles como fuentes de aprendizaje.
El periodismo y el valor de la libertad
En mi punto de vista acerca del periodismo de fans o seguidores influye la idea que tengo acerca de lo que es el periodismo como tal, adquirida con un ejercicio de años en medios “tradicionales”. No he trabajado con un concepto formal o académico, sino con uno surgido de la práctica, el cual me propongo desglosar en los párrafos que siguen para marcar un contraste con la caracterización que hago de lo que he denominado el periodifansismo.
Entiendo el periodismo como una forma de producir conocimiento mediante métodos para obtener información. Si bien es cierta esta idea, es muy general, no da cuenta de los aspectos característicos de la disciplina y es indistinguible en un panorama en el que casi toda actividad humana requiere para llegar a un conocimiento fiable de “métodos para obtener información”. En el periodismo esta condición es necesaria pero no suficiente. Sin embargo, me parece un buen punto de partida para llegar a una conceptualización que nos permita comprender las características específicas del periodismo.
El periodismo es parte de un proceso de comunicación social en el que los emisores son empresas o corporaciones, entidades estatales y organizaciones o grupos de la sociedad civil. Es un proceso dinámico en el cual entra en juego el sentido que han de tener los contenidos para los receptores, que no son individuos pasivos ni aislados, sino seres en relación que participan activamente en la lectura de los mensajes e incluso en la producción de los mismos.
La información es periodística y susceptible de transformarse en conocimiento, cuando ha sido sometida a crítica y contextualizada; cuando presenta antecedentes y su veracidad ha sido corroborada contrastando fuentes; y cuando ha sido elaborada mediante cierto tipo de lenguaje y formas discursivas (géneros), para ser difundida periódicamente por diferentes medios o plataformas.
La clave está sobre qué se informa. En teoría se informa con el criterio de relevancia social, inherente a los hechos de actualidad, pero lo que es relevante para la sociedad civil no necesariamente lo es para los grupos corporativos de la comunicación o para el Estado. Por eso es que el periodismo se ejerce como parte de un proceso de comunicación dinámico: en él se disputa la dirección que ha de tomar la influencia de la comunicación.
Idealmente, el periodismo debe contribuir a que la información adquiera un valor cognoscitivo —en tanto que aporta elementos para comprender la realidad— y un valor estratégico —en tanto que aporta elementos para tomar decisiones que promueven la autonomía social. Es el valor de la libertad.
Con el periodismo conocemos el mundo que nos rodea y nos orientamos para transformarlo. Si he dicho “idealmente”, es por cómo la información propagandística o mercantil se hace pasar como información periodística. Esa es la razón por la cual el periodismo debe ir más allá de la mera difusión para convertirse en un recuso de comunicación crítico con respecto a la concentración mediática y la hegemonía económica e ideológica que ésta conlleva.
El periodifansismo es la antítesis de los valores que hacen del periodismo como tal una forma de comunicación socialmente relevante.
Sin un ave se mueve como pato…
Dicen que si un ave se mueve como pato, nada como pato, grazna como pato y parece un pato, entonces es un pato. Podría decirse lo mismo de los “periodifans”, sus características son obvias y es fácil identificarlos, pero la misma comunidad musical los acepta y soslaya su actitud simuladora. No hay sanción, ni gremial ni social.

Hay “patos” que se ponen lentes oscuros cuando no es necesario para denotar que son celebridades en sí mismos, siendo conferencistas hasta en Bellas Artes, como pasa con algunos periodistas roqueros mimetizados en rock stars; otros se aparecen de manera ostentosa en las conferencias de prensa, o en sus visitas al escaparate del roquero tianguis del Chopo, como si estuvieran partiendo plaza. Se asemejan a Narciso cuando contempla su imagen reflejada en las aguas.
Por eso se habla de ellos en los corrillos, como a escondidas o a espaldas de, porque la suya es una actividad tolerada por conveniencia. Los “periodifans” son funcionales para la industria del entretenimiento porque ésta capitaliza sus apologías informativas, son parte de una estrategia de comunicación que privilegia los aspectos emocionales (más que los cognitivos) en la conexión de los cantantes con el público por sus beneficios económicos al estimular el consumo. Algunos ocupan puestos clave en medios o alcanzan estatus de escritores, historiadores o gatekeepers (controladores de información) a quienes las instituciones consultan como expertos para justificar decisiones. La institucionalización del “periodifan” implica su conversión en autoridad. Asimismo, con su perspectiva de fans impulsan como oficial, o único autorizado, su discurso con respecto a la historia del rock mexicano.
Para identificar a los “periodifans” hay que observar su protagonismo, buscan llamar la atención de los famosos con preguntas a modo o haciendo comentarios elogiosos para quedar bien, luego se toman la foto con ellos presumiendo una gran sonrisa de cocodrilo (estos reptiles no sonríen, pero eso parece).
Otro rasgo es su defensa a ultranza: para ellos sus artistas no rompen ni un plato, consideran que son víctimas cuando son objeto de críticas. Los más convenencieros defienden las políticas de las compañías discográficas o de las empresas promotoras de conciertos; he visto que hacen eso hasta en los conversatorios de carácter académico, y todo para tener el visto bueno de los publirrelacionistas de quienes depende su acceso a los espectáculos. Cuando ocurre alguna desgracia, como pasó en el Festival Axe de 2025, por temor a perder sus privilegios de Very Important Person (VIP), esos fans en lugar de informar, guardan silencio. Se hacen patos.
A los “periodifans” se les conoce por cómo escriben y por cómo hacen sus entrevistas en las redes sociales. Se identifican emocionalmente con el o la cantante, no son objetivos, no los cuestionan por cuidar su imagen. Si mienten, los “periodifans” hacen eco de sus mentiras, en algunos casos al grado de construir un mito. No investigan, simulan que lo hacen adjudicándose el trabajo ajeno, plagian o refritean, como se dice en el argot periodístico.
Algunos tienen recursos de producción propios de sets profesionales, empleados para llenar espacios de Facebook o YouTube con anécdotas entretenidas que pretender ser “historia oral”. Los “periodifans” de peor calaña, para escribir una biografía negocian con los artistas el contenido de sus textos: ofrecen un buen trato a cambio de información exclusiva que presente a su biografiado como un santo.
¿Por qué los “periodifans” son funcionales para la industria del entretenimiento? Por razones económicas: abaratan los costos de las campañas de marketing al presentar sus notas elogiosas como información, cuando en realidad es publicidad no pagada. Por razones laborales: degradan los contenidos y al hacerlo devalúan el oficio periodístico, precarizándolo, como se dice ahora. Por razones políticas: desplazan de las fuentes de trabajo a los periodistas comprometidos con el oficio, los que investigan; cuando estos reclaman sus derechos, los “periodifans” asumen la defensa de los patrones, manipulando la información para hacer pasar a los inconformes ante la opinión pública como “conflictivos”, restándole importancia a reclamos que son legítimos.
Este escrito está construido con experiencias personales, observaciones y comentarios que he empleado como recursos para confeccionar una serie de viñetas que describe el comportamiento de los “periodifans” en ciertas circunstancias.
En su conjunto, esas viñetas perfilan un patrón de comportamiento que me permite hacer un mínimo diagnóstico acerca de cómo se ejerce el periodismo en ciertas circunstancias, a partir del cual propongo el concepto de periodifansismo para hacer referencia a las prácticas descritas y a otras similares que no he contemplado, con el fin de que sean abordadas como hechos sociológicos significativos, más que de actitudes personales a las que nos remite el concepto “periodifan”.
Si bien en México se han documentado ejercicios periodísticos similares al periodifansismo, por ejemplo en la comunicación política, son casi inexistentes las reflexiones que abordan ese fenómeno tal y como se manifiesta en nuestro ámbito musical; las especialidades respectivas —periodismo de rock, espectáculos o cultura— apenas y lo toman en cuenta a pesar de que va en aumento y tiende a consolidarse. Surgen al respecto preguntas latentes: ¿Cómo diferenciar claramente el periodifansismo del periodismo “legítimo”? ¿En qué se basa su atractivo (o credibilidad si la hay)? ¿Cómo un seguidor se convierte en “periodifan”? ¿Cuáles son sus motivaciones? ¿Qué papel juega el periodifansismo en la industria del entretenimiento? ¿Cómo es el discurso que genera y cuál su impacto social?
Un examen acertado de ese fenómeno conduciría a: 1) Fortalecer las prácticas periodísticas basadas en un código de ética que alerte sobre los efectos nocivos de las prácticas periodísticas simuladas. 2) Reforzar las cualidades del periodismo como registro histórico y, por lo tanto, como elemento clave en la construcción de la memoria colectiva, por encima de su uso como recurso publicitario. 3) Caracterizar de una manera más completa el sistema de relaciones que sostiene la industria del entretenimiento. ![]()



