Febrero, 2026
Eliot Higgins es uno de los pioneros en investigaciones de fuentes abiertas en la red. Él junto con el colectivo global de periodismo de investigación y verificación de hechos Bellingcat, que él mismo fundó en 2014, se han convertido en expertos en técnicas de detective que combinan las publicaciones de redes sociales, datos satelitales y bases de datos confidenciales. En esta década, Bellingcat —estilizado como bell¿ngcat— ha revelado entre otras cosas la identidad de espías rusos, a racistas estadounidenses, o también demostró que el régimen sirio utilizó armas químicas contra sus ciudadanos. En esta conversación con Sebastiaan Faber, Eliot Higgins nos da su versión de los hecho. De entrada, es claro: “Las crisis del siglo XXI han demostrado que las instituciones ya no funcionan”.
Sebastiaan Faber
Uno de los primeros análisis rigurosos basados en videos y fotos verificados de la ejecución del estadounidense Alex Pretti por parte del ICE, en las calles de Minneapolis, no provino de The New York Times ni de CNN, sino de Bellingcat, un colectivo de investigación que tiene su sede en Ámsterdam, pero cuya plantilla de 40 personas —más sus 100 voluntarios entrenados y más de 35.000 participantes en su servidor de Discord— se encuentran dispersos por el mundo entero.
Fundado en 2014 por un oficinista inglés treintañero —al que le gustaban los rompecabezas y aprendió a usar todas las herramientas que le daba internet para “averiguar qué demonios pasaba” en lugares como Siria y Ucrania—, Bellingcat se ha convertido en una organización con un presupuesto anual de más de cinco millones de euros que investiga incidentes y crímenes en seis continentes; colabora con medios establecidos e independientes en media docena de países; asesora a tribunales y agencias estatales; y tiene el dudoso honor de ser considerado el enemigo público número uno por la Rusia de Vladímir Putin. Entre otras hazañas, fue el equipo de Bellingcat el que destapó a los perpetradores del ataque al MH17, un vuelo comercial derribado por rebeldes prorrusos en Ucrania en 2014, que se cobró 298 víctimas; demostró el uso de armas químicas por el régimen de Assad; y desveló lo que motivó al asesino que mató a 51 personas en dos mezquitas de Christchurch (Nueva Zelanda) en 2019.
Por el camino, no sólo ha desarrollado una nueva manera de practicar el periodismo de investigación a nivel mundial, basada principalmente en la inteligencia de fuentes abiertas (Open Source Intelligence, u OSINT), usando datos disponibles libremente en internet, rastreados y recopilados por un ejército de colaboradores. Además, parece haber dado con algo que muchos medios y gobiernos han estado persiguiendo sin éxito: una táctica eficaz para combatir las campañas de desinformación y la erosión de la confianza ciudadana en las instituciones.
“No tenemos una agenda, pero sí tenemos un credo”, afirma Eliot Higgins, el fundador, en su libro Somos Bellingcat / Los detectives en línea que resuelven crímenes globales (2021): “Existen las evidencias y existen las mentiras, y a la gente aún le importa distinguir entre ellas”. En otras palabras, la organización apuesta por que las democracias puedan seguir fundamentándose en un concepto compartido de la verdad.
Antes de fundar Bellingcat, cuyo nombre juega con la frase “ponerle el cascabel al gato”, Higgins (Shrewsbury, Inglaterra, 1979) se presentaba en línea como Brown Moses (el Moisés marrón), un apodo inspirado en una canción de Frank Zappa. Hablo con él a comienzos de febrero.

—Me impresionó el rigor de su análisis sobre lo ocurrido con Alex Pretti en Minneapolis.
—El hecho de que haya tanta gente grabando video en Estados Unidos estos días encaja perfectamente con nuestras metodologías de fuentes abiertas. Pero es importante comprender que no sólo nos concentramos en incidentes virales o en acciones excepcionalmente brutales como esta. Coleccionamos muchísimos videos constantemente y los guardamos en un gran archivo de datos verificados. Ese conjunto de datos, a su vez, nos permite investigar de forma sistemática, por ejemplo, el uso contra civiles de armas “menos letales”. En ese sentido, el trabajo que estamos realizando en lugares como Minneapolis hoy no es muy diferente de lo que hemos hecho en la guerra de Ucrania o de lo que hicimos para documentar y mapear la violencia perpetrada contra personas negras por la policía norteamericana en el marco de Black Lives Matter.
—En el análisis de lo de Pretti también impresionó la inmediatez de la difusión.
—Nuestra experiencia con los regímenes autoritarios nos ha enseñado que hay que reaccionar con la máxima rapidez para contrarrestar las mentiras oficiales. Sabemos que cuando ocurre algo así, el público se pone a buscar información de forma inmediata. Pero precisamente en esos primeros momentos es muy fácil que alguna información no rigurosa, o directamente falsa, se haga viral. Nosotros intentamos actuar cuanto antes para contrarrestar eso.
—En ese sentido, ¿consideran a los miles de ciudadanos que suben videos y otras formas de evidencia como colaboradores? Sin ellos, su trabajo sería mucho más difícil.
—Claro. En Estados Unidos, además, nos hemos aliado expresamente con medios y organizaciones locales. Para investigar las patrullas del ICE en California, por ejemplo, colaboramos con un grupo de periodistas locales, CalMatters, que recababa información y hablaba con personas que complementaban todos los videos de fuentes abiertas que coleccionábamos. Estas colaboraciones muchas veces resultan muy fructíferas porque nos permiten apoyar el trabajo de esos reporteros locales —que suelen estar muy dispersos y mal financiados, pero que desempeñan una función crucial en sus comunidades— y también familiarizarlos con nuestras técnicas de investigación.
—A la hora de aliarse con medios periodísticos, ¿les importa que sean independientes?
—Todo depende del contexto. Hemos colaborado con grandes medios corporativos como NBC y The Guardian, tanto para difundir nuestro trabajo como para impartir talleres, educar, etcétera. Lo que nos importa es que nuestras ideas y técnicas se difundan y se adopten, no sólo en los medios —sean independientes o tradicionales—, sino también entre organizaciones de la sociedad civil o incluso en tribunales internacionales.
—¿Funciona?
—Me parece que sí. Durante los últimos tres o cuatro años, ha habido un aumento notable en el número de medios dedicados al trabajo con fuentes abiertas (OSINT), en muchos casos gracias a nuestro entrenamiento. No tenemos ningún afán de monopolio. Nos parece mucho mejor que no seamos sólo nosotros quienes trabajamos en este campo, sino también el Washington Post, el New York Times y la BBC. Más importante aún es que estas técnicas y herramientas acaben democratizándose, para que no sea ninguna organización en particular la que decida qué investigar y qué no. Por eso hemos montado un servidor de Discord, que hoy cuenta con unos 35.000 miembros activos. El servidor está abierto al público, pero se modera con cuidado para asegurar que la conversación versa sobre temas de investigación y no quede dominada por otros debates. No queremos que la cosa se convierta en un ambiente tóxico como lo es X.
—¿De verdad surgen investigaciones nuevas así?
—Sí. Hace un par de años, por ejemplo, cuando se produjo un derrame de petróleo en Trinidad y Tobago que fue ignorado por los medios, un grupo de voluntarios del Discord se puso a investigarlo echando mano de webs de tráfico marino, imágenes de satélites y otras de las muchas herramientas que solemos usar. Así pudieron identificar no sólo los barcos, sino también a sus propietarios, quienes resultaban formar parte de una operación de contrabando de petróleo venezolano. Con el tiempo, pudimos presentar toda esa investigación como una serie de artículos en nuestra web. Estos, a su vez, activaron a parlamentarios en Trinidad y, finalmente, a las Naciones Unidas. Es sólo un ejemplo, pero subraya la importancia de crear espacios donde la gente pueda reunirse y emprender este tipo de trabajo en conjunto. En realidad, todo lo que hacemos —desde las investigaciones que publicamos en nuestra web hasta el Discord, los talleres, las bases de datos y los procesos de verificación colaborativos— contribuye a la creación de un ecosistema basado en información verificada. Un ecosistema así nos parece crucial, sobre todo porque está rodeado de un medio ambiente que a menudo está lleno de basura.
—La idea de un ecosistema en el que todas y todos tienen un papel que desempeñar, ¿responde a una filosofía organizativa igualitaria? Bellingcat no parece querer distinguir entre periodistas y ciudadanos, ni entre investigadores profesionales y voluntarios. Usted mismo es autodidacta, como lo son muchos de sus colaboradores.
—Trabajamos con círculos concéntricos: tenemos a los 40 compañeros y compañeras de la plantilla; después, más de cien voluntarios entrenados, a quienes asignamos tareas de verificación; y, por último, las 35.000 personas del servidor de Discord, que también sirve para reclutar a gente con cierto talento o interés, y donde también hay muchos periodistas. Ahora, por ejemplo, tenemos todo un hilo en Discord dedicado solo a los expedientes de Epstein, para investigarlos, pero también para copiarlos y archivarlos por si al gobierno de Estados Unidos se le ocurre suprimirlos. Nos consta que hay bastantes periodistas con el ojo puesto en ese hilo y nos parece muy bien. Pero la comunidad de Discord también nos sirve para mantener un debate sano en los momentos inmediatamente posteriores a un evento noticioso importante. El rigor de nuestro trabajo surge de la colaboración y de una serie de estándares epistémicos compartidos. Somos muchos y observamos protocolos de verificación estrictos, siempre avanzando paso a paso, de forma transparente para todas y todos. Es una protección muy eficaz contra los sesgos de confirmación.
—No deja de ser romántica la imagen de un grupo de aficionados que se pone a resolver crímenes. La idea de Bellingcat apela a la imaginación, pero se me ocurre que también activa otras tendencias muy humanas —el gusto de resolver rompecabezas o el placer de contribuir a algo importante. Incluso apela a virtudes, como el deseo de luchar por la verdad.
—Es interesante que menciones la naturaleza humana, porque precisamente estos años yo me he dedicado a intentar plantear una serie de preguntas más profundas sobre la interrelación entre información y democracia. Parece obvio que la crisis democrática que estamos viviendo está conectada con la desinformación, la polarización y la pérdida de confianza en las instituciones. Pero ¿qué significa todo eso? ¿Y realmente es así?
—Irónicamente, hay desinformación en lo que se dice sobre la desinformación.
—Sí. Por ejemplo, los gobiernos han puesto mucho énfasis en la desinformación como algo que llega desde el extranjero. Pero en realidad ese no es, ni mucho menos, el mayor problema. Es verdad que mucha gente ha dejado de confiar en las instituciones. Pero eso, ¿qué quiere decir exactamente? ¿Por qué confiaba en ellas antes y qué ha cambiado?

—¿Cómo aborda el tema usted?
—Teorizamos que las instituciones democráticas tienen tres funciones clave: la verificación, la deliberación y la accountability (responsabilización o transparencia), que se someten a prueba en momentos de crisis. Ahora bien, algunas de las grandes crisis del siglo XXI —la invasión de Irak, la crisis financiera de 2008 o la pandemia del Covid-19— han demostrado al público que las instituciones han dejado de funcionar como deben, convirtiéndose más bien en cáscaras huecas y performativas.
—En ese mismo periodo, se han producido grandes cambios en los sistemas de difusión.
—Exacto. Tenemos hoy una economía de la información que privilegia el engagement sobre la veracidad; es decir: importa más el número de reacciones que provoca un mensaje que si es o no es verdad. Esto ha torpedeado la estructura de los sistemas de información del siglo XX, que están basados en unas élites que servían de controladores y filtradores, gatekeepers. En el siglo XX, había una cantidad relativamente limitada de información que se difundía a un gran público, que tenía un gran caudal de atención para prestarle. En lo que va de siglo, esta situación se ha invertido completamente: hoy, hay un caudal masivo de información y cantidades muy limitadas de atención. Además, la competencia por esa atención ya no se pelea en una estructura jerárquica sino en una estructura igualitaria, de peer-to-peer, en la cual las instituciones están en el mismo nivel que los diferentes públicos y contrapúblicos. Así, se produce una tormenta perfecta: justo cuando el público, con razón, perdía la confianza en las instituciones, las estructuras que les conferían poder colapsaban en una especie de marasmo de lucha por la atención. Todo este proceso explica mucho mejor por qué tanta gente se decanta por las teorías de la conspiración que la hipótesis de las interferencias extranjeras.
—¿Cómo se trabaja en un ambiente así si el propósito es descubrir y difundir verdades?
—Nuestra receta tiene tres ingredientes clave: velocidad, transparencia y participación. Este último elemento es importante para nuestra competencia frente a los movimientos populistas, conspiranoicos y autoritarios. Éstos también ofrecen participación —una sensación de pertenencia, de protagonismo—, pero sin tener que preocuparse por contar la verdad: sólo les importan los sentimientos.
—Ustedes parecen más preparados para emprender esta lucha que muchas instituciones.
—Las instituciones están tardando en asumir la necesidad de cambiar. Muchas siguen funcionando sobre modelos heredados del siglo XX, imaginándose a sí mismas en una cima desde la cual difunden información a un público que no es más que un receptor.
—Es esa misma forma de pensar la que les impide comprender su propia falta de efectividad.
—En efecto. Muchas instituciones siguen pensando que el problema es que el público está recibiendo y creyendo información mala y que la solución, por tanto, consiste en asegurar que reciba información buena. En el contexto actual, es una aproximación pésima.
—Cuando habla de instituciones, ¿en qué piensa?
—Desde think tanks y medios de comunicación hasta gobiernos o comunidades profesionales, como la profesión médica. Si estudias el movimiento contra las vacunas, por ejemplo, verás que fue motivado en gran parte por el movimiento por la medicina alternativa, en el que, a su vez, han tenido un papel protagonista mujeres que tuvieron una mala experiencia con profesionales médicos mainstream. Muchos de los movimientos que cuestionan las instituciones comparten una genealogía similar.
—En su libro, sostiene que Bellingcat “no tiene agenda”. A mí me parece que sí la tiene.
—(Risas.) Bueno, si tenemos una agenda, está informada por nuestra posición moral y epistémica. Queremos saber qué demonios está pasando en el mundo. Es esta posición la que nos motiva a asumir la lógica tripartita que mencionaba antes: verificación, deliberación y transparencia. Para llegar a la verdad, necesitamos ciertos procesos y metodologías. También hace falta una serie de valores compartidos que, en nuestro caso, apuntan a sistemas democráticos que funcionen. Esto quiere decir que estamos tan dispuestos a criticar sistemas autoritarios como a criticar sistemas democráticos disfuncionales. Mi trabajo con Bellingcat a lo largo de una década me ha permitido comprender mejor cuáles son las debilidades de nuestras instituciones democráticas y por qué éstas no son capaces de competir con los populismos, las teorías de la conspiración o los autoritarismos. Dado el ambiente informático actual, es muy fácil ver por qué estos últimos acaban ganando la batalla. En Bellingcat, en cambio, estamos intentando demostrar que no tiene por qué ser así y que, por ejemplo, es posible trabajar a gran velocidad sin sacrificar la calidad.
—Tengan ustedes agenda o no, su labor les ha generado enemigos poderosos. El régimen ruso, por ejemplo. ¿Son conscientes de los riesgos de su trabajo?
—Sí. No puedo negar que hay momentos de miedo. Hace poco, por ejemplo, fueron condenados aquí en el Reino Unido algunos búlgaros contratados por el gobierno ruso, que llevaban varios años espiando a uno de mis colegas. También son constantes los ciberataques. Esto significa, de nuevo, que hay que seguir buenos protocolos. Y es importante reconocer el impacto de esas amenazas constantes sobre la salud mental, no sólo la nuestra, sino también la de las personas en nuestro entorno. Por otra parte, no es algo que puedas tener presente de forma continua, porque si no, te paralizarías.
—Tal y como va el mundo, además, los enemigos son cada vez más.
—El mundo cambia, en efecto. Hoy, por ejemplo, no me sentiría seguro viajando a Estados Unidos. Me consta que algunas personas en el gobierno norteamericano nos ven como enemigos. Hace poco, se descubrió que funcionarios del Departamento de Estado han puesto el ojo en Bellingcat y en mí en particular. No deja de ser otra realidad con la que tenemos que lidiar. ![]()



