Enero, 2026
Publicado a comienzos de diciembre pasado, la Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos es un documento de 30 páginas que, entre otras cosas, resucita la Doctrina Monroe. En su delirio, va incluso más allá al anunciar el “colapso civilizatorio” de Europa. El documento, sin embargo, plantea dos preguntas básicas: ¿quién diablos ha escrito esto?, ¿y qué demonios significa? Sebastiaan Faber y Álvaro Guzmán Bastida han conversado con el historiador estadounidense Greg Grandin —Premio Pulitzer y un rara avis entre los historiadores de impecable pedigrí— para darnos algunas pistas. De entrada, es claro: la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump expresa una ambición irrealizable.
Sebastiaan Faber / Álvaro Guzmán Bastida
La última Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos es un documento de 30 páginas publicado a comienzos de diciembre que resucita la Doctrina Monroe, rechaza las ilusiones “globalistas” que han guiado la política exterior de este país desde hace décadas, anuncia el “colapso civilizatorio” de Europa y proclama la necesidad de que aumente el número de “familias fuertes, tradicionales” y que tengan “hijos sanos”. El documento plantea dos preguntas básicas: ¿quién diablos ha escrito esto?, ¿y qué demonios significa?
Para ayudarnos a descifrar este inaudito texto —que en algunos momentos adopta un tono de manifiesto vanguardista (“la política exterior del presidente Trump es pragmática sin ser ‘pragmatista’, basada en la realidad sin ser ‘realista’”), en otros suena a libro de autoayuda para hombres solteros (“el futuro pertenece a los hacedores”) y, en otros, a comunicación interna para los empleados de un concesionario de coches (“los productos estadounidenses […] son una compra mucho mejor a largo plazo”)— acudimos a Greg Grandin, historiador de Latinoamérica en la Universidad de Yale.
Grandin (Nueva York, 1962), ganador del Premio Pulitzer, es autor de más de diez libros, entre ellos Fordlandia (2010) y La sombra de Kissinger (2015). En abril publicó America, América: A New History of the New World (2025). Es asimismo un rara avis entre los historiadores de impecable pedigrí, alguien que combina la mirada larga con un espíritu radicalmente crítico a la hora de analizar los desmanes de un presente convulso, sin perder de vista las continuidades históricas en la política exterior estadounidense. Conversamos con él a mediados de enero.
—En lugar de una sesión convencional de preguntas y respuestas, nos gustaría proponer un formato ligeramente distinto. Hemos seleccionado ocho pasajes de la Estrategia de Seguridad Nacional que nos gustaría que nos ayudara a comprender. Simplemente se los leeremos, dejando que responda como le parezca. En otras palabras, nosotros marcamos un groove y usted improvisa todo lo que quiera.
—Entendido. Ustedes son Bobby Weir y yo soy Jerry García. Suena genial.

—Vaya, que le va la marcha. Vamos con el primer pasaje: “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestra patria y nuestro acceso a zonas geográficas clave en toda la región. Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio. Este ‘corolario de Trump’ a la Doctrina Monroe es una restauración potente y de sentido común del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de Estados Unidos”.
—Este es un tropo muy manido. Ha sido común afirmar que América Latina necesita atención porque, supuestamente, Estados Unidos se han despreocupado de ella durante mucho tiempo. Es el lugar común —radicalmente falso, por cierto— que se invoca en los buenos tiempos, en los malos tiempos, en tiempos de crisis o en tiempos de estancamiento. De hecho, es tan omnipresente que incluso lo han absorbido las voces críticas de izquierda. No fueron pocos quienes explicaron el ascenso al poder de la izquierda latinoamericana en la década de los 2000, por ejemplo, como resultado de que Bush estuviera “distraído” por acontecimientos en otros lugares. Lo cierto, obviamente, es que los vectores de poder son constantes, ya sea el poder financiero, cultural o militar, a través de las operaciones cotidianas del SOUTHCOM y los complejos sistemas de entrenamiento militar. En los países más pequeños, el personal diplomático estadounidense es muy intervencionista, mientras que en los países más grandes es quizás un poco más pasivo. Pero no ha habido ningún momento en el que Estados Unidos se haya “despreocupado” de América Latina.
“Luego está el pasaje sobre la Doctrina Monroe. Desde el principio, la Doctrina Monroe fue una declaración cuya ambición y visión superaban con creces las capacidades de Estados Unidos. El presidente Monroe no estaba anunciando ningún plan de acción. Apenas insinuó proyección alguna del poder estadounidense, salvo en un pequeño fragmento en el que afirma que Estados Unidos considerará cualquier acontecimiento que ocurra en el hemisferio occidental como algo que afecta a su propia paz y felicidad. No fue hasta más adelante, en el siglo XIX, cuando esa frase se amplió hasta convertirse en una doctrina de poder obligatorio, cuyo ejercicio Estados Unidos reclamaba para sí como un derecho.
“Ahora bien, esta declaración en la Estrategia de Seguridad Nacional no es muy diferente: expresa una ambición que no se puede realizar. Estados Unidos simplemente no tiene el poder para ejercer un control completo del comercio latinoamericano, ni tampoco de los intereses diplomáticos de América Latina. Al mismo tiempo, la Estrategia también expresa una escalada de la doctrina del poder obligatorio de Estados Unidos: la idea de que Estados Unidos va a imponer su voluntad para mantener a China a raya. Pero, por supuesto, no hay forma de que la administración Trump pueda revertir, por ejemplo, la inversión de China en la agricultura y la infraestructura latinoamericanas. Incluso un aliado de Trump como Javier Milei, que fue salvado por Trump con un rescate financiero basado en el canje crediticio, entró previamente en un canje de pesos con la moneda china, que ¡todavía está vigente! Y ahora el Mercosur, que incluye a Argentina, está a punto de firmar un acuerdo comercial con la Unión Europea que excluye a Estados Unidos. En otras palabras, el documento presenta a la región como un escenario de eso que ahora llaman geoeconómico, pero ninguna de sus ambiciones se hará realidad a través de lo que acabamos de ver en Venezuela: acciones espectaculares de poder militar respaldadas por una retórica belicosa”.
—Continúa el documento: “Nuestros objetivos para el hemisferio occidental pueden resumirse en ‘Reclutar y expandir’. Reclutaremos a amigos consolidados en el hemisferio para controlar la migración, detener el flujo de drogas y reforzar la estabilidad y la seguridad en tierra y mar. Nos expandiremos cultivando y fortaleciendo nuevas alianzas, al tiempo que reforzamos el atractivo de nuestra propia nación como socio económico y de seguridad preferido del hemisferio”.
—Bueno, ya hemos visto lo que significa “reclutar y expandir” en Venezuela, ¿no? Significa “embargar, despojar, expropiar y sancionar”. (Risas.) A riesgo de parecer uno de esos expertos progres que abundan en Washington, sí que es cierto que hay que tener un poco de estabilidad y confianza, cierta seguridad de que las decisiones que se tomen van a durar más allá del próximo enfado de Trump con algún país y la consiguiente imposición de sanciones o aranceles. El problema es que los antojos de Trump son una parte fundamental de su carisma. No se puede eliminar eso del trumpismo sin desinflarlo y quitarle su magia.
—El documento también habla de: “Despliegues selectivos para asegurar la frontera y derrotar a los cárteles, incluyendo, cuando sea necesario, el uso de la fuerza letal para sustituir la fallida estrategia de las últimas décadas basada únicamente en la aplicación de la ley”.
—Así que no están yuxtaponiendo la aplicación de la ley con algún tipo de visión social de rehabilitación, no: ¡están yuxtaponiendo la aplicación de la ley con un militarismo aún más duro! Pero no se puede derrotar a los cárteles con ataques militares. Para fabricar fentanilo, básicamente se necesita una tienda de campaña y cinco dólares en productos químicos para fabricar pastillas. Bombardear esas instalaciones es como bombardear los ultramarinos del Bronx: en cuanto bombardeas uno, aparece otro.
“El hecho es que Estados Unidos lleva 50 años librando una guerra contra las drogas. Pero hoy se cultiva más coca —y se procesa e importa más cocaína a Estados Unidos— que al comienzo del Plan Colombia. En cierto modo, la situación es análoga a lo ocurrido en Afganistán, donde gastamos miles de millones de dólares en una guerra de dos décadas para derrocar a los talibanes, y terminamos reinstaurándolos en el poder. Lo mismo ocurre con los cárteles, que siempre han estado compinchados con la proyección militarista de Estados Unidos. Todos sabemos que Estados Unidos colaboró estrechamente con fuerzas represivas del ejército implicadas en el cultivo y el crecimiento de la industria de la cocaína, ya fuera Pinochet en Chile o los coroneles de la cocaína en Bolivia o en Colombia. Al mismo tiempo, ¡la DEA está dando a estos mismos actores millones de dólares para erradicar la cocaína! John Stockwell, un exagente de la CIA, dijo en su momento: ‘No hay ninguna operación importante en ninguna parte del mundo que haya llevado a cabo la CIA en la que no haya dejado tras de sí un gran cártel de la droga’. Se refería a Italia en 1947-48, cuando la CIA utilizó a Lucky Luciano para derrotar a los comunistas y le permitió, básicamente, establecer el comercio moderno de heroína procedente de Turquía y otros lugares de Oriente, que se procesaba en lugares como Sicilia y luego se exportaba a Europa y Estados Unidos. La idea de que, de alguna manera, un mayor militarismo va a acabar con los cárteles de la droga es una fantasía que lleva más de cincuenta años vigente. Pero es difícil conseguir que alguien en Estados Unidos se preocupe por estas cuestiones.
“La única forma de avanzar es empezar a tratar las drogas como un problema social, tal y como propusieron algunas importantes figuras del establishment latinoamericano durante el gobierno de Obama. Pero la gente de Obama ni siquiera fingió morder el anzuelo. Porque eso implicaría abordar la demanda de drogas en Estados Unidos y perseguir a los bancos y al blanqueo de capitales. La misma desregulación del sector financiero que trajo consigo a Jeffrey Epstein nos trajo también a los cárteles.
“Algo similar ocurre con la migración procedente de Centroamérica, que se disparó después de que la región firmara acuerdos de libre comercio con Estados Unidos. Todos los políticos ofrecen la misma fórmula: ‘Necesitamos un Plan Marshall, una Alianza para el Progreso, desarrollo empresarial’, etcétera. La idea es que, de alguna manera, al desarrollar estos países, detendremos la migración masiva. Pero lo cierto es que toda la ayuda al desarrollo de Estados Unidos se destina a construir la infraestructura de una mayor desposesión neoliberal”.

—Prosigamos: “En el hemisferio occidental, y en todo el mundo, Estados Unidos debe dejar claro que los productos, servicios y tecnologías estadounidenses son una compra mucho mejor a largo plazo, porque son de mayor calidad y no vienen con las mismas condiciones que la ayuda de otros países. Proteger con éxito nuestro hemisferio también requiere una colaboración más estrecha entre el Gobierno de Estados Unidos y el sector privado estadounidense. Todas nuestras embajadas deben estar al tanto de las principales oportunidades de negocio en su país”.
—Más lugares comunes. Es evidente que hay muchas razones por las que Estados Unidos resulta atractivo. Pero si los países sienten que se les está intimidando, buscarán otras alternativas.
—Sigue el documento, firmado por el propio presidente: “En primer lugar, queremos la supervivencia y la seguridad continuadas de Estados Unidos como república independiente y soberana cuyo Gobierno garantiza los derechos naturales otorgados por Dios a sus ciudadanos y da prioridad a su bienestar e intereses. Queremos proteger este país, su pueblo, su territorio, su economía y su forma de vida de los ataques militares, así como de la influencia hostil extranjera, ya sea en forma de espionaje, prácticas comerciales depredadoras, tráfico de drogas y personas, propaganda destructiva, operaciones de influencia, subversión cultural o cualquier otra amenaza a nuestra nación. […] Queremos la restauración y revitalización de la salud espiritual y cultural estadounidense. […] Esto no se puede lograr sin un número creciente de familias fuertes y tradicionales que críen niños sanos”.
—La hipocresía es pasmosa. Porque es en la diversidad que ellos desprecian —la que traen los migrantes— en la que se encuentran los valores culturales que ellos dicen promover. Cuando yo vivía en Durham, Carolina del Norte, a principios del milenio, eran los migrantes mexicanos y sus familias quienes resucitaban la “cultura del porche” que, para tantos sureños nostálgicos, encarna su tradición perdida. Y fueron los mexicanos quienes crearon pequeños negocios en los centros comerciales. Aún hoy, si se dejara a los inmigrantes en Estados Unidos a su aire, encarnarían exactamente los valores que destruyó el neoliberalismo. En una extraña dinámica freudiana, el odio antiinmigrante del trumpismo es como el odio hacia el objeto que te recuerda a lo que has destruido.
—Una proyección.
—Exacto. Hablar de “subversión cultural”, como hace este documento, refleja un racismo descarado. Porque seamos sinceros: ¿quién no querría un camión de tacos en cada manzana? Eso sería lo más parecido a la utopía que puedo imaginar, salvo la sanidad gratuita.
“Durante un tiempo, hubo una corriente dentro del Partido Republicano que afirmaba apoyar a los inmigrantes mexicanos por ser estos culturalmente conservadores, patriarcales, etc. Pero cuando, en la segunda elección de Obama, los mexicanos votaron por los demócratas por un margen enorme, las encuestas confirmaron que tenían una concepción social de la ciudadanía y que les gustaban las políticas públicas. Creen que el Estado debe ocuparse de cosas como la sanidad. La gran mayoría de los latinos que votaron por Obama en 2008 pensaban que iban a conseguir la sanidad nacional —incluso se compuso un corrido sobre el tema. Por supuesto, no la consiguieron”.
—Hay más: “El declive económico [de Europa] se ve eclipsado por la perspectiva real y más cruda de su borradura civilizacional”.
—Esta idea, con sus connotaciones spenglerianas, rompe con la Doctrina Monroe. Monroe afirmó que los pueblos del hemisferio occidental comparten ciertos intereses que los diferencian del Viejo Mundo. E incluso los defensores más belicosos de la Doctrina Monroe, a medida que esta se fue militarizando cada vez más en el siglo XIX y principios del XX, se aferraron a la idea de que cuando Estados Unidos actuaba, lo hacía en defensa del hemisferio occidental. El “Corolario de Trump” es diferente. Entiende el hemisferio occidental en términos de una guerra cultural, o incluso una guerra civilizacional, en la que es vital que Estados Unidos sea lo más blanco posible. No presume una comunidad de intereses, sino una división de intereses que se entiende explícitamente en términos racializados.
“Esto se remonta a una larga tendencia en el nacionalismo ‘America First’, un nacionalismo tribal que siempre ha visto a Estados Unidos como la tierra prometida de los anglosajones, y que entra en tensión con una visión más cosmopolita del país. James Madison dijo que la riqueza y la prosperidad se encontraban en la diversidad. Y aunque no utilizó ese término como lo entendemos ahora, sí señalaba una cierta apertura al mundo.
“Hay otra cosa que vale la pena señalar aquí. El documento identifica a China como el principal competidor económico, especialmente en América Latina; sitúa a América Latina como una zona de disputa en la que Estados Unidos va a hacer retroceder a China. Pero no identifica a China como un enemigo cultural. Ese papel está reservado a los blancos con baja tasa de natalidad, a las mujeres que no quieren tener hijos y a los mestizos del sur”.

—Es difícil elegir entre tanta joya. Aquí viene otra: “Nuestras élites calcularon muy mal la voluntad de Estados Unidos de asumir para siempre cargas globales que el pueblo estadounidense no veía relacionadas con el interés nacional. Sobreestimaron la capacidad de Estados Unidos para financiar, simultáneamente, un enorme Estado regulador y administrativo de bienestar social junto con un enorme complejo militar, diplomático, de inteligencia y de ayuda exterior. Hicieron apuestas enormemente erróneas y destructivas por el globalismo y el llamado ‘libre comercio’, que vaciaron la clase media y la base industrial en las que se sustenta la preeminencia económica y militar estadounidense”.
—Por un lado, se trata de un rechazo abierto al consenso liberal posterior a la Guerra Fría, en el que Estados Unidos supervisa un mercado global unificado en el que las naciones se rigen por leyes comunes en materia de propiedad, inversión y comercio, un régimen creado y supervisado por Estados Unidos. Por cierto, Trump ha sido crítico con el libre comercio desde los años ochenta. Es una línea recurrente en su pensamiento y en sus críticas a Reagan. Sin embargo, en este caso, refleja la trayectoria de las guerras culturales y expresa un marco mucho más racista hacia las élites globales y su supuesta traición. Aquí vemos las semillas de un cierto tipo de antisemitismo o anticosmopolitismo de derechas. Por supuesto, la otra realidad es que, a pesar de todas sus críticas al libre comercio, Trump no ofrece nada en su lugar. Y no soy economista, pero imagino que sería imposible revertir la desagregación del proceso de producción y devolver los puestos de trabajo con valor añadido a Estados Unidos. No hay ninguna base económica detrás del trumpismo. No hay ninguna agenda económica, salvo los tradicionales recortes fiscales y calentar la economía al máximo hasta las próximas elecciones”.
—Prepárese, que vienen curvas: “La política exterior del presidente Trump es pragmática sin ser ‘pragmatista’, basada en la realidad sin ser ‘realista’, fundada en principios sin ser ‘idealista’, enérgica sin ser ‘belicista’ y moderada sin ser ‘pacifista’. No se basa en la ideología política tradicional. Está motivada sobre todo por lo que funciona para Estados Unidos o, en dos palabras, ‘America First’ (Estados Unidos primero)”.
—¿De verdad dice eso? ¿Literalmente? ¡No sé cómo me salté ese párrafo! (Risas.) Bueno, esto viene a ser la excusa perfecta para el carácter antojadizo de Trump. Digo, ¿qué acción hipócrita y contradictoria puede tomar Trump que no se justifique con esta descripción?
—Como una última pregunta, un interrogante que ha surgido en las manifestaciones de los últimos años, a menudo impreso en camisetas: “¿Ya es fascismo?”.
—Siempre me enredo en estas cuestiones tipológicas, porque Estados Unidos ha estado operando en modo estado-de-emergencia desde su creación. Ha habido más de cincuenta estados de emergencia desde la fundación del país. Pero, por supuesto, también lo son todas las guerras. Y todo tipo de operaciones de bandera falsa, desde el Golfo de Tonkin hasta México en 1846 o Cuba en 1898, han sido, a su manera, un Incendio del Reichstag, con la diferencia de que se han dirigido hacia la expansión de poder exterior más que hacia la represión interna. Hablar de fascismo en Estados Unidos es complicado porque, como argumentó Corey Robin hace algunos años, el autoritarismo aquí funciona a través de las instituciones que los progres dicen que debemos defender. Es un gobierno profundamente minoritario en el que los actos más represivos se han legitimado a través del sistema judicial y del sistema electoral.
“El problema del debate sobre el fascismo durante el primer mandato de Trump fue que sirvió para ocultar el papel del Partido Demócrata en el colapso del orden neoliberal que provocó tanto descontento, o el hecho de que todos los presidentes desde Nixon han intensificado la guerra contra las drogas.
“Entonces, ¿ya es fascismo? No lo sé. Como dice una cita apócrifa sobre la Revolución Francesa: es demasiado pronto para saberlo”. ![]()



