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La metahistoria de la cultura del rock

Noviembre, 2025

Rodrigo Farías Bárcenas ha dedicado más de cuatro décadas a la escritura, al análisis musical y a la producción cultural. Hace unos días, él participó en el encuentro “El estruendo del sonido y la furia de las letras: el rock mexicano entre libros”, en la Biblioteca Central de la UNAM, en donde se realizó un homenaje al siempre admirado Federico Arana y en el que también se revisó y examinó la historia y actualidad de eso que llamamos rock nacional. Ahí, Rodrigo Farías leyó este texto que ahora reproducimos (con autorización), en el que propone una nueva forma de adentrarse y analizar la historia del rock hecho en casa: “Pienso en la necesidad de contribuir a que se configure un nuevo campo de estudio o línea de investigación que bien podría denominarse como «la metahistoria de la cultura del rock», concepto que hasta el momento no se ha aplicado al rock mexicano. Historia de su historia. ¿Cómo se ha construido la historia del rock? ¿Cómo su pasado influye en el presente? ¿Cómo ha sido narrada e interpretada? ¿Con qué métodos?”

Uno de los rasgos del momento por el que está pasando la cultura del rock en México, consiste en una creciente apertura de ésta hacia su propia historicidad, entendida como la toma de consciencia de su historia, como la búsqueda de aquellas coordenadas temporales, espaciales y de contexto que le dan sentido y permiten comprender su devenir. ¿Quiénes y cómo, a sabiendas o no, producen discursos que revelan esa toma de consciencia? La pregunta va enfocada hacia ciertas prácticas de comunicación que nos indican cómo se está elaborando la historia de la cultura del rock en México. Respondo con base en investigaciones que he hecho en años recientes, debido a las cuales he consultado fuentes que enfocan el rock con interés en su historia, creando un discurso alrededor de ella.

Empiezo por hacer notar la influencia que al respecto tiene la oralidad, mediante conversaciones, chismes, rumores y similares formas de interacción. En esta forma de transmitir conocimiento participan personas que se declaran fuentes confiables por haber vivido en carne propia los acontecimientos. Son las que dicen “yo sí lo viví” para hacer valer su palabra. Este argumento, válido en el fondo, presenta inconvenientes cuando se asume que esa palabra se basa en el principio de autoridad, volviéndose dogmática y regla para medir la veracidad de otras fuentes.

Asimismo, tenemos el saber de los coleccionistas. Con el fin de que éste genere conocimiento se requiere estrategia para preservar acervos y recursos de investigación para obtener, organizar, procesar la información y hacerla comunicable, evitando características psicológicas que impiden esas tareas, como la intolerancia, el dogmatismo o el celo. En las colecciones de discos, libros, revistas y otros documentos se registra valiosa información. Gracias a ellas han surgido, por ejemplo, proyectos radiofónicos, editoriales, de producción ejecutiva o muestras museográficas, pero el coleccionismo no necesariamente origina documentos historiográficos, como ensayos o artículos de investigación.

Los así llamados fans también cuentan con su propia versión de la historia, si se entiende este concepto de manera laxa. Tienen qué contar acerca de su gusto por el rock, pretenden documentar el objeto de su afición, pero al hacerlo gana su perfil de admiradores, convirtiéndose no en investigadores sino en promotores espontáneos.

En los corrillos del medio periodístico se habla con disgusto de los fans que se hacen pasar por periodistas con el fin de estar cerca de sus cantantes preferidos, de tomarse una foto con ellos o de conseguir entradas para los conciertos. Son los periodifans, etiqueta que también se emplea en el ámbito del deporte y de los espectáculos. No es de mi agrado el nombrecito, pero sí designa algo que es cierto: la simulación del oficio periodístico. Sea como sea, la verdad es que el punto de vista del público, cómo experimenta la música, con qué sentido, prácticamente está ausente en la historia y no debería ser así.

En las redes sociales como Facebook, YouTube e Instagram, en blogs, podcasts y otros medios digitales hay cada vez más espacios dedicados a indagar la historia del rock mexicano por personas que se definen como creadoras de contenido, mediante la modalidad de grupos que comparten anécdotas o información acerca de músicos, discos y eventos.

Ilustración: Freepik / SdE.

Sin embargo, he notado que abundan los elogios y que son propensos a marcar hitos históricos en forma indiscriminada, carecen de un trabajo de investigación real, se inclinan por el refrito o copia simulada, y no faltan los que propenden a malinformar y desinformar. (Dicho sea de paso, cuestioné directamente a un medio llamado Cronorock MX porque me vi afectado por este tipo de prácticas, sólo para darme cuenta que su responsable ignora el derecho de réplica.) Copiar y pegar es común, pero es un ardid inadmisible en el que incluso incurren algunos investigadores, por descuido o falta de ética. En el mejor de los casos, dichas páginas  cumplen con una labor divulgativa dirigida a un público lego.

De un tiempo a la fecha, va en aumento la cantidad de músicos de rock que dan a conocer sus relatos por cuenta propia, incluso se entrevisten unos a otros, convirtiéndose en periodistas por la vía del hecho. Ejercen en YouTube y en programas de televisión por internet. En su mayoría se trata de pláticas informales, con intercambio de anécdotas y elogios mutuos. En esta actividad, que pretende ser testimonial, es prioritaria la autopromoción y cada quien dice lo que quiere, no hay compromiso con la verdad. Consúltense a pesar de.

En una circunstancia distinta a la anterior, los músicos también han difundido una historia adecuada para ubicarse a sí mismos en ella, justificando su trascendencia, a veces minimizando la de terceros. Rescatan sus memorias mediante (auto) biografías, relatos en las redes sociales, reediciones de sus discos o revitalizadas formas de presentarse en los escenarios. La historia también encuentra lugar en currículums, entrevistas y demás recursos promocionales. En dicho rubro, el del rescate cultural, es cada vez mayor la producción de documentales referidos a diversas corrientes musicales que son parte del rock. De esta producción ha surgido cantidad de información históricamente relevante.

Otros actores que cuentan la historia son los medios de comunicación, con su acostumbrada y conocida tendencia a trivializar, y diversas fuentes de internet cuya información es caótica, está plagada de errores (malinformación) y mala leche (desinformación). A falta de cuidado editorial, estos medios electrónicos requieren verificación permanente por parte de quien investiga.

Las universidades públicas y privadas, o entidades como El Colegio de México, alientan el estudio del rock mexicano publicando libros, aunque de manera excepcional, o mediante  tesis de licenciatura, maestría o doctorado, en carreras como historia, antropología, comunicación, sociología, psicología, educación, filosofía, etnomusicología, entre otras. La producción de este tipo resulta de especial interés como campo de investigación en sí, por lo que nos revela acerca de los criterios para seleccionar los temas, cómo son justificados y la idea que de México se proyecta desde la academia mediante dichos trabajos.

Instituciones culturales e instancias legislativas han hecho lo propio, con tendencia a enmarcar el rock como expresión juvenil, escasamente relacionada con la población adulta. Antes, en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, en el Senado Mexicano, y más recientemente en la Cámara de Diputados y en el Congreso de la Ciudad de México se han hecho pronunciamientos de implicación histórica.

Ilustración: SdE.

Sobresale el hecho de que el Gobierno de la Ciudad de México, al otorgar el reconocimiento de Patrimonio Cultural Inmaterial al Tianguis del Chopo, haya vinculado el rock con los movimientos sociales de izquierda surgidos de los años sesenta en adelante, asimilando esta vinculación a un concepto de la historia de México más amplio que legitima un régimen. Véase al respecto la Gaceta Oficial de la Ciudad de México, 22 de septiembre de 2023.

En otras palabras, la historia del rock mexicano ya cuenta con una versión oficial, distinta a la que se había venido imponiendo desde el poder desde los años sesenta con un propósito criminalizante. Apunto esa iniciativa del Gobierno de la Ciudad de México no como elogio ni como condena, sino como un hecho cuyo significado ha de ser desentrañado más desde la memoria histórica que de la memoria colectiva. ¿Qué implica la institucionalización del rock a este nivel? ¿Será esta versión trazada desde el poder la que se imponga en el futuro en detrimento de las historias generadas en forma autónoma?

De la literatura (o cierto tipo de) también se desprende conocimiento histórico acerca del rock mexicano, principalmente con ensayos escritos por novelistas o cronistas que luego son recopilados en volúmenes unificadores.

En cuanto al periodismo, en su conjunto, hasta ahora mantiene su presencia como generador de discurso histórico. Si se tratase de localizar dónde empieza la consciencia que tiene la cultura del rock acerca de su propia historia, tendrían que considerarse al periodismo y a la literatura como fuentes pioneras, en una época en la que el periodismo impreso ocupaba un lugar de primacía. Los estudios académicos y las versiones de políticos llegaron después, una vez que escritores y periodistas ya habían reivindicado el rock como cultura. Por eso resulta significativa la escasa presencia que tienen las fuentes del periodismo impreso tanto en investigaciones académicas como en las versiones de instancias legislativas.

Hasta aquí he dado algunos ejemplos de formas de comunicación que manifiestan por parte de la cultura del rock una toma de consciencia de su propia historia, fenómeno en el que participan testigos presenciales, coleccionistas, músicos, escritores, periodistas, los medios de comunicación, las redes sociales, centros de educación superior, instituciones culturales. Sus formas de hacerlo van de la espontaneidad oral a la  investigación más controlada de carácter académico. Cabe subrayar que cada una de ellas es susceptible de ser abordada en sí misma como un campo de estudio.

Considero al rock como una forma de producción colectiva, por eso empleo la expresión cultura del rock, porque así abarco los aspectos vinculados al trabajo artístico y a la organización que sientan las bases de la infraestructura cultural que facilita al público su acceso a la música. Hacen la historia de esa cultura diversos actores, los que propician la participación colectiva que produce los cambios inherentes a toda condición histórica. Suele pasar entre músicos, periodistas e investigadores académicos que se tome a los grupos como únicos protagonistas, lo cual representa una forma de reduccionismo.

Ilustración: cortesía Freepik.

El rock mexicano tiene más de seis décadas de existencia, su historia se está haciendo. No existe una nacional, sino historias parciales gracias al trabajo de autores que han producido una importante bibliografía en distintas ciudades del país, y no sólo en la capital. Por ejemplo: Aguascalientes, Baja California, Chilpancingo, Guadalajara, La Laguna, Mérida, Mexicali, Monterrey, Oaxaca, Puebla, San Juan del Río, San Luis Potosí, Tijuana, Toluca, Tuxtla Gutiérrez o Zacatecas.

La toma de consciencia que el rock va adquiriendo acerca de su propia historia se ha dado en forma lenta a través del tiempo, hasta llegar a lo que ocurre hoy en día, cuando empieza a notarse una configuración más clara, notable en la citada producción editorial.

La construcción de la memoria ha sido accidentada, azarosa, con una complicada comunicación entre generaciones. Esto ha ocurrido en medio de dañinas disputas por hacer que prevalezcan ciertos hechos del pasado en perjuicio de otros. En este afán por controlar el sentido de la historia del rock mexicano, se reproducen a pequeña escala añejas disputas por controlar el sentido de la gran historia de México. Parece haber una competencia por posicionar la propia obra como un hecho histórico. Dicen los que se mueven con una maniobra como esa: “Aquí no pasaba nada”.

Hay un afán de exhibirse con la grandeza del iniciador. Que el primero en organizar conciertos masivos, o en nacionalizar el rock; que el primer documento videográfico sobre el blues y el rock, etcétera. Cíclicamente, surge algún imitador de caudillo revolucionario que le dice a otro “quítate que ahí te voy”. Hace suya la que es historia de todos. Van en pos de su propio beneficio. Son personajes tétricos que andan entre nosotros disfrazados con alas de ángel, pero es fácil reconocerlos: su ardid consiste en difamar para entronizarse.

Hace falta una gran dosis de narcisismo para exhibirse como “el Padre de”, con la solemnidad que tiene la noción de “el Padre de la Patria”. El concepto de pionero —al igual que el de leyenda o precursor— se ha empleado de manera arbitraria, sobre todo a partir de los años ochenta, con el surgimiento de Hidalgos aquí y allá que se adjudicaron la paternidad de la nacionalización del rock o la invención del rock en español; así, el concepto de pionero pierde su verdadero sentido histórico para convertirse en parte del vocabulario de la publicidad, mismo que marca como novedoso o como un hito aquello que promueve. O sea, si es nuevo carece de una conexión con el pasado.

Que tengamos una memoria así, atrofiada, dispersa, tergiversada, en gran parte se debe a las secuelas generadas por la represión de los años setenta, que dejaron vacíos referenciales muy difíciles de superar, pero también debido a que esa memoria ha sido descuidada por los propios protagonistas, dando lugar a un extraordinario desperdicio de la experiencia. Cuando reparo en esto, me pregunto: ¿qué es lo que hemos aprendido? El aprendizaje debería ser: ampliar la memoria, no reducirla.

Para enfrentar semejante panorama, llegó un momento en el que me vi impelido a desarrollar una orientación reflexiva, haciéndome preguntas acerca de mi rol como investigador, de cómo me había desempeñado como periodista y productor ejecutivo de proyectos musicales, sometí a examen mi escritura para permitir el desarrollo de una capacidad autoobservadora, necesaria para comprender mi propio quehacer con una perspectiva temporal y espacial. Mi trabajo cambió con esa orientación, se volvió más alerta, gané en perspicacia, pero sobre todo reconozco mi propia voz en lo que escribo.

Me hago preguntas para tener un diálogo interno que incite a pensar acerca de cómo estoy involucrado en lo que escribo, ya que también soy parte del proceso investigado. Por ejemplo: ¿cómo surge la idea de rock mexicano y qué cambios ha experimentado con el tiempo?; ¿cuál ha sido su impacto cultural?; ¿qué acontecimientos se consideran como hechos históricos y por qué?; ¿conocen la historia de México quienes escriben sobre la historia del rock?; ¿quiénes investigan esa historia?; ¿con qué postura política? Pero las preguntas más acuciantes para mí son: ¿cómo recuperar las experiencias culturales?, y ¿cómo hacerlas comunicables?

Ilustración: Freepik / SdE.

Mi primera conclusión ante este cúmulo de interrogantes es que no se trata de adoptar una postura revisionista ante lo que plantean, sino de continuar con una línea reflexiva en la consecución del conocimiento. La segunda tiene que ver con el para qué hacer una historia. Y ese para qué es: para producir un discurso alterno que deje constancia de la memoria colectiva existente en torno a la cultura del rock, en contraposición al discurso que provoca la desmemoria por motivos políticos o mercantiles.

Pienso en la necesidad de contribuir a que se configure un nuevo campo de estudio o línea de investigación que bien podría denominarse como la metahistoria de la cultura del rock, concepto que hasta el momento no se ha aplicado al rock mexicano. Historia de su historia. ¿Cómo se ha construido la historia del rock? ¿Cómo su pasado influye en el presente? ¿Cómo ha sido narrada e interpretada? ¿Con qué métodos? ¿Qué tipo de conocimiento se produce y cómo influye en mi propia concepción de la historia? ¿Qué nos dice esa construcción acerca de la identidad nacional?

Si elaborar la historia del rock es un proceso complejo en sí, pues hacer la historia de esta historia lo es aún más. Abordar esto individualmente me resultaría imposible. Sin embargo, me parece necesario adoptar como estrategia cognoscitiva el tomar en cuenta cómo se está elaborando la historia del rock en México al tratar aspectos parciales de esta historia desde el periodismo. Ya cuento con un libro publicado en 2023 que se inscribe en tal dirección, por su manera recurrente de formular preguntas en torno a dicho rubro.

Hacer eso —desarrollar una orientación reflexiva— me sirvió para escribir con más independencia intelectual, cuestionando las narrativas dominantes, las que se desprenden de la Gran Historia del Rock elaborada desde las metrópolis. También para poner en duda los lugares comunes, los mitos fundacionales y las mentiras que anidan en la historia del rock, como esa que nos dice que la de los setenta fue la “década oscura” en la que no pasó nada después del Festival de Avándaro, y que oculta los caminos seguidos por la disidencia después del Movimiento Estudiantil de 1968, entre ellos el del trabajo cultural.

Creo conveniente llegar a un punto en el que las premisas sobre las cuales se ha escrito la historia del rock mexicano hasta la fecha sean interrogadas, cuestionadas, adoptando un “conocimiento activo del pasado”, según el planteamiento del historiador Luis González y González. Me parece idóneo alcanzar una posición en la que tengamos más confianza en nosotros mismos en la medida en que aumente nuestra consciencia histórica, y en la que podamos apreciar sin complejos y sin prejuicios la riqueza cultural de México, y la  dimensión del impacto que ha tenido en la conformación del rock como tal.

Nota bene: texto leído en la Biblioteca Central de la UNAM como parte del encuentro “El estruendo del sonido y la furia de las letras: el rock mexicano entre libros /Homenaje a Federico Arana”, el cual se llevó a cabo los días 18, 19 y 20 de noviembre de 2025. “La metahistoria de la cultura del rock” se leyó el primer día en la mesa “Aproximaciones a la historia del rock en México”.

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