«Padre madre hermana hermano»: minimalista tríptico sobre la disfuncionalidad de la vida familiar
Abril, 2026
Tres familias distintas, en tres lugares diferentes del mundo. Narrada justamente en forma de tríptico y dividida en capítulos ambientados en Nueva York, Dublín y París, ‘La Mirada Invisible’ de Alberto Lima se detiene en la reciente película del cineasta estadounidense Jim Jarmusch: Father Mother Sister Brother. León de Oro en el Festival de Venecia 2025, en ella las historias no se entrelazan, sólo tienen un tema en común: la relación de padres e hijos, donde lo que se calla tiene tanta importancia como el diálogo propiamente dicho. Al igual que en la vida familiar real.
Padre Madre Hermana Hermano (Father Mother Sister Brother),
película de Jim Jarmusch, coproducción Estados Unidos-
Reino Unido-Italia- Francia-Irlanda-Alemania;
con Tom Waits, Adam Driver, Mayim Bialik, Charlotte Rampling,
Cate Blanchett, Vicky Krieps, Indya Moore, Luka Sabbat. (2025, 110 min).
¿Cuándo fue la última vez que hablaste con tu padre? ¿Eres sincero o complaciente cuando conversas con él? ¿Realmente te importa saber cómo se siente tu madre o nada más la buscas cuando necesitas que te resuelva un problema? ¿Cómo te llevas con tus hermanas y hermanos? ¿Ante ellos eres sincero o hipócrita según convenga? Éstas y otras interrogantes acerca de la dinámica en los núcleos familiares es la materia prima que compone Padre madre hermana hermano, la nueva cinta del egregio cineasta estadounidense Jim Jarmusch (Ohio, 1953).

Conformada por tres historias contemporáneas e independientes argumentalmente, en la primera, titulada “Padre”, los hermanos ya muy adultos Jeff (Adam Driver) y Emily (Mayim Bialik) visitan en un día de invierno, en las afueras de Nueva Jersey, a su vetusto padre (Tom Waits). La visita, a medio camino entre obligada y necesaria, sirve para intentar ponerse al día entre los tres miembros de la familia. Con brindis improvisados celebrados con agua y té en honor a la madre fallecida, silencios incómodos y conversaciones que divagan entre la cortesía forzada y atisbos de los nexos verdaderamente importantes que definen a esa familia, la visita concluirá con una nube insondable entre el padre y los hijos.
La segunda historia, “Madre”, sucede en la ciudad de Dublín, en donde la madre (Charlotte Rampling) escritora de novelas románticas se prepara para recibir con té y bocadillos a sus dos hijas solteras, quienes se han mudado a la ciudad para estar cerca de ella aunque la vean sólo una vez al año: la bohemia y lesbiana de pelos rosados Lilith (Vicky Krieps), y la anteojuda insegura y tímida Timothea (Cate Blanchett). El almuerzo, dispuesto en la mesa de manera perfecta, transcurrirá en medio de un clima cordial pero también severo y frío, con la madre llevando el control de la mesa, y con las hijas conteniendo y manifestando sus verdaderas personalidades: Lilith hundiéndole el dedo a los deliciosos pastelillos a escondidas de mamá mientras Timothea intenta reprenderla sin éxito, para terminar el encuentro con Lilith gorroneando el viaje de vuelta a casa en Uber con la cuenta de su madre, y Timothea partiendo en su carrito hechahumo ante la mirada materna compasiva, resignada, pero también aliviada.

Finalmente, la tercera historia, “Hermana hermano”, tiene lugar en París y se refiere a los alivianados gemelos rockeros Skye (Indya Moore) y Billy (Luka Sabbat), quienes, a raíz de la muerte de sus padres, acaecida en un accidente aéreo, visitarán por última vez el departamento ya vacío donde crecieron y en el que vivían los padres antes de fallecer. Allí, en la soledad del inmueble, recordarán episodios, contemplarán fotografías familiares, descubrirán o comprobarán detalles acerca de sus orígenes tanto de ellos como de los progenitores, para cerrar el día de duelo asistiendo a la bodega de almacenamiento donde reposan los enseres domésticos que también formaron parte de su entorno familiar.
El decimocuarto largometraje del siempre grato e inteligente cineasta Jim Jarmusch es un tríptico familiar sólido, minimalista y preciso, depurado en sus formas, que dice y muestra mucho con poco, de guión afable escrito como acostumbra por el propio Jarmusch, recupera la antigua usanza del cineasta de contar historias claramente separadas pero con un tema común para formar así una película unitaria, como lo fueron las brillantes y contundentes El tren del misterio (1989) —con el hotel de la ciudad de Memphis como centro unificador—, o Una noche en la tierra (1991) —con las anécdotas de distintos tonos dramáticos que suceden a la misma hora a bordo de cincos taxis, en cinco ciudades de Estados Unidos y Europa. Aquí es la familia y su estructura elemental expuesta desde el título mismo, en donde lo aparentemente trivial que acontece en una típica reunión familiar sugiere más de lo que revela en sí, con esa fotografía hierática y firme del lyncheano maestro Frederick Elmes y del francés assayano Yorick Le Saux, que procuran esas figuras retóricas de los top shots de la mesas como centros de unión que aparecen a lo largo de las tres historias, las imágenes en ralentí de los skatos que se cruzan furtivamente con los personajes principales, las bromas con los colores en rojo de las ropas que portan los miembros de las familias en las dos primeras historias, las entradas y salidas de campo de los personajes siempre calculadas, sin movimientos de cámara innecesarios, vacuos y gratuitos (saludos Iñárritu y Del Toro), o los planos subjetivos a bordo de automóviles tan comunes en el cine de Jarmusch, a la par de una edición contemplativa e hipnótica —impronta perenne desde que Jarmusch es Jarmusch— del paulista Affonso Gonçalves, y apoyada por los acentos etéreos de la música hecha por el propio cinerrealizador en colaboración con la cantante británica Annika Henderson.

Ya desde la lejana Más extraño que el paraíso (1984), la semilla de los claroscuros en las relaciones familiares germinaba lentamente en Jarmusch, con aquel joven inmigrante húngaro en Nueva York que intentaba borrar su origen para convertirse en un estadounidense hecho y derecho, hasta que la prima recién llegada de Hungría le eche a perder la fiesta. El tema lo volverá a tratar en Flores rotas (2005) con ese donjuán agotado que de pronto es lanzado a realizar un viaje en automóvil para intentar localizar a la madre de un supuesto hijo mencionado en una carta anónima. Y ahora el asunto familiar lo aborda por triplicado desde perspectivas distintas, con ese padre de pasado y presente misteriosos, en apariencia llevando una vida solitaria y jodida en una casita en las afueras de Nueva Jersey, viviendo al día, lector de Wilhelm Reich, Diógenes y Chomsky, que ante los ojos de sus hijos es una víctima sin remedio, tal vez con un pasado muy pesado con las drogas, pero que en realidad tiene riquezas, como ese Rolex que le descubre la hija y pronto la desengaña diciéndole que es una copia china, ya que en realidad prefiere la impostura ante sus hijos porque no le da la gana que sepan qué hace, quién es o quién fue. O la madre, que antes de recibir a las hijas debe psicoanalizarse por teléfono para soportar la reunión, porque la hija bohemia, que no es capaz de revelarle su condición homosexual ni de exhibir sus limitaciones económicas, prefiere mentir y hablarle de un novio inexistente, o de que tiene un Lexus nuevo pero que está en el taller y por eso viaja en Uber; en tanto la otra hermana, la mayor, sumida y asumida en el papel de solterona insegura, es más amorosa con su madre al tener el detalle de obsequiarle flores a su llegada, mientras la hermana menor se presenta con las manos vacías. Para rematar con la historia del duelo de los gemelos, ya prefigurados en Café y cigarrillos (2003) durante el segmento “Gemelos”, en donde se reiteran esas concomitancias visuales que tanto gustan a Jarmusch, como la amplitud del paisaje que ofrecen los ventanales; el pasado nostálgico que impera en las fotos familiares que entrecruzan los tres episodios; el mismo modelo de reloj que aparece en la primera historia, aquí es conservado y usado por el hijo, y los lentes de sol espectaculares de la madre ahora pertenecen a la hija; las verdades que saltan acerca de un posible matrimonio de los padres o las actas de nacimiento que convierte a los hermanos en ciudadanos estadounidenses, porque a fin de cuentas Jarmusch entiende que la mejor manera de preservar la memoria de los nuestros se mantiene en el soporte fotográfico y en aquellos objetos personales que los definen y nos definen. ![]()



