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El legado de los hermanos Grimm

Abril, 2026

De las diversas colecciones de cuentos de hadas que existen en el mundo, una de las más leídas (y traducidas) son aquellas que reunieron, hace ya dos centurias, dos hermanos alemanes Jacob y Wilhelm Grimm en sus Cuentos de la infancia y el hogar, publicados por vez primera en 1812. Originalmente no fue idea suya sino de un amigo; sin embargo, con esta monumental obra, con esta labor de recolección —hoy conocida sencillamente como los Cuentos de hadas de los hermanos Grimm, se hicieron un lugar en la literatura universal. Ahora que se cumple el 240 aniversario natal de los hermanos, Víctor Roura los recuerda.

Los hermanos Grimm nacieron en la alemana Hesse hace 240 años: Jacob el 4 de enero de 1785 y Wilhelm el 24 de febrero de 1786, muriendo (ambos en Berlín) el segundo, a los 73 años el 16 de diciembre de 1859 y el primero, a los 78 años el 20 de septiembre de 1863. Los dos eruditos, con un año de diferencia, fueron mitólogos, investigadores culturales, filólogos, lexicógrafos y escritores que recopilaron, a lo largo del tiempo más de 200 cuentos y leyendas que publicaron por primera vez en dos volúmenes en 1812 y 1815, entre los que hallamos “La Cenicienta”, “El Príncipe Rana”, “Hansel y Gretel”, “Blancanieves”, “Rapunzel” y “La bella durmiente” conservando, sobre todo, las narraciones originales, tal como las fueron escuchando, aunque en ellas cimbraran la maldad o el terror.

Por eso, las más de las veces, los cuentos no son tal como nos los cuentan.

A lo largo de casi todo el siglo XIX, “maestros, padres de familia y figuras religiosas, particularmente en Estados Unidos —apuntaba Thomas O’Neill en el número de diciembre de National Geographic de 1999—, condenaban la colección de cuentos de los Grimm debido a su crudo e incivilizado contenido”.

En 1885 un educador norteamericano acusaba: “Los cuentos populares reflejan con demasiada fidelidad la visión del mundo y la cultura medievales, con todos sus rígidos prejuicios, su crudeza y atrocidades”.

Los adultos ofendidos, decía O’Neill, “se oponían a los penosos castigos impuestos a los villanos. En la versión original de ‘Blancanieves’, a la malvada madrastra se le obliga a bailar con unas zapatillas de hierro ardiente al rojo vivo hasta caer muerta. En ‘La pastora de ocas’, una sirvienta traidora es desnudada, metida en un barril lleno de clavos y arrastrada por las calles. Aún hoy, algunos padres protectores se mantienen a distancia debido a la violenta reputación de las historias de los Grimm”.

Hansel and Gretel. Ilustración: Arthur Rackham (Wikimedia Commons).

Dedicadas sus últimas páginas a los hermanos Grimm, la National Geographic envió a Alemania a su colaborador Thomas O’Neill para que nos contara cómo eran recordados los famosos hermanos cuyos cuentos son, a más de dos siglos de haberse elaborado, aún los de mayor vigencia en el mundo infantil: “Los hermanos Grimm, Jacobo y Guillermo, titularon a su libro Los cuentos infantiles del hogar, y publicaron la primera de sus siete ediciones en Alemania en 1812. Tomados sobre todo de narraciones orales, los 210 cuentos de la colección forman una antología de cuentos de hadas, fábulas, farsas rústicas y alegorías religiosas sin igual hasta hoy”.

Los cuentos han sido traducidos, decía O’Neill en 1999, “a más de 160 idiomas, desde el inupiat del Ártico hasta el suajili de África. En Estados Unidos, los lectores pueden elegir de entre 120 ediciones. En cuanto fenómeno editorial, la obra de los hermanos Grimm compite con la Biblia. Los cuentos y los personajes estelares saltan de las páginas al teatro, la ópera, las historietas, el cine, la pintura, el rock, la publicidad, la moda. Los japoneses, quizá los más entusiastas seguidores de los hermanos Grimm, han construido dos parques dedicados a los cuentos”.

Tanta fama, por supuesto, habría asombrado a los Grimm, quienes “comenzaron a reunir cuentos de hadas por encargo de un amigo que planeaba una colección de literatura popular alemana. Transcurridos varios años, los Grimm habían recopilado 49 cuentos, algunos tomados de libros antiguos y el resto de conocidos en Kassel. Pero el amigo no elaboró su colección y los hermanos decidieron publicar su propio volumen”.

Reunir los cuentos debe haber distraído a Jacobo y Guillermo de lo que ocurría en sus vidas. “Su madre había muerto en 1808 [su padre había ya fallecido en 1796, a los 44 años de edad] y el dinero escaseaba. Empleado como bibliotecario del detestado invasor francés, Jacobo apenas podía sostener a sus cinco hermanos. Guillermo padecía de asma y tenía un corazón débil, por lo que no podía trabajar. En 1812, el año en que se publicaron los cuentos por primera vez, los hermanos sobrevivían con una comida al día; quizás esto explica por qué tantos personajes de su libro pasaban hambre”.

Aunque las ediciones siguieron apareciendo hasta 1857, dos años antes de que Guillermo muriera, “la recolección de casi todas las narraciones orales ocurrió cuando los hermanos estaban en sus impresionables veinte años”.

Nada queda ya del lugar donde nacieron los Grimm, en Hanau, Alemania: “Al igual que la mayoría de las casas que alguna vez habitaron —nos contaba O’Neill—, la de Hanau fue destruida por los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Una estatua de bronce de los hermanos se levanta frente al Rathaus, o Palacio de Gobierno, mostrando a dos hombres de cabello largo y levita, absortos en la lectura, su gran placer”.

Monumento Nacional a los Hermanos Grimm (1889), del escultor alemán Syrius Eberle, ubicado en la plaza del mercado en Hanau, Hessen (Alemania). / Foto: Daviidos (Wikimedia Commons).

Hacia 1791, hace ya 235 años, la familia Grimm se había trasladado al noreste, a Steinau, otro pequeño centro de comercio donde el padre fungió como magistrado de distrito. Ahí en Steinau, donde su padre muriera y la familia se viera obligada a separarse (Jacobo y Guillermo, por ejemplo, a sus 13 y 12 años respectivamente, fueron enviados al norte, Kassel, a estudiar), está en pie, en aquella vieja casona, un museo de manuscritos y memorabilia de los Grimm, en el cual se conserva un bello volumen de la primera edición de Los cuentos infantiles del hogar: “En total —informaba O’Neill—, 40 personas relataron historias a los hermanos, y muchos iban a su casa en Kassel. Los hermanos recibían con agrado especial las visitas de Dorotea Viehmann, una viuda que caminaba hasta el pueblo para vender lo que sembraba en su hortaliza. Hija de la dueña de un mesón, Viehmann había crecido escuchando los relatos de los viajeros que iban camino a Francfort. Entre sus tesoros estaba ‘Aschenputtel’: ‘Cenicienta’”.

A excepción de esta señora Viehmann, los hermanos casi nunca identificaban a sus narradores, y no fue sino hasta mediados de la década de los setenta (¡pero ya del siglo XX!) cuando se supo que la relatora de Caperucita Roja, Blancanieves y La Bella Durmiente no había sido, como se creyó durante más de un siglo y medio, la vieja ama de llaves de los suegros de Guillermo (Jacobo permaneció soltero toda su vida), sino Marie Hassenpflug, una amiga veinteañera de Charlotte, la hermana de los Grimm, quien pertenecía a una educada familia de habla francesa que ya había leído, con anterioridad, Los cuentos de mamá oca de Charles Perrauit (París, 1628-1703) publicados en 1697.

“Grandes reconfortantes” denominó Bruno Bettelheim (Viena, 1903 / Estados Unidos, 1990) a los Grimm en su libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas (Grijalbo, 1988). Los hermanos Grimm escribieron, decía Bettelheim, “en una época típica de los cuentos: tiempo remoto en que creíamos que nuestros deseos podían, si no mover montañas, sí por lo menos cambiar nuestro destino”.

El cuento de hadas, sostenía el ya fallecido maestro Bettelheim, “aunque pueda chocar con el estado psicológico de la mente infantil, con sentimientos de rechazo cuando se enfrenta a las hermanas de Cenicienta, por ejemplo, no contradice nunca su realidad física”. Por eso los verdaderos cuentos de los Grimm son como no nos los contaron de niños. En el cuento de ‘La bella durmiente’, por ejemplo, un cangrejo, que salía del agua, fue el que advirtió a la reina de que muy pronto tendría una niña. La profecía se cumplió y el rey organizó una fiesta, pero como el rey sólo tenía 12 platos de oro, y eran 13 las hadas de aquel país, “se vio obligado a dejar fuera a una de ellas” —leemos en la versión de José Emilio Pacheco publicada en Alianza Editorial en 1982— quien, “furiosa porque no la habían invitado”, “sin saludar ni mirar a nadie”, gritó su sentencia de muerte; pero la duodécima hada, que aún no había otorgado su don, dijo que no podía anular la fatal sentencia, aunque sí atenuarla: “La princesita no morirá: sólo se quedará profundamente dormida durante cien años”. Y cien años durmió, efectivamente. O el cuento de la rana, a quien la princesa nunca besó para convertirlo en príncipe, sino que “lanzó a la horrible rana contra la pared con todas sus fuerzas, y ésta despertó como un príncipe”.

Ya muy luego, lo amó.

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