Abril, 2026
Definitivamente, cualquier día es bueno para hablar de William Shakespeare. Pero cuando se cumple un aniversario más de su fallecimiento, lo es aún más. Cuatrocientos diez años han pasado desde que partió de este mundo para instalarse en la inmortalidad, y sí: su obra —su literatura— no pierde vigencia y sigue fascinando. Y con justa razón: muy pocos han retratado la condición humana como lo hizo él. Poeta, y sobre todo dramaturgo, Shakespeare continúa siendo leído, alabado, debatido, incluso denostado. No es gratuito que se le considere el escritor más importante en lengua inglesa y uno de los más célebres de todos los tiempos. “Ningún otro escritor ha tenido nunca tantos recursos lingüísticos como Shakespeare”, dijo Harold Bloom de él. Más puntual fue Ben Jonson, otro dramaturgo de su generación: “Shakespeare no pertenece a una sola época sino a la eternidad”. Víctor Roura aquí lo recuerda.
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La editorial barcelonesa RBA puso en circulación, en 2003 en los puestos de periódico, la obra completa de William Shakespeare —fallecido el 23 de abril de 1616 no se sabe si a la edad de 52 o 51 años puesto que murió en el mismo mes que había nacido (pero no se precisa la fecha exacta de su nacimiento)—; una colección, por supuesto, repartida a lo largo de varias semanas, en una labor ciertamente agradecible.
En la segunda entrega incluyeron el ensayo del inglés Martin Lings (1909-2005) sobre las piezas básicas del dramaturgo inglés, y aunque el título del volumen dice que abarca su vida en realidad no la aborda sino, acaso, sólo a través de su propio teatro: “Si el arte del Renacimiento carece de abertura a lo universal y está completamente encerrado en su época —decía Lings— es porque su mentalidad es humanista; y el humanismo, que es una rebelión de la razón contra el intelecto, considera al hombre y a los otros objetos terrenales enteramente por sí mismos, como si no hubiera nada detrás de ellos. Al pintar la Creación, por ejemplo, Miguel Ángel trata a Adán no como un símbolo sino como una realidad independiente; y puesto que no lo pinta como imagen de Dios, el resultado inevitable es que pinta a Dios a imagen del hombre”.
Pues bien, “Shakespeare nació menos de tres meses después de la muerte de Miguel Ángel, y a menudo se los nombra juntos como dos de los mayores genios del Renacimiento. Pero, ¿cómo aparece Shakespeare a la luz de un enfoque intelectual que acrecienta, si ello es posible, nuestro respeto por Dante, pero que rebaja grandemente nuestra estima por varios otros cuya preeminencia ha sido indiscutida durante largo tiempo?”
Decía Lings que sin pretender dar a Shakespeare “un puesto tan esencial en el arte de la cristiandad como el lugar que ocupan las catedrales medievales o la Divina Comedia de Dante, ¿no se podría decir que estar presente en una representación adecuada de El rey Lear no es simplemente contemplar una obra de teatro sino ser testigo, misteriosamente, de toda la historia de la humanidad?”
Sin embargo, Lings aducía que esta observación “no se podría aplicar a la mayoría de los escritos de Shakespeare, y si deseamos formarnos un juicio del dramaturgo maduro cuya manera de ver las cosas le proporcionó una universalidad que es una prolongación de la universalidad de la Edad Media, lo primero que debemos hacer es, de momento, poner a un lado la mayoría de las obras a fin de no confundir las cosas. Pocos escritores han experimentado un desarrollo igual durante su periodo de creación. Hacia el final del siglo XVI había escrito unas 22 obras; pero ninguna de éstas puede decirse que represente su madurez, aunque algunas de ellas [Romeo y Julieta, Sueño de una noche de verano, Enrique IV, A vuestro gusto y Noche de Epifanía], de diversas maneras, anticipan inconfundiblemente lo que había de venir”.

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A partir del nuevo siglo, el XVII, al que sólo le faltarían a Shakespeare 16 años de vida, vino “un cambio marcado y duradero —según Lings— no en orientación sino en intensidad. Es como si Shakespeare de pronto se enfrentara con el universo después de haberlo contemplado durante algún tiempo con una serenidad semidesapegada. De hablar en serio había pasado a hablar terriblemente en serio”.
Lings no lo dijo, pero Shakespeare nació en Stratford en abril de 1564 (y si bien fue bautizado el día 26, tradicionalmente se conmemora su nacimiento el 23) y muere en su misma ciudad natal en 1616 supuestamente el mismo día y mes en que viera la vida; es decir, el 23 de abril: “Su madre pertenecía a una antigua familia de propietarios rurales —apuntaba el italiano Mario Praz (1896-1982) en el quinto tomo del Diccionario Bompiani de Autores Literarios (Planeta-Agostini)—; el padre, originalmente campesino, era miembro del gremio de cultivadores y guanteros, y, aunque hubiese conocido cierta prosperidad y llegara a ser nombrado alcalde de Stratford, durante la infancia de Shakespeare sufrió reveses de fortuna debido a pleitos judiciales y a un temperamento demasiado optimista. William, el tercero de ocho hijos, estudió en la óptima grammar school de su localidad natal. Algunos creen que pudo haber frecuentado la Universidad de Oxford durante uno o dos trimestres; sin embargo, su matrimonio, a los 18 años, con Anne Hathaway, hija de una familia campesina y ocho años mayor, y el nacimiento de tres hijos en el curso del trienio sucesivo debieron de interrumpir cualesquiera estudios regulares”.
Lo cierto es que no se sabe mucho de la vida del dramaturgo, al grado de que aún hay quienes sostienen que los textos de Shakespeare o no fueron escritos verdaderamente por él o fueron redactados en colaboración con otra gente como, por ejemplo, Francis Bacon.
Puras tesis incompletas, sin comprobaciones ni testigos de lo antes dicho.
Lings no creía dicha teoría. Estaba seguro de que la obra shakespereana es producto del propio Shakespeare: “Demasiado a menudo se dice que la maravillosa variedad de sus personajes hace imposible adivinar nada sobre el propio autor —puntualizaba Lings—. Por lo que respecta a su temperamento, esto puede ser cierto hasta cierto punto; pero, en cuanto a sus puntos de vista e ideales, es completamente falso”.
Shakespeare “se preocupa de que el hombre tenga la correcta actitud de alma hacia la Providencia más que de algún tipo particular de culto. Pero esto no significa —decía Lings— que él mismo no fuera un devoto cristiano practicante. Significa simplemente que en la extrema sensibilidad y rigor religiosos de la Inglaterra de los siglos XVI y XVII, el cristianismo era un tema muy peligroso. Antes del final del periodo de actividad literaria de Shakespeare, incluso estaba prohibido por la ley mencionar el nombre de Dios en el escenario. Pero uno siempre podía referirse a los dioses; y si él decidió deliberadamente situar muchas de sus obras maduras en un ambiente precristiano, hay que observar, sin embargo, que su actitud respecto a Grecia y a Roma no es típica del Renacimiento. Para él, y para Dante, al igual que para los antiguos sacerdotes y sacerdotisas de Delfos, Apolo no es el dios de la luz sino la Luz de Dios”.

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En El rey Lear, el ciego Gloster, al reconocer la voz del monarca, pide besarle la mano. Lear contesta:
—Permitidme enjugarla primero; tiene tufo de mortalidad.
Esta observación, apuntaba Lings, “contiene no sólo la esencia misma de la obra, sino también de la mayoría de las otras obras maduras de Shakespeare; pues, en el transcurso de éstas, ¿qué hace Shakespeare sino enjugar la mortalidad; es decir, el pecado de Adán, de la mano del héroe? La mano debe estar completamente limpia: no es una cuestión de más o menos. En Hamlet, el príncipe dice de sí mismo, en la mitad de la obra que es bastante virtuoso:
“—Yo soy medianamente bueno…
“Pero el propósito de Shakespeare va mucho más allá de esta mediocridad. El portero de la Puerta del Purgatorio, es decir la puerta de la salvación, es, por definición, de insondable misericordia. Hamlet podría haber pasado ante él al principio de la obra; lo mismo Leontes en el momento del arrepentimiento, 16 años antes de las palabras antes citadas; y también Lear mucho antes del final de la obra. Pero el portero de la Puerta del Paraíso, es decir la puerta de la santificación, es de una exigencia implacable; y Shakespeare representa este portero para sus héroes y heroínas. No dejará pasar más que a la perfección”.
Ni siquiera los que se niegan a admitir que el propio Shakespeare hable a través de alguno de sus personajes pueden escapar al hecho, decía Lings, “de que es el propio Shakespeare, y nadie más, el arquitecto de sus obras. Y cuando, después de alcanzar cierta madurez, sigue obra tras obra la misma búsqueda de la perfección humana, y cada obra en su totalidad (por encima de la maravillosa variedad de detalles) subraya una y otra vez el mismo mensaje, no tenemos más remedio que concluir que a Shakespeare le preocupaba profundamente, al menos durante los últimos 15, o más, años de su vida, la misma cuestión que preocupaba a Dante”: la salvación del hombre, que es la salvación de sí mismo. ![]()



