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Paletismo y despilfarro: a propósito del Premio Aena de Narrativa

Abril, 2026

Todo está listo para que este 8 abril se anuncie al ganador del recién fundado Premio Aena Narrativa Hispanoamericana, que organiza el gestor aeroportuario español Aena, y dotado con un millón de euros para la obra ganadora (y 30.000 euros para cada uno de los restantes cuatro finalistas). Aunque creado con la intención de convertirse en un referente —y situarse a la altura de internacionales galardones como el Goncourt francés, el Booker británico o el National Award estadounidense, según han dicho los organizadores—, esta primera edición sólo ha reflejado más de lo mismo. Como señala el crítico literario y editor Ignacio Echevarría en el siguiente texto: puro paletismo y despilfarro. “¿De verdad no se les ocurre mejor forma de promover la lectura”.


Ignacio Echevarría


El próximo 8 de abril, en una fastuosa gala que se celebrará en Barcelona a todo trapo, se fallará el Premio Aena de Narrativa y se sabrá quién es el afortunado ganador del millón de euros con que está dotado este nuevo galardón. Entretanto, desde el pasado 18 de marzo se conoce ya el nombre de los cinco finalistas: Héctor Abad Faciolince, Nona Fernández, Marcos Giralt Torrente, Samanta Schweblin y Enrique Vila-Matas. Ninguno de ellos resulta inesperado o chocante para los lectores más o menos avezados.

Está claro que los diez miembros del equipo de preselección no se han devanado mucho los sesos ni se han puesto a fisgar debajo de las alfombras para dar con libros o autores que se desmarquen mínimamente de los cauces más obvios. Al parecer, a la industria editorial española —encargada de dar este premio— no se le habría escapado ningún título entre los más relevantes del año 2025. Y esto que son millas. En un mapa literario que abarca veintiún países y en el que se cuentan por centenares los sellos grandes, medianos y pequeños que publican a incontables escritores cada año, parece ser que desde aquí, desde España —desde donde redacto estas líneas—, nada se nos pasa por alto.

El equipo de preselección no ha considerado digno de quedar finalista en ningún libro traducido del catalán, del euskera o del gallego. La media de edad de los cinco autores preseleccionados supera los 60 años, siendo Samanta Schweblin, de 48 años, la más joven. Se diría que en lengua española la buena literatura es cosa de veteranos. No deja de sorprender que España sea el único país que cuenta con dos finalistas. Al parecer, nada menos que dieciocho países de habla española carecen, entre los publicados en 2025, de un título lo suficientemente atractivo como para imponerse a Canon de cámara oscura , de Enrique Vila-Matas, o a Los ilusionistas , de Marcos Giralt-Torrente. Y en unos tiempos en que se habla hasta la saciedad, sobre todo en Latinoamérica, de la potente emergencia de la literatura de mujeres, los varones, cómo no, se imponen numéricamente.

Los libros de los cinco finalistas coinciden en haber sido publicados todos ellos por grandes conglomerados editoriales. Samanta Schweblin y Enrique Vila-Matas han sido publicados por Seix Barral, sello perteneciente al Grupo Planeta. Héctor Abad Faciolince y Nona Fernández han sido publicados por Alfaguara y Literatura Random House, sellos pertenecientes al Grupo Penguin Random House. En cuanto a Marcos Giralt Torrente, ha sido publicado por Anagrama, perteneciente al Grupo Feltrinelli. Es decir, que el cerca de millón de euros dedicado por Aena para la promoción y compra masiva de ejemplares de los títulos finalistas engrosarán en parte las cuentas ya millonarias de estos grandes grupos editoriales, que por su parte ya conceden, a su vez, importantes premios literarios, algunos de ellos generosamente dotados. Premios que en alguna ocasión ya han distinguido, por cierto, a algunos de los autores finalistas, en cuyos respectivos currículos se cuenta un número notable de galardones tanto comerciales como institucionales cuyas dotaciones, sumadas, arrojan cifras muy sustanciosas.

Fotocollage: J.D.R. | SdE.

De lo que se desprende que esa labor de mecenazgo cuya importancia tanto enfatizaba Maurici Lucena —presidente y consejero delegado de Aena— en una repelente tribuna publicada el 14 de marzo en El País (“Mecenazgo, lectura y prestigio literario”), va a ejercerse, en primerísimo lugar, en beneficio de autores y de empresas que poco o nada necesitan de ese mecenazgo, dicho sea sin restar un ápice a la alegría y a la juerga que a todos ellos producirá el embolso de las cantidades que les han sido graciosamente obsequiadas. Pues desde el 18 de marzo los cinco autores mencionados pueden contar ya con al menos los 30.000 euros destinados a todos los finalistas, y tanto ellos como sus editores pueden contar ya con los beneficios de la compra de al menos cinco mil ejemplares de cada uno de los títulos correspondientes. Alegría, alegría.

En otro lugar he cuestionado ya la iniciativa de este premio Aena, impulsado por una empresa pública participada en un 51 % por el Estado español, más en concreto por el Ministerio de Transportes. He ironizado ya sobre la pretensión, pomposamente manifestada por Lucena, de cumplir con este premio una labor social y cultural, de contribuir con él, yo no sé cómo, a que la sociedad sea “libre en espíritu crítico, diversa y esté cimentada en principios democráticos”. Me he despachado ya acerca de “la cortedad de miras, la absoluta ausencia de imaginación, la nula sensibilidad social y las grotescas ínfulas emulatorias y ostentatorias que parecen inspirar la creación de este premio”.

Lo de las ínfulas emulatorias venía a cuento de la machacona insistencia, por parte de los promotores del premio Aena, en emular con su iniciativa a algunos de los más acreditados galardones internacionales. En la tribuna de marras, Lucena se preguntaba “por qué no existe un premio consolidado de narrativa en lengua española a obra publicada comparable por prestigio, fama y alcance a los Goncourt, Booker o National Book Award”. La razón es obvia: ni Estados Unidos, ni el Reino Unido ni Francia comparten con España el extravagante y corrupto tinglado de premios comerciales que intoxica irreparablemente el sistema literario español. Tampoco comparten la espesísima flora de premios institucionales. Me dirán que España no es Latinoamérica, y que el premio apunta a todo el horizonte de la lengua. Pero si por un lado España ha intentado más de una vez exportar a Latinoamérica la muy cuestionable práctica de los premios literarios comerciales, en la que los editores son juez y parte, conviene no perder de vista, por el otro, que la estructura del sistema editorial en lengua española sigue teniendo un perfil inequívocamente colonialista.

Lucena parece ignorar los efectos erosivos que sobre la crítica, sobre el mercado y sobre los circuitos de consagración ha tenido la proliferación masiva de premios comerciales, que en España han desacreditado casi irreparablemente el valor y la función de cualquier otro premio. Me pregunto cuántos, entre los miembros del jurado del premio Aena, han sido previamente jurados de premios concedidos por editoriales. Me pregunto también qué valor puede tener la decisión de escoger el mejor libro del año cuando uno mismo no ha participado del proceso de selección de los títulos.

En el premio Aena cada jurado tiene derecho a proponer una obra adicional a las cinco preseleccionadas por el equipo rastreador, pero no me consta que en esta edición ningún jurado haya ejercido este derecho. Por lo demás, ¿quién ha seleccionado el jurado, y conforme a qué criterios? Repaso la lista de sus nueve miembros y, por mucho que se trate en todos los casos de “profesionales de reconocido prestigio en el ámbito literario, editorial o académico del universo cultural y literario español e hispanoamericano”, me cuesta creer que ninguno de ellos haya tenido el tiempo ni las ganas de sondear con cierto detenimiento la ingente producción narrativa en lengua española del último año. Imagino que cada cual habrá leído, como mucho, esa media docena de novedades que todos alcanzamos a leer, mezcladas con nuestros particulares intereses como lectores. Imagino que las que hayan leído sean, además, las que a todos nos llegan por los cauces hegemónicos. De lo que se desprende que, no dedicándose específicamente a la lectura ni a la crítica de la narrativa en lengua española, ningún miembro del jurado se me antoja particularmente cualificado para discriminar, entre los miles de títulos publicados, cuál es el mejor. Ni el peor.

Fotocollage: J.D.R. | SdE.

Maurici Lucena, el presidente de Aena, nació en 1975 en Barcelona. Su exitosa carrera como político y economista la ha realizado al arrimo del PSC, el Partido Socialista de Catalunya, y, por extensión, del PSOE. Tenía sólo nueve años cuando, en una sonada tribuna publicada en El País en noviembre de 1984, Rafael Sánchez Ferlosio arremetió contra las políticas culturales del Gobierno de Felipe González. Aquella tribuna comenzaba con estas palabras: “El Gobierno socialista, tal vez por una obsesión mecánica y cegata de diferenciarse lo más posible de los nazis, parece haber adoptado la política cultural que, en la rudeza de su ineptitud, se le antoja la más opuesta a la definida por la célebre frase de Goebbels. En efecto, si éste dijo aquello de ‘Cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola’, los socialistas actúan como si dijeran: ‘En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador’”.

Demasiado niño para recordar esa diatriba, Lucena no parece haber tomado nota de ella y, cuarenta años después, sigue ejercitando, como corresponde a la tradición cultural de los socialistas españoles, una política de talonario, “un populismo caro; mejor dicho, carísimo, ruinoso” (Ferlosio). Nada menos que dos millones y medio para, supuestamente, promover la lectura con una estrategia consistente en engordar con un millón de euros la cuenta bancaria de un escritor ya consagrado, y de bonificar a sus editores —grandes grupos editoriales— con ventas añadidas. Qué talento.

La teoría económica de Lucena parece transparente. Cuanta más pasta, más ruido, y cuanto más ruido, más relevancia. ¿Que el premio literario mejor dotado de España —el Planeta— concede un millón de euros al ganador? Pues nosotros no vamos a ser menos.

Repárese en lo siguiente. Lucena aspira a emular con el premio Aena los prestigiosos premios Goncourt, Booker o National Book Award. Pero ocurre que la dotación del National Book Award de narrativa es de 10.000 dólares (poco menos que 9.000 euros). La de Booker Prize, de 50.000 libras esterlinas (poco menos de 60.000 euros). Y la del Premio Goncourt… ¡diez euros simbólicos! Los tres sumados no alcanzan ni una décima parte de la dotación del premio Aena. Considerando estos datos, ¿qué idea de la cultura se hace Lucena? Se diría que la de un nuevo rico que confía la decoración de sus salones a un interiorista de postín. ¿De verdad no se le ocurre mejor forma de promover la lectura, en un país con un déficit crónico de bibliotecas públicas y escolares, de revistas y plataformas de lectura, de ayudas a la creación y a la edición? Cuesta creer en tanto paletismo y despilfarro.

Por lo demás, ¿por qué demonios tiene Aena que promover la lectura? ¿No existe ya un Ministerio de Cultura que cuenta entre sus objetivos con este mismo? ¿Qué relación cabe establecer entre una empresa aereoportuaria y la lectura? ¿Le sobran a nuestro Gobierno los recursos como para duplicar tareas y derrochar el dinero de esta manera?

En España ya hay un Premio Nacional de Narrativa; hay además un Premio de las Letras en reconocimiento de una trayectoria literaria, están luego los premios Princesa de Asturias y, como guinda, el premio Cervantes. Me limito sólo a la elite de los premios que se conceden en el más alto nivel institucional del país. Por debajo de ellos, como ya he dicho, se cuentan por centenares premios de ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas, etc., etc. ¿Hacía falta añadir un premio más? ¿Y de dónde viene la pretensión de evaluar olímpicamente la producción literaria de toda una compleja comunidad lingüística que abarca a más de seiscientos millones de personas? ¿Es que somos omniscientes? ¿Alguien de por aquí sabe qué demonios se publica en países como Paraguay, Costa Rica o Ecuador? ¿O es que nos creemos que los grandes grupos editoriales tienen interés alguno en detectar libros de calidad literaria que no se acomoden a los patrones internacionales? ¿De qué lengua hablamos cuando hablamos del español? ¿En alguno de los autores seleccionados suena otra lengua que no sea el idioma internacional corriente en el mercado editorial, muy reacio a los “localismos”? ¿Qué decir de los libros escritos en mexicano, en cubano, en hondureño, en uruguayo? Por supuesto que son todas variedades del español, pero ¿cómo unificar, de no ser allanándola, la diversidad de una lengua que comparten varias etnias y naciones, distribuidas en muy diferentes latitudes? Si se contempla premiar obras traducidas del catalán o del euskera, ¿por qué no también del mapuche, del guaraní o del zapoteca, que en sus respectivos países también conviven con el español?

Maurici Lucena, presidente de Aena, junto a Rosa Montero, escritora y presidenta del jurado que otorga el Premio Aena de Narrativa. / Foto: Aena.

Quisiera ver qué cara tiene el brillante artífice del lema “Leer es volar” que sirve de premisa al premio Aena. Menudo genio. Recuerdo que por los años ochenta la compañía Iberia lanzó una colección de libros de bolsillo titulada “Libro de a bordo”. Se trataba de ediciones de títulos ya bien conocidos de autores como Delibes, Benet, Aldecoa, Ferlosio, Dieste, Cunqueiro, etc. Los ejemplares se obsequiaban a los usuarios de la compañía o estaban disponibles para los pasajeros durante los vuelos. La iniciativa fue promovida con gran aparato publicitario y el correspondiente chorreo de dinero para unos y otros. Pero al menos sus objetivos se circunscribían al ámbito de la compañía y no invadían las competencias del Ministerio de Cultura, que ya dispone de un Plan de Fomento de la Lectura. El lanzamiento de la colección de Iberia, por lo demás, fue simultáneamente a la convocatoria de un premio de narrativa creada, cómo no, con el objeto de incentivar la creación literaria y bla bla bla, y dotado entonces con diez millones de pesetas, cantidad nada desdeñable en aquellos tiempos. Pero ya en su primera edición quedó desierto . ¿Se imaginan?

Ninguno de los escritores preseleccionados para el premio Aena se ha postulado como finalista, y quién va a declinar un gracioso donativo de un millón de euros. Más sospechosa y cuestionable me parece la participación, en una iniciativa así, de los jurados del premio, que supongo que serán generosamente resarcidos por su cómoda tarea, vistos los presupuestos desorbitantes de todo este cambalache. Daba risa, en el acto de presentación del premio, oír a Rosa Montero decir cosas como: “Me encanta porque moviliza a todo el sector. Es también una consolidación del valor de las editoriales” o “Este premio es precioso porque ayuda a potenciar nuestro idioma, lo que Carlos Fuentes llamaba ‘el territorio de la Mancha’, porque la potencia del español es una riqueza”.

El funcionamiento casi siempre arbitrario de los galardones literarios se sostiene mediante la complicidad irresponsable de quienes se prestan a actuar como jurados, cediendo su nombre y su prestigio como garantes de una actuación casi siempre objetable en relación a sus criterios y su procedimiento. En unos tiempos como los que corren, participar, a cuenta del erario público, en una iniciativa tan pazguata, desubicada y confundidora como la de este premio Aena se me antoja poco menos que indecente.

[Ignacio Echevarría: es editor, crítico literario y articulista. / Texto publicado originalmente en CTXT / Revista Contexto; es reproducido bajo la licencia Creative Commons — CC BY-NC 4.0]

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