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El emperador manipulado: recordando a Hans Christian Andersen

Abril, 2026

Como escritor abarcó casi todos los género literarios: novela, cuento, libros de viajes, teatro, incluso poesía. Sin embargo, fueron sus narraciones de ficción —cuentos que fusionan lo sobrenatural con lo cotidiano—, rápidamente adoradas por los niños, lo que convirtieron al danés Hans Christian Andersen en uno de los autores más universales. Y no era para menos. Nacidos de la tradición oral y la mitología, es esos más de 150 cuentos —que dejó como herencia a la humanidad— sus protagonistas lo mismo eran personajes de la vida diaria, héroes míticos, animales y objetos animados. De hecho, si hemos de creerle a los datos, su obra ha sido traducida a más de 120 idiomas y ha sido adaptada a teatro, ballet, cine y representadas en esculturas y pinturas. En su honor, además, desde 1956 se concede cada dos años el Premio Hans Christian Andersen para galardonar a la literatura infantil. Víctor Roura recuerda al escritor en las siguientes líneas.

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El cuento y su autor son legendarios. Aunque poca gente lo haya leído del original, conoce su trama. Si bien no hay dos traducciones semejantes, porque las versiones distan unas de las otras en determinados giros, significados y comprensiones, ciertamente el argumento es el mismo. Para el traductor Alberto Adell, de Alianza Editorial (1973), el personaje es efectivamente un emperador, pero para Ernesto Wieck, de Centro Editor de América Latina, el protagonista —en su traducción de 1968— es un duque. El caso es que el sujeto del relato es, y así lo quiso remarcar el danés Hans Christian Andersen (fallecido hace 150 años, el 4 de agosto de 1875, cuyo 220 aniversario natal se conmemoró justo el 2 de abril de 2025): una eminencia, un dignatario, una notabilidad política. De otro modo, su cuento tal vez no hubiese tenido el maravilloso efecto, la regocijada ironía, que posee.

“Hubo en otros tiempos un Gran Duque al que le gustaban tanto los vestidos nuevos que gastaba todo su dinero en ropas —leemos en la versión del argentino Wieck—. Tanto cuanto revistaba a sus tropas como cuando concurría al teatro o salía de paseo, su objeto era lucir sus nuevos vestidos. Se cambiaba de ropas varias veces por día, y era tan natural decir: ‘El Gran Duque se halla en el guardarropa’, como se dice de un rey: ‘Está en la Sala de Consejo’. La capital del ducado era una ciudad ruidosa y alegre, por la que pasaban constantemente gran cantidad de forasteros; pero un día llegaron también dos embaucadores que se decían tejedores y afirmaban conocer el método para tejer la tela más maravillosa del mundo. No sólo los colores y el dibujo de esta fantástica tela eran sumamente hermosos, sino que los vestidos que se confeccionaban con ella poseían una maravillosa virtud: eran invisibles para todo el que no supiera desempeñar correctamente su oficio o para quienes fueran demasiado brutos”.

El comienzo de este mismo cuento, en la traducción del español Adell, es completamente diferente, aunque el contexto sigue siendo el mismo: “Hace muchos años vivía un emperador que de tal modo se perecía por los trajes nuevos y elegantes que gastaba todo su dinero en adornarse. No se interesaba por sus tropas, ni le atraían las comedias, ni pasear en coche por el bosque, como no fuese para lucir sus nuevos trajes. Poseía un vestido para cada hora del día y de la misma forma que se dice de un rey que se encuentra en Consejo, de él se decía siempre: ‘¡El emperador está en el ropero!’ La gran ciudad en que vivía estaba llena de entretenimientos y era visitada a diario por muchos forasteros. Un día llegaron dos pícaros pretendiendo ser tejedores; decían que eran capaces de tejer las telas más espléndidas que pudiera imaginarse. No sólo los colores y los dibujos eran de una insólita belleza, sino que los trajes confeccionados con aquella tela poseían la maravillosa propiedad de convertirse en invisibles para todos aquellos que no fuesen merecedores de su cargo o que fueran sobremanera tontos”.

De esa forma, Hans Christian Andersen prepara la deslumbrante secuela literaria: los timoratos hacen como que preparan, porque en realidad no hacen nada, el nuevo traje del político ante la muda sorpresa de los súbditos del emperador, enviados a supervisar la labor de los mágicos sastres, pero, para no parecer tontos e inútiles, los funcionarios de su majestad se fingen impresionados por la confección realmente impalpable del atuendo. Acuciado por las informaciones de sus servidores, el mandatario decide apersonarse con los artistas manuales. Cuando el adorador de las ropas está mero enfrente del nuevo traje, también queda en un principio intrigado: “¿Pero qué ocurre aquí? —pensó el Gran Duque—. No veo absolutamente nada. ¡Qué terrible! ¿Me habré convertido en un tonto? ¿No seré capaz ya de gobernar? Esto es lo peor que podría haberme ocurrido”, por lo que su opinión fue de inmediata satisfacción por la faena emprendida por los dos bribonzuelos.

“¿Pero qué ocurre aquí? —pensó el Gran Duque—. No veo absolutamente nada. ¡Qué terrible! ¿Me habré convertido en un tonto?”… Ilustración de H.J. Ford (1916-1996). / Museum Odense (Wikimedia Commons).

Ya el día de la tumultuosa procesión en la que el emperador marcharía ufano al frente de ella para ser admirado por su pueblo, los preparativos continuaron con igual desparpajo: nadie veía nada, pero nadie se atrevía a decir lo contrario por no pasar de zopencos de la corte: “Y volvió a observarse el Duque en el espejo para comprobar el esplendor de su traje —dice Wieck en su versión—. Los pajes que debían llevar la cola del manto fingieron alzar algo del suelo, sosteniéndolo con las manos, para no hacer notar que no veían absolutamente nada”.

En las calles, la gente gritaba loas al emperador por el estreno de su suntuoso traje: “Nadie quería que se pensase que no veía nada —dice Adell en su versión del famoso cuento—, porque eso hubiera significado que era indigno de su cargo o tonto de remate. Ningún traje del emperador había tenido tanto éxito”.

Hasta que, de la turba arremolinada, se oyó el grito de un sincero niño: “¡El Gran Duque está desnudo, no lleva puesto ningún traje!”

—¡Oh, calla inocente! —dijo el padre horrorizado.

Pero, pronto, un murmullo que repetía las palabras del niño comenzó a correr entre la muchedumbre como un reguero de pólvora.

—¡No hay ningún vestido! —gritó al fin todo el pueblo.

Wieck finaliza su versión con estas palabras: “El Gran Duque quedó muy mortificado, ya que comprendía que todos tenían razón. Sin embargo, reflexionó y tomó una decisión: ‘Sea como sea, es preciso que continúe hasta el final’. Y enderezándose resueltamente prosiguió en la procesión mientras los pajes continuaban llevando respetuosamente la cola inexistente”.

Adell termina así el cuento: “El emperador se sintió inquieto, porque pensó que tenían razón, pero se dijo: ‘Debo seguir en la procesión’. Y se irguió con mayor arrogancia y los chambelanes le siguieron portando la cola que no existía”.

A esos grados de bajeza se llega en las antesalas del poder: es la hora matutina que usted prefiera, Señor Presidente, aunque el Sol haya declinado.

Pero, por supuesto, hay quienes, con la mano en la cintura, con la irrespetuosidad que les otorga su carisma público, hacen de este cuento la versión que mejor les parezca, modificando a su antojo las circunstancias, anteponiendo su orgullosa ideología, trastornando moralinamente la profundidad de su humanista glosa [la del cuento de Andersen, no la de sus reproductores], agregando incoherencias a la menor oportunidad. Se tiene la falsa idea de que los cuentos clásicos, precisamente porque ya lo son, pueden cambiarse al gusto de los contadores, tal como lo han hecho, de manera inculta, simplona, zafia y burda, algunas estrellas del orbe hollywoodense como…

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Desde la portada, el aire presuntuoso de la vanidad es insoportablemente hollywoodense.

Para comenzar, el ilustre nombre de Hans Christian Andersen desaparece para ocupar su lugar, con marquesina iluminada, el de Steven Spielberg. Luego del título del libro: El traje nuevo del emperador (Ediciones B, España, 1998, el mismo cuento de Andersen que fuera publicado por vez primera hace 190 años, el 7 de abril de 1837), el lector se percata de que “el cuento clásico” es “contado e ilustrado por grandes estrellas” tales como el propio Spielberg, Liam Neeson, Harrison Ford, Madonna, Melissa Joan Hart, Jeff Goldblum, Dan Aykroyd, Robin Williams, Geena Davis, Calvin Klein, Rosie O’Donnell, Fran Drescher, John Lithgow y hasta el mismito general H. Norman Schwarzkopf, el que fuera el comandante en jefe de la operación “Tormenta del Desierto” en la guerra del Pérsico (con una duración aproximada de siete meses, que comenzara el 2 de agosto de 1990), ahora convertido —el general Schwarzkopf— en una superstar del circuito de los espectáculos, el único existente, al parecer, en la vida de los innumerables pasivos receptores que no hacen sino mirar la pantalla digital y el cine producido por las “grandes estrellas” del firmamento norteamericano.

Si bien el fin es filántropo, ya que “los beneficios que genere la venta de este libro —acota Spielberg en el prólogo de este lujoso volumen, de pasta dura, con 86 páginas a color— irán destinados a la Fundación Starbright [que presidía el mismo Spielberg, hoy convertida en Starlight Children’s Foundation] y serán una ayuda para devolverles [a los niños con padecimientos graves] una libertad que a menudo la enfermedad les arrebata: la libertad de ser precisamente eso, niños”, el cuento en sí, mal contado y arbitrariamente descuartizado y con agregados que hicieron seguramente removerse en la tumba al buen Andersen (después de todo, Walt Disney ya hizo, de modo a veces gráficamente soberbio, lo que quiso con las versiones de los cuentos considerados clásicos y no ganó sino reconocimientos mundiales, pese a las evidentes distorsiones literarias), adquiere niveles de irritante moralismo y, el colmo, de aventura ridículamente peliculesca. Pero, ¿de qué otra manera podían, en efecto, expresarse estos hombres de mirada limitada, aunque recompensados con generosidad, hagan lo que hagan, por un público cautivo del mercado frivolón de la cinematografía?

El cuento es contado, capítulo por capítulo (21 en total, de modo que se va hilando de acuerdo a las ocurrencias de cada contador, que lo más probable es que nunca haya leído el cuento original pero sí tenía, como la mayoría de la humanidad, una aproximación del tema y una propia versión de la historia), por diferentes personalidades e ilustrado por, sí, grandes dibujantes del mundo editorial estadounidense, tales como Maurice Sendak, Graeme Base, Don Wood, Fred Marcellino, Kinuko Y. Craft, Gary Kelley, Chris F. Payne, Berkeley Breathed y el mero Chris van Allsburg.

Retrato del escritor danés Hans Christian Andersen. / Foto: Thora Hallager (Wikimedia Commons).

Desde un principio, el relato comienza mal.

A Liam Neeson, creativo que es, se le ocurrió empezar por la intriga del primer ministro, llamado Cedric, contra el emperador: “A remojo en la bañera, miraba mi cuerpo arrugado y rosáceo cuando tuve la siguiente idea: ¿qué podría ser más vergonzoso para un emperador que desfilar ante sus súbditos DESNUDO… y creyendo que va vestido a la última moda? Así los súbditos pensarían que se había vuelto loco y pedirían que renunciase al trono. ¡Sí! ¡Al fin podré reinar! ¡Al fin obtendré lo que merezco!”

Así comenzado, el cuento carece obviamente de credibilidad, pero Harrison Ford y su esposa Melissa Mathison dicen, para medio arreglar el desastroso principio, que el primer ministro contrató a dos ladrones (que se hallaban encerrados en la cárcel) para que le confeccionaran al emperador un paño “tan maravilloso que no podrían verlo ni los bobos ni la gente de mal gusto”, así que pidieron “costosas sedas de gusanos chinos y hojas de té de Darjeeling, en la India” (exquisitos que eran estos pillos, un hombre y una mujer, por supuesto) para “desplumar” al emperador. Así que, ya teniendo a un emperador fascinado por la moda, a un primer ministro corrupto, cobarde y ambicioso (¿no los dos últimos adjetivos son complementos inherentes del primero?), y a unos delincuentes de alcurnia, ¿por qué no inmiscuir, en la versión —pero cómo si no— de Madonna, a la esposa del emperador, una emperatriz tal como la cantante: inclinada por los excelentes gustos millonarios de la ropa, igual de tonta que su marido pero hermosa y atrevida como la propia cantante pop?

Todo es válido, ¡hasta la aparición de la princesa imperial! “A decir verdad —cuenta Melissa Joan Hart, la Clarissa Darling (Clarissa lo explica todo, 1991-1994) y la Sabrina Spellman (Sabrina, la bruja adolescente, 1996-2003) de la televisión, quien de plano equivoca fechas y tiempos en el relato—, los tejedores no es que fueran demasiado bien vestidos, pero también se me había enseñado que no debía nunca juzgar un libro por su cubierta. Vaya, es evidente, ¿no? Si se piensa en Albert Einstein quizá se considere ridículo su peinado, pero ese hombre era un genio”, ¡todo esto contado, según la hermosa ilustración de Saelig Gallagher, por una niña menor de los diez años en una época anterior al nacimiento de Einstein (1879-1955, nacido cuatro años después de la muerte de Andersen)! Pero uno, espectador pasivo de las gracias y gracejadas de las grandes estrellas, tiene que mirar estas incoherencias como sutiles humoradas de estas perfectas e irrefutables personalidades del mundo artístico. ¡Vaya, hasta tenemos que oír la voz de los calzones [sí, los calzones] del emperador en el capítulo contado por, but of course, Calvin Klein! Y, bueno, ya introducidos en esta marejada de incongruencias, no debería extrañarnos el patético final: cuando el niño grita que el emperador y la emperatriz (claro, aquí van los dos desnudos para otorgarle un caché erótico al cuento) van sin ropa por las calles, el audaz general imperial (en el capítulo narrado, but of course, por el general Schwarzkopf) se percata inmediatamente de todo: ve en el primer ministro su “sonrisa malvada” y lo aprehende, derrumbándole sus vulgares ambiciones: “La rata del primer ministro temblaba como una hoja cuando lo apresé —dice el general imperial—. Sabía que su plan había fracasado y que si yo apretaba un poco más le podía partir ese cuello malvado”.

El emperador queda eternamente agradecido con su general y enaltece su honestidad (“la mejor política: ¡honestidad, ante todo, si no queremos que nos cubra el lodo!”), su intrépida actuación, y reconoce que nadie hubiese sospechado del —y finalmente apresado al— primer ministro si él no se hubiese probado nunca el nuevo traje preparado por aquellos dos embaucadores, que compartirán la celda, de nuevo, ahora con el deshonrado funcionario.

Así se hace, después de todo, una exitosa película hollywoodense: desnudos, moda, ambición, poder, dinero, traición.

Pero delante de la intención altruista, y nadie lo duda, ¿a quién va a importarle un pepino la adocenada educación literaria de los actores?

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