«Eduentretenimiento»

Los modelos rígidos e inflexibles de las prácticas educativas dentro de las aulas de clase ha sido sustituidos en los últimos años por otros más flexibles y maleables, adoptando estrategias (más que fórmulas) muy particulares; una de ellas fue recurrir al entretenimiento. Sí. Gracias a ello, los psicólogos de la educación han terminado por adoptar (sin percatarse de ello) ideas básicas de la industria de los mass media y (de paso) de la dictadura del espectáculo.


Haciendo un recuento rápido podemos decir que estamos muy lejos de haber llegado, por ejemplo, a alcanzar uno de los ideales de John Stuart Mill, que consistía en suponer que la alfabetización permitiría que todas las opiniones fuesen transmitidas (a través de la palabra y por escrito). Al ser la educación el medio para lograr la alfabetización, parece estar garantizado que ese ideal utilitarista planteado por el economista inglés no se alcance jamás, pues la educación, es claro, no ha podido abrir sus puertas a todas las personas. Y si a esto le sumamos que tanto la alfabetización como la educación dependen prácticamente de la escolarización, el panorama parece complicarse mucho más.

Aunque el aprendizaje no depende de la escritura, gracias a la aparición de la imprenta en el siglo XVI las cosas comenzaron a cambiar. Si bien fue claro el cambio epistemológico, pues el conocimiento se vinculó estrechamente con la palabra impresa, también fue quedando claro que el acceso a esta última no dependía exclusivamente de la alfabetización. El acceso a los libros y al conocimiento no ha dependido, históricamente, solo de la alfabetización. Aunque esto que está leyendo no es un libro, el acceso a este contenido no depende exclusivamente de que usted haya pasado (bien que mal), por un proceso de alfabetización. Depende de muchas otras cosas más. El acceso a los contenidos en modo escrito no depende de saber leer solamente.

Con la aparición de las universidades en su versión europea alrededor de los siglos XII y XIII, la adquisición de cierto tipo de conocimientos especializados comenzó a depender, en buena medida, de la escolarización. Posteriormente —esta última— devino un deber moral y un imperativo intelectual, pero no siempre al alcance de todos. Con sus debidos cambios y adaptaciones, podemos decir que ese modelo de enseñanza y aprendizaje basado en que el profesor habla y los alumnos atienden; en que los alumnos leen y el profesor expone; en que los alumnos preguntan y el profesor responde; en que el profesor habla y los alumnos toman notas; en que el profesor designa tareas y los alumnos las realizan, etc., nos ha acompañado durante varios siglos, pero es bastante reciente en comparación con el nacimiento de las primeras escuelas donde se enseñaba la escritura cuneiforme a las clases privilegiadas, por ejemplo.

Asistir a la escuela en un sentido, digamos, moderno, implicó durante varios siglos ciertos rituales de interacción dentro y fuera de las aulas de clase. Estudiar se convirtió en uno de los requisitos indispensables para cumplir con las exigencias que las instituciones educativas establecieron para garantizar que sus alumnos adquirieran cierto nivel de conocimiento. Realizar exámenes para demostrar que dicho nivel de conocimiento se había adquirido, también fue otro de esos extraños rituales de interacción que pasaron a formar parte de las prácticas educativas con las que muchos estamos familiarizados alrededor del mundo. Los modelos rígidos e inflexibles de las prácticas educativas dentro de las aulas de clase fueron sustituidos por otros más flexibles y maleables. Los castigos físicos dentro de las aulas de clase (y socialmente permitidos por las mismas instituciones educativas), han sido erradicados casi en su totalidad, pero han sido sustituidos por otros de carácter más simbólico y más sutiles. Aunque este tópico resulta muy interesante, merecería una discusión aparte. Aquí se quiere llamar la atención, particularmente, sobre la forma en que los modelos educativos se fueron “flexibilizando”, pues adoptaron estrategias (más que fórmulas) muy particulares. Una de ellas fue recurrir al entretenimiento.

Gracias a la aparición de la televisión, como bien lo demostró el profesor Neil Postman, el carácter del discurso de la cultura cambió. En los distintos espacios de interacción social el entretenimiento se fue imponiendo como norma. Y gracias a esta extraña obsesión por el entretenimiento, muchas de las actividades cotidianas de las sociedades se transformaron radicalmente. El entretenimiento se ha convertido en un imperativo y en el incentivo casi esencial del consumo. Es el ingrediente indispensable en distintos espacios de interacción y en la industria cultural en términos generales.

Esto no solo ha afectado severamente a la cultura misma —que se está convirtiendo prácticamente en un servicio— y a sus distintas formas de manifestación, ha terminado por afectar a la educación. Desde que los productores de televisión tuvieron la fabulosa idea de que el entretenimiento no estaba reñido con la educación, todo comenzó a cambiar. Los acontecimientos de la realidad fueron presentados (por los medios) como algo entretenido. Lo cual propició entre los espectadores que la distinción entre ficción y realidad no pudiese realizarse fácilmente. Haciendo de la realidad un espectáculo, como bien lo demostró el gran maestro Guy Debord.

Gracias al empecinamiento por tratar de demostrar que educación y entretenimiento no son incompatibles, los psicólogos de la educación terminaron por adoptar (sin percatarse de ello) ideas básicas de la industria de medios y (de paso) de la dictadura del espectáculo. Qué falta les hizo leer a McLuhan y a su gran alumno Postman. Qué falta les hizo leer a Debord. Qué falta les hizo entender que el entretenimiento como supraideología no puede estar en la base de la educación. Quizá por ello siguen insistiendo en que la educación no sea pesada, sino entretenida. Que los contenidos no sean profundos, sino entretenidos. Que las clases no sean reflexivas, sino entretenidas. Que las discusiones no sean controvertidas ni radicales, sino entretenidas. Que los alumnos no se esfuercen demasiado, sino que se entretengan, etc.

No obstante, el problema ya no es sólo de ellos, sino de una inimaginable cantidad de profesores que, en vez de dar clases a sus estudiantes en un aula, los llevan a las áreas verdes de los campus a realizar actividades como si estuvieran en un pincnic. O los pasean con vendas en los ojos y en fila tomándose de los hombros (sobre todo en las facultades de psicología) por los pasillos de los edificios como si así fuesen a descubrir una dimensión oculta de la existencia. O los hacen jugar dentro de las aulas como si estuviesen en un programa de concursos de televisión (decir de ínfima calidad, sobra). O los ponen a ver películas en el horario de clase como si estuviesen en un centro comercial. Y sí, logran que los estudiantes se entretengan, aunque no aprendan nada.

Los intentos y desvaríos para tratar de lograr que la educación se convierta en una ‘distracción agradable’, en un pasatiempo ligero, en una actividad que conduzca (sin mayor miramiento), al entretenimiento, la han lesionado gravemente. La han convertido en eduentretenimiento. En una actividad inocua. En una actividad que no busca la profundidad, sino la superficie. En una actividad donde el docente es lo más parecido a un animador de piscina. Se ha preguntado ¿cuál es la diferencia entre un conferencista del TED y un predicador? Quite el volumen y podrá notar que una de las grandes, pero pocas diferencias son los saltos que dan. Y no, no se deje llevar por las recomendaciones de los charlatanes que le dicen que si va a dar una conferencia comience contando un chiste. Recuerde una cosa: nadie se ha convertido en historiador viendo el History Channel, ni en historiador de la filosofía jugando Assassin’s Creed, aunque algunos traten de argumentar que ‘aprenden’ haciendo ambas cosas. Si el entretenimiento es el objetivo cualquier cosa que esté de por medio se perderá en el camino. Pensar que el entretenimiento no está reñido con la educación implica pensar como el productor de Plaza Sésamo que quiso hacer de la infantilización de la cultura una estrategia de enseñanza y aprendizaje.

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