El intelectual al servicio del poder

La reciente aparición de una carta firmada por 650 “intelectuales”, donde se denuncia el supuesto ataque a la libertad de expresión por parte del gobierno de López Obrador, constituye un suceso francamente singular: lo privilegiados culturales del poder estatal mexicano más corrupto, que, a lo largo de decenios enteros, nunca denunciaron ni evidenciaron las atrocidades consuetudinarias cometidas desde el poder contra la libertad de expresión; que, al contrario, elogiaron de la manera más sumisa y vil la estructura de desigualdad, marginación, censura ejercida por el poder ejecutivo en curso contra todo aquel que pensara distinto o, simplemente, no contara con los recursos financieros suficientes para externar sus ideas, se sienten ahora ofendidos, tras dos años de gobierno morenista, porque no reciben los apoyos pecuniarios a los que estaban más que acostumbrados y porque se les llega a criticar desde arriba, sin censurarlos jamás. El texto que presentamos a continuación (publicado originalmente, aunque con leves modificaciones, en marzo de 2019 en el proyecto impreso La Digna Metáfora) da algunas pistas del origen de este comportamiento mezquino y ambivalente.


A Octavio Paz le gustaba decir que México y Latinoamérica no habían tenido un verdadero siglo XVIII: la era de la razón crítica. La afirmación tenía como propósito denunciar a los grupos intelectuales, fundamentalmente de izquierda, que, según el poeta, vivían encerrados en sus dogmas y sistemas, y que, en lugar de abrevar de la tradición reflexiva, crítica y tolerante del liberalismo europeo original, se aferraban a la “fe marxista”, como le gustaba denominarla, la cual se negaba al debate y prefería la imposición ideológica.

La posición de Paz, por supuesto, tenía el propósito anexo de presentarse a él mismo y al grupo que aglutinaba (mancomunado en las dos revistas que dirigió a partir de los años setenta: Plural y Vuelta) como una primera expresión de esa crítica genuina y abierta.

En realidad, la época de la razón crítica, que abogó por la tolerancia y el debate público de las ideas, tuvo como fundamento la oposición abierta a los poderes establecidos. En su prólogo a la primera edición de la Crítica de la Razón Pura, Immanuel Kant escribió que, para que la sociedad civilizada alcanzara su mayoría moral de edad, era indispensable que tanto “su majestad como su santidad” se sometieran al “tribunal de la razón”. Asimismo, los grandes ilustrados franceses, con Diderot y Voltaire a la cabeza, sufrieron en carne propia, precisamente por parte de “su majestad y su santidad” (que no tenían la menor intención de someterse a tribunal alguno), censura, persecución y encarcelamiento por defender, a capa y espada, las ideas de la tolerancia y la libertad.

Octavio Paz, en cambio, fue un fiel servidor del Estado mexicano (de “su majestad”) de 1945 a 1968. Diplomático de carrera, formó parte, como prácticamente toda la intelectualidad de sus días, de ese núcleo de escritores privilegiados que el Estado posrevolucionario cubrió bajo su manto protector para evitar que la intelligentsia lo criticara directamente.

Bien es conocida la historia de su renuncia a la embajada de la India después de la masacre del 2 de octubre de 1968. Allí comenzó la fugaz historia de su divorcio con el Estado, en el cual, ya en 1971, volvió muy pronto a confiar. A pesar de la nueva masacre estudiantil ordenada por el gobierno de Luis Echeverría (como se comprobaría ampliamente tiempo después, aunque se sabía desde un comienzo), tanto Paz como Carlos Fuentes llamaron a creer en la voluntad del gobierno para encontrar y castigar a los culpables. Por supuesto, nada de eso ocurrió, y, muy al contrario, el gobierno echeverrista fue desplegando una política demagógica y represiva, que, en términos de la censura a la libertad de expresión, tuvo su máxima expresión en el boicot a Excelsior, consumado el 8 de julio de 1976.

“Decepcionado” por el propio Estado en el que tantos años confió, Paz no encontró otro remedio más que buscar un nuevo patrocinador de sus ideas, al que localizó rápidamente en el ámbito privado: Televisa (su nueva “santidad”). Desde 1979, año en el que se organizó el II Encuentro Mundial de la Comunicación en Acapulco, Televisa (que había apoyado decididamente el golpe contra Excelsior) se convirtió en el gran promotor de la figura de Paz, con quien realizó varias series televisivas a lo largo de la década de los ochenta y principio de los noventa: La poesía en nuestro tiempo (1982), Conversaciones con Octavio Paz (1984), México en la obra de Octavio Paz (1988) y los Encuentros Vuelta 1 y 2 (1990).

Pero ¿era Televisa, en verdad, un agente privado, lejano a los intereses del Estado? Por supuesto que no (nunca lo ha sido). En 1982, durante la gira electoral del candidato priista a la presidencia —Miguel de la Madrid Hurtado—, Emilio Azcárraga Milmo, dueño de la empresa, se declaró priista y soldado del presidente. ¿Ignoraba esto Octavio Paz? Ridículo: nadie en México lo ignoraba.

Desde entonces, la inteligencia paciana y el grupo que la acompañaba sirvieron fielmente al poder de los medios privados y, a través de ellos, del Estado, ahora de corte neoliberal. Ninguna crítica al sistema, sino a sus opositores y detractores, contra los que no había la menor concesión. Para ese grupo hegemónico y privilegiado no existió el fraude electoral de 1988, que impuso a Salinas de Gortari como presidente de México. Por ello mismo, no se tuvo el menor prurito de avalar activamente al régimen, con el cual se participó en la fundación y consolidación del Conaculta, la nueva institución encargada en cooptar a los escritores e intelectuales mexicanos (que, desde 1968, descreían la vía diplomática).

Recordando ese proceso, Héctor Aguilar Camín, antaño opositor al Estado priista y crítico de Paz, pero más tarde agradecido beneficiario de la llegada de Salinas de Gortari al poder, dice:

Paz vio con buenos ojos la iniciativa del nuevo gobierno de crear el Conaculta. Dio algunas ideas al respecto. Recuerdo que compartimos deliberaciones sobre la creación del sistema de becas para creadores y, si no recuerdo mal, la primera ronda sobre el primer otorgamiento de aquellas becas (“Mi querella con Paz”, Nexos, 1 de abril de 2015).

¿Cabe alguna duda sobre la ausencia de crítica real al Estado mexicano y a los intereses privados por parte de Paz? Y si esto es evidente en el líder intelectual indiscutible del grupo Vuelta, lo es de manera más grotesca en su continuador de Letras Libres: Enrique Krauze. Baste leer los elogios dirigidos a personajes tan nefastos y oscuros de la vida pública de México como Fidel Velázquez y Emilio Azcarraga Milmo, publicados en su libro Retratos personales, para entender lo que se afirma.

Admirador y amplio beneficiario del gobierno de Ernesto Zedillo, copartícipe directo e indirecto en las campañas y gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, Krauze hizo de su vida pública un compromiso irrestricto con la defensa del statu quo, dominado por los intereses privados (siendo él mismo empresario) y las élites políticas. Para él, la crítica sólo debe ejercerse contra quienes se oponen al poder neoliberal; la “inteligencia” es sólo digna si está al servicio de la defensa del Estado que garantiza los negocios privados. ¡Y todo esto en nombre de la “democracia”!

¿A quién sorprende, entonces, lo revelado por Ricardo Sevilla en el portal de Aristegui Noticias el 17 de marzo de 2019, cuando afirmó que fue “reclutado por Enrique Krauze, director de Letras Libres y pagado por Coppel, a través de la A.C. Colección Isabel y Agustín Coppel” para hacer una campaña encubierta contra López Obrador desde el año 2017?

Lo dicho por Sevilla en aquella ocasión no hace más que confirmar lo evidente: el compromiso de Krauze y su grupo no es, de ninguna manera, con la democracia, sino con los poderes establecidos (privados y públicos), a los cuales está dispuesto a servir incluso por vías francamente ilegales.

La investigación de esos hechos no significó ninguna violación al principio de “libertad de expresión”, sino un requisito básico para desenmascarar la forma en la que los “intelectuales”, supuestamente “demócratas”, participan de manera legal e ilegal en la manipulación de la opinión pública para defender, de manera irrestricta, intereses creados de los cuales ellos mismos forman parte.

La crítica, si es genuina, es siempre una crítica contra los poderes instituidos, sean éstos estatales, públicos o privados. Su único compromiso es con la verdad, la reflexión y la justicia, que no se negocian para obtener un poco más o para defender lo ya obtenido.

Puede ser, como le gustaba afirmar a Octavio Paz, que México no gozó de un verdadero siglo XVIII: la era de la razón crítica. Pero lo que sí tuvo, y en exceso, fue un largo siglo XX (continuado hasta nuestros días), en el que se puso en práctica, de la manera más vergonzosa y burda, innovadoras e hipócritas formas de la razón servil.

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