El músico Celso Piña. / Foto de Josué D. Romero.

Celso Piña: el canto de un (verdadero) rebelde

Un año de su fallecimiento…

Nació el 6 de abril de 1953, en Monterrey, y falleció justamente hace un año, en su tierra natal, el 21 de agosto de 2019. Su nombre: Celso Piña. Su mote más conocido: el Rebelde del Acordeón. Cumbiambero de corazón, amante y difusor del vallenato colombiano, atrevido experimentador de sonidos, docto conductor del acordeón, pero, sobre todo, hombre sencillo y alegre. A un año de su partida, aquí recordamos al músico mexicano, quien puso a bailar con su cumbia y su mezcla de ritmos a un sinnúmero de almas.


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La noticia se propagó rápidamente, sobre todo por las redes sociales. Uno de los primeros medios en informar fue Tele Diario Monterrey; también, la estación Libertad del Sistema de Radio y Televisión de Nuevo León.

Era alrededor de las 15:20 horas del miércoles 21 de agosto de 2019.

La breve nota —publicada en la página de Facebook del Canal 28 de la televisora gubernamental regiomontana— decía así: “Fallece a los 66 años Celso Piña, el Rebelde del Acordeón, cantante, compositor y acordeonista mexicano de música del género de cumbia vallenata. Fuente: confirmado por su sobrina, Bety Piña, en nuestra estación de radio Libertad 102.1 en el programa ‘De Colombia con Amor’. #QEPD”.

Cecilia Piña Ortiz, la hija del músico regiomontano, en su cuenta de Facebook, también publicaba una sentida despedida: “¡El cielo ya está de fiesta!”, decía al final.

Una hora después, Tuna Records, su disquera actual, confirmaba el deceso, ocurrido en el Hospital San Vicente donde el músico estaba hospitalizado:

“Con un profundo dolor comunicamos la inesperada partida del maestro Celso Piña, quien falleció hoy en Monterrey, a las 12:38 pm, a causa de un infarto. Nuestro más sentido pésame a su familia, amigos y seguidores. Nos quedamos con un intenso vacío, pero nos deja un gran legado musical”, se leía en el comunicado del sello. “Descanse en paz, Celso Piña, el Rebelde del Acordeón”.

Unas horas antes de su fallecimiento, en la cuenta de Twitter de Celso Piña, sus seguidores pudieron leer su último mensaje en redes sociales: “No hay quien se resista a la cumbia”.

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Eso es verdad: “No hay quien se resista a la cumbia”. Y, menos aún, cuando ésta salía del acordeón mágico de Celso Piña.

Voy a ponerlo de esta forma: con él, con el Celso, nada es lo que parece. Al principio, uno es escéptico; firme como un tronco. Pero entonces, con los primeros acordes, los hombros empiezan a moverse; ya no obedecen ante el embate de las congas y el timbal. Luego, con el acordeón, son los pies los que, sin el menor rubor y asomo de vergüenza, no entienden ya de razones ni de indiferencia. Cuando la cosa toma impulso, lo siento: es presa de la cumbia.

En ese momento, entonces, uno ya se ha vuelto un siervo del ritmo, del compás; de lo que dicta el corazón y la sangre —que se calientan y envalentonan cuando escuchan un tema del acordeonista y su Ronda Bogotá.

Cierto, antes de Celso hay una enorme lista de grandes músicos (Alfredo Gutiérrez, Andrés Landeros, Aniceto Molina, Lisandro Meza, Aníbal Velázquez —que de ellos aprendió el arte del acordeón y del vallenato—); pero si hablamos de él es porque supo importar —sin pasar por aduana— un ritmo que no nació aquí, pero que naturalizó, y que ahora ya es parte de la geografía del norte —sobre todo de Monterrey—, donde nacería Celso Piña.

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En Monterrey, en Veracruz, en Guanajuato, en Querétaro o en la Ciudad de México, varios fueron mis encuentros con Celso Piña, en privado o en conferencia de prensa.

En 2004 —gracias a su entonces manager, Rubén Hernández Mojica—, Celso Piña me recibió en Monterrey para una larga conversación. Acababa de poner en circulación su disco El canto de un rebelde para un rebelde, una especie de homenaje al Che Guevara y de introspección a sí mismo. En ese momento: el nombre de Celso Piña daba pie a muchas anécdotas; algunas de ellas apócrifas. Otras, en cambio, parecían apócrifas pero eran ciertas. Él mismo me contó su historia.

De entrada, Celso me aclaró algo:

—Soy pésimo para las fechas. No me pregunten alguna, porque no me acuerdo. La única que recuerdo bien es la de mi nacimiento: nací el 6 de abril de 1953. Era lunes. Y lo recuerdo bien, porque mamá siempre me decía que los lunes ni las gallinas ponen. Y creo que tiene razón: los lunes batallo mucho para pararme.

“Me llamo Celso por voluntad última de mi abuelo, padre de mi padre. Nací en la colonia Nuevo Repueblo, hacia el sur de Monterrey; es decir, ni muy p’allá, ni muy p’acá. Brincando el río Santa Catarina. Con esto, desmiento a todos aquellos que me han querido meter, a fuerza de calzador, a la colonia Independencia; lo niego rotundamente: no soy de ahí. Si hay una cosa que me cae mal es que a fuerza me quieran imponer, o crear, historias que no son ciertas. Tampoco es verdad que haya tocado en camiones, como una vez leí. Gracias a Dios, no tuve la necesidad de andar en camiones, ni de ambulante”.

Eso sí: con penurias, y trabajando desde pequeño, transcurrió gran parte de su infancia. Celso no se quejaba de ello: estaba consciente de que todo lo vivido lo había forjado y curtido:

—Quizás, por eso, hoy la gente de escasos recursos se identifica mucho conmigo y con mi música —me dijo—. A los 13 años, y luego de habernos cambiado (primero a la colonia Palo Blanco, luego yo con mi abuela a la Independencia, y después a La Campana en el terreno de una tía), es cuando tuve mi primer contacto con la verdadera música: empecé a oír a los Beatles. No les entendía… bueno, ahora que recuerdo, aún no les entiendo. Pero entonces los escuchaba y me gustaban. Sin embargo, ahí en La Campana, los sonideros me mostraron, sin querer, mi destino. Con ellos empecé a oír a Los Corraleros del Majagual… Fue entonces que oí al acordeonista Alfredo Gutiérrez. “Eso es lo que yo quiero hacer”, me dije ese día.

Luego de practicar y practicar, incluso de formar parte de algunos grupos, la suerte le sonrió:

—Una tarde de, creo, 1979, unos cuates sonideros me avisaron que vendría Luis Loera, el Galán, quien era de la Ciudad de México. Era representante de la compañía Peerless. Me dijeron: a lo mejor te graba un disquito. Y así fue: después de oírnos, él prometió regresar con gente de la disquera, entre ellos el Indio Jiménez, entonces director artístico de la compañía. Cuando nos escucharon les gustó y quedaron en realizar nuestro primer disco.

—¿Y qué sucedió? —le pregunté a Celso aquel día.

—Regresaron a principios de 1980, ya para grabar el disco. Se hicieron todos los tramites para registrar el nombre del grupo: Ronda Bogotá. Y empezó este sueño. Empezamos a preparar las canciones. Eran 15 rolas. De ésas, ellos iban a tomar diez. Así entramos al estudio, ahí mismo, en Monterrey, de la mano del Indio Jiménez. Al terminar, le pregunté cuándo saldría el disco. Él me comentó que a lo mejor en un par de meses.

Sin embargo, se acabó el año 1980, y nada. Empezó, llegó y terminó 1981, y tampoco salió. Entró 1982, y tampoco hubo señales. En el segundo semestre de ese mismo año, 1982, el disco por fin vio la luz.

—Yo ya estaba resignado; realmente llegué a pensar que ya no saldría nada. Cuando de repente, oí una de nuestras rolas en el radio. Era “Cumbia para bailadores” —recordó Celso, visiblemente emocionado, y cantó una de sus líneas—: “Bailemos la cumbia, gocemos la cumbia, bailemos la cumbia”. Recuerdo que le dije a papá: ¿ya oyó? ¡Es nuestra canción! Mamá, papá, mis hermanos… ¡Todo era una algarabía! Todos brincaban. Y, a partir de ese disco, la gente empezó a aceptarme con más enjundia. Por eso cuando me preguntan cuál es el disco más importante de mi carrera, siempre respondo: el primero. Porque si el público me hubiera dado la espalda, nunca habría llegado hasta aquí. Después de que salió el disco, todos empezaron a reconocerme. Los oía decir: es el Celso; es el vato de la Campana; es el colombiano.

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Vamos a dar un salto doble en el tiempo. En una conversación en la Ciudad de México, Celso me habló de lo difícil que habían sido sus primeros años, sobre todo con las disqueras y los productores.

—Estaban aferrados en cambiar mi estilo. Todo, para poder entrar a la Ciudad de México. Yo les decía: miren, a mí no me interesa entrar ahí. A mí me interesa, primero, mi ciudad, mi casa. Ya después vendrán los demás. En otra disquera, por ejemplo, me tuvieron en el congelador. Era lo mismo. Me decían: ¿por qué no tocas así o asá para que vayas a Laredo? Y yo les respondía igual: ese pedo a mí no me interesa. Entiéndanme. Y si no me entienden, pues no les grabo nada. Y ellos: bueno, pero no vas a grabar en ninguna parte. Y así fue: ni yo grabé ni ellos me dejaron grabar. Me tuvieron así como tres años. Cuando terminó mi contrato, fui por mi carta: denme mi carta o a puros vergazos se las quito. Claro, ya no se negaron.

Por si eso fuera poco, Celso también tenía que lidiar con la reputación de la cumbia:

—Aunque yo ya llenaba los escenarios y la gente ya me conocía, me perseguían los prejuicios. Yo tenía muy mala reputación en Monterrey. Decían que mi música era sólo para juntar a puros malvivientes, asesinos, drogadictos y violadores; que era música corriente y sin mucho futuro. Yo les decía: qué importa, a la gente le gusta. Además, música es música, como siempre he dicho.

Con el tiempo, sin embargo, las cosas cambiaron —y mucho— para el género y para él. Celso no se quejaba:

—¿Qué te puedo decir? Así ha sido mi trajinar por la vida musical. Subidas y bajadas, como en cualquier otra profesión. Pero, además, y afortunadamente, todo eso de los prejuicios quedó en el olvido. Vamos, ya hasta me llaman don Celso; el que hizo bailar a Gabriel García Márquez; el que grabó con los rockeros.

Eso sí: Celso sabía, y aceptaba, que la llegada del álbum Barrio bravo le dio un completo giro a su carrera. En él, licuaba lo más sabroso de la cumbia con algunas ramas del rock. El resultado: un disco heterogéneo llenó de bolero, hip-hop, cumbia, rock y, desde luego, algo de vallenato. Entonces sus canciones empezaron a saltar no sólo fronteras geográficas, también sociales.

—Fue un parteaguas en mi carrera. No tanto por la participación de los músicos, sino porque sirvió como un experimento muy bien logrado; es decir, de pronto nos sentíamos como aburridos por el mismo sonido de Celso Piña, porque todo mundo ya lo andaba tocando: que la Tropa Colombiana, que Los Vallenatos, que la Misión Colombiana. Así que ese disco cayó como anillo al dedo… Porque, además, quedó muy diferente a lo que hacía antes. Al principio, yo estaba medio renuente a hacerlo, pero ya al escuchar cómo sonaba la cumbia con el rock, la cumbia con el rap, como que me fue gustando la cosa. Cuando escuché el disco completo, me dije: ca’ón, ¡es otra cosa!

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En 2009 de nuevo me reuní con Celso, hablamos de Sin fecha de caducidad, en ese momento su nuevo disco, y también de sus 30 años en el oficio, los cuales iba a festejar con un concierto en el Auditorio Nacional.

Cuando nos encontramos, Celso iba predispuesto a responder todo tipo de preguntas; algunas, por cierto, comprometedoras. (Se enojó conmigo, por ejemplo, cuando le cuestioné el haber participado con un tema para Big Brother, programa basura que transmitía Televisa. O cuando le cuestioné la selección de músicos para sus discos de fusiones, muchos de ellos meros productos televisivos o superficiales, o simplemente rockeros mediocres). Sin embargo, las risas, el cotorreo —la amenidad del regio—, alejó las desconfianzas, suspicacias y dudas, convirtiendo aquello en una cosa más parecida a una charla de cantina —aunque estábamos en el aséptico lobby de un hotel.

Ese día hablamos, entre otros temas, de su proceso creativo:

—Supongo que te resulta más fácil componer ahora que en tus comienzos, ¿no? —le pregunté.

—La verdad, no lo sé muy bien. Lo que sí sé es que no voy con eso de fumarme un cigarrito de aquéllos para inspirarme, o que voy a echarme unos cuantos licores para inspirarme, o que mi vieja me rompa el corazón pa inspirarme. Yo creo mucho en el trabajo casi de oficinista; es decir, sentarse y a trabajar; agarro una pluma y un papel, y lo que salga: un tema de amor, de desamor, chistosita o de tragedia, o un corrido vallenato… A veces digo: me voy a echar unas guamas para que baje la musa, y la musa nunca llega. Y claro: me pongo hasta el tronco… Ja-ja… Así que no creo que exista la musa.

—O a lo mejor sí llega, pero ya con las guamas ni cuenta se da uno…

—No, qué va, no existe… La estás esperando, y al rato te preguntas: oye, ¿pues onde está la musa? Hay varios que sí la encuentran, quizá porque son más sensibles o porque tienen las mentes más confusas… Yo no, yo suelo ser más directo: tomo el acordeón, pongo la grabadora, y desde un principio empiezo a buscar: tarara-tarara-tan-tan. Grabas, luego lo vas editando. Ya después, lógicamente, pues dependerá del ritmo si le metes una letra triste o juguetona, alegre o amorosa…

De lo que se trata es de explorar. Y, para ello, Celso contaba con un secreto (o, al menos, así me lo dijo): “Tengo un terrenito en Allende; ahí tengo una batería y un piano, me llevo a la banda y les digo a los muchachos: vamos a hacer pinche ruido a ver qué sale. Y empezamos: tuntata-chun, tuntata-chun. Al rato, ca’ón, tienes un bandón que sale padrote. Y es que nunca se deja de ser músico. Haces y haces música, no importa el estilo. El chiste es buscar, experimentar”.

—De esas reuniones, ¿algo ha salido en limpio, algo ha terminado en discos?

—Claro que sí. Aunque suele empezar como un juego, muchas veces eso mismo ha terminado en el estudio de grabación. El chiste es ser abiertos, interactuar, no ser cerrados, buscar lo mejor para los invitados y también para nosotros. Todo es prueba y error, hasta que salga algo chido; hasta que nos guste a todos. Yo creo que por eso muchas fusiones no dan resultado, güey: porque son forzadas. Desde el invitado que dice “lo siento, yo canto en tal tono”, hasta el invitado que se aferra a alguna idea. Y eso no ha pasado en ninguno de mis discos.

La prueba, me decía Celso, estaba ahí, en su música, en sus discos, sobre todo los que hizo de fusiones; entre otros, Barrio bravo, Mundo Colombia, Una visión o Sin fecha de caducidad.

El trayecto, sin embargo, no había sido sencillo, “sobre todo por los prejuicios —se sinceró—. Cuando empecé fue con música colombiana, vallenatera, la raza estaba muy apegada a ese estilo; cuando comencé con la fusión, muchos se me fueron encina; ¡me criticaban sin haber escuchado la música! Algunos periodistas, de hecho, llegaron a decir que de Celso Piña había pasado a Celso Fresa. Terminé diciéndoles: ‘Si les gusta, qué bien, si no, ni modo. Yo quiero hacer algo diferente. Y lo hice’. Después de un tiempo, comenzaron a asimilar esos cambios, esas fusiones. Ahora ya les gusta un chingo”.

—¿Le preocupa que un disco guste? —quise saber.

—En realidad, no; ya que es muy subjetivo. Por ejemplo, todos mis discos han gustado; a veces no en la proporción que tú quieres; a veces, sí. ¿Cuándo le vas a dar gusto a toda la gente? No me preocupa eso. Me preocupa que lo entiendan; que entiendan el mensaje.

—¿O sea que sigue siendo rebelde?

—Musicalmente, hasta que me muera; sin embargo, ser rebelde no significa decir: ¡Vamos a levantarnos en armas! No. Se puede ser rebelde en otro sentido: decir las cosas como son; hablar cuando debes hablar. Es más, el hecho mismo de hacer las cosas que más te agradan, sin ataduras, eso es ser rebelde. Mi música es el mejor ejemplo: hay para todos los gustos y para todos los estratos sociales.

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En esa misma larga conversación de 2009, nos acompañaba Sergio Raúl López, colega de amplia trayectoria en el periodismo cultural.

Sergio se sumó a la charla. [Con su autorización, transcribo algunas de sus preguntas.]

—Tu estilo es bien propio, aunque hagas vallenato se nota que tu música es regia, es mexicana y no colombiana —le dijo Sergio en un momento dado.

—No puedes negar la cruz de tu parroquia —respondió Celso con una sonrisa—. Empecé tocando música colombiana, pero lógicamente que tienes que poner tu sello regio, güey, tu sello mexicano, tienes que ponerlo a güevo, no puede ser netamente como lo hacen en Colombia, en Valledupar y eso. No puedes porque no lo eres.

—¿Se necesitaría nacer allá para tocar vallenato puro?

—Lógicamente. Haz de cuenta que haces un dibujo y luego de vuelta, ya no va a ser el mismo, necesitarías pasarlo por la Xerox, pero esa sería copia. Yo empecé con un género musical que es de Colombia y de Valledupar, toco incluso con el mismo acordeón, con los mismos instrumentos, todo como es, pero lo que sale de eso nunca va a ser colombiano porque lo está interpretando un mexicano. Ora, de dónde viene el mexicano, ¿de Veracruz, de Yucatán, de Monterrey, de Guadalajara? Luego luego oyes.

—Hay técnicas para tocar el acordeón muy propias de la redoba, ¿tienes influencia de esto?

—Claro que sí, yo te toco un chotís, una polca, una redoba, puta madre, es que es mi música, es mi folclor, pero yo no quería tocar eso sino aquello. Y lo logré, pero soy regiomontano, no soy colombiano.

—¿Cómo tocan allá y cómo tocas tú? —preguntó Sergio.

—Hay mucha diferencia, principalmente en el tono, aquellos cantan muy agudo, muy arriba, yo te canto dos rolas así y acabo ronco. Si yo fuera de Veracruz, a lo mejor me quedaría el mismo tono. Cantan tres o cuatro tonos más arriba que yo y luego entra la segunda voz todavía más alto, ¡está cabrón!, por eso tengo que buscar mi tono. Onde me parezco más o menos es que con la mano derecha toco la música y con la izquierda los ‘bajeos’, que es lo que usan en Colombia, y si tocara un acordeón de los que usan allá, dirían que soy colombiano. No al cantar, pero sí por el acordeón, pues uso la misma técnica. Usan el Corona III cinco letras de Hohner. Aquí en México nomás tocan de un lado, incluso los que tocan cumbia, y se oye seco, le faltan los bajos; el ritmo también… De hecho, muchos le tratan de meter la batería o un piano para que esté armonizando y eso te desbarra. Porque lo de Colombia, más que instrumental es ritmo. La cajita santa que te la hacen cagada, la huacharaquita que es un güiro, que nosotros así lo tocamos.

—Les habrá costado trabajo a los miembros de la Ronda Bogotá…

—Sí, porque aquí era el chunchaca muy repetitivo; haz de cuenta el ponchis ponchis, y los colombianos te mueven la instrumentación todo el tiempo. Pero igual, música es música.

—Hay un panameño que también hace cumbia colombiana, Osvaldo Ayala.

—Canta muy alto, de a madre. Todos tienen la voz muy alta, como los veracruzanos, los del puerto principalmente; tienen la voz muy aguda, muy caribeña. La cuestión es que en lo norteño la primera voz va abajo y es la que manda, ya la segunda es aguda. En los colombianos la aguda es la que manda. El acordeón se me dio porque éste se toca en Monterrey, no te vas a tocarlo a Chiapas, donde está la marimba, o el violín en Veracruz. Coincidió el movimiento de acordeonistas colombianos con el ritmo norestense, que es de Monterery. Tenemos muy buenos acordeonistas en su género, en su estilo.

—Además tú trabajaste tocando esta música norteña también.

—Claro, todo lo que quieras me sale natural, zapateados y todo. Nomás es que lo agarres y ya, pero eso a mí no me gustaba porque hay muchísimo músicos y todos buenísimos y todos con el mismo ritmo, hasta los famosos son buenos, por eso yo quiero tocar otra cosa, que no la toque nadie. Como Alfredo Gutiérrez, es acordeón, es música, ¿qué no? Quieres otro, ahí está Aníbal Velázquez. Yo sí le entiendo y te toco como él, por eso fue lo que hice.

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“Desde Monterrey, pura cumbia colombiana para todo el mundo”, era la frase recurrente para dar inicio a un concierto o una canción. Y tenía razón. Celso Piña puso a bailar con su cumbia y su mezcla de ritmos a un sinnúmero de almas. Presumía que el único continente que le faltaba conquistar era el de Oceanía.

Celso Piña. / Foto de Josué D. Romero.

En una de nuestras conversaciones, y haciendo un reflexión de su trajinar, me dijo:

—Me siento bien, realizado, ya no soy músico al vapor… Ya podemos hablar de una carrera seria, en lo que hago, lo que canto, lo que digo, lo que muestro al público. Me siento satisfecho. Mi mérito, si tengo alguno, es haber convencido a la gente que se puede hacer un lenguaje con esta música, que es el vallenato.

—¿Sigues explorando el sonido del acordeón?

—Sí, claro que sí, compa. Mira, la música no tiene límites. Por eso me gustó, porque es infinita… El sonido del acordeón también es infinito. Puedes experimentar con lo que quieras… Yo tengo varios en mi casa, seis o siete. Aunque, como en todo, tengo mi preferido. Su sonido es múltiple. Lo oyes de acuerdo a como tú te sientes. Si andas lamentoso, lo oirás triste; pero si andas bien, lo escucharás alegre, luminoso. Todo depende del estado de ánimo en el que te encuentres. Refleja tu alma. Te desnuda. Claro, con esto te digo que no soy muy bueno en el acordeón. Ni trato de descubrir el hilo negro. Hay mejores acordeonistas que yo. Lo que pasa es que yo lo tocó con el corazón, no con las manos, y, de ahí, el sonido sale más bonito, más puro, con más fuerza.

Nota bene: una versión más corta de este texto fue publicada en el periódico impreso La Digna Metáfora, septiembre 2019. Ha sido editado y actualizado.

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