Charles Bukowski. / Foto: Poetry Foundation.

Centenario natal de Charles Bukowski

Un culto no oscurecido.

Hace cien años —el 16 de agosto de 1920— nacía en Andernach, Alemania, uno de los últimos escritores malditos de nuestro tiempo: Heinrich Karl Bukowski, alias Charles Bukowski. Naturalizado estadounidense —país al que llegó cuando tenía dos años de edad y donde murió el 9 de marzo de 1994—, Bukowski es uno de los escritores más imitados e influyentes del siglo XX, símbolo del «realismo sucio» y la literatura independiente. Marginal hasta donde él mismo quiso y lo permitió, y a 100 años de su nacimiento, hoy Bukowski sigue siendo —seguramente muy a su pesar uno de los escritores favoritos de la cultura pop…


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Hace un siglo nacía, en Alemania, Charles Bukowski, acaso el escritor de mayor relieve que ha dado la literatura mundial en el apartado de la exaltación alcohólica, que en su caso dejara una narrativa deslumbrante. Tal vez después del estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849), quien murió en un hospital a consecuencia del exceso de bebidas embriagantes, sea Bukowski el otro autor consagrado que jamás cambió su costumbre bebedora: falleció, a los 73 años de edad (el 9 de marzo de 1994), en un hospital californiano. Pese a su errática vida, vivió 33 años más que Poe, ciertamente rebasando su debilitada expectativa de vida. Hace cien años, el 16 de agosto de 1920, nacía Heinrich Karl Bukowski en Andernach, pero ya a los dos años residía en Estados Unidos: la Primera Guerra Mundial había dejado a Alemania sumida en una crisis económica. Entonces Heinrick Karl pasó a ser Henry Charles. Y su mito comenzaría después de su cuarta década, justo la que tenía Poe a la hora de su muerte.

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Shakespeare nunca lo hizo no había sido traducido al español. Anagrama, en versión de Laura Sanjuán y Jordi  de Miguel, edita este libro de Charles Bukowski en 1999, prácticamente el último de los que por extrañas razones no había sido trasladado al castellano. Y a un lustro de la muerte del narrador de madre alemana y padre estadounidense.

Shakespeare nunca lo hizo es la crónica del viaje de Bukowski a Europa en su primera, y única, gran gira literaria que hiciera en vida el escritor norteamericano.

“A fines de los setenta —apuntan los editores—, Charles Bukowski, santo patrón de los escritores bebedores, autor de algunas de las novelas y relatos más implacables y certeros sobre el gran sueño norteamericano devenido pesadilla, aún no era demasiado conocido en su país. Pero en Europa, que en muchas ocasiones ha demostrado ser más sabia con respecto a los grandes autores americanos que su propia tierra, el gran Hank ya era un escritor de culto. Y en la primavera de 1978, invitado por sus editores europeos, emprende una gira que comenzará en París y transcurrirá entre ríos de alcohol, y amenizada por algunos escándalos”, como el presentarse borracho “al programa cultural totémico de la televisión francesa: Apostrophe, lo sientan junto al psiquiatra que trató, o maltrató, a Artaud, y tras tocarle las piernas a otra invitada y decir algunas de sus terribles ‘boutades’, o verdades, acabará insultando al presentador, Pivot, que se niega a dejarlo hablar, y abandonará el plató estrepitosamente indignado”.

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Pero lo curioso del caso es que Bukowski no se acordaba de nada al día siguiente. Fue despertado por un crítico de Le Monde:

—Estuviste genial, cabrón —le dijo—; los demás ni siquiera sabían masturbarse…

—¿Qué hice? —preguntó Bukowski.

La borrachera había borrado todo de su cabeza. Su compañera Linda Lee, una bella mujer admirablemente comprensiva, tuvo que explicarle todo:

—Le manoseaste la pierna a aquella señora —le dijo a Bukowski, quien cargaba una cruda insostenible—. Después empezaste a beber demasiado. Dijiste unas cuantas cosas. Eran bastante buenas, sobre todo al principio. Después el tipo que dirigía el programa no te dejó hablar. Te tapó la boca con la mano y dijo: “¡Cállese!, ¡cállese” Al final te arrancaste el auricular, tomaste el último trago y te largaste del programa.

Bukowski oía arrobado a Linda Lee. No se acordaba de nada.

—Después, cuando llegaste a seguridad —continúa su compañera—, agarraste a uno de los guardias por el cuello de la camisa. Entonces sacaste la navaja y los amenazaste a todos. No estaban muy seguros de si bromeabas o no. Pero al final te echaron.

Charles Bukowski en el programa de televisión francés, Apostrophes, con Bernard Pivot.

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Dicho comportamiento tuvo sus secuelas. Invitados por un tío de Linda Lee en Niza luego de su estancia en París, el pariente se negó por completo a recibirlos en su casa. El tío bramaba contra Bukowski: fue uno de los más de 60 millones de espectadores que vieron el programa francés. El moderador era uno de los héroes del tío Bernard.

Tuvieron que hospedarse, pues, en un hotel.

Después partirían hacia Hamburgo, donde 1,200 personas esperaban impacientes en el auditorio al escritor para oírlo dar un recital literario, que nunca gustaron a Bukowski.

Confiesa en la página 25: “Aún me disgustaban los recitales de poesía; me emborrachaba y me peleaba con la audiencia. Yo nunca escribí poesía para recitarla, pero eso ayudaba a pagar el alquiler. A todos los poetas que he conocido, y he conocido a muchos, les gusta recitar en público. Yo me daba cuenta de que siempre era el solitario, el inadaptado, pero mis hermanos poetas parecían ser muy extrovertidos, muy sociables”.

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Once páginas más adelante enfatiza: “Todo aquello que le interesa a la mayoría de la gente, a mí me deja completamente indiferente. Esto incluye una lista de cosas tales como: bailes de sociedad, subir a las montañas rusas, ir al zoológico, picnics, películas, planetarios, ver la tele, partidos de beisbol; ir a funerales, bodas, fiestas, partidos de  baloncesto, carreras de coches, recitales de poesía, museos, rallies, manifestaciones, protestas, teatro infantil, teatro para adultos… No me interesan las playas, la natación, el esquí, las Navidades, el Año Nuevo, el 4 de Julio, la música rock, la historia del mundo, la exploración espacial, los perros caseros, el futbol, las catedrales ni las grandes obras de arte. ¿Cómo puede una persona que no está interesada en casi nada escribir sobre algo? Bueno, yo lo hago. Escribo sobre todo el resto: un perro perdido caminando calle abajo, una mujer que asesina a su marido, los pensamientos y sentimientos de un violador mientras le pega un bocado a una hamburguesa; la vida en la fábrica, la vida en las calles y las habitaciones de los pobres y los mutilados y los locos, mierda como ésta, escribo mucha mierda  como ésta”.

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El libro, que se lee en una sentada, como casi todos los volúmenes que escribiera Bukowski, incluye 88 fotografías de Michael Montfort que realizara de aquella gira.

Shakespeare nunca lo hizo confirma al escritor maldito, despreciado por la fina intelectualidad, rebajado por sus colegas literatos. Bukowski jamás es mencionado en el mundo de la escritura (no es ninguna “referencia” cultural), pero paradójicamente su presencia es insoslayable en las letras contemporáneas. Su sinceridad (“a mí me disgusta mi propia  cara, odio los espejos; nos equivocamos de camino en alguna parte, algún día hace mucho tiempo, y no podemos encontrar el camino de vuelta”) es abierta, natural, ajena a la impostación que impera en el orbe de la Literatura Seria. Gran narrador, no necesitó de compadrazgos ni de amigos excelsos que lo citaran: Bukowski siempre se bastó a sí mismo.

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