Gustavo Sainz. / Ilustración de Luis Fernando.

Gustavo Sainz, Camila y su profesor

A cinco años de la partida del escritor mexicano.

Hace un lustro, el 26 de junio de 2015, moría Gustavo Sainz en Estados Unidos, país donde residía desde el lopezportillato por una infamia causada por una mano anónima en el suplemento que él dirigía, “La Semana de Bellas Artes” (que se insertaba en todos los periódicos), filtrando un “cuento” donde se trataba a la esposa del entonces presidente de la República como una dama de fácil acceso. El novelista exiliado no dejaba de publicar libros en México, sin embargo, la mayoría de ellos con prosa que experimentaba diversos temas. Originario de la Ciudad de México, vivió 74 años.


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Para no quedarse atrás en aquello de lo que entonces era una moda —hoy pasmosa realidad—, pues, como estaban las cosas (era finales del siglo XX) todo el que no poseía una PC en su hogar parecía un infeliz extemporáneo, y prosiguiendo el discurso de la contumaz experimentación literaria, Gustavo Sainz entregó en La novela virtual / atrás, arriba, adelante, debajo y entre (Joaquín Mortiz, 1998) un tema que estaba en boca de la nueva, en ese momento (y acaso primera, la nacida en los ochenta), generación electrónica: el romance por medio del e-mail, protagonizado por un profesor de 59 años —la edad de Sainz en 1999— y Camila, una muchacha mexicana de 20 años, ambos entusiastas del correo por computadora que se escriben a diario de una universidad a otra, las dos estadounidenses, a dos mil millas de distancia.

El asunto, sí, había sido ya tocado varias veces. Justamente por esos días, en la cartelera cinematográfica de Estados Unidos, la película You’ve got mail, en la que Meg Ryan y Tom Hanks encarnan los papeles estelares, rinde homenaje a Steve Case, el dueño de America Online y de Netscape, la principal rúbrica de la navegación por Internet a fines de los noventa. Por supuesto, Ryan y Hanks se conocen en el ciberespacio, al igual que el profesor casi sexagenario y Camila quien, en tratándose de materia magisterial, no limita sus deslumbramientos ni asedios hormonales.

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El planteamiento literario de Sainz es sencillo, su dificultad radica en el estilo. Porque, en este sentido, Sainz (casi) siempre ha preferido la ruta complicada. Con la justificación de que su obra es un campo permanente de exploración, el autor se permite —a veces efectivamente bajo premisas complacientes— pisar los terrenos del entramado común con la ductilidad apropiada, requerida, incluso demasiado condescendiente, como en el caso de esta novela, en la que, ¡oh novedad!, usa términos aparentemente ya en desuso (si bien en literatura nada es viejo ni nada es completamente nuevo) como las famosas onomatopeyas tomwolfeanas.

Su libro comienza así:

“¡Ay!, uy (ah), chin, diablos, —agh: el lamborghini rojo siempre oscilando allí en el retrovisor ¿desde cuándo?”…

y de ahí en adelante, en un lenguaje diríamos sesentero, cuando describe la vida monótona del profesor intercala frases como pensamientos sin puntos ni comas sino sólo utilizando los espacios en blanco para las respectivas pausas, vacilaciones, interacciones:

“… hacía varias noches que no se incorporaba a orinar a mitad del sueño

“no tenían fin sus sueños ni comienzo la vigilia: nunca se alcanzaban el uno al otro

“no podía hablarse de interrupción al despertar

“y si la vigilia venía hacia él ¿de qué punto de partida? ¿a través de qué noche?

“si este libro pudiera realmente comenzar

“sólo nuestras palabras relacionan sueño y vigilia, diferencian sueño y vigilia

“el lenguaje es como un virus que viniera del espacio”.

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Lo que hacía Gustavo Sainz, después de todo, no era sino retornar con frecuencia hacia sí mismo, ya que en La novela virtual se ocultan Gazapo (1964) pero principalmente, ya más desarrollada, La princesa del Palacio de Hierro (1974). Porque lo mejor de La novela virtual está en esa transcripción de Camila, prototipo de la jovencita de fin del siglo XX que no sabe cómo acomodarse en su propio cuerpo, y para cuya descripción Sainz usa una prosa ya, digamos, normal:

“Mire —le escribe Camila al profesor por el correo electrónico—, le puede parecer una lista larga [la de los novios y amantes que ha tenido], pero fíjese bien… Muchas fueron relaciones muy breves, sin impacto en mi vida… Pero le juro que ya no tengo más amantes escondidos por allí. Ah, no, se me olvidaba Byron, un gringuiux de quien prefiero no acordarme… Lo conocí por computadora en Zacatecas, y que se lanza desde Carolina del Norte a verme, pero así de sopetón nomás. Y resultó un tipo sin la menor personalidad, un verdadero sapito… Y no hubo relación ni nada, aunque a él le hubiera gustado. Así que supongo que éste tampoco cuenta ¿por qué le estaré hablando de él? Caray, ya me voy, que si no me preparo un cafecito no aguanto… Y una cosa que me tiene loca de felicidad es lo que el correo me va a traer. ¡Viva! ¡Viva! A las personas que me hacen feliz yo las quiero por todos lados”.

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Pero el libro cansa. ¡Y qué irreverencia estoy apuntando tratándose de Gustavo Sainz que escribe precisamente escarbando las palabras sin importarle las reiteraciones ni las minucias! Justo fue esa su necedad literaria la que le causó mérito noble en los sesenta como un escritor ondero. Y cansa, digo, por su desmedido “intelectualismo” (citas y citas y más citas de poetas y escritores a lo largo de las casi 500 páginas del volumen), por la banalizada vida del profesor (a pesar de sus arduas cavilaciones sobre “lo vivible y lo vivido”, a pesar de que, como se apunta en la solapa, su ser es “habitado por el idioma”, “siempre en curso, desbordando sus limitaciones”), porque el recurso literario, en fin, es —¡paradojas en una novela supuestamente virtual!— hasta cierto punto ortodoxamente contextualizado en un pasado que, ¡ay!, se ha diluido tras la cortina —extravagante pero fútil, tecnologizada pero vacuamente frivolizada, insensibilizada pero gozosamente monetarista— de los noventa…

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Gustavo Sainz, antes de dar clases en las universidades estadounidenses, fungió como periodista en México curiosamente sin haberse distinguido como periodista, acaso porque su papel radicaba sólo en abrir espacios, no en consolidarse escrituralmente ni iluminar con sus escritos la información, pero sobre todo fue conocido por haber estado al frente del Departamento de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, etapa cimbrante que tanto lo elevara en los círculos narrativos como lo descendiera en los infiernos de la política porque lo que en un principio pareció (y lo fue) una proeza (haber conseguido el encarte del suplemento literario “La Semana de Bellas Artes” en los diarios capitalinos) ese mismo logro lo desterró por completo de su país, con lo que se vislumbra que en todos los tiempos la grilla ha sacudido las entrañas en las relaciones internas de cada dependencia gubernamental.

Por haberse metido en el periodismo acabó sacrificado… pero, otra vez, ni en el propio suplemento que él dirigió se recuerda alguna notable escritura suya. Pero por andar en los círculos periodísticos también obtuvo el cargo de director de la Facultad especializada en este ramo en la UNAM… sin tener una carrera notable en el oficio. Una parte singular en la vida de Sainz.

Incluso en lo último que hizo el narrador como periodista no circuló con profusión en el país. Dirigió, junto con el editor Alejandro Zenjer —¡desde Estados Unidos, porque pocas veces venía a México!—, la revista literaria Transgresiones que acabara siendo una publicación para los amigos. Zenker me contaba una vez que Gustavo Sainz, tal vez instalado en aquellos tiempos cuando los políticos repartían dinero a los medios a manos llenas (pero ya no en los primeros años del siglo XXI), le decía que se acercaran a una figura política para pedirle dinero y poder costear la revista, cosa que no fue posible.

Porque así, efectivamente, se acostumbraba: la prensa era regulada por los poderes políticos.

Quizás por eso Gustavo Sainz mejor eligiera el camino dela literatura.

E hizo bien.

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Hace cinco años falleció, afectado de la enfermedad del olvido.

Un padecimiento gravoso para el que ha dedicado su vida a la memoria para poderla transmitir en su escritura.

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