Dibujo de Jean Auguste Dominique Ingres. / (Dominio público.)

1+1=3

Crónica de un encuentro…


Sí, hasta el día de hoy no he podido encontrarle explicación al resultado de aquella simple suma: uno más uno igual a tres.

I

Esta mañana las ganas de no levantarme son muy grandes, pero las ganas de hacer pipí no me las puedo aguantar. Así que salgo de la cama sin ponerme las chanclas. El piso está helado. Abro la puerta del baño, destapo la taza y me libero. Mi cuerpo se relaja. Es una sensación tan extasiante que hasta una lágrima derramo.

Como todo millennial, en vez de darle un beso de buenos días a mi mamá, reviso las nuevas noticias en las redes sociales. ¡Zum-zum! Un nuevo mensaje me ha llegado. Es Mario, el hombre que toda mujer quisiera tener: alto, guapo, rubio, trabajador… Bueno, bueno, algún defecto debe tener, ¿no? Pero no, no es sólo uno, sino dos. El primero, es marihuano; el segundo, es gay.

Pero eso no importa, lo que importa es que en este momento me escribe a mí. “Hola, buenos días, cómo amaneció el niño más lindo???” , me dice por Messenger. Mi sonrisa se hace más grande y la emoción me invade. “No sé cómo amaneció ese niño, pero yo bien”, le contesto. Suena un poco bobo, lo sé, pero no sé qué más escribirle. La conversación, que continúa largo rato en ese mismo tono, termina cuando me dice: “En la noche paso por ti para ir a cenar, de acuerdo???”.

El día avanza y las actividades empiezan. Me meto a bañar y repito el show de cada día: la radio encendida en una estación con música del momento, el agua de la regadera que cae como hielo y el tiempo cada vez más estrecho. Voy tarde a la escuela, como siempre. Así que salgo del baño corriendo con mi toalla envuelta por todo mi cuerpo y sin chanclas.

—¡Míralo, pareces pobre! ¡Ponte tus sandalias, Antonio!

No sé cómo lo hizo, pero creo que mi mamá tiene ojos en la espalda. Sin hacer caso, llego a mi habitación. El bóxer y la playera interior del mismo color. Los calcetines me los pongo en cuestión de segundos. El uniforme planchado. Me lo pongo con cuidado para no arrugarlo. ¿Dónde está mi mochila? Ah, abajo de mi cama, como siempre. Corro a la salida. Es tardísimo. Pero el beso de despedida a mi mamá no puede faltar. Me voy.

En la escuela el tiempo pasa veloz. Mi teléfono vibra de nuevo: ¡Zum-zum! Es Mario: “a qué hora paso por ti???”, pregunta. “Salgo a las 7, ven por mí a las 8”, contesto.

Llego a mi casa y lo primero que pienso es en qué ponerme para mi cita. La duda me invade. ¡No más! ¡Le llamaré! No, qué idiota, mejor le escribo. “¿Qué me pongo?”, le pregunto, y agrego un emoji de cara dudosa. Cuatro minutos después, llega la respuesta: “lo que quieras, que sea cómodo y que no estorbe!!!”. ¿Entendí bien? Bueno, no sé, ya es tarde como siempre. Me baño sin espectáculo. Esta vez el bóxer y la playera interior no combinan. Me pongo la playera más cómoda que tengo, un short coqueto y mis tenis sucios.

¡Bip-bip! Ese claxon yo lo conozco. Es Mario. Está afuera de mi casa. Me despido de mi mamá, abro la puerta de mi casa y me subo al auto. Recibo mi beso en la mejilla, como siempre, enciende el auto y toma camino. Suena la misma estación de radio que pongo al bañarme. El aire acondicionado está muy helado, trato de bajar la ventana pero él se niega porque, dice, el olor a chicle desaparece.

Pasamos por varios restaurantes y no se detiene en ninguno. Tengo hambre y mis tripas lo saben: truenan cada vez más fuerte. Mario sigue en los suyo. Se desvía a una colonia. Se detiene. Apaga el auto y se baja. Pasan diez minutos y no regresa. Vibra de nuevo mi telefono: “ya voy, aguántame!!!”. Supongo que supone que con eso no me estresaré. Pasan otros diez minutos. Noto que ha traído una sorpresa. ¿Será para mí? La veo de reojo, pero la dejo pasar. No digo nada.

II

Después de unos minutos de andar y andar dando vueltas por la ciudad, Mario me dice que quiere fumar. Ya quedó claro hace rato que eso de ser marihuano es uno de sus dos defectos, ¿no? Pero dice también que quiere enseñarme. No es parte de lo que considero una cita ideal, pero no me niego. Le digo que hacerlo en un parque es buena opción, pero él afirma que no hay mejor lugar que un motel.

—No me gusta el aire libre. Es más cómodo en un cuarto —insiste.

Conduce hacia el que parece ser el motel más alejado de la ciudad. Entramos. Mete el auto en la primera cochera que ve abierta y cierra el portón. Abro la puerta de la habitación y enseguida noto que las sábanas de la cama están tan sucias como las calles de la ciudad, pero tan limpias como mi cochambrosa mente. Sin saber qué hacer, me acuesto y me pongo a revisar mi celular. No puedo pensar en nada, solo en qué es lo que va a pasar ahí en unos minutos. ¿Realmente fumaremos?, me pregunto.

Mis manos empiezan a transpirar y me es difícil mover mis dedos sobre la suave superficie del teléfono celular. De pronto todas las luces de la habitación se apagan. Apago también mi aparato. Y noto que de inmediato la batalla empieza detrás de mí. Puedo escuchar un beso. Luego otro. Me imagino que esto será más que una lucha entre dos personas. Me siento en desventaja.

Sigo recostado sobre la cama. A estas alturas apenas distingo con dificultad una tenue luz que proviene de lo que, creo, es el baño. El humo se encarga de diseminar esa luz apenas perceptible. El creciente olor a marihuana va haciendo que me pierda cada vez más en el espacio. Me estoy dejando llevar cuando siento que un cuerpo se monta sobre mí. Es un cuerpo grande; su pecho, húmedo, sudado, lo siento en mi fría espalda que empieza a ser despojada de su ropa. Ahora mi cuello es su víctima. Me besa. Sus labios son suaves como algodón y sus manos húmedas y rasposas a la vez. Su olor a hombre se mezcla con la marihuana y mi corazón empieza a latir más fuerte. Mi cara y mis manos están empapadas. ¡Esto no está pasando! Alzo la mirada buscando a Mario y le digo con ternura:

—¡No!…

Él sólo dice:

—Tú déjate ir…

La alta concentración de marihuana en la habitación hace que pierda mis sentidos. Nada más puedo pensar que ya estoy aquí, que no hay vuelta atrás, que pase, pues, lo que tenga que pasar.

Toda mi ropa ya está en el piso. Todo mi cuerpo con la piel de gallina. Siento una piel caliente, muy caliente, sobre mí. Unos grandes músculos no me dejan mover. Mi cuerpo es tocado con rudeza. Soy estrujado sin piedad. Besado. Es como si fueran víctima de unos osos que no han probado alimento en años. Ahora muerden mis labios. Alteran más mi corazón. En un segundo todo es tan diferente. Me siento como un ave volando sorprendida por la lluvia.

Mis piernas no dejan de temblar, sus manos estrujan mis muslos y los separan con fuerza. Pienso que es el momento de rezar y pedir que todo lo que entre, salga bien. El ferrocarril encuentra el túnel y penetra hasta lo más profundo. Parece que alguien ha encendido un fósforo dentro de mí. El ardor es inexplicable. Es como si trataran de meter un trozo de mezclilla en el ojo de la aguja más pequeña que tiene la abuela en su casa. Grito. Un grito enorme sale desde muy dentro de mí. Es un grito espantoso, desgarrador. Es un grito con el que puede sentirse todo mi dolor. Pero ellos, al verme, sólo siguen sin parar. No les importa nada más que hacerme disfrutar, según creen. Es Mario quien finalmente dice:

—¡Salte, salte, ya déjalo!

—No, esto me prende, así me gusta —dice el otro, mi sorpresa…

III

Después de unos minutos, el dolor va disminuyendo. Se ha vuelto muy placentero. Cada vez más fuerte, inclusive. Mi cuerpo tiembla, pero ahora lo hace de una manera diferente. Mario, al verme tan excitado, me besa con ganas de dejarme sin aliento. Mi cuerpo no para de temblar. No puedo quedarme quieto por más que lo intento. Finalmente me detengo un momento, pero las sensaciones se intensifican enseguida aún más. Mario se pone de pie y camina hacia el baño. Parece que su pipa de marihuana es ahora más importante que yo. Pero no me importa: las ganas de satisfacer al otro, a mi sorpresa, elevan mi temperatura y me hacen volver con más rudeza. Mi cuello me arde por tantas visitas de sus labios y mis piernas adoloridas han aprendido a disfrutar ya sus manos rasposas y húmedas.

Sin duda, mi cuerpo juvenil no aguanta más. Mi alma se siente agotada, abrumada y llena. Mario se acerca de nuevo y me ve directo a los ojos, me dice algo que a estas alturas no puedo entender. Mi mente sigue viajando por otro mundo. Pero todo tiene un final. Ambos se ponen de pie. Yo me quedo tumbado viendo estrellas fugaces que caen y desaparecen en la atmósfera de mi rostro. Se impactan como meteoritos en tierra desierta para después fusionarse con mi sudor y al final deslizarse por todo mi cuerpo.

Luego de obligar a aterrizar al avión en el que andaba viajando mi mente, y una vez que el sudor lleno de polvo estelar se ha secado, reacciono. Lo primero que pienso es en bañarme. Cuando abro la regadera, el agua caliente hace que recapitule todo lo que acabo de vivir. No es está mal, pienso, pero sigo creyendo que no es mi cita ideal. No me debo de sentir culpable, me digo. Era lo que yo quería, ¿no? Al menos eso es lo que trato de pensar.

Al salir del baño, me acuesto en medio de los dos. La cama sigue como un campo de batalla y apenas queda un angosto espacio. Mario sigue fumando marihuana con su pipa, así que me volteo hacia la derecha. Por fin mi sorpresa tiene rostro, pero su nombre sigue siendo un misterio para mí hasta el día de hoy. Me acuesto entre sus brazos y con cara de agotamiento me pregunta:

—¿Hace cuánto que no lo hacías?

Temeroso, pero consciente, le contesto:

—Es mi primera vez.

Mi sorpresa, a su vez, se sorprende, da un salto de la cama y me dice alarmado:

—¡No inventes! ¡Júramelo! Me hubieras dicho, quizás hubiera sido un poco romántico.

Al salir del cuarto me siento inútil, usado y poco valorado. Yo mismo me hice menos. En todo el camino voy pensando en que por más que planeé este momento no salió como yo lo quería. Cierro los ojos y siento cómo el auto se detiene. No es mi casa, pero sí la parada del  otro: mi sorpresa vuelve a su casa. Sin despedirse, se baja y azota la puerta, dejándome un sentimiento de desagrado. Cierro de nuevo los ojos y Mario emprende el viaje de regreso.

Después de varios minutos conduciendo, se acaba el silencio incomodo. Mario voltea con una cara que hasta el día de hoy no puedo explicar y me dice:

—¿Entonces? ¿Ya somos novios o seguimos siendo amigos?

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