El escritor y periodista Carlos Monsiváis.

“Ante la sociedad de masas, el Estado no concibe otra técnica que la de Televisa”

Carlos Monsiváis, diez años después

Nacido en la Ciudad de México en mayo de 1938, Carlos Monsiváis fungió de intelectual mediático al grado de pertenecer, una temporada, a la nómina de Televisa, razón por la cual se cuidaba de hablar de los pormenores perjudiciales del sistema televisivo. De ahí que dedicara capítulos enteros a Juan Gabriel, por ejemplo. Cuando se presentó este compositor comercial en Bellas Artes ―gracias al impulso del intelectual que se rendía ante las canciones de Juanga―, Víctor Roura sostuvo con el cronista una larga entrevista donde, por fin, habló, aunque con reticencias, del modelo electrónico. Carlos Monsiváis murió el 19 de junio de 2010. A diez años de su fallecimiento presentamos, en su versión completa, aquella conversación.


Hace ya 30 años, en 1990, se presentó en el Palacio de Bellas Artes el cantautor Juan Gabriel (1950-2016), convirtiendo, de súbito, al INBA en una sucursal de Ocesa, que justo en ese tiempo ―en el periodo de apertura pop del salinato: ¡en 1990 el rock aún estaba prohibido masivamente en México!― comenzaba a expandir el mercado masivo del entretenimiento. La influencia, por supuesto, de Carlos Monsiváis para montar ese show fue determinante.

Coincidencias de género

La prensa, en su abrumadora mayoría, no quiso ver en ese espectáculo la diáfana sumisión del espectro cultural a los hábitos televisivos. Por una poderosa razón: detrás de la actuación del divo de Juárez estaba nada menos que la aprobación de Carlos Monsiváis, a quien nadie se atrevía cuestionar por temor a ser abruptamente descalificado. O ignorado en el medio intelectual. Por el contrario: a raíz de esta aparición “cultural” en el coso de Bellas Artes no faltaron los arduos ensayos para tratar de ubicar culturalmente a Juan Gabriel, entonces de 40 años de edad. Aquí y allá, de pronto, el cantor se convirtió en el tema recurrente… a pesar de su generalizada mediana producción discográfica.

Porque lo que estaba ocurriendo, en realidad, no era sino un acto de reivindicación de géneros. Carlos Monsiváis (1938-2010) nunca salió literalmente del clóset, pero era conocida su inclinación homosexual. Por lo menos en el ámbito literario no era éste un rumor, sino una insospechada confirmación. Como en el caso de Ricky Martin, que no era necesaria su confesión para adivinar lo que ocultaba, en Carlos Monsiváis lo obvio no requería tampoco una corroboración. Y no es sino hasta uno de sus últimos libros: El Estado laico y sus malquerientes (2008), donde por fin se extiende, en un largo ensayo, en este complejo tema… aun sin aceptar su propia condición.

Por eso era difícil refutar la presencia de Juan Gabriel en Bellas Artes, so pena de verse sorprendido como un vulgar homofóbico, que fue, en ese entonces, la silenciosa deturpación para todo aquel que se opusiera estéticamente a dicho espectáculo. Y el video de su actuación lo dice todo: Bellas Artes fue momentáneamente un palenque, un estudio de Televisa, un recinto de Ocesa. La magnífica coyuntura, pues, del naciente empresariado nacional popero para introducirse en campos fértiles, inexplorados, velada, raquítica, reducidamente seducidos.

La prensa recibió sin objeciones este regalo de Televisa a la cultura nacional, porque estaba de antemano avalado por el gran cronista urbano, quien ―según reveló en su momento Jenaro Villamil en Proceso―, entre los días 26 y 27 de marzo de 2010, antes de que cayera en coma en el Hospital Médica Sur, hizo algunos breves borradores para un largo ensayo que ya no le fue posible redondear, pero en los cuales apunta lo que siempre Monsiváis y quien esto escribe discutieron sin llegar a ningún término bonancible: “La industria del disco ―bocetó Monsiváis, de acuerdo con Villamil―. Cambia la idea del espectáculo porque la TV lo rige todo. Internet. Bajar canciones. El intérprete es el primer intermediario de una cadena que deposita la canción en la zona de la moda que es intercambio social. Creación de las famas a plazo fijo”.

Ya en 1981, en su libro Escenas de pudor y liviandad, Carlos Monsiváis inserta a Juan Gabriel como una “institución” nacional precisamente, y sobre todo, por haber triunfado siendo “distinto” en un mundo masculinizado. “En el encono contra Juan Gabriel ―escribió Monsiváis― actúa el odio a lo distinto, a lo prohibido por la ética judeo-cristiana, pero también se manifiesta el rencor por el éxito de quien, en otra generación, bajo otra moral social, hubiese sido un paria, un invisible socialmente”. ¿Cómo se atreve Juan Gabriel a atreverse?

Bellas Artes, aliado de Ocesa

Y no faltaba, nunca faltaba, la incorporación de Salvador Novo, ese modelo avasallador para Monsiváis: “Toda proporción guardada, el caso de Juan Gabriel es semejante al del escritor Salvador Novo. A los dos, una sociedad los eligió para encumbrarlos a través del linchamiento verbal y la admiración. Las víctimas consagradas. Los marginados en el centro. Ante el acoso, Novo se defendió con el uso magistral de la ironía y la creación del ubicuo personaje irónico también llamado Salvador Novo; Juan Gabriel con el sentimentalismo de doble filo y la fabricación de un gusto popular”.

Por eso la cuestión del cantor comercial en Bellas Artes, más que un acto de conciencia creativa (y no dudo de que a Monsiváis le gustaran sus canciones, que en gustos se rompen géneros… hasta sexuales), fue una provocación cultural: el arrebato homosexual rompe las barreras del machismo en la máxima plaza del arte en México.

No en vano Monsiváis fue el encargado de escribir el texto en el programa de mano para la presentación del showman televisivo… ¡adelantándose con generosidad a lo que aún no veíamos pero basándose en las previas actuaciones del divo en cabaretes, palenques, foros mediáticos! Repito: todavía Ocesa no entraba de lleno en su caudalosa ola de conciertos que llevaría a cabo a partir de noviembre de 1990, seis meses después de que Juan Gabriel ocupara Bellas Artes.

Carlos Monsiváis no quería ver que Juan Gabriel era obra de la televisión privada (aunque también entiendo el difícil papel del crítico que era, o debía ser, Monsiváis con la televisión a pesar de ser empleado, él mismo, del emporio Televisa). Porque, vamos, Juan Gabriel no se hizo solito, sino fue impulsado, primero, por la transnacional RCA Víctor y, después, por los programas del emporio masculinizado de Emilio  Azcárraga Milmo, donde se desenvuelven, y desarrollan, en su interior cientos de simpatías amaneradas, por lo que se puede subrayar, sin temor al equívoco, que esa empresa televisora abrió sin prejuicios los canales del entorno gay al sistema de los espectáculos, subrayado visiblemente con la entrada del heredero Azcárraga Jean en 1997.

―¿Por qué no quieres ver que el caso de Juan Gabriel ―le decía a Monsiváis― es un “fenómeno” inducido, un portento de la mercadotecnia televisiva, una imposición radiofónica?

Me miraba pensativo, tras sus grandes lentes.

―No puedes negar que tiene muy buenas canciones ―me respondía.

―Un puñado, ni siquiera tres decenas…

Y esquivaba de nuevo la conversación. Y ni hablar de coincidencias gay, ni de posibles leves enamoramientos, que podían pasar como una ofensa soterrada, dada la nunca, como ya dije, salida del clóset monsivaisiana (un año después de la muerte del cronista oriundo de la colonia Portales, Guadalupe Loaeza publica, en abril de 2011, su libro En el clóset donde pasa revisión, en 234 páginas, de los homosexuales “famosos” que jamás salieron del clóset, incluido Carlos Monsiváis). Pero debido a las especiales ―y delicadas― circunstancias, uno necesariamente pasaba de homofóbico, aunque no lo fuera.

En 1990, ante la inminente presentación de Juan Gabriel en Bellas Artes, los periodistas, la mayoría, si no es que todos, aplaudieron la entrada de la “estrella” televisiva al Palacio de Mármol. Yo pensaba que era un asunto demasiado serio como para cortejar, así nada más, la filtración del emporio mediático en la cultura nacional, cuando esta empresa no tiene definida, nunca la ha tenido, una política al respecto, dada su entrega parcializada y absoluta al mercado azaroso de la imposición del entretenimiento baladí, transitorio, fútil, irrazonable y, muchas veces, vulgar, de manera que, en aquel momento, abordé a varias figuras de la cultura mexicana para escuchar con atención sus puntos de vista: Daniel Cazés, Adolfo Gilly, Armando Ramírez, Carlos Ramírez y Paco Ignacio Taibo II, entre otros numerosos personajes, que mostraban, primordialmente, su renuencia a dar cabida a tal hecho insólito: el descreimiento de la certeza de que aquel concierto no basara sus cimientos en una proyectada mercantilización de los objetivos banales de la industria electrónica, una inmersión a la indefinida política cultural, pues, con claros fines lucrativos, por no decir aviesos.

No hubo debate, entonces. Fue más sencillo loar a Juan Gabriel que internarse a su trabajo musical (su grabación con mariachi El México que se nos fue, por ejemplo, puede ser un “éxito” de ventas, no lo sé, pero es inobjetablemente inferior, y esto ya es bastante decir, a cualquier disco anterior suyo). Monsiváis ya lo había captado con el paso irremediable de los años. “Cambia la idea del espectáculo porque la TV lo rige todo”, escribió por fin en sus últimos borradores, según nos dice el periodista Jenaro Villamil, para un texto que lamentablemente nunca pudimos leer sino sólo anduvo merodeando en la sabia cabeza de un ya agónico Carlos Monsiváis.

A continuación, transcribo íntegra la entrevista con Carlos Monsiváis adquirida en aquellos momentos, la cual exhibe a un intelectual remiso a aceptar la connivencia sustancial que va del “entretenimiento” superficial a la cultura sin resquicios suntuosos. El discurso teórico del autor de Amor perdido, entonces de  52 años de edad, de cualquier modo es de una irrefutable lucidez.

Carlos Monsiváis.

Todo el derecho del mundo

―Ahora, por vez primera de manera abierta, artistas surgidos de la televisión están siendo promovidos por el Estado. ¿Se puede hablar, ya, de una definición de política cultural?

―Sólo por omisión y de manera vaga, irregular, oportunista, rendida a las evidencias que impone el comercialismo más atroz ―respondió Monsiváis―. (Es decir, y viéndolo bien, sólo si reconocemos que se trata de la política cultural ya habitual, de la línea de menor resistencia.) Ni el gobierno de Miguel de la Madrid, ni el de Carlos Salinas de Gortari, han promovido una línea propia de “cultura de masas”, ni al respecto tienen la menor intención de competir con Televisa. Más bien, y de un modo que no sé si calificar de ingenuo y apasionado, se quiere aprovechar a los prestigios creados por la industria para apuntalar las campañas oficiales, aceptando explícitamente su falta de credibilidad. Así, recurren a Humberto Zurita y Verónica Castro para las campañas de “conciencia cívica”, y a Mijares, Yuri y Antonio Aguilar para alejar al músico joven, a la joven juvenil y al campesino desorientado del pavoroso mundo de las drogas. “Di no a quienes algo te recomienden sin pertenecer al espectáculo”. Lo único que se consigue, por supuesto, es publicidad multimillonaria para quienes, en verdad, la necesitan mucho menos que los políticos. Y además se implanta el miedo o pánico hacia campañas sin sello de garantía. ¿Quiénes recomendarán el voto en 1991? Los únicos, según el gobierno, con autoridad moral: Tatiana, los de Timbiriche, Sasha, Cepillín (por si alguien lo recuerda), Daniela Romo y algunos otros que sí son conocidos. Eso es lo que hay de política estatal ante la cultura de masas: aprovechamiento tardío, y a fin de cuentas tan exiguo que no vale la pena.

―El concierto de Juan Gabriel en Bellas Artes se hizo público con la advertencia, por parte de Víctor Flores Olea [entonces presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, a dos años de su fundación], de que el cantante estaría en ese recinto porque lo ganado en sus audiciones sería cedido a la Orquesta Sinfónica Nacional. De no haber sido por esta generosidad, ¿hubiese sido posible este acto?

―Lamento carecer de la empatía suficiente como para intuir lo que ocurre en los ámbitos del poder. Lo que sé es más sencillo: Bellas Artes no es un templo (tan no lo es que allí se presentaron muchísimas veces Gustavo Díaz Ordaz y José López Portillo, para citar algunos nombres profanos); en Bellas Artes han cantado Los Panchos, Lola Beltrán, Guadalupe Pineda y muy justamente nadie ha dicho nada; Juan Gabriel es un gran artista popular, creador de un público y revelador de una sensibilidad que ese público ignoraba. Sumo estos elementos y descubro tras el rechazo a Juan Gabriel la más vulgar homofobia maquillada como respeto al recinto que la mayoría de los impugnadores de su presencia jamás frecuenta. Resumo: Juan Gabriel, generoso o no, tiene todo el derecho del mundo a presentarse en Bellas Artes.

“La política no le ha dedicado un minuto de su ajetreada atención al arte”

―La política modernizadora, como se ha estado viendo (el Departamento del Distrito Federal [lo que ahora es el gobierno capitalino] paga los gastos de un ridículo video de Emmanuel, se aproxima la primera obra teatral coproducida por el INBA y Televisa…), ¿difumina el arte para favorecer el entretenimiento?

―La política modernizadora no le ha dedicado un minuto de su ajetreada atención al arte (basta ver las escasas palabras que a las humanidades se le dedican en el Plan Nacional de Desarrollo). Lo que se tiene, y que algo funciona, por lo menos con mayor regularidad y amplitud que en el resto de América Latina, es la vieja estructura de Bellas Artes y los organismos de difusión cultural. Son los restos de un proyecto muy útil en su momento, y ya rebasado por las exigencias de la sociedad de masas, que no se conforma con festivales en la Alameda, y cree en una cultura (popular por las dimensiones del público) que mezcle Mozart y el rock, Picasso y la salsa, García Márquez y el cómic, Kundera y el bolero. Pero atender a las nuevas exigencias es asunto de presupuestos y planes específicos, y no se dispone ni de unos ni de otros. Por eso, ni se favorece ni se deja de favorecer el entretenimiento. Se vive al día en cuanto a proyectos, y si hoy es Emmanuel mañana con suerte será (para 2,500 personas) Rostropovich, y si el libro se encarece “ya leerán pasteles”, como dijo al parecer María Antonieta en Versalles al enterarse del hambre cultural de las turbas. Al respecto, creo que es conceder demasiado referirse a políticas estatales muy delineadas. En este contexto, el largo plazo de la política cultural es, con dificultades, un trimestre.

―En cuestiones de música, el Estado parece haber aceptado francamente las reglas de Televisa. ¿Es posible diseñar una política cultural distanciada de esa empresa televisiva?

―Me rebelo ante la pregunta, porque da como hecho lo que no es ni puede ser cierto. Para empezar, en México hay un público enorme de música clásica, de música contemporánea, de las variedades infinitas del jazz y del rock, que para su formación no depende en absoluto de Televisa y muy poco del Estado. Estos cientos de miles o estos millones se enteran como pueden, oyen radio, intercambian preferencias, crean redes informativas de consideración, no necesitan de los videoclips para gustar de The Clash o Kate Bush, siguen con devoción a Philip Glass o Brian Eno o Peter Gabriel, y no se inmutan ante las omisiones de Televisa. Creo que es igualmente peligroso banalizar o exagerar el peso de Televisa, empresa muy importante pero no totalizadora. De hecho, en materia de música, el Estado nada tiene que ver con las reglas de Televisa, excepto con fines electorales. Y ahora con ustedes, directamente del Canal 2, para apoyar a nuestro candidato, la extraordinaria…

“Aún se mantienen las diferencias…”

―Fenómenos notables, se les suele llamar, como Los Bukis o el propio Juan Gabriel, ¿son por eso mismo parte inherente de nuestra legítima cultura popular o son personajes impuestos por las normas radiofónicas?

―Creo difícil imaginar un medio más abyecto, en lo moral y en lo político, que el cine mexicano de donde surgieron figuras absolutamente legítimas de la cultura popular (Pedro Infante, Tin Tan, Joaquín Pardavé, Ninón Sevilla, Resortes). Y creo que la atroz industria cultural de hoy también producirá figuras, símbolos, emblemas, formas lingüísticas que, asimiladas y “reconvertidas”, serán parte de la genuina cultura popular… Dicho esto, prosigo. De Los Bukis no me atrevo a hablar, porque no tengo experiencia de vivir en pueblos o barriadas. Y Juan Gabriel, de un modo muy distinto a como se le presentaría en Siempre en Domingo [programa conducido por Raúl Velasco en ese entonces que promovía, mediante compensaciones materiales, o reprobaba sólo por el mero gusto personal], es parte indudable de la experiencia popular de estos años. Y ya veremos si se desvanece o se arraiga tan profundamente en la conciencia del México Profundo como, digamos, el licenciado Miguel de la Madrid, carismático si los ha habido.

―¿El Estado se adentra en Televisa o Televisa se ha introducido de lleno en, de tenerla, la política cultural del Estado?

―Ni una cosa ni otra, según creo. Son, a la fecha, entidades políticamente complementarias pero no mucho más. Por raída que esté, la política cultural de Estado sigue siendo uno de los escasos factores que apoyan la visión humanista que requerimos, y de la que Televisa se desentiende. Lo que ocurre es que, ante la sociedad de masas, el Estado no concibe otra técnica que la de Televisa, y al reproducirla tan mal y tan precariamente, prefiere abstenerse casi del todo de incursionar en ese terreno. Pero, por fortuna, aún se mantienen las diferencias.

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