«Vivos». Lo mismo pero peor

Las visiones, los visionados y las cuotas del XV Ambulante en casa.

La buena noticia del acompañamiento de una versión en línea del festival de documentales, llamado Ambulante en casa, resultó empañada muy pronto al descubrir que cada título de estreno tenía un límite de sólo mil visitas, lo que complicó disfrutar de su programación. Curiosamente, el enésimo documental sobre la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, dirigido por el artista chino Ai Weiwei, resultó con accesos disponibles, solamente para atestiguar la reiteración del tema y la nula aportación a su investigación y esclarecimiento.


1.

Estábamos con la Negra disfrutando las mieles de la cuarentena, a eso de las 9:00 de la mañana, recién despertados y al borde del desayuno, cuando se nos ocurrió la brillante idea de posponer el baño por un par de días más, seguir mugrosos y harapientos, mantener la posición horizontal y ver un documental de Ambulante, la maravillosa Gira de Documentales que este año alcanzaba su decimoquinta edición decidiendo realizarla como un festival en línea para que la cultura siguiera fluyendo en los hogares y no fuésemos presa del pánico y la parálisis que nunca traen nada bueno. Como hizo el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI) argentino —cuya vigésima segunda edición habría de realizarse entre el 15 y 21 de abril—, que decidió cancelarse de una vez y para siempre, sin aviso alguno, ni esperanzadoras frases hechas sobre el futuro y la solidaridad en el mundo. Miedo, pánico, histeria, bomba de humo y anda a cantarle a Gardel.

Ambulante —que se celebraría entre el 19 de marzo y el 28 de mayo, arrancando en Querétaro para luego recorrer ocho estados de la República en más de 130 sedes— decidió seguir delante de la manera que mejor se pudiera y comenzó a emitir una película por día —entre el 29 de abril y hasta el 28 de mayo—, con un gran catálogo para ver desde la cama, comer de todo y dormir entre miguitas. La peli de apertura era una sobre Carmen Aristegui —Silencio radio (Suiza-México, 2019), de Juliana Fanjul—, que tenía una pinta increíble pero que no pudimos ver porque no sabíamos que cada peli tenía sólo cupo para mil personas por día —sí, además sólo estaban disponibles por 24 horas. Así que cuando entramos estaba la sala llena y a otra cosa mariposa. El día siguiente logramos entrar a la función, pero era de la sección Ambulantito y justo ese día nuestro espíritu infantil se había quedado dormido, así que cero de dos. El día siguiente, a eso de las 11:00 am, decidimos probar suerte nuevamente y vimos una joyita llamada Ningún vietnamita me ha llamado negro (No Vietnamese Ever Called Me Nigger, Estados Unidos, 1968, de David Loeb Weiss), una peli sumamente contingente, sobre una tal guerra de Vietnam. Supongo que una de las primeras que se ha hecho al respecto.

Fotograma de Ningún vietnamita me ha llamado negro, filme de David Loeb Weiss.

Un par de días después no sé que pasó, pero al siguiente estábamos contentos porque daban la última de Everardo González (Yermo, México, 2020 y en estreno mundial). Planazo. Además, por la sinopsis, no parecía ser una dramón de aquellos que te dejan el cuerpo destruido y el alma despedazada, después de dos horas de los más crudos testimonios sobre el sufrimiento de la población victima del narco en el país más violento del mundo, sin contar a Siria y Afganistán, que de violentos tiene mucho pero de países les queda poco. Así que, ese sábado o domingo, estaba todo dispuesto para la obra de Everardo, pero los planes se truncaron porque a las 2 de la tarde ya se había llenado la sala virtual con esas benditas mil personas. Así que el día se fue a la mierda y a llorar a la iglesia. Menos mal que Neflizzzz había estrenado El último baile (The Last Dance, Estados Unidos, 2020, de Jason Hehir) y todo se arregló como por arte de magia. Qué puta joya de serie documental.

Tanto querer ver cosas buenas en festivales y de buscarle el lado crítico y militante a la vida, para terminar cautivados por Michael Jordan.

El último baile nos hizo olvidar el festival hasta el día de hoy, 7 de mayo, a eso de las 9 de la mañana que a la Negra se le ocurrió preguntar: ¿de qué película de Ambulante nos quedaremos fuera hoy? Inmediatamente busqué en Internet para descubrir que estaba programado un documental llamado Vivos (Alemania-México, 2019). ¿A veeeer?, dijimos, y leímos la sinopsis. Y ahí comenzó el problema, la rabia, la furia y la ira de este, su humilde servidor.

La sinopsis decía que el documental en cuestión trataba sobre Ayotzinapa, momento en que yo decidí abandonar el barco de manera inmediata. Sin embargo, medio segundo después detuve mis impulsos de caer al mar abierto cuando vi que el director del documental era ni más ni menos que Ai Weiwei. Algo tiene ese Wei que nos cautiva. A la Negra porque es museóloga y amante del arte moderno, contemporáneo y conceptual (o sea, cualquier cosa), y a mí porque soy un inmigrante de tomo y lomo.

Hace no mucho vimos su exposición en el museo Proa de la Boca en Buenos Aires y nos pareció sencillamente increíble. Un manejo de las formas y los fondos, de los dramas y los conceptos, de la política y la coyuntura y, sobretodo, de gran sensibilidad y sensatez en el abordaje de la inmigración. Salimos conmovidos de ahí y nos alegramos cuando nos enteramos que ese mismo Wei había hecho un documental sobre migración a nivel mundial llamado Marea humana (Human Flow, Alemania-Estados Unidos-China-Palestina-Francia, 2017). Meses después, cuando logramos encontrarlo en la web, lo vimos y no nos gustó. No nos gustó nada nadita y no recuerdo que lo hayamos terminado. Era una puesta en escena sumamente plana, lineal, con mucho dron y mucho plano abierto, de diversas zonas del mundo repletas de inmigrantes viviendo en pésimas condiciones. No sólo no había una historia, con estructura y cierta curva dramática que generara empatía, sino que tampoco había un trabajo artístico y conceptual. O sea, naranjas de la China. Después, cuando vino con su exposición al Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), algo nos sucedió con la Negra durante más o menos 35 domingos seguidos, que nos impidió ir a verla. Creo que teníamos que ir al mercado a hacer la compra semanal y comernos nuestro consomé de barbacoa, o algo así, creo, no sé, me parece.

Sin embargo, cuando vimos que el docu de Ayotzinapa era dirigido por él, algo nos llamó la atención y decidimos darle una oportunidad. El ser humano en necio y se rige más por sus ideas que por su experiencia y, en su terquedad, se niega a sí mismo y se anula. Así que desobedeciendo nuestro propio instinto —he de decir que más por culpa de la Negra que mía—, nos sumergimos en esa aventura prometedoramente aburrida y de muy dudoso éxito. Y, así como estaba previsto, la experiencia fue mucho peor de lo que ya imaginábamos.

Imagen de Yermo, cinta de Everardo González.

2.

La primera pregunta era: ¿por qué razón de peso alguien decide hacer otro documental sobre ese tema? ¿Qué cosa nueva tiene para decir o mostrar? ¿Qué hallazgo imperdible justifica el esfuerzo de hacer la peli y el suplicio de verla? Porque, más allá de las opiniones, la de este Wei era el cuarto o quinto documental de Ayotzinapa que yo veía, por lo que sólo quería huir de ahí, pero la Negra puso play y como todavía me quedaba café con leche, no me dio tiempo de escapar de la tortuosa aventura que se avecinaba.

Después, gugleando un poco, confirmé que era el undécimo documental que se hace sobre el tema. Ya hay directores suficientes para armar el equipo de futbol. Ayotzinapa: Crónica de un crimen de Estado (México, 2015, de Javier Robles); Un día en Ayotzinapa 43 (México, 2015, de Rafael Rangel, ahora titulado Ayotzinapa 43 una noche sin amanecer); Mirar morir. El Ejército en la noche de Iguala (México, 2015, de Coitza Grecko); Ayotzinapa: La otra historia (México, 2018, de Víctor Ronquillo); Ayotzinapa, el paso de la tortuga (México, 2018, de Enrique García Meza); 43 / A Crime Without Answers (Estados Unidos, 2015, de Charlie Minn); The Fight Continues. The Ayotzinapa Case (Alemania-México, 2018, de Vanessa Juercke); Los días de Ayotzinapa (México, 2019, de Matías Gueilburt, serie documental en dos capítulos) y La noche de Iguala (México, 2015, de Raúl Quintanilla), así como I am Ayotzinapa (Estados Unidos, 2015, de Daniel Chávez Ontiveros, cortometraje).

La discusión no es fácil y mi posición no es rotunda. La reflexión sobre las maneras de tratar en el cine la situación del país es interminable y no tiene solución. La muerte se ha convertido en el elemento omnipresente en el país. La muerte, la violación, el asesinato, el secuestro, etcétera, es lo que más abunda en este México y, obviamente, las y los documentalistas no van a dejar de retratarlo. El drama hay que mostrarlo. Quizás, en el mejor de los casos, como una forma de acercarse a la solución; pero quizá también, en el más cauto de los casos, como una forma de mantener la conciencia de quiénes somos y dónde estamos.

Sin embargo, algunos creemos que la enorme cantidad de películas sobre el tema está siendo exagerada; no por que no sean acordes en cantidad a la magnitud del fenómeno, sino por la falta de creatividad que hay en ellas y el escaso carácter propositivo que demuestran. El cine puede ser una forma de crear conciencia, de informar, de denunciar y de muchas cosas más, pero también puede ser una forma de crear vida en medio de tanta muerte. El cine de memoria sudamericano cayó en un problema similar desde hace muchos años. El relato de las muertes ocurridas durante las dictaduras militares, en boca de los supervivientes, fue primero un necesario ejercicio de resistencia, de justicia y de memoria, hasta que se convirtió en una triste, repetida y solemne forma de enfrentar el pasado y el presente. Ejercicios combativos que ya no sabían lo que reivindicaban. Ejercicios solemnes que se quedaban sin público. Ejercicios de izquierda que circulaban entre los mismos pequeños círculos de izquierda, que se contaban siempre las mismas cosas en voz en off. Ejercicios que se quedan enclaustrados en su nicho objetivo y generaban el rechazo de nuevas generaciones. Ejercicios que buscan sumar… y restan. No por nada la revolución en Chile la están haciendo, hace más de una década, los estudiantes de secundaria que se dieron cuenta que los ejercicios de memoria debían aportarle al presente, y no el presente al pasado. Fue un relevo necesario de personas y de consignas, que no dejaron de creer en la memoria y en la justicia, pero que se metieron por el culo la solemnidad de las antiguas izquierdas setenteras; chavos que reivindicaban tanto a Salvador Allende como hacían una manifestación disfrazados de zombis mientras bailaban en las calles el “Thriller”, de Michael Jackson.

3.

Así que, lamentablemente, justo para la función que yo no quería entrar, había cupos disponibles. ¿Por qué, justo ahora, no se nos adelantaron otros mil intelectuales? No habían pasado más de 15 segundos de la película, lo juro, cuando le dije a la Negra: “Negra, no me preguntes por qué, pero esto me huele mucho a un ejercicio turístico de este Wei. Todo indica que se enteró de uno de los dramas más espantosos de los últimos tiempos y se dijo a sí mismo: oye Wei, vámonos pa’llá a hacer una película, total, ya está casi hecha”.

Fotograma de Vivos, película de Ai Weiwei.

Después se podrá ir a otros lugares a registrar los peores dramas de otras remotas latitudes del globo. Total, ese Wei es Ai Weiwei y hace un poco lo que le da la puta gana. Y, claro, mi problema no era que viniese un extranjero a retratar un drama local. No era una actitud fascistoide la mía, que soy extranjero donde me pare, sin todo lo contrario.

Ha quedado claro, a lo largo de la historia, que el extranjero tiene capacidades para ver cosas que el local no puede. La literatura sociológica lo ha dicho hasta el cansancio. El forastero. Ensayo de psicología social (1999), de Alfred Schütz; El campesino polaco en Europa y en América (1918), de William I. Thomas y Florian Znaniecki, por ejemplo, muestran cómo el que viene de afuera, viene sin el mapa de mandatos y comportamientos asumidos como obvios y naturales por la cultura local. El forastero, por el contrario, viene con el manual de comportamientos del lugar que dejó, que aquí no aplica y que no funciona. Esa distancia genera una perspectiva y un punto de vista que le permite detectar todos y cada uno los absurdos de la cultura local. Lamentablemente este Wei, en su rol de forastero, no encontró ni los vacíos no cubiertos, ni evitó repetir los vicios ya realizados.

A los seis minutos de película yo quería salir corriendo, pero me daba tanta bronca todo lo que estaba viendo que me quedé mirando, un poco por el morbo que genera lo desagradable, un poco para tener material para escribir esta nota. Y ahora es cuando tengo que explicar y justificar todo lo que vengo diciendo y creo que basta con empezar por el punto uno y terminar con el punto dos. Punto número uno: la película no dice nada nuevo. Nada. No dice nada que no hayamos escuchado en los otros diez largometrajes anteriores. Es una calca de muchos de ellos. Los mismos personajes, las mismas frases, las mismas ideas. Cada una de ellas, inmensamente desgarradora.

El segundo y último punto radica en el hecho de que este Wei se propuso la bien lograda tarea de estetizar el espacio y a los personajes hasta un extremo tal que se convierte en un ejercicio de preciosismo. Estéticamente, el objetivo está logrado; éticamente, todo lo contrario. Me pareció un ejercicio redundante, mediocre, burlesco y un poco miserable.

Cada plano es tan perfecto en su gama de colores, en su iluminación, que descentra la mirada de lo importante, que es el discurso, aunque claro, lo importante ya está dicho y sabido, por lo cual, sólo resta ver lo bien que está logrado cada plano mientras la madre habla de la desaparición de su hijo. Unos trajes típicos con bordados regionales con las enaguas perfectamente limpias, en medio del barro montañoso; unas ollas de peltre brillantes y relucientes, perfectamente colgadas y distribuidas en la pared de adobe del fondo. Una cosa terrible. Hasta el adobe brilla en esta película. Qué más puedo decir que “la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa”, como decía por ahí un tal Karlitos y no se equivocaba ni un gramo.

Este Wei se suma a la lista de los directores consagrados que se olvidan del guion para hacer planos bien logrados, como Cuarón con Roma (Estados Unidos-México, 2018); Tarantino, con esa cosa horrenda sin pies ni cabeza de Hollywood —Érase una vez en Hollywood (Once Upon a Time in Hollywood, Estados Unidos, 2019)—; Scorsese con El Irlandés (The Irishman, Estados Unidos, 2019), esa cosa eterna que todo el mundo empezó mil veces y que, según recientes investigaciones realizadas en Harvard, solo el 11.3% logró terminar, y Larraín con Ema (Chile, 2019), que aunque es una hermosa película, no hace pie durante varios momentos fundamentales. Y alguno más que se me escapa, pero que seguro hace unos paneos tan inútiles como impresionantes.

Y en este instante, la única pregunta que considero pertinente es: ¿por qué Ambulante decide incluir esta película en su catálogo?… Así las cosas por estos lados. La próxima de Ayotzinapa no la veo ni aunque la haga Michel Gondry.

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