Ilustración de Diana Benzecry, de la serie «El senior E». / Tomada de Iberoamérica Ilustra (Catálogo).

Ilustración de Diana Benzecry, de la serie «El senior E». / Tomada de Iberoamérica Ilustra (Catálogo).

Patrimonio

“Políticamente hablando, Viktor es un anarquista declarado y contumaz. Hace años decidió estar tan fuera del Estado como pudiera, abjuró de tener un empleo o una vida económicamente activa y se convirtió así en un ciudadano anónimo, libre de cualquier rendición de cuentas a un jefe…”


Los siete golpes en la puerta despiertan al señor Taär. Hay un momento de silencio y luego se escucha del otro lado la voz de Lampe, el mayordomo, decir: “Buenos días, señor. Son las seis y cuarto de la mañana”.

El señor Taär se levanta sin prisa, se enfunda en su bata y, después del aseo, baja por las escalinatas de la vieja mansión, atraviesa salas vacías, recorre pasillos por donde desfila el linaje entero de la familia en una secuencia de retratos ovales, hasta que al fin llega al recinto contiguo al jardín, donde, en un extremo de la larga mesa, le aguarda solitario el desayuno.

Lampe, afable, sonriente, sin una sola arruga que mancille el uniforme, hace a un costado la butaca para que el señor Taär tome asiento, y luego destapa el plato, deseándole buen provecho a su amo. El señor Taär le agradece.

Al costado del desayuno se apila la prensa del día, una montaña de papeles entintados que comprende casi todos los tabloides: El Nacional, Hoy, El demócrata y El tiempo. El señor Taär pasa por alto la mayor parte de las páginas, yendo, entre sorbos y bocados, a ciertas secciones muy específicas del pliego, a veces a una frase, un obituario, un aviso clasificado, y después de agotar la prensa, cuando ya sólo quedan en el plato un puñado de semillas y un resto de manzana que empieza tornarse oscura, escribe unas cuantas anotaciones en la libreta que Lampe ha dejado a un costado, junto a la pluma.

A las ocho y media, Lampe se aparece nuevamente en la sala, trayendo ahora la bandeja con el puro y los implementos para fumar. El señor Taär agradece una vez más y se retira al jardín de la mansión, a disfrutar de su puro y su paseo matinal, mientras el mayordomo recoge la mesa y lleva los trastos a la cocina.

Pero Lampe es mucho más que el mayordomo, y por eso, una vez que la vajilla está limpia, se encierra en su despacho a estudiar las anotaciones de la libreta, una secuencia de frases sin significado aparente, pero que a sus ojos resultan indicaciones precisas y llenas de sentido. Solícito y expedito, como es su costumbre, ejecuta cada una de las instrucciones, haciendo llamadas telefónicas y escribiendo correos en nombre del señor Taär, al que ve, desde la ventana de la torre, caminar con las manos cruzadas detrás de la bata, dejando tras de sí una estela de humo blanco, en un acto que parece ser, a la vez que un paseo, una profunda meditación.

Después del almuerzo y la siesta será por fin la hora de salir. Lampe estará esperando al pie de la vieja limousine, con la puerta entreabierta y un ademán de bienvenida, para conducir al señor Taär afuera de los muros de la mansión.

***

El hecho de que el Café Lusitano no tenga mesas, sino una única barra en ele y un par de bancas afuera, explica en parte por qué se ha ido formando con los años un público tan estable. La imposibilidad de aislarse en una mesa y el hecho de que muchos de los clientes sean personas vinculadas al mundo de la música y el teatro, periodistas, artistas plásticos, estudiantes universitarios y profesores de humanidades favorece sin duda la integración.

Contrariamente a lo penoso que podría resultar explayarse sobre el estado del mundo o el sentido de la existencia con un pariente cercano, especialmente cuando los puntos de vista están en las antípodas, con un compañero del café no se corre el menor riesgo y, en lugar de tener que hablar de las cosas ordinarias de la vida, por un momento uno puede declarar, como si estuviera en la cátedra o el podio presidencial: “Yo pienso así y al que no le guste, adiós muy buenas”.

Esto podría hacer pensar que el Lusitano está llamado a ser uno de esos cafés que alguna vez hacen historia, sea porque ahí se congregan personalidades que más tarde darán al mundo un manifiesto artístico, una generación de poetas o una conjura política, o porque es el sitio donde alguna celebridad se sienta a escribir o leer el periódico. Nada más lejos. La gran ventaja del Lusitano es la completa falta de notoriedad de sus clientes. En algunos casos esto obedece a la simple ausencia de talento; en otros, a una decisión consciente. Pero, sea que se trate de elección o fracaso, es ésta la verdadera fuerza que mantiene unidos a todos esos personajes: una fuerza excéntrica, un tácito estar fuera del centro y de cualquier asomo de gloria o renombre.

Para el buen observador no resultará difícil notar la diferencia entre las dos especies de excéntricos. Los que se han quedado fuera por fracaso son en general gregarios y escandalosos. Los otros, en cambio, se muestran solitarios y callados; pasan las horas leyendo y fumando, cada tanto dedican una mirada distraída por encima del libro o el periódico, sin buscar con esto conversación, aunque sin rechazarla si alguien se acerca. Por supuesto, estos últimos son minoría.

Françoise, una mujer de inusual belleza para su edad, simplemente se sienta a observar con sus ojos de pájaro, aprieta una sonrisa cuando la saludan y después de un rato se va.

Elisa toma no menos de dos tazas de café rebosantes mientras teje o borda; a veces lee algún libro sobre feminismo o ecología y es la única de los excéntricos-por-elección (en adelante, e.p.e.) que puede llegar a ser torrencialmente locuaz si alguien se le acerca a hablar. Pero en general está demasiado absorta en sus ocupaciones.

Cada tanto se aparece también Gregorio, acompañado de una computadora portátil y unos enormes auriculares entre los que embute su cabeza. Se sienta en el rincón más aislado del café y se sumerge durante horas en la pantalla, ajeno a todo. Dado su proverbial solipsismo podría pensarse que estamos ante el más excéntrico de los e.p.e. (a fin de cuentas, Françoise saluda, así sea de mala gana, y Elisa habla cuando le dan la oportunidad). Pero no. El verdadero excéntrico-por-elección, y merece volver a escribirse con todas las letras, es Viktor.

Para empezar, Viktor no necesita sonreír de mala gana ni bordar con aire de superioridad ni traer consigo una aparatosa tecnología para ser excéntrico. No hay en él la menor traza de rechazo hacia los otros, sólo una digna autocomplacencia. Llega vestido siempre con una camisa gruesa, un pantalón rústico y un par de sandalias que dejan los dedos de sus pies al descubierto, no importa qué tan frío esté el día, y se sienta a tomar café y a fumar cigarrillos negros, de piernas cruzadas, acompañado de algún libro del que nadie ha escuchado hablar jamás, un volumen de hojas amarillentas encontrado en el recóndito estante de una librería de viejo. A veces lee también la prensa, sólo la prensa de izquierda, Liberación o Porvenir y, cuando no lee, se entrega a su cuaderno de apuntes, donde escribe durante horas.

Como todo escritor excéntrico que se precie, Viktor no ha publicado jamás una sola página ni tiene la menor pretensión de hacerlo. Pero si uno se acerca a hablarle y le pregunta cómo va todo, encontrará a un escritor puro, más puro acaso que los mayores nombres en la historia de la literatura: un escritor tan enamorado de su trabajo que cualquier factor ajeno a la escritura misma, a su fervor y su gozo, resultaría un estorbo. Viktor se despachará, entonces, a hablar de su novela actual con la falta de realismo y modestia con que uno habla de su enamorada; la colmará de halagos, usará superlativos, llegará a sugerir que jamás se ha escrito una sátira tan demoledora, una burla tan brutalmente impiadosa hacia todo, el sistema, el consumo, el poder, la iglesia, en suma, un reguero de la más dorada orina sobre el mundo entero. Quizá hasta se permita relatar algún que otro detalle novelesco, a su juicio hilarante, y empiece a reírse, negando con la cabeza, como quien se deslumbra de su propio genio. Esta novela será, como las otras, una obra de más de mil páginas, una comedia humana completa, cuya sola extensión, por supuesto, desalentará a cualquier editor. Pero a quién le importan los editores y la industria libresca cuando la auténtica literatura no está ahí. Los libros que en verdad valen la pena rechazan las mesas de novedades, esas avenidas de putas con sus perfumes vulgares y sus portadas fastuosas, y exigen ser buscados, como cualquier tesoro, en lugares más exquisitos. ¿O acaso alguien conoce hoy a Federico Sáliva, el autor más intolerablemente incómodo para el poder? Nadie. ¿O los ensayos de Tach o las obras fársicas de Barino? Y sin embargo no ha habido a la fecha autores que les lleguen a los talones… Viktor irá, así, nombrando alternativamente a uno y otro y encomiando sus cualidades.

Pero la literatura, aunque el ámbito más revelador de su excentricidad, no es el único. Toda su vida, lo poco que se sabe de su vida, discurre en las márgenes. Se lo ve llegar en un autobús que viene de las afueras de la ciudad y pasarse en el café la tarde entera, hasta entrada la noche, cuando pasa el mismo autobús en sentido contrario.

Políticamente hablando, Viktor es un anarquista declarado y contumaz. Hace años decidió estar tan fuera del Estado como pudiera, abjuró de tener un empleo o una vida económicamente activa y se convirtió así en un ciudadano anónimo, libre de cualquier rendición de cuentas a un jefe, un sistema tributario o cualquier otra forma de esclavitud. La libertad de hacer con su tiempo lo que le dé la gana es para él un valor tan absoluto e irrevocable que, si es preciso vivir austeramente, paga el precio con gusto. A fin de cuentas, un par de camisas, un par de pantalones, un par de sandalias son suficientes si se visten con dignidad.

Aun así, el costo de vida es un dato ineludible y, por muy lenta que sea la manera como Viktor ha decidido consumir su herencia, la pregunta se vuelve más acuciante cada día: ¿qué se acabará primero: el tiempo o el dinero? Algunas veces, cuando la conversación toma un carácter decididamente político, Viktor declara, no sin ardor, lo vergonzoso que es para la humanidad tener que destinar aún tanto tiempo en ganar dinero. Pero sus palabras dejan adivinar un dejo de preocupación y una nota de urgencia.

Su último trabajo, dar clases de literatura en una universidad, le trae los peores recuerdos: las instituciones, por definición, anulan el pensamiento libre, la creatividad, el auténtico espíritu de investigación, en suma, todo aquello por lo que vale la pena vivir.

Sin embargo, es raro que Viktor hable de sí mismo, siquiera que se despache a exaltar las bondades de la novela que lo ocupa. En general es un hombre reservado, alguien que pasa las tardes leyendo, fumando, escribiendo en una de las bancas externas, sin abrir la boca más que para dispensar algún que otro saludo, hasta que se hace la noche. Entonces paga los cafés que ha bebido, tres en general, se pone el libro debajo del brazo, cruza la calle y espera a que pase el autobús que lo llevará hacia las afueras de la ciudad.

Una vez que el autobús llega a destino, anda poco menos de un kilómetro por la banqueta de la autopista y luego se interna en un camino de grava, donde el aire se siente de golpe más húmedo y los grillos cantan a los costados. Es agradable respirar el frescor de la noche mientras las suelas de las sandalias van hollando la tierra blanda.

Pronto se divisa un punto de luz amarillenta. Los focos de la autopista han quedado atrás, ya casi no alumbran, y el punto se vuelve entonces como una estrella guía que va creciendo a medida que Viktor se acerca.

Después de unos cuantos minutos, llega al claro, tenuemente iluminado por la lámpara, y reconoce enseguida los reflejos titilantes sobre la chapa negra de la vieja limousine. Si es lunes, como hoy, o miércoles, lo estará esperando el señor Taär en el asiento trasero y, adelante, planchado y doblado, el pulcro uniforme para que Viktor vuelva a hacer las veces de Lampe. Pero los martes o jueves, le tocará asumir la investidura del señor Taär y entonces será su hermano quien esté esperándolo uniformado para conducirlo de regreso a casa: a esa vieja mansión que los hermanos Taär heredaron al quedar  huérfanos.

Esto sucedió a raíz de un accidente de avión, hace 56 años. La subasta del mobiliario y algún que otro ingreso los han provisto desde entonces. Pero los hermanos Taär saben muy bien que ni la mansión, ni la limousine, ni el dinero de la herencia son su mayor patrimonio. El único auténtico patrimonio, la única propiedad inexpugnable, ha sido el ejemplo de aquel hombre que cuidó de los huérfanos hasta el último día y les mostró cómo ser libres en un mundo de esclavos: el antiguo mayordomo de la familia, que en paz descanse, el viejo Lampe.

Gabriel Schutz (Uruguay, 1973).

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