Susana López Charretón. / Foto de Luis Ponciano - ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara.

Susana López Charretón. / Foto de Luis Ponciano - ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara.

Susana López Charretón: Los virus son parte de nosotros desde que nacemos

Entrevista con la doctora en investigación biomédica, del Instituto de Biotecnología de la UNAM.

La doctora en investigación biomédica Susana López Charretón, del Instituto de Biotecnología de la UNAM, platica, en medio de la pandemia de covid-19, con Salida de Emergencia.


La velocidad vertiginosa a la que andaba el mundo parecía irrefrenable, desbocada desde hace al menos medio siglo. Se veía casi imposible detener esta aceleración. Sin embargo, hace unas semanas, una minúscula entidad lo cambió todo: un virus comenzó su batalla por la conquista de un nuevo huésped. Había adquirido la capacidad de infectar, por primera vez, seres humanos.

Apenas tres meses después de que se la identificó (en los primeros días de diciembre de 2019), esta pequeña entidad conocida como SARS-CoV-2 ha logrado poner en pausa a la mayor parte del mundo, sobre todo a varias de las naciones más poderosas del orbe. ¿Cómo es que esto ha sucedido si nuestra especie ha convivido desde siempre con los virus?

“Debemos tener muy claro que se trata de un virus nuevo para la humanidad, que se ha adaptado muy bien a crecer en nuestro organismo y que tiene una gran capacidad de contagio”, dice, a Salida de Emergencia, Susana López Charretón, investigadora del Departamento de Genética del Desarrollo y Fisiología Molecular del Instituto de Biotecnología (IBt) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Esto no quiere decir que el virus, que los científicos han denominado SARS-CoV-2, no existiera antes. Lo que significa es que nunca, hasta ahora, había sido capaz de enfermar a seres humanos: sólo infectaba animales. Aunque está emparentado con un coronavirus que vive en los murciélagos, se sabe ya que una parte de su genoma es de otro coronavirus que se halla en un animal distinto, muy probablemente el pangolín, que tiene la apariencia de un pequeño oso hormiguero pero cubierto con escamas en lugar de pelo.

El pangolín es un animal muy apreciado, especialmente en Asia, donde su carne es altamente valorada en países como China y Vietnam, mientras que sus escamas tienen mucha importancia en la medicina tradicional china para curar padecimientos como asma, reumatismo y artritis. Los varios millones de ejemplares que se cazan anualmente han puesto a esta especie en peligro de extinción. Según la revista National Geographic, es el mamífero más traficado del mundo. Sí, el pangolín es un mamífero.

“Un 75% de los agentes infecciosos que causan enfermedades en las personas, vienen originalmente de huéspedes animales”, explica Susana López, doctora en investigación biomédica básica. Es decir, este brinco o salto que realiza un virus desde un animal hacia una persona es más común de lo que nos gustaría creer. Incluso tiene nombre: zoonosis.

“Los eventos zoonóticos son muy comunes —dice López Charretón—. Suceden con frecuencia. Lo que pasa es que el virus no siempre se adapta a crecer en seres humanos y entonces hasta ahí llega. Los virus que causan las epidemias y las pandemias son los que se adaptan tan extraordinariamente bien a los seres humanos que se empiezan a transmitir de persona a persona dañando su salud”.

El imposible rápido aislamiento

Así que no es éste, claro, el primer coronavirus que ataca a nuestra especie. En 2002, también en China, otro coronavirus fue el causante de una enfermedad que producía una neumonía atípica a la que se denominó síndrome respiratorio agudo grave o SARS (por sus siglas en inglés). En aquella ocasión, el virus que producía el SARS también era, como en el caso del SARS-CoV-2, un “híbrido”.

Es decir, como nos relata la doctora Susana López, que los investigadores se dieron cuenta de que el virus que provocaba el SARS (llamado, por cierto, SARS-CoV) provenía, originalmente, de un murciélago, pero había pasado a un huésped intermedio, un animal que se llama civeta (es semejante a un mapache pero con una larga cola que suele ser del mismo tamaño de su cuerpo).

Y aunque cierto tipo de civeta es empleada desde hace años para producir el café más caro del mundo a partir de los granos parcialmente digeridos que se extraen de sus heces, en China se comen partes de otra especie de esta familia y por lo tanto se la comercializa en los mercados de animales salvajes donde, además de estar en contacto con miles de seres humanos, se mantiene a las civetas (junto a muchos otros animales) en condiciones terribles de hacinamiento.

¿Por qué, entonces, el SARS-CoV-2, que provoca la enfermedad llamada covid-19, ha obligado a realizar una pausa (inimaginable hasta hace poco) de las actividades de buena parte del mundo? ¿Qué lo hace diferente a su primo el SARS-CoV, causante del síndrome respiratorio agudo grave? Susana López lo explica: “El SARS es una enfermedad muy severa y cuando alguien la contrae se pone grave muy rápido, así que el portador secreta el virus en periodos muy cortos, esto hizo que hubiera pocos contagio. Ésa es la razón por la que ya no tenemos casos tan frecuentes de SARS.  La característica de la covid-19 es que alrededor del 80% de las personas que la contraen no presentan malestares graves, pero sí contagian la enfermedad a otros. El resultado es que entonces no es posible identificar y por lo tanto aislar a los enfermos de manera rápida”.

Basta con un ejemplo: el consagrado flautista mexicano Horacio Franco contó a la prensa que estuvo trabajando en Nueva York entre el 7 y el 12 de marzo. Al regresar a la Ciudad de México, el 13 de marzo, comenzó con síntomas típicos de un resfriado: tos, flemas, cansancio. Fue al médico y le dieron antibióticos. Pasaron los días y no mejoraba. Decidió ponerse en acción: se realizó una prueba para saber si tenía covid-19, pero pronto supo que el laboratorio seleccionado no estaba autorizado para realizarlas. Para el 19 de marzo, Franco fue diagnosticado en un hospital privado con una neumonía ligera. Para cuando le recomendaron volver a casa y aislarse ya había transcurrido más de una semana desde que regresara de Nueva York. Finalmente, casi tres semanas después de haber pisado suelo estadounidense, el 26 de marzo le confirmaron que, en efecto, había contraído la covid-19.

Un mero asunto semántico

Cuando se libra una batalla, como la emprendida en este momento contra el SARS-CoV-2, es importante conocer al enemigo. Sí, desde luego, hemos incorporado a nuestro lenguaje cotidiano la palabra virus, pero hay médicos que incluso siguen confundiendo los virus con las bacterias y recetan antibióticos para “curar” una enfermedad viral. Nuestro escaso conocimiento de estas entidades en el ámbito cotidiano llega a tal grado que, hace unos días, en un popular noticiario que se transmite en radio y en Internet, el corresponsal que trabaja en Washington para una afamada revista política mexicana se refirió en varias ocasiones al virus como “este anticuerpo que está causando la muerte de muchas personas”. ¡Dios santo!

Porque, como lo explica el doctor Marco Antonio de León, del Departamento de Investigación Biomédica del Centro de Investigación Científica y Superior de Ensenada, mientras un virus es un agente infeccioso, un anticuerpo es una proteína capaz de neutralizar a otras, por ejemplo, las de los propios virus. “Los anticuerpos son parte del sistema inmune de los vertebrados”, dice.

Susana López Charretón, quien en su laboratorio del IBt en Cuernavaca, Morelos, trabaja, entre otras líneas de investigación, para conocer la biología celular de la infección por rotavirus (causante de la gastroenteritis infecciosa aguda en niños pequeños) y astrovirus (un virus con forma de estrella que provoca graves diarreas en personas y animales) dice que los virus son una familia enorme de microorganismos. Y que a quienes aún se preguntan si son entidades vivas o no (ya que los virus necesitan de la célula de un hospedero para subsistir), les responde que esto es algo meramente semántico:

“Sí, los virus requieren de una célula para replicarse. No pueden hacerlo si no están dentro de una célula. Pero una vez que lograron penetrar la célula, adquieren la misma información genética y la misma composición de ésta. Es decir, se apoderan de toda la maquinaria de la célula. Los virus son como una semilla que requiere agua para germinar. Sin esa agua, la semilla no germinará. Cuando el virus entra en la célula, es como si empezara a germinar: se multiplica rápidamente”.

Estrategias suicidas

Sin duda, conocer la forma en que se comportan estos microorganismo es sorprendente. Sólo hay que observar algunas de las estrategias que emplean para existir. “Son interesantísimas”, dice la especialista; algunas incluso parecen suicidas a simple vista. Como la que emplean aquellos virus que entran a una célula y la matan:

“Eso suena suicida, claro, pues si destruyes tu casita te quedas en la calle y no sobrevives. Pero lo que pasa con esos virus, que son líticos, es que producen muchísimos más virus por cada célula que matan y entonces, como en el caso del virus que causa la diarrea en niños, se riegan por el ambiente. Este virus infecta unas células que están en el epitelio intestinal. Una vez que han matado a todas las células de este lugar, lo que les toma cinco días, ya no se pueden replicar en ninguna otra parte; o sea, ya no hay virus en el organismo porque no tienen dónde replicarse. Pero durante esos cinco días, los niños estuvieron secretando unos diez billones de partículas virales por cada gramo de heces. ¡Es una barbaridad! Sí, el virus se replica y mata a su huésped, pero en ese proceso produce muchísimos más virus”.

El ébola es otra de esas enfermedades en las que uno diría que el virus es poco inteligente, ya que mata al 70% de las personas a las que infecta, pero es muy contagiosa. Basta con entrar en contacto con algún fluido de una persona con ébola para correr un alto riesgo de contraer el virus: sudor, lágrimas, sangre… están llenos del microorganismo. “Algunos son muy eficientes infectando —dice Susana López—, pero hay otros que tienen una estrategia que podría considerarse más perversa. Por ejemplo, el VIH es un virus que se replica muy despacito. Puede llevarse unos 20 años en matar a una personas, pero durante esos 20 años ¿cuántos contagios se pueden dar? Son estrategias diferentes, pero efectivas”.

Estamos colonizados por microorganismos

La inmunóloga argelina Yasmine Belkaid, quien trabaja para el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos y es profesora adjunta de la Universidad de Pensilvania, expresó en alguna ocasión que si bien una persona está compuesta, en promedio, por 30 millones de células humanas, en nuestros cuerpos también hay casi 40 millones de microbios, entre bacterias, virus, arqueas, protozoos y hongos. Esto significa más o menos que por cada célula humana, tenemos 1.3 células microbianas. “Si crees que eres una persona muy importante, recuerda que la mayor parte de tus genes pertenecen a microbios. Y la mayoría de las funciones de tu cuerpo las llevan a cabo microbios. Sólo somos un envoltorio”, le dijo Belkaid al diario español El País en agosto de 2018.

“Por mucho tiempo pensamos que éramos estériles —dice ahora Susana López—, que todo nuestro cuerpo estaba formado simplemente por células humanas. Pero hace algunos años nos dimos cuenta de que estamos colonizados por bacterias: dos kilos de nuestra persona son bacterias. Y si pretendiéramos eliminar esas bacterias del cuerpo tomando demasiados antibióticos, moriríamos porque dependemos de ellas”.

De acuerdo, bacterias. Pero, ¿qué pasa con lo virus? ¿También son importantes para nuestro organismo? ¿Son siempre causantes de enfermedades? En el laboratorio de la doctora López se hicieron estas preguntas. Y aunque no existen aún respuestas concluyentes, ya saben que, por ejemplo, en el estómago de bebés recién nacidos hay montones de virus, a pesar de que los bebés no presentan enfermedad alguna, están sanos: “Parece, entonces, que los virus son parte de nosotros desde que nacemos. Así que no necesariamente son nocivos. Tenemos que seguir aprendiendo para descubrir hasta cuándo son nocivos o qué es lo que dispara que se vuelvan dañinos”.

“Cuando sucede un evento como el que hoy tenemos, los virólogos que hay en México somos tan pocos que acabamos totalmente agobiados y sin poder hacer mucho, pues no hay suficientes expertos”

Pero para seguir aprendiendo más y mejor en un área tan especializada, se necesita, obvio, de más gente especializada. En México, una nación con más de 120 millones de habitantes, existen apenas unos 120 virólogos consolidados, quienes están al frente de grupos trabajo en laboratorios en distintas regiones del país. Esto es algo así como un virólogo de alto nivel por cada millón de habitantes. La Red Mexicana de Virología, que estuvo activa hasta el año pasado, contaba con cerca de 500 miembros, la mayoría de ellos estudiantes. Una razón más para que Susana López Charretón insista en cumplir lo que llama su sueño dorado: la creación de un centro nacional de virología.

“El doctor Carlos Arias y yo llevamos cinco años trabajando por este centro. Porque sabemos desde hace muchos años que las epidemias y las pandemias como la que ahora vivimos son provocadas, en su mayoría, por virus. Así que cuando sucede un evento como el que hoy tenemos, los virólogos que hay en México somos tan pocos que acabamos totalmente agobiados y sin poder hacer mucho, pues no hay suficientes expertos. Soñamos con tener un lugar en el que sea posible concentrar a jóvenes, especialistas en  virología, trabajando en distintas áreas, desde la ecología de los virus hasta las patogenias o la parte médica; también crear equipos que trabajen en diagnósticos o en plataformas para el desarrollo de vacunas. Tener un centro así nos ayudaría a dar una respuesta más sólida a emergencias como la que atravesamos, que cada vez son más frecuentes. Pero esto cuesta mucho dinero y no hemos conseguido el apoyo que tanto hemos pedido”.

Con los virus no se juega

Con relación a la investigación científica, tenemos la tendencia a mirar sólo el lado positivo y benéfico de los avances, sin embargo, como en todo, el conocimiento puede presentar otra cara. Aunque ya fue negado por completo el bulo que circuló en las primeras semanas de la aparición del SARS-CoV-2 acerca de que era un virus creado en un laboratorio por medio de la manipulación genética, le pregunto a la doctora Susana López si ahora mismo es posible la creación de un virus con características tan complejas, de forma artificial, por parte de algún científico interesado en ello.

“Está muy claro que este virus no fue creado en un laboratorio —responde—. No hay, ahora mismo, manera de generar un virus así. Lo que sí se hace son ensayos de ingeniería para replicar los virus y también muchos estudios aplicándoles cambios en el laboratorio para entender sus propiedades. Pero crear un virus que pueda tener ganancia de función hacia virulencia está excesivamente regulado en cualquier ambiente académico; de hecho, está prohibido”.

Según la web en español de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), en 2005 el doctor Terrence Tumpey logró reconstruir el virus de la pandemia de influenza H1N1-1918, mejor conocida como gripe española, la cual, se calcula, cobró la vida de unas 50 millones de personas en todo el mundo (hay quienes afirman, incluso, que el número de muertos por aquella pandemia fue al menos el doble: cien millones).

A partir de viejos tejidos de autopsias y de restos congelados de algunas víctimas de aquella pandemia, Tumpey y su equipo lograron recrear el virus. Así que en agosto de 2005, en las oficinas centrales de los CDC, en Atlanta, empezaron a realizar estudios de laboratorio sobre el virus reconstruido de 1918. De esta manera, el 7 de octubre de 2005 publicaron en la prestigiada revista Science sus resultados, en un artículo intitulado “Characterization of the Reconstructed 1918 Spanish Influenza Pandemic Virus”.

Entre otras cosas, como se apunta en el sitio web de las CDC, se pudo saber que “el virus completamente reconstruido de 1918 fue sorprendente en cuanto a su capacidad para reproducirse rápidamente, es decir, hacer copias de sí mismo y propagar la infección en los pulmones de ratones infectados. Por ejemplo, cuatro días después de la infección, la cantidad de virus de 1918 que se detectó en el tejido pulmonar de los ratones infectados fue 39 mil veces mayor que la que produjo otro de los virus de la influenza recombinados. Además, el virus de 1918 fue altamente letal en los ratones. Algunos ratones murieron al cabo de tres días a causa de la infección por el virus de 1918 y perdieron hasta el 13% del peso corporal a los dos días de la infección por el virus de 1918. El virus de 1918 fue al menos 100 veces más letal que uno de los otros virus recombinados que fueron sometidos a prueba”.

Hay que decir que para poder trabajar con este virus, Tumpey, además de apegarse a todas las reglas de bioseguridad establecidas por las CDC y otras instituciones, tuvo que trabajar solo con el virus y hacerlo fuera de los horarios habituales del laboratorio; es decir, sólo podía manipular el virus una vez que sus colegas se habían marchado a sus casas. Como en película de James Bond contemporánea, para tener acceso al lugar donde trabajaría con el virus de 1918, debía pasar por un lector biométrico de su huella digital y para ingresar a los frigoríficos donde se almacenaba el letal microorganismo sólo podía hacerlo una vez que el iris de sus ojos era escaneado. Además, debía tomar a diario una dosis de antivirales contra la influenza a manera de prevención y tuvo que firmar un documento en el que aceptaba que en caso de que se infectara al manipular el virus, sería puesto en cuarentena y se le prohibiría entrar en contacto con el mundo exterior.

Las regulaciones son tan estrictas, dice Susana López, porque está claro que los virus no respetan fronteras, no respetan personas, no respetan nada. Y advierte: “En este momento somos testigos de lo que está pasando con el SARS-CoV-2. ¡De este tamaño es el efecto de lo que puede provocar un virus para el que no tenemos control! Aquí podemos ver los riesgos que habría en caso de crear un virus que tenga ganancia de función hacia la virulencia. Por lo menos en el mundo de los virólogos entendemos muy claramente que con esto no se puede jugar”.

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