José Luis Zesati.

“Vivo con el arte y el arte es lo que me mantiene vivo”

Las siete décadas de José Luis Zesati.


Chihuahua, Chih.


Aprendió a dibujar con bolígrafo. Esto significa que no podía borrar. Pero también se acostumbró a realizar trazos firmes, precisos. En diarios, en revistas, en libros, en una hoja de papel, en madera, en un lienzo, sobre un muro, en un enorme portón metálico, en un museo, en una galería, en una casa particular, a la venta por Internet, en la fachada de un negocio, en las paredes de una escuela… La obra de José Luis Zesati es muy variada, está dispersa y, por lo tanto, a estas altura podríamos decir que su dimensión es casi incalculable.

—La mayoría de mi trabajo ha sido robado, regalado y, muy poco, vendido —dice Zesati como quien cuenta lo soleado que estuvo el día ayer.

Pero, bueno, lo suyo es pintar.

—¡Más bien dibujar! —aclara—. Mi fuerte es el dibujo. No soy pintor, sólo que con todo el trabajo que he hecho y el tiempo que llevo, le entro a todo. Justo ahora veía dibujos que hice hace 30 0 40 años que están bien padres. Y me pregunto: “¿Por qué no tomé este camino?” Siento que no he dibujado lo suficiente, que he perdido mucho tiempo. Cuando dibujaba puro lápiz, blanco y negro o tinta china, me decían (ya ves que no falta quien lo critique a uno) que le tenía miedo al color. Y a veces me la creía. Pero como no tengo gobierno y sé que el arte es crear con sentimiento y no con una guía, un catálogo, un cartabón, como si trajera el Photoshop metido en la cabeza, empecé a experimentar con colores sencillos. A aventurarme. Porque la pintura es una aventura.

Fue al dibujo, y no a la pintura, al que Zesati le debe sus primeras ganancias jugosas. Pellizcaba la carrera de Fruticultura en la Universidad de Chihuahua, cuando sus compañeros notaron la calidad de las laminas que elaboraba con dibujos de la naturaleza (plantas, árboles, raíces y demás), así que empezaron a pedirle que dibujara para ellos. Zesati comenzó a ganar 75, 100, 150 pesos.

—¡Era mucho dinero entonces!

Pero también era mucho tiempo el que requería su elaboración. Así que pronto dejaría la carrera para seguir dibujando (y pintando).

—Siempre quise ser libre. Siempre quise hacer lo que yo quisiera sin que nadie me mandara. Tengo problemas con la autoridad. Se me hace muy difícil recibir órdenes. Si alguien me dice que pinte algo, haz de cuenta que me dicen que no pinte nada.

La expresión de esa libertad se volvió incluso un tema recurrente en su obra: busca personajes, elementos oníricos, imágenes, colores, formas que inspiren libertad, que hablen acerca de la necesidad de ser libre, puro, auténtico, que expresen inconformidad con lo establecido.

—No me gusta ser cuadrado, no me gusta hacer lo que la gente hace. Así he crecido y así ha sido mi trabajo.

Me acuerdo que una vez pinté unos maniquíes que miran unos escaparate como si ellos fueran las personas que compran; adentro de las vitrinas puse la miseria humana: personas, máscaras, dolor. Los maniquíes miraban todo eso desde afuera, cavilando sobre el producto que veían a través de la vitrina. Manejo mucho el absurdo.

Dice Zesati de sí mismo que es exagerado y neurótico. Sobre todo a la hora de trabajar. No se conforma. Busca la manera más difícil (y por lo tanto la más precisa, las más elaborada, las más cercana a la inalcanzable perfección) de encarar sus obras. Por ejemplo, en estos días está a punto de terminar una serie de 15 láminas de plantas del desierto. Le falta una. Todas ellas construidas con minuciosidad y a partir de la observación y el estudio detallado de las características de estas plantas en la naturaleza. Han sido cuatro meses de hundirse en el tema, de conocerlo a profundidad, y de dibujar sin detenerse, en la misma posición, con los mismo movimientos, lo que ya le produjo un desgarre en el hombro derecho.

—Se me va la onda de que tengo 70 años. Pero aunque mi cuerpo es grande, mi espíritu es joven.

Autoexilios

A estas alturas José Luis Zesati no está, pues, para ponerse límite alguno. La vida ha sido, para él, idéntica a su forma de pintar: una aventura. Para empezar, sin un sitio fijo en dónde vivir, andando siempre de un lado para otro: nació en 1949 en Guadalupe, Zacatecas, y con apenas seis años, Zesati llegó a Chihuahua de la mano de sus padres. Lo que siguió después fue una sucesión de lugares: Los Ángeles, Ciudad de México, El Paso, Ciudad Juárez… Y, de nuevo, Chihuahua, donde vive en una casa que consiguió con un buen amigo en la colonia Campesina. Eso sí, hay que advertir que no la usa como “casa” en el mismo sentido que la mayoría concebimos una “casa”.

—No me gusta llenarme de cosas y marcarme en un lugar —dice—. Una casa te esclaviza, te exige peor que una mujer: que la laves, que la arregles, que la vistas, que le pagues la luz y el agua, que la barras, que la trapees, que cuides el patio… No es extraño, entonces, que haya vivido tres años en una camioneta. Porque los que estamos preparados para la aventura, estamos preparados para todo.

La camioneta de la que habla Zesati es bien conocida en Chihuahua capital. Se llama La Paloma. Es una Chevrolet Van blanca para ocho pasajeros que trae lo esencial para sobrevivir: aire acondicionado, cama y una mesita que le sirve lo mismo para dibujar que para comer. Eso sí, en el crudo invierno de Chihuahua, La Paloma es una hielera.

Pero el maestro Zesati la quiere mucho.

—Desde que nos conocimos nos enamoramos. Yo digo que es mi mujer. Duermo con ella, le platico todas mi cosas, me dice sus males, la llevo a que le pongan balatas, llantas, bujías, platinos. Le puse La Paloma porque es blanca.

Como en toda relación, con La Paloma también ha habido sus altibajos. En una ocasión la chocaron. En otra, él fue quien la chocó. Pero en ambos casos, por fortuna, nadie salió herido de gravedad.

—Cuando vivía en Los Ángeles —recuerda Zesati—, un día iba rumbo a Canadá, pero mi camioneta se rajó en Oregon, así que me regresé. Ya no tenía dinero para repararla, de modo que hice transa con un mecánico, un indio guareme de Sinaloa. Me había platicado de su gusto por las águilas, entonces le propuse pintarle un águila del tamaño del enorme portón que tenía en su taller, si él me arreglaba La Paloma para llegar a Chihuahua. Me dijo “¡órale!” y empezamos a trabajar juntos. Hice un águila como de cinco metros. Tardé unos 18 días. Él arregló el mueble [la camioneta] en una semana. En cuanto terminé, retomé el camino de vuelta. Varias veces la he librado así, gracias a mi trabajo.

Hay una etapa en la vida de este artista que llama mucho la atención: los 11 años que vivió en el pueblo de Manuel Benavides, un antiguo territorio de apaches y comanches que se localiza en pleno desierto de Chihuahua, al extremo oriente del estado, en el municipio de Ojinaga, muy cerca de la frontera con Estados Unidos. Llegó aquí con la intención de hacer más ligero el duelo por la muerte de su madre. Su intención era estar un año en la casa que un amigo le prestó.

—Cuando menos lo pensé, ya habían pasado 11 años —dice—. No salía. Así que pude juntar material para hacer exposiciones. Me gusta hacer autoexilios en lugares donde no hay nadie. Me gusta aislarme. Mi instinto gregario no está dañado, pero no me gusta estar donde hay tanta gente, con problemas y broncas y cosas inútiles en el cerebro que no producen nada. Yo vivo con el arte y el arte es lo que me mantiene vivo.

La vanidad enfermiza

A sus 70 años, y en lo que concierne a su trabajo y a su visión como artista, si algo ha aprendido el maestro Zesati es que la vanidad y la búsqueda del dinero y los reflectores sólo desmerecen el buen nombre del arte. Pero ¿no es la vanidad uno de los motores que impulsa a todo creador, a todo artista? ¿No acaso la obra sólo está terminada cuando la observa alguien más y la hace suya?

—Walter Benjamin lo dice —recuerda Zesati—: una obra sólo queda terminada cuando es criticada por el espectador. Ahí concluye.

—Pero, ¿qué hay de la vanidad? ¿No es propia de todo creador?

—La vanidad es una inmadurez en el proceso de desarrollo del artista. No es que sea un pecado o una falta, es parte del desarrollo del creador. Es como cuando los niños empiezan a aprender las cosas correctas e incorrectas. La vanidad enfermiza no es parte de la vocación. En cualquier especialidad, la vocación es entregarte de lleno y cerrar la boca. Trabajar. Nada más. En el artista, el resultado de su trabajo es el único que tiene el lenguaje para comunicar.

—¿Cuánto tiempo le tomó a usted vivir sólo de su obra?

—Pues todavía ando en eso. Sobrevivo de lo que hago. Tengo un camarada que es bueno para el bisne. Dibuja muy mal, pero hace tanto trabajo y es bien aventado que la gente, que no es especialista en arte, da por sentado que es bueno. Los demás sabemos qué sucede: es un publirrelacionista muy bien hecho. Tiene esa facultad. Y yo estoy en contra del comercio del arte. Convengo que hay que vivir de él, pero lo que voy sacando de mi obra se acaba luego-luego. Además, no ando corriendo tras los compradores. No me gusta. ¿Está mal? Sí. ¿Me critican? Lo sé. Pero no pertenezco a grupitos, a las élites del arte. Hay quienes me dicen que con lo que hago podría estar ganando millones, pero yo digo que soy artista y no comerciante. No ando como perro rabioso sobre la vendimia. Si quisiera hacer dinero, hubiera estudiado mercadotecnia, administración o contabilidad. El arte es humanismo. Lo otro no.

Pintar la grandeza

Aunque José Luis Zesati ha hecho cuadros al oleo y retratos de gran formato, ya nos contaba que lo que siente más propio son sus dibujos. Confiesa que ahora mismo sólo trabaja con puro papel, tinta china, pintura de airbrush o aerógrafo, acrílico [que, a diferencia del óleo, seca casi al instante] y barnices para cubrir. “Con eso tengo para hacer lo que sea”, dice.

En su obra, es posible identificar una serie de elementos recurrentes como la paloma, la escalera, el cielo, los barrotes rotos, las cadenas rotas; es decir, elementos, todos ellos, que aluden a la libertad, a la inconformidad con un orden impuesto que aprisiona. Tiene también una serie de retratos con personajes que representan ambas características: la inconformidad y la búsqueda de la libertad: Cristo, Zapata, John F. Kennedy, James Dean, Charles Bukowski, George Orwell, Albert Camus, Samuel Becket…

—Me gusta pintar la grandeza de la gente que crea, que ha evolucionado, que innova —explica Zesati—. Estos rostros los hice en Manuel Benavides, en mi autoexilio. Creo que fueron 17 retratos en tamaño grande. Trabajé en triplay de 1 metro y 22 centímetros por 2 metros y 44 centímetros; es decir, cuatro pies por ocho pies, que es el estándar. Utilicé la superficie y las venas de la madera para aderezar el acabado de los rostros.

Detalles, juegos como éste se encuentran una y otra vez en la obra de Zesati. En su retrato de James Dean, por ejemplo, es muy singular la manera en que dibuja el sombrero, los guantes, las botas y los pliegues del pantalón.

—Nunca en mi vida había dibujado unas botas —dice Zesati aún sorprendido—. Nunca había dibujado un sombrero tan bien como me quedó ahí. Nunca había dibujado la textura de un pantalón de mezclilla desgastado. Pero como soy émulo de Rafael Cauduro, me gustan mucho las texturas, me da por tratar de igualar óxidos de fierro, la tierra, la humedad, la sangre, lo descarapelado de las paredes. El trabajo de Cauduro me vuelve loco.

Hay otras obras de Zesati en las que esta obsesión por los pliegues, los brillos y las texturas sobresale. Por ejemplo, cuando pinta paliacates. Es algo que le encanta. Siempre lleva uno con él. Es un fetiche. Además, hay quienes han identificado en el paliacate una alusión a los ilegales en Estados Unidos. Él mismo fue uno de ellos: un ilegal.

Un accidente geográfico

Cuando está en Zacatecas, a Zesati le dicen que es de Chihuahua. En Chihuahua, le recuerdan que es de Zacatecas. Cuando estuvo en Los Ángeles, la migra lo quería echar por ser mexicano. En la Ciudad de México, lo consideraban provinciano. Ante esto, Zesati se ve a sí mismo como un accidente geográfico. “Soy de donde esté”, dice.

—¿Hay algún momento, maestro, en que se haya visto obligado a dar una vuelta radical tanto en su forma de ser como en su manera de concebir el arte; en su concepción del mundo y su relación con la naturaleza o con los demás?

—Fíjate que sí. Hace algunos años tomé una decisión firme a sabiendas de lo que me iba a costar: no casarme; y casarme, más bien, con el dibujo y el arte. Es decir, tener como mi pareja de siempre a mi trabajo. Así, mis hijos no los haría en la cama, sino en la mesa. Lo he cumplido hasta la fecha. No puedo convivir con una pareja porque no hago lo que debería hacer. Una pareja, con toda razón, siempre está exigiendo lo suyo. “Ya vente para acá, deja tus dibujos, tus monos…”.

Otro momento aún más radical, fue cuando el maestro Zesati pudo apagar un espíritu asesino, respecto a su padre, que lo habitó por muchos años. Quizá desde aquella tarde en que su padre salió de casa y nunca más volvió.

—Yo juré matarlo cuando lo encontrara —reconoce—. Un día me dijeron que estaba en casa de mi hermana y llegué hasta ahí con el chamuco en la cabeza. Pero cuando entré y lo vi, algo sucedió en mi cerebro o en mi corazón y se me borró todo: ese hombre era la miseria humana hecha persona. “No le puedo reclamar nada a un moribundo”, me dije. Ahí me di cuenta de que cambiar el bien por mal trae un triple beneficio. Yo tenía la fama (y algunos en Chihuahua todavía la creen) de ser un crápula. Porque era bien cabrón. No se la perdonaba a nadie. Era bien resentido. El mundo que viví de joven me hizo así. Pero aquel momento cambió mucho mi forma de ser.

—Ha publicado su trabajo en algunas de las revistas y periódicos más importantes de la Ciudad de México y Chihuahua, ha expuesto en diversos estados y en la capital del país, su obra ha sido presentada en naciones como Estados Unidos y Alemania, ¿qué viene para José Luis Zesati?

—Pues seguirle de frente abocado a mi trabajo para dejar testimonio de lo que he hecho, de lo que siento y de lo que me ha gustado. Incluso para donarlo y que se corrobore que aunque a veces dibujaba cosas que aparentemente no existían, tarde o temprano aparecen en la realidad. En Manuel Benavides, caminando por el Cañón de Santa Elena, del lado mexicano, me encontré con paisajes que yo había dibujado 30 o 35 años atrás. Siempre me ha gustado hacer paisajes de lugares donde quisiera estar. Pero, ya ves, al hacerlos los creo. Y entonces existen y puedo estar en ellos: me imagino cómo es el suelo, la hierba, cómo está el cielo: ¿nublado?, ¿en penumbras?… cómo se ve la noche: ¿hay estrellas? Yo vivo en ese mundo. Y se me hace muy fácil reproducirlo.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, septiembre de 2019.

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