Autorretrato de Irma Bastida.

Autorretrato de Irma Bastida.

“Nosotros traducimos en imágenes lo que el escritor está diciendo en palabras”

Ilustradora reconocida ya en la Bienal de Bratislava, Irma Bastida empezó a dibujar a partir de la lectura. Hoy, su trabajo se muestra en diversos y distintos libros infantiles.


Todo comenzó en 1997, y, desde entonces, poco a poco —o, si usted lo prefiere, trazo a trazo— el nombre de la ilustradora Irma Bastida Herrera ha ido ganando prestigio. Y con justa razón. Como lo dejó escrito uno de sus seguidores: “La imaginería nunca se ha visto y vestido con tal diversidad como lo hace bajo la mano versátil de Irma Bastida, mejor conocida como Ibasther. Es un mundo que sólo ella habita, y nos muestra parte de él cuando pinta, graba o ilustra algún personaje; es un fantástico mundo de color y forma”.

Irma Bastida suele presentarse a sí misma de la siguiente manera: “Siempre ha tenido ojos disparejos y las orejas muy grandes; en ellas, desde pequeña, guarda las historias que sus papás le cuentan; ahí también almacena las letras favoritas de escritores y músicos. Con el tiempo ha desarrollado cierta habilidad que le permite traducir en imágenes las palabras de poetas, narradores y ensayistas que luego acomoda en libros para chicos y grandes. Cuentan por ahí que en 2013 recibió el reconocimiento Golden Apple de la Bienal de Ilustración de Bratislava por el libro La lectura / Elogio del libro y alabanza del placer de leer, de Juan Domingo Argüelles”.

Hace unos días, mientras charlaba con ella, mi mente no dejaba de darle vuelta a esta carta de presentación. En un momento dado, muy serio, le pedí que me dijera, seriamente, quién era en realidad Irma Bastida.

Irma —quien suele ser una persona muy alegre, jovial y afable— pegó tremendo suspiro. Algo así como un ¡Aaaaahhhhh! Y luego un ¡Uuuuffff!

Entonces, muy divertida, me dijo (hablando de ella misma en tercera persona):

—Creo que Irma es alguien que se divierte haciendo lo que quiere; o sea, se divierte mucho haciendo imágenes y se divierte aprendiendo de ellas. Le divierte ir caminando por ahí, le divierte ir conociendo gente, recurriendo a viejos amigos y así…

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Regresemos en el tiempo.

Si el trabajo de Irma Bastida ha ido ganando prestigio y reputación —y cada día es más y más reconocido— es porque, antes que aprender a dibujar, aprendió a devorar libros.

—Mira, la lectura no sólo habita en los libros; a mí me parece que está en la vida diaria —me dijo durante nuestra conversación.

De hecho, la ilustración llegó a la vida de Irma Bastida a través de las letras en los libros de sus hermanos:

—Yo me acerco a la ilustración por las letras, porque mis hermanos que eran mayores que yo (ellos ya estaban en la primaria, ya estaban leyendo), me leían mucho. También me leía mi mamá. De hecho, yo era de las que decía: ¡Vuélvelo a leer, vuélvelo a leer!, así que casi me aprendía los libros de memoria.

Más que las imágenes, fueron las historias que narraban aquellos libros las que llamaron su atención:

—Entre los primeros libros que recuerdo están los que contenían compilaciones de cuentos de los hermanos Grimm o de Hans Christian Andersen, que eran de mis hermanos… Después, a mi casa fueron llegando colecciones como “Clásicos de Oro”. Eso me marcó mucho…

Resulta curioso, pero Irma no pensó ni se tomó en serio dedicarse a la ilustración hasta que entró a la carrera de diseño gráfico.

—Ahí fue cuando empecé a adentrarme a este mundo… Fue ahí, en la carrera, cuando tomé más en serio la posibilidad de dedicarme a la ilustración… Y no fue exactamente por el plan de estudio, sino por la gente que ahí impartía clases.

Sobre todo, me dijo, por dos personas en particular: Rosario Valderrama y Gerardo Suzán.

—Cuando tuve la fortuna de conocerlos (ellos impartían clases ahí), todo mi mundo quedó patas arriba. Fue casi de un día para otro que empecé a pensar en la ilustración; de hecho, ¡no tenía nada de información sobre ella! Así que, sí, ahí fue cuando más o menos empecé a entrarle a la ilustración; con ese primer acercamiento con gente que se dedicaba a eso, y que me mostraba su trabajo. Fue casi como un enamoramiento hacia esta actividad…

Aquí le interrumpí: ¿y sus padres? ¿Qué le dijeron sus padres?

Entonces le expliqué a Irma que, incluso en nuestros tiempos, muchos padres —a veces con justa razón— suelen poner el grito en el cielo cuando los críos se van a dedicar a las artes o a las humanidades. Y añadí:

—Del “te vas a morir de hambre”, al “¿acaso eres hippie?”, de eso van sus preocupaciones…

Irma soltó tremenda carcajada.

—Es cierto, es cierto —me dijo aún riendo—. En mi caso —agregó— no fue tanto así. Nunca me dijeron cosas como “no, no te dediques a eso”, pero sí había un poco de inquietud sobre si con esta actividad, con este oficio, con esta profesión, uno podía vivir a futuro… Sin embargo, sí, ellos me dieron su apoyo…

1997 fue el punto de inflexión para Irma:

—Ese año fue cuando empecé formalmente a ilustrar libros. Ocurrió cuando la gente del desaparecido Instituto Mexiquense de Cultura (desde 2014 es Secretaría de Cultura del Estado de México) me invitó a ilustrar, junto con otra colega, Cuentos de Sol de Adriana Menassé. A partir de ahí, todo cambió. A partir de ese momento, me dije: esto es lo que quisiera seguir haciendo.

Aunque era una pregunta muy abstracta, de pronto me vi diciéndole a Irma: ¿qué cambió en usted con relación a la ilustración: comenzó a sentir gusanillos en el estómago?, ¿los trazos la hacían emocionarse, vibrar? ¿Qué le hizo decir: esto es lo mío, esto es lo que quisiera seguir haciendo?

Irma lo pensó unos segundos.

Entiendo a qué te refieres, dijo, pero entonces volvió a guardar silencio. Yo creo…, comenzó a decir, y se detuvo otra vez. Yo siento…, empezó a decir de nuevo, y volvió a interrumpirse.

Yo iba a agregar algo, pero se me adelamtó:

—Cuando estás trabajando en la imagen —dijo, una vez que halló las palabras exactas— es casi como si te perdieras, es como si te abstrajeras… Porque, para ser sincera, disfruto más el proceso que el resultado final. O sea, me gusta verlo impreso, me gusta verlo en el libro, pero disfruto mucho más el proceso de creación… Porque, insisto, en el proceso te abstraes en un momento y todo desaparece y estás como dentro de ese mundo que estás trabajando, ese mundo que estás ilustrando, es mundo que estás creando, recreando, inventando…

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Originaria de Toluca (Estado de México), el trabajo de Irma Bastida ha sido publicado por diversas editoriales privadas y públicas. Además, y como ella misma ya lo comentaba, en 2013 recibió el reconocimiento Golden Apple en la 24 Bienal de Ilustración de Bratislava (el concurso más antiguo e importante de ilustración en el mundo) por La lectura / Elogio del libro y alabanza del placer de leer, del poeta, ensayista y escritor Juan Domingo Argüelles, publicado por el Fondo Editorial Estado de México.

Autorretrato de Irma Bastida.

De acuerdo al jurado —y permítanme aquí transcribir lo dictaminado pues no sólo describe al libro ganador sino gran parte de su obra—, las ilustraciones de Irma Bastida “son de formato pequeño, pero grandes en concepto; creadas con una mínima variedad de colores y líneas, y en las que destacan sus buenas ideas, metáforas y gran sentido del humor”.

Tomando todo esto en cuenta, le pregunté a Irma sobre su formación:

—Uno siempre está aprendiendo y nunca se deja de aprender —me dijo—; uno siempre está en constante proceso de aprendizaje.

Desde el mismo momento en que empezó a tomarse en serio esto, ella no ha dejado de asistir a cursos y talleres: desde luego tomó con Gerardo Suzán, pero, también, con Alejandro Magallanes, Silvana Ávila, Benjamín Domínguez, Alejandro Villalbazo, Javier Sáez, Joel Rendón, Martín Vinaver o Guillermo Samperio. Han sido cursos y más cursos:

—He tomado de todo tipo: de pintura, grabado, escritura, incluso en este momento estoy en uno de cerámica. Con el tiempo me he dado cuenta que éstos te permiten no sólo descubrir cosas nuevas de ti, sino también cosas nuevas en relación a otros compañeros… Los cursos te permiten enriquecer tu trabajo, incluso aunque al principio no lo parezca… Para mí es como en la cocina: conocer los alimentos, sus sabores, o saber para qué sirven los condimentos, te ayudan a preparar un mejor platillo. En la ilustración es muy similar. Todo de alguna manera te va a enriquecer…

—Llegado a este punto —le dije—, ¿cuál sería el consejo que le daría a alguien que se quiere dedicar a la ilustración y el mejor que le dieron a usted en sus inicios?

—Si hubo un consejo que me dieron como tal, o que así percibí en su momento, era: échale ganas. Las ilustraciones no son algo que surjan o salgan rápido… Es decir, sí hay gente que trabaja muy rápido, pero no siempre es así; de hecho, la mayor parte de las veces es todo lo contrario. El de la ilustración es un trabajo que lleva su tiempo. Te tiene que gustar mucho como para que no te importe quedarte todo el fin de semana tratando de terminar un libro. Entonces, te tiene que gustar lo suficiente para saber y estar consciente de que tendrás que invertir todo el tiempo necesario y no sentir frustración si no salen las cosas… ¿Y el consejo que yo les daría? Diviértete como niño mientras trabajas.

—¿Y las influencias, Irma? ¿Qué artistas han dejado una huella en su trabajo? ¿Llega un momento en que ya no se tienen influencias?

—No, no lo creo. Yo soy de las personas que piensan que siempre tienes influencias. Pongo un ejemplo: en Toluca, en el Museo Nishizawa, hacen un concurso de dibujo para niños; yo he ido y he descubierto cosas fabulosas. Es más, la mejor influencia, creo, es la de ellos, es la de los niños.

“En cuanto a ilustradores, siempre habrá algunos que te dejen una huella más profunda que otros; siempre hay ilustradores que te van marcando… Yo, por ejemplo, he tenido la fortuna de convivir con algunos de ellos en los talleres, como Alejandro Magallanes, o Silvana Ávila, o Javier Sáez”.

—Orígenes, formación, influencias… ¿qué requisitos considera necesarios para ser un buen ilustrador?

—Ésa es una pregunta difícil. Porque, generalmente, es muy subjetiva la respuesta que uno pueda dar… O sea, cuando uno dice esto es bueno o esto es malo es muy subjetivo, porque lo analizas a partir de tus valores. Saúl Cabello, un maestro de litografía, decía sabiamente: lo básico es analizar la técnica. Porque tiene que estar bien resuelto técnicamente…

—Pero en su caso, y como dice la frase: ¿de qué hablamos cuando hablamos de “técnica”?

—De técnica yo siempre hablo de ensayo y error. Porque a mí me gusta mucho experimentar con los materiales… A veces se llega a ciertos resultados, a magníficos resultados, a través de éstos, a través de algún accidente o error… Incluso, en una ocasión, se me vació un cartucho de tóner y entonces empecé a trabajar a partir de las manchas…

—O sea, ¿el error, el accidente, son esenciales en su trabajo de ilustración?

—Sí-sí. Yo pienso que el error es esencial. Yo creo que uno crece bastante a través del error, a través del accidente, ya que si uno siempre acertara seguiría siempre la misma línea. Así que el error siempre nos permite descubrir, descubrirnos y aprender…

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En un texto publicado en la revista Transgresiones (número 4 / Abril-Mayo de 2018), la escritora Becky Rubinstein lo subraya: “Lejos de repetirse, Irma (más allá de premios y de fama) recrea no sólo un mundo sino varios, y variopintos: jamás se repite, su arte es fruto de la búsqueda, del aprendizaje que no ceja. Quien se asome a su arte, hallará diversos estilos a partir de la correcta lectura del texto inspirador gracias a su experiencia y estudios. Literalmente, tanto niños y adultos, se quedan con la boca abierta al mirar su trabajo, donde impone su huella. Siempre nos sorprende”.

Y, sí, tiene razón. Literalmente, uno se queda con la boca abierta al mirar el trabajo de Irma Bastida. Y, sí, siempre sorprende.

Ejemplos de esto se pueden hallar en libros como Ética y poética de la lectura / El derecho de leer, la libertad de saber, de Juan Domingo Argüelles; o en El libro de l@s niñ@s que usan gafas, de Alexis Díaz Pimienta; o en La lotería de Metepec, de Flor Cecilia Reyes; o en Las onomatobellas, de Ruth Kaufman; o en #YoSoyBosco, de Andrés Acosta; o en Manantial de carcajadas, de Alfonso Orejel Soria; o en Rumbo a la lectura, de Gerardo Ciriani; o En la aldea de viceversa, de la propia Becky Rubinstein. Son trabajos y más trabajos en los que ha participado como ilustradora Irma Bastida.

En este punto, la pregunta que alza la mano —una y otra y otra vez— es: ¿cómo es su proceso creativo?

—Yo suelo decir que no es que ilustremos, más bien vamos traduciendo —me explicó Irma Bastida—. Nosotros traducimos en imágenes lo que el escritor está diciendo en palabras. Y como es una traducción, pues obviamente nunca es literal… Al menos es así como concibo la ilustración…

—Como una traducción, que no tiene que ser literal… —repetí instintivamente.

—Sí-sí. Es la traducción de lo que yo estoy descubriendo del universo del escritor… Mientras leo el texto, voy haciendo anotaciones, a veces escribo, a veces medio garabateo (nunca hago bocetos), pero sí voy tomando apuntes de las frases que me van interesando. Es decir, voy leyendo el texto, leo una frase que me interesa, y voy anotando esa imagen. A partir de ahí, se va desarrollando el libro.

“Después de eso, veo cómo lo voy a resolver, cuál técnica aplicar. Hay textos lúdicos en los que el collage es ideal, y otros que son muy suaves pero intensos en donde el lápiz puede ser un buen traductor… Eso sí: generalmente cuando inicio el libro tengo dos pruebas de por dónde me voy a ir. En un momento dado hay una que te grita: ¡es por aquí, es por aquí! Las mismas pruebas te lo van diciendo, así que empiezo a trabajar sobre ello…”

Dicho esto, ella se quedó unos segundos en silencio como si meditase. Luego se expresó de la manera siguiente:

—Por supuesto, siempre hay dentro de las ilustraciones una carga de uno, porque siempre se refleja el universo que uno tiene; de hecho, las ilustraciones son más auténticas cuando justamente las enriquecen otros universos.

—Hay un capítulo de Los Simpson en el que Bart, tratando de jugar con su imaginación, no puede; entonces, exclama: ¡Maldita televisión! En una realidad como la actual, Irma, con miles de imágenes por todos lados, ¿a qué se enfrentan los ilustradores?; ¿qué tanto ha cambiado la imaginación de los niños?

—Lo que ha cambiado es la inmediatez; es decir, siempre quieren todo inmediato inmediato inmediato. Esta inmediatez a veces no permite que las cosas maduren, y menos aún que puedan apreciar las cosas… Cómo las van a valorar si todo viene así, rápido rápido rápido, lo que sigue, imagen, click click click… Desde mi punto de vista, si a los niños no los acercan desde el inicio a todo esto, esa inmediatez se puede hacer más lenta y los niños pueden apreciar más cosas. En cuanto a la imaginación… Bueno, no creo que ésta se pueda acabar; más bien, a veces no la usamos del todo. Y eso, definitivamente, es un error.

—Hablemos de otro tipo de retos —le dije a Irma para finaliza nuestra charla—. ¿Cree que la ilustración y los ilustradores son ya valorados? Durante mucho tiempo se les puso en segundo término…

—No hay una respuesta absoluta —dijo Irma al cabo de unos segundos—. En cuanto a los derechos de autor, sí creo que a veces no son muy reconocidos aún. Mira, no sé si seamos artistas o no, lo que sé es que sí hay de pronto una carga de autoría en los libros que uno va dejando. Esa carga a veces no es reconocida ni siquiera administrativamente… Por otra parte —añadió y con esto finalizó—, hoy ya es más común que haya gente que reconozca tu trabajo, empezando por los escritores. Me ha tocado gratas sorpresas, en las cuales te reconocen y te dicen unas palabras hermosas sobre tu trabajo. Entonces, yo sí veo ya un cambio.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, abril de 2019.

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