Finis. / Ilustración de Javier Sáez Castán - Iberoamérica Ilustra (Catálogo).

Seis microficciones


Informe

Increíble, porque el tipo era un defensor acérrimo de los juguetes bélicos. Los niños, sostenía, tienen que aprender a defenderse, a sobrevivir en la jungla de nuestras sociedades, donde no impera más ley que la del fuerte.
Es un disparate, se le dijo más de una vez, es perpetuar el predominio de la barbarie.
La realidad es la realidad, insistía. Para los niños rifles de municiones, ametralladoras de chispa, bombarderos que dejan caer huevos de gallina, soldaditos de plomo (aprenderán, de paso, a protegerse de un envenenamiento). Eso hay que regalarles.
Increíble, te digo. El tipo tropezó con un tanquecito de juguete y rodó por las escaleras. Le encontraron fractura de la pelvis y el fémur y estuvo tres días inconsciente.
Qué tal.

Un caballero

Hasta la hora de su muerte, el hombre pálido y delgado se comportó como un caballero. Ese día triste él y dos mujeres, asesinos convictos y confesos, fueron conducidos al cadalso. Al pie de la horca aceptó el hombre la última copa de mezcal, que bebió circunspecto y sereno.
—Ha llegado el momento —indicó luego el alguacil. El hombre pálido se echó a un lado.
—Las damas primero —dijo sin perder la compostura.

El cohete

Montaron el cohete en una plataforma fuera de la ciudad de Oaxaca, en un descampado junto a la carretera que va a Tlacolula. Era un artefacto modesto cuya misión consistía en abandonar la atmósfera. Nadie esperaba más que ese pequeño salto. Antes de iniciar la cuenta regresiva —nueve ocho siete— verificaron el emplaza miento, el plan de coordenadas, el combustible, las turbinas, todo —seis cinco—. Los estudiantes de ingeniería de cierta universidad oaxaqueña aguardaban nerviosos el instante supremo —cuatro tres—. Era su cohete, diseñado por ellos, fabricado con materiales de desecho y, sobre todo, con paciencia y fe —dos uno ¡cero! Brotó la llamarada y, rugiente, el cohete se elevó veinte metros, treinta, luego inclinó la nariz y a gran velocidad descendió en picada. Fue a caer a cosa de cien pasos, en una parcela agavera. ¿Qué habrá fallado?, inquirió uno. Yo creo que el combustible. Eso nos pasa por agarrados. Tienes razón, y pues ya qué. Se los dije, otra cosa sería si le hubiéramos puesto mezcal del bueno.

Ficus

Hugo y Ángel, cineastas, sentados una tarde de domingo en los portales de la capital oaxaqueña pidieron mezcal. Trajo el mesero las copas, un platito con limones partidos y sal de gusano apócrifa, bien sabía él que se trataba de una mezcla, ausentes los insectos, de sal común y chiles tostados y molidos. Los cineastas habían viajado a Oaxaca para levantar un inventario fílmico de las bellezas y riquezas del estado y ahora disfrutaban la calidez y transparencia del aire, dejaban que la suave luz les llenara los ojos, que el calor del mezcal se les asentara en la sangre. Una ronda más, otra. De lo alto llegaba el rumor del viento agitando las hojas de los árboles. Altos y frondosos árboles, de grueso tronco y corteza gris. Hugo llamó al mesero y señaló los árboles. ¿Qué son?, preguntó. Ficus, dijo el mesero, laureles de la India les dice la gente. Son enormes, maravillosos, añadió Ángel. Esta es una variedad pequeña, informó el mesero, en la montaña hay una zona donde crecen, qué diré, dos veces, tres veces ese tamaño. Hugo y Ángel mostraron interés por fotografiar tan magníficos ejemplares. ¿Dónde es eso? En la mixteca, sierra adentro, es difícil llegar, pero preguntando siempre se llega. Hugo pidió otra ronda. El mesero se alejó sonriente. A él también le agradaba el mezcal, le gustaba beberlo y, al cabo de seis copas, adentrarse en un bosque de ficus gigantescos.

En la cantina

El hombrecito extraño llegado de las estrellas bebió la primera copa de tequila y la coloración de su cuerpo comenzó a cambiar. Del color acanelado, perfectamente humano, que tenía cuando entró al local, pasó a tomar un tono rosado, como de ratón recién nacido, y tres copas más tarde se había vuelto claro como el cristal.
Todos los parroquianos lo miraban con asombro. Uno de ellos se le acercó y, sin deseo de ofenderlo, señaló aquella mano de increíble transparencia.
El hombrecito se miró la mano y sonrió con su cara de vidrio. Pidió entonces una copa de vino rojo y con el primer trago comenzó a recobrar su color original.

Telegrama

El segundo día del año el doctor Parménides González y yo conversábamos en el consultorio cuando se acercó su mujer y le entregó un telegrama. El doctor leyó el mensaje de un vistazo y el rostro se le ensombreció. Se volvió hacia mí y con voz preocupada dijo:
—Me comunican que usted falleció hace dos días.
En el primer momento no supe qué decir. Luego, ruborizado, me disculpé.
—Es cierto. Perdóneme por no habérselo notificado.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, diciembre de 2018.

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