Gerardo de la Torre. / Foto de Abril Cabrera - Secretaria de Cultura.

“Me hubiera gustado tener las cualidades de Dostoievski”

Ocho décadas de vida: una charla con Gerardo de la Torre.

El 15 de marzo [de 2018] el narrador Gerardo de la Torre (Oaxaca, 1938) cumplió 80 años de edad, ocasión que le mereció una mesa redonda, en torno a su obra, en Bellas Artes. Novelista, cuentista, creador de guiones televisivos y cinematográficos e incluso de historietas (es el continuador del Fantomas que inaugurara Gonzalo Martré), Gerardo de la Torre nos habla de todas sus experiencias escriturales.


Con motivo de la celebración de sus 50 años como escritor, Gerardo de la Torre publica La vida rápida, una compilación de cuentos editado por Lectorum. Se reúnen los que su autor considera los más interesantes, aunque agregó nueve relatos inéditos, para mostrar un panorama completo de su trabajo literario a lo largo de medio siglo de creación.

―¿Cómo aprecia su carrera literaria a sus 80 años?

―Con toda sinceridad, me hubiera gustado escribir mejores textos; pero, en realidad, di todo lo que pude con los medios tan limitados con que contaba. Tengo diez novelas publicadas, ocho volúmenes de cuento y libros con otros temas. Escribí programas de televisión, historietas como Fantomas e hice algo de cine; ahora me dedico a traducir. He hecho lo que he podido. Me he ganado la vida. Y, de alguna manera, estoy satisfecho conmigo mismo por haber sido un hombre que se dedica a su trabajo; estoy satisfecho con mi obra literaria, aunque me hubiera gustado tener más capacidad, poseer algunas de las cualidades de Fiodor Dostoievski.

―Hábleme de La vida rápida…

―Realmente comencé mi carrera escribiendo cuentos; publiqué un librito en 1968; reconozco que el trabajo era muy torpe, pero caí en el taller de Juan José Arreola, como muchos de los cuentistas de mi generación. Quería, como la mayoría de los que estábamos ahí, imitar al maestro, poseer esa brillantez, ese lenguaje, esa manera tan veloz y deslumbrante de Juan José y la calidad con que manejaba sus temas, los cuales son medio fantásticos, medio simpáticos y medio de la vida real; pero siempre con un ingenio chispeante. Lo imitábamos, si bien son imitaciones fracasadas. Me di cuenta, mucho más tarde, que mi camino no era por ahí; sin embargo, gracias a esos primeros cuentos obtuve en 1967 la beca del Centro Mexicano de Escritores. Y cuando entré a esta institución cambié radicalmente mi manera de escribir. Si pudiéramos comparar los cuentos de mi primera época, del libro El otro diluvio, de 1968, con El vengador, publicado por Joaquín Mortiz en 1973, se vería que es diametralmente opuesta la narrativa entre ambos libros; en parte porque aprendí mucho en el taller de Arreola. Pienso que de él lo más brillante, de su manera de escribir, era su prosa y sus recomendaciones, las palabras, la artesanía del lenguaje; cómo construir una prosa expresiva y fuerte y poderosa.

Los petroleros

―Como novelista, ¿cómo es su experiencia?

―Es la veta con la que más me encariñé. En los años en que fui becario del Centro Mexicano de Escritores descubrí la entraña poderosa de las luchas sociales, tema de mi primera novela. Este proceso duró largo tiempo, creo que la reescribí completamente cinco veces porque no salía, no se dejaba y, finalmente, no se dejó mucho pero Ensayo general la publicó Joaquín Mortiz en 1970. Es mi primera novela, y trata de los petroleros, los sindicatos y sus movimientos. Diez años después, en 1980, publiqué una segunda novela sobre los petroleros: Muertes de Aurora; ya luego, con mucha más experiencia, escribí un libro que tiene que ver con los petroleros en 1968. Los petroleros tuvimos una participación activa en el Movimiento Estudiantil, razón por la cual el gobierno nos persiguió. Mientras tanto, publiqué una novelita sobre la expropiación petrolera que sucede en el altiplano, en la tierra de mi padre donde pasé mi primera infancia; aunque no nací en Minatitlán sino en Oaxaca. Mi tetralogía sobre el petróleo la fui escribiendo al azar, no fueron historias pensadas exprofeso, no fue un proyecto. Una de ellas se llama Los muchachos de aquel verano, la cual considero la mejor novela que he escrito. Realicé mucho esfuerzo para terminarla: habla de la época del quinismo [1979-1989]. El personaje está en el momento en el que deja de ser trabajador petrolero y se mete a escribir cine, televisión, historietas y muchas otras cosas, lo cual refleja mucho lo que soy, refleja lo que ocurría en el movimiento petrolero. Luego cambié de tema. Me metí en otras cosas.

―¿Cómo fue su relación con los escritores de aquella época?

―Conocí a fines de 1968 a Juan Manuel Torres, también era él de Minatitlán, cineasta, de mi misma edad, nos hicimos muy amigos. Tenía cultura europea. Vivió cinco o seis años en Polonia, y venía con eso de la literatura europea palpitándole en la pluma. A mí me hizo pedazos, como cuates que éramos, me dijo que era un buey; me corrigió muchas cosas y me recomendó diferentes lecturas. Nos puso a leer literatura polaca, de otros países europeos; sobre todo centroeuropea. Así fue como me fui saliendo de mi marco que era, fundamentalmente, literatura norteamericana y mexicana. Todavía no llegaba el gran auge de la literatura latinoamericana. En nuestro país teníamos a gente muy valiosa: Juan Rulfo, Juan José Arreola, Martín Luis Guzmán y Carlos Fuentes. Mi trato sobre todo fue con Juan Manuel, quien me hacía pedazos y, además, me llevó a la televisión. Gracias a él comencé a escribir televisión y cine. Y luego nos reuníamos un grupo en el diario El Nacional, enfilándonos hacia el periodismo, pero fundamentalmente queríamos ser escritores.

―¿Es el momento en que empieza a desarrollar su labor periodística?

―Estuve mucho tiempo en El Nacional, estuve en el suplemento “El Búho” con René Avilés Fabila, luego tuve dificultades con él y dejé de frecuentarlo en 1991. Estuve también en El Universal con papá Taibo; en fin, sí hice mi recorrido por los periódicos de México. Actué en una revista muy interesante Memoria de papel.

―¿Por cuál se inclina más: el periodismo o la literatura?

―La literatura. En el periodismo tienes que andar por ahí en busca de la noticia, entrevistando y enterándote, metido en todo; y en la literatura lo único que se necesita es acostarte a leer el mayor tiempo posible y a escribir de vez en cuando.

Televisión, cine, traducción

―¿Cómo incursiona en el cine y en la televisión?

―Como ya te dije, Juan Manuel Torres era cineasta y creó cinco o seis películas, ganó un Ariel en 1975. Lo comencé a tratar aunque ya lo había visto por ahí: buen cuentista, buen escritor. Tiene una novela publicada en Era y otra con Joaquín Mortiz. Pero lo invitaron a ser jefe de escritores en Plaza Sésamo, programa que aparece, creo, en 1972. Como éramos muy amigos me insistía en que me uniera a su equipo, me pagaba el doble o triple de lo que ganaba yo en esa época; pero “no sé escribir televisión”, me resistía yo. Sinceramente yo no sabía, me sentía un poco inseguro. Él me decía: “Si puedes escribir una novela, cómo no vas a poder escribir televisión. Yo te adiestro”. Me insistió tanto y me aumentaba el sueldo cada vez más que llegó el momento en que me decidí a trabajar con él. Me gustó el asunto de la televisión. Escribí 500 ó 600 programas.

―¿Es difícil escribir para la televisión?

―Es más difícil escribir novelas o cuentos. En la televisión e incluso en el cine no necesitas preocuparte por la prosa, por el poder de las palabras, no; ya tienes las imágenes, ya tienes todo. Cuando redacté historietas (Fantomas lo elaboré durante cuatro años, Gonzalo Martré lo escribió durante tres) ponía un cuadrito en donde Fantomas aparecía con cara de malvado y lo colocaba encabronado, no necesitabas más. Si te abocas a detallar: “El gesto se le descompuso…”, y, en fin, tienes que crear una serie de descripciones para dibujar su imagen con puras palabras; pero si vas a usar la imagen, sólo ocupas la palabra, malencarado o encabronado, por ejemplo.

―¿Cómo fue su experiencia en el cine?

―El cine es un arte mayor con respecto a la televisión. Hay que ser más cuidadoso al escribirlo y tener una estructura dramática; se necesita estar más cerca del teatro, de la dramaturgia, que del mero guión. Escribí un librito sobre guiones en el que cuento mis experiencias y las clases que daba de guión con escritores en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Es un librito que sirve para empezar a escribir guiones fílmicos.

―¿Su trabajo como traductor representa una experiencia diferente?

―Sí, pero esa es una labor que data de los últimos años. Traduje dos o tres novelas en Selecciones. En cada número de la revista aparecen historias literarias. Además, traduje muchas historias policiacas durante muchos años. De vez en cuando traducía alguna novela seria, y, finalmente, en los últimos tres o cuatro años estuve trabajando con Editores Mexicanos Unidos traduciendo clásicos, a autores como Scott Fitzgerald, como Ernest Hemingway. Me hubiera gustado ejercer este oficio desde el principio de mi carrera, pero en esa época no tenía destreza en el inglés. Me obligué a leer en ese idioma a autores como Hemingway, quien de alguna manera es sencillo de entender. Su inglés no es muy complicado. Cuando aprendí y fui cultivando el idioma llegó el momento en que empecé a traducir. Como escribo bien en español, no me preocupaba ejercer esta labor. 

―¿Qué tan confiables son las traducciones que se encuentran en el mercado literario?

―Vicente Leñero, quien, como yo, era muy aficionado al beisbol, comentaba conmigo las novelas estadounidenses que tratan sobre este deporte. Se me ocurre pensar ahorita en una de Philip Roth y en otra de Paul Auster, dos autores aficionados al beisbol; si estas novelas son traducidas por españoles no se entiende nada. Dicen: “Dio uno bueno”, cuando tratan de decir que bateó un hit; o “Dio uno malo” y hacen una mezcolanza espantosa. Incluso, no recuerdo quién, en lugar de escribir los Medias Rojas de Boston decía los Calcetines Encarnados de Boston. En una época pasada se burlaban de las traducciones de los españoles. No sé hasta qué punto sea válido decir qué tanto existieron las malas traducciones; pero sí, creo, que estas burlas son el reflejo de las malas traducciones de los españoles. El beisbol ya está castellanizado todo: le decían pelota base. Es una verdadera vergüenza pensar en esto.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, diciembre de 2018.

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