Arturo Pérez Reverte. / Imagen tomada del libro Territorio Reverte.

¿“Benditas redes sociales” de México…?

“Aquí algunos datos que los jóvenes mexicanos nacidos en este milenio no encontrarán en línea…”


Honrando el hecho de que el soporte de esta publicación es impreso, vierto aquí algunos datos que los jóvenes mexicanos nacidos en este milenio no encontrarán en línea, porque nadie se toma la molestia ni el tiempo ni, mucho menos, la libertad de registrarlos, ya sea porque se desconocen o porque está virtualmente prohibido conocerlos. 

Uno: exequias literarias a Umberto Eco en México

Hay homenajes literarios que Umberto Eco no se merece y otros que sí. El inquisidor (Héctor Zagal, 2018, Editorial Planeta), una especie de Nombre de la rosa a la mexicana en tiempos de la Santa Inquisición, es de los que sí se merece el difunto novelista y lingüista italiano. Y, para efectos del goce de la lectura —fin primero y último del novelista, aunque no necesariamente del académico—, es preciso reconocer, e incluso celebrar, los paralelismos y elementos que una novela tomó prestados a la otra, comenzando por el misterioso asesino serial en un mundo donde la iglesia católica prohíbe leer la Biblia en otro idioma que no sea el latín y manda a la hoguera a quienes posean y compartan libros prohibidos.  Como en El nombre de la rosa, hay también en El inquisidor un clérigo que es la voz de la razón, en este caso un jesuita que lee a los enciclopedistas franceses, y que duda de las supercherías criminales que impone la Santa Inquisición. El padre Goñi es el héroe que también se enfrenta al poder monolítico del oscurantismo religioso, y quien también protege a los enamorados. Mediante una trama policíaca que igualmente se inscribe en el género de novela de enigma con claves literarias y bíblicas, El inquisidor, a la manera de El nombre de la rosa, nos conduce por el camino de diferentes cadáveres para resucitar toda una época.

Ahí reside, quizás, uno de los mayores aciertos de El inquisidor: su recreación de la Ciudad de México en tiempos de la Nueva España es algo que pocos escritores mexicanos contemporáneos, incluidos los varios autores de supuestas “novelas históricas” (académicos aspirantes a narradores), nos han permitido visitar verdaderamente en sus libros. Unos, porque no pretenden más que hacer alarde de erudición y no les interesa tanto contar una historia como publicar libros. Otros, porque no tienen la destreza narrativa de Zagal para lograrlo.

La Ciudad de México novohispana de Héctor Zagal se respira, se ve y se saborea en su comida. No es solamente un compendio de datos históricos, sino una recreación ficticia y, por tanto, más real. Los personajes se desplazan en un espacio que es posible visualizar y sentir. Si acaso sólo peca de que ellos no hablaban así en la época que les tocó vivir: basta con leer al jesuita expulsado Francisco Xavier Clavijero para saber que nadie profería frases tan chilangas y contemporáneas como “el cabrón de Fagoaga ni se ha aparecido” o “¡el puto eres tú!” (Capítulo 6). Sin embargo, esta novela no es una “modernización” del virreinato, ni una “versión contemporánea” de un tiempo anterior: no cuenta la historia en hip-hop para que los jóvenes la entiendan, sino transporta al lector (de cualquier edad) a un pasado enterrado en los escombros del Centro Histórico. Mientras no existan las aplicaciones electrónicas que puedan revivir nuestra visita virtual a la capital novohispana, tendremos que valernos del talento de narradores como Zagal, interesado en cumplir con la tarea fundamental de una novela porque, como dije, hay homenajes literarios que Umberto Eco (1932-2016) no se merece y otros que sí. Basta comparar este libro policíaco con la pedantería hiperbólica de La muerte me da, de Cristina Rivera Garza (Tusquets, 2007), para corroborarlo.  

En este segundo caso, con frases tan elaboradas como “piensa que alguien te observa desde tu punto ciego que es el único lugar que tú no puedes ver” (subrayado mío porque, digamos, me quedé con la duda de lo que es un punto ciego) o tan poéticas como “mi vaso vacío está lleno de huecos” (sic.), se supone que La muerte me da es una novela que trata sobre crímenes cometidos por un asesino o asesina serial y descubierto siguiendo también claves literarias. Sin embargo, al terminarla de leer, el verdadero enigma es cómo le permitieron a la autora publicar esos desvaríos tan mal escritos, inconexos y pretenciosos en Tusquets, si es que alguien leyó completo el fajo de hojas empastadas firmado por la sobrevalorada protagonista. Y, como suele suceder en casos así, el primer sospechoso de semejante crimen es el tráfico de influencias políticas en el mundo editorial.

El inquisidor, de Héctor Zagal. Detalle de portada.

Dos: la actual discusión sobre lenguaje incluyente que tanto indigna no está teniendo lugar sólo en español

Probablemente algunas y algunos lectores estén ya enterados de que el novelista Arturo Pérez-Reverte amenazó con renunciar a la Real Academia Española (RAE) si se acepta el lenguaje incluyente. Lo que tal vez no sepan es que la misma discusión, con exactamente los mismos argumentos en contra, y con reacciones igualmente encendidas (provenientes también de hombres, sobre todo) está teniendo lugar en francés. Las y los sagaces lectores deducirán de esto que tal vez estemos presenciando un fenómeno social, producto del avance histórico de los derechos de las mujeres, y no de un capricho de algunas hispanohablantes que le caen mal a Pérez-Reverte.

Otro dato que tampoco se publica frecuentemente en línea es que la RAE está conformada por 44 miembros hombres y 8 mujeres. Esto es, las mujeres constituyen sólo el 18 por ciento de esta institución expresamente monárquica (se llama “real”, pero no es muy “realista”), y en la que habrá que esperar a que por lo menos se cumpla cuota de género de un 60 o 70 por ciento de mujeres contra un 30 por ciento de académicos varones para poder iniciar una discusión equitativa en un sistema de gobierno dominado por hombres (calculo una cantidad mayor de mujeres, y no exactamente la mitad, porque el 50 por ciento daría igualdad en cantidad pero no en equidad).

Por último, el dato que menos se rebate por desconocimiento de gramática y etimología, respecto al cual se equivocan tanto machistas como muchas feministas, es que el lenguaje incluyente no tiene nada qué ver con el género de las palabras en sí. Se aplica sólo a los sujetos, que somos los que tenemos género, y específicamente a los humanos. Esto es, no  busca convertir a todas las palabras del género masculino en femenino, sino, como su nombre lo indica, incluir a los dos géneros biológicos, por lo pronto, y encontrar la manera de reflejar además la diversidad sexual. El género biológico humano al que una palabra nombra o califica (amigas o amigos, lectoras y lectores atentas o atentos) no es lo mismo que el género de la palabra en sí. El mar en español es una palabra de género masculino y en francés es una palabra de género femenino: la mer. Por el contrario, la propia palabra en español es un vocablo de género femenino, pero en francés le mot, es masculino. Significa lo mismo. En inglés ni siquiera tiene género: word. Así, pues, quienes deseen eliminar la diversidad de género de todas las palabras en español o en francés van a tener serias dificultades en llamar “incluyente” a su lenguaje inventado (vehícula, libra, ciela y todas las partes de la cuerpa), pues lo que se logra es excluir completamente a un género que ni siquiera se refiere a los hombres, sino a expresiones que son el compendio de una historia y un consenso, como lo es todo el lenguaje para poderse comunicar. En cambio, los animales conscientes de la materia y por tanto hablantes de una lengua, sí tenemos género. Es a ellos y a ellas a quienes se buscaría incluir. ¿Por qué? Porque nombrar es hacerse consciente de la existencia de algo.

Tres: Pérez-Reverte honró a un connotado plagiario mexicano en la serie de novelas que lo hizo más famoso

El país se estremeció cuando Sealtiel Alatriste —quien fuera el poderoso director de la Editorial Alfaguara durante el sexenio de Salinas de Gortari— se vio obligado a renunciar al Premio Xavier Villaurrutia y a la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM por plagio confeso. Pero, durante el sexenio de Salinas, él ya había traficado impunemente con manuscritos de autores desconocidos que le presentaban sus primeras obras, esperando ser leídos y dictaminados por un equipo de lectores competentes, cuando en realidad se estaban metiendo al laberinto de un minotauro copión. Sus obras eran entregadas a autores de renombre sobre los que la sospecha de plagio jamás resonaría como algo verosímil. 

A este hombre es a quien Arturo Pérez-Reverte le rindió tributo en su colección de novelas Las aventuras del Capitán Alatriste (Alfaguara, 1996). Le puso ese nombre como homenaje, en agradecimiento al gran apoyo que recibió y que se pudo constatar con la exitosa campaña de lanzamiento que se le hizo en México a sus libros desde La tabla de Flandes (Alfaguara, 1990) durante el salinismo. Pero, sin duda, su mayor éxito comercial provendría de La Reina del Sur (Alfaguara, 2002) con la que parece haber habido el mismo operativo, sólo que bajo el consentimiento del plagiado o “inspirador de la historia”, un mexicano que al año siguiente de premiar a Pérez-Reverte sospechosamente ganó también el Premio Alfaguara con una historia similar. La Reina del Sur, hoy convertida en telenovela en español y en inglés y hasta en motivo de intercambio epistolar y encuentro con El Chapo Guzmán por parte de una actriz que se creyó personaje de la misma, es una novela protagonizada por un personaje completamente inverosímil, pero de eso ya nadie se acuerda. En el libro del ex reportero y narrador español que se tomó unas vacaciones en México y creyó que ya con eso entendía todo sobre narcotráfico, las mujeres mexicanas son putas y narcas o no son mujeres, pero de eso ya nadie se acuerda tampoco. También quedó enterrado en el olvido el hecho de que uno de los personajes de la novela, Batman, fue nombrado así en honor al reportero César Güemes, quien gustaba de ornamentar su vestimenta con parafernalia de Batman y se había enamorado platónicamente de Pérez-Reverte. 

Cuatro: en España el franquismo está vivo y síntoma de ello es el éxito de Pérez-Reverte

En México la gente está acostumbrada a reverenciar lo que durante décadas no fueron más que modas editoriales del todavía poderoso Sealtiel Alatriste. Por ello mismo, les sorprendería conversar con lectores españoles a quienes las novelas de Pérez-Reverte y su gran poder, incluso su nombramiento como miembro de la Real Academia Española, les parecen expresiones de la vigencia del franquismo en España. Pero yo me los encuentro por aquí, en Nueva York. Lo explican así: el franquismo nunca fue derrotado. Se acabó porque se murió Franco y se hizo un pacto con la dictadura mediante el cual se instaló una monarquía. Los militares nunca fueron juzgados, como en Argentina. El juez Baltazar Garzón ayudó a llevar a juicio a los cómplices del dictador latinoamericano, pero no del español. Las novelas de Pérez-Reverte se inscriben en esa corriente de nostalgia de la Corona Imperial y, más recientemente, de reinstalar veladamente la presencia de héroes franquistas, como con su serie del agente secreto Falcó, un franquista cool y enigmático. De ahí se entiende mejor su ingreso a la Real Academia y su peso en ella.

Cinco: la tercera temporada de la teleserie El Chapo sugiere una gran mentira como reacción a nuestra protesta en Nueva York

El día que el actor Sean Penn presentó su primera novela en Nueva York, un grupo de mexicanos víctimas del crimen organizado —entre los que se encontraba Antonio Tizapa, padre de uno de los 43 de Ayotzinapa— acudió a protestar contra su intento de convertir en película la vida de El Chapo y, en general, hartos de los filmes y teleseries que glorifican a los narcotraficantes sin tomar en cuenta las consecuencias de sus actos para las víctimas. Con pancartas que decían: “Tú solamente querías ganar dinero”, y “Nuestro dolor no es una película de Hollywood”, los protestantes señalamos la contradicción del evento en el marco de un ciclo de conferencias del PEN America, que es, paradójicamente, una organización fundada por Salman Rushdie que aboga por la libertad de escribir.  

Yo fui una de las participantes del acto de protesta y fui echada del recinto junto con el grupo, no sin antes escuchar decir a Sean Penn que El Chapo es “un ser humano como cualquier otro”.

—No, no como cualquier otro —le dijimos—. Nosotros no somos asesinos.

El narcotráfico como industria ya tiene sus intelectuales orgánicos (Gramsci dixit): los guionistas y productores de historias en las que la empatía es con el criminal, no con las víctimas. No solamente el narco lava ahora dinero, sino que cuenta con compañías productoras de telenovelas, teleseries y películas que lavan su imagen. 

Como si fuera necesario corroborarlo, tras nuestra protesta, los productores de El Chapo se aprestaron a lavar la imagen de Kate del Castillo, presentando en esta temporada a una actriz con otro nombre que arremete con los mismos desfiguros que la estrella de La Reina del Sur protagonizó con el jefe del Cártel de Sinaloa, pero que supuestamente “también quiere hablar de las víctimas del crimen organizado”, lo cual no fue cierto. En ninguna de sus múltiples entrevistas ni en el documental dedicado a ella, Kate del Castillo mostró mayor interés en los afectados, y menos con nuestras mismas palabras, durante el acto en el que interpelamos al actor Sean Penn. 

Ni qué duda cabe que las series son entretenidas, pero no si fuiste tú quien las padeció.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, diciembre de 2018.

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